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viernes, 22 de mayo de 2026

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS (ciclo A)

 SE LLENARON TODOS DE ESPÍRITU SANTO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hoy celebramos la solemnidad de Pentecostés, a los cincuenta días de la Pascua. Con este domingo concluimos por este año el ciclo pascual, que durante siete semanas nos ha ayudado a profundizar en la mejor de las noticias, la que sostiene todo: Jesucristo vive resucitado y está con nosotros para siempre.

    El Señor Resucitado ya les había dado a los discípulos el Espíritu Santo en la tarde misma de la Pascua.

    La imagen es preciosa: Cristo resucitado entra pese a las puertas cerradas y sopla sobre ellos; su soplo es el Espíritu Santo que le llena. Por este motivo, Jesús les había dicho muchas veces que era conveniente que se fuera al Padre para poder recibir el Paráclito-Defensor, el Espíritu de la verdad.

    El aliento de vida del Resucitado es el Espíritu Santo; esto solamente ocurre después de que Jesús haya resucitado; ahora Él es el transmisor del Espíritu.

    La misma tarde de la Pascua el Señor ya les da el Espíritu y les envía, como el Padre le envío a Él, a cumplir la misión del Reino. Pero la misión es enorme, universal: “id a todos los pueblos de la tierra y hacedles discípulos míos bautizándoles en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.

    Algo que resulta demasiado para ellos; apenas son un grupo de discípulos que viven con sorpresa y desconcierto la resurrección de su Maestro, al que consideraban muerto.

    El soplo del Señor Resucitado les hace capaces de perdonar con el perdón mismo de Dios. Quien perdona destierra la división y crea armonía y unidad, en uno mismo y en la relación con los demás. Esta idea de que el Espíritu Santo crea unidad es importante para entender lo que ocurre en Pentecostés.

    Pero el miedo a la persecución puede en ellos más que el mandato de la misión. Por eso, aunque ha soplado sobre ellos el Espíritu, aún se quedan en Jerusalén, llevando una vida de clandestinidad, compartiendo la fe entre ellos, como un grupito invisible.

    En Pentecostés todo va a cambiar: estaban reunidos y, de pronto, la sala se llena de dos manifestaciones bíblicas del Espíritu: viento y fuego. El viento ya aparecía en el momento de la creación del mundo como viento que sopla sobre las aguas, las ordena y las llena de vida. Es el viento del Espíritu como el aliento que sopla sobre los discípulos el Resucitado. Y el fuego, que da calor y vida a los que aún estaban tristes y mortecinos.

    Cuando el Espíritu Santo les llena, los discípulos empiezan a hablar de las grandezas de Dios en lenguas diversas, que no podían conocer porque eran sencillos galileos. Empiezan a testimoniar la fe de manera que les pueden oír predicar personas llegadas de todos los confines de la tierra, de aquellos lugares a los que van a ser enviados como misioneros los discípulos de Jesús.

    En Pentecostés nace la Iglesia misionera, la Iglesia universal que Jesús quiso. Ya no serán un grupito judío, serán sal y luz para el mundo entero, levadura enterrada en la masa del mundo para ir transformándolo hasta que el Señor regrese como prometió.

    El Espíritu Santo les desinstala y nos desinstala: salid de vuestras comodidades y seguridades, de vuestros aburrimientos y apatías. ¡Hay tanto que hacer!, ¡Hay tantos a los que debemos anunciar la Buena Noticia que trae alegría y salvación, ¡Hay tanta necesidad de Dios en este mundo!

    Si hoy mismo, por la acción del Espíritu Santo, como en el primer Pentecostés, cada católico descubriera que es un misionero enviado a aquellos con los que vive, el mundo cambiaría radicalmente, sería una fuerza evangelizadora imparable.

    Se lo pedimos hoy a Dios, que renueve la presencia transformadora y misionera del Espíritu Santo en cada uno de nosotros.

 


jueves, 14 de mayo de 2026

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (ciclo A)

 YO ESTARÉ CON VOSOTROS TODOS LOS DÍAS HASTA EL FIN DEL MUNDO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    A los cuarenta días de su Pascua, después de haberles encomendado continuar con la misión del Reino, el Señor Jesús resucitado asciende a los cielos ante la mirada de sus apóstoles. Vuelve al Padre, como les había anunciado: “ahora me vuelvo al Padre”.

    Del Padre Dios vino un día, descendiendo desde su ser de Hijo de Dios hasta nuestra naturaleza humana para compartirla, para hacerse uno con nosotros, Emmanuel. No se ahorró ninguna de las experiencias que implica ser hombre, ni las buenas ni las malas; todas las vivió como uno de nosotros, igual en todo menos en el pecado.

    A los seres humanos, que siempre luchamos por ascender, por tener más, por poder más, por saber más que el resto, nos mostró con el ejemplo de su vida que la alegría verdadera está en descender, por amor, hacia el que está más abajo: “este es el primero entre vosotros, el que sirve al resto”.

    El Resucitado asciende al cielo, vuelve al Padre, porque ya su misión ha concluido: ha dejado formada una pequeña Iglesia, una familia de discípulos, que guardará sus palabras y continuará con sus obras. Anunciarán la Buena Noticia a los pobres, sanarán a los enfermos, liberarán a los oprimidos, reconciliarán a los pecadores.

    Esta pequeña comunidad de hermanos que se quieren será la levadura que fermente el mundo entero, poco a poco, hasta que Él regrese. Serán la sal de la tierra y la luz del mundo.

    No les deja solos, no nos deja solos, porque seguirá entre nosotros, solo que de otro modo. Ya no van a poder verle ni tocarle, pero los signos de su presencia quedarán permanentemente, especialmente aquellos que mostró a los dos discípulos en el camino a Emaús: la Comunidad reunida en su nombre, la Palabra viva y la Fracción del pan. Cada vez que queramos encontrarle, podremos hacerlo ahí.

    Y acompañará para siempre a sus discípulos, cumpliendo su promesa de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, mediante su Espíritu Santo, defensor y maestro, que no solo va a estar con sus creyentes, sino que va a habitar dentro de ellos.

    La Ascensión que hoy celebramos no es, por tanto, una despedida, sino el comienzo de un tiempo nuevo. Si el Resucitado no se hubiese ido de este modo, volviendo al Padre ante los ojos de sus discípulos, estos nunca se hubieran responsabilizado de la misión encomendada. Es necesario que le vean partir para que entiendan que comienza el tiempo del Espíritu y de la Iglesia.

    La escena ocurre en un monte, del que no conocemos el nombre. El monte es lugar de manifestación de Dios en el Antiguo Testamento, y lo es en el tiempo de Cristo, porque en el monte enseña el programa de vida para sus discípulos, las bienaventuranzas, y en el monte se transfigura ante ellos.

    Es un monte de Galilea, el lugar donde comenzó su vida pública y donde tienen que comenzar su misión los discípulos. En la Galilea de los gentiles, que decían despectivamente los judíos ortodoxos porque se la consideraba una zona de poca religiosidad; pero Jesús dijo que no había venido a buscar a los sanos, sino a los enfermos, a los pecadores, antes que a los justos que no lo necesitan.

    Las últimas palabras que les dirige son un mandato para la Iglesia de todos los tiempos: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.

    Bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es introducir en la vida de amor de Dios, en su comunión. De modo que el bautizado sigue viviendo en el mundo, pero con la vida divina dentro.

    Además de bautizar hay que enseñar a los bautizados todo lo que Jesús nos ha enseñado, ayudándoles a profundizarlo y a vivirlo.

    Esta misión nos toca a todos. Estas palabras van para todos, cada cual según su vocación y carisma, según su lugar y su tarea en el mundo y en la Iglesia.

    La Ascensión no es una escena de despedida. Jesucristo nos pasa el relevo para continuar la obra que él inició: transformar este mundo en el Reino de Dios. Es la mejor prueba de que, aunque conoce nuestras limitaciones e incoherencias, confía plenamente en nosotros.

Feliz fiesta de la Ascensión del Señor.

jueves, 7 de mayo de 2026

SEXTO DOMINGO DE PASCUA (ciclo A)

 NO OS DEJARÉ HUÉRFANOS, VOLVERÉ A VOSOTROS

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

Este es el último domingo antes de la Ascensión del Señor. El Señor resucitado está completando ya su misión: fortalecer la fe de sus discípulos, hacerles experimentar su resurrección gloriosa, por la que ha vuelto a la Vida venciendo la muerte. Ahora deja en sus manos, en las manos de la Iglesia que ha fundado sobre ellos, la misión de hacer crecer el Reino de Dios en este mundo hasta que Él vuelva.

Ese tono de despedida nos lo da el evangelio, continuación del discurso del capítulo catorce del evangelio según san Juan. Son palabras que brotan del corazón de Cristo justo antes de su Pasión, que él vive como su vuelta al Padre.

“Dentro de poco el mundo ya no me verá” … pero “No os dejaré huérfanos”, es su promesa.

¿Cómo va a cumplirla? Por medio del Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la verdad. Cristo va a pedir al Padre que lo envíe y permanezca siempre a nuestro lado. La Pascua encuentra así su culminación en el envío del Espíritu Santo en Pentecostés.

Es cierto que ya, el primer día de la Pascua, el Resucitado se hizo presente en medio del grupo de discípulos atemorizados y sopló sobre ellos diciéndoles: “Recibid el Espíritu Santo”. Pero ahora se trata de la promesa de una presencia permanente de este, que va a habitar a los creyentes en Jesús: “vosotros lo conocéis porque vive con vosotros y está con vosotros”.

¿Somos conscientes de lo que significan estas palabras?, ¿Somos conscientes de que, desde el día de nuestro bautismo, llevado a plenitud por la confirmación, somos templos del Espíritu Santo cada uno de nosotros?

Podemos encontrar en el Espíritu fortaleza, consuelo, guía, ánimo, siempre que queramos. No tenemos que mirar hacia el cielo para invocar al Espíritu Santo, porque ya estamos habitados por él, ya somos su morada.

Es el Espíritu de la verdad quien hace que no se nos olviden las enseñanzas del Maestro, pues nos ayuda a recordarlas, a interpretarlas con más profundidad y a comprender su sentido. Y gracias al Espíritu podemos reconocer que Cristo sigue vivo, que está con nosotros.

La fe cristiana, cuando es una fe viva de verdad, es mucho más que ser buenos o tener unas prácticas religiosas. Es vivir en Dios permanentemente, injertados en el amor del Dios Trinidad, tal y como nos dice Cristo: “Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros”. Esto es algo tan maravilloso que no acertamos ni a expresarlo ni a entenderlo.

Quien lo descubre, aunque sea un poco, nunca se siente solo del todo, nunca se siente huérfano. Hay una condición para mantener esa vida maravillosa: el amor a Jesús. No un amor de palabras o de bonitos deseos. El amor que pide él es real y concreto: “si me amáis guardaréis mis mandamientos, el que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”.

En la primera lectura vemos cómo la fe lleva la alegría a la ciudad de Samaría. El diácono Felipe, cuya elección con otros seis diáconos era la primera lectura el domingo anterior, predica el Evangelio, la Buena Noticia y la ciudad se llena de alegría y de curación.

No podemos dejar de compartir esta buena noticia de la Pascua con los que tenemos alrededor, dispuestos a dar siempre razón de nuestra esperanza con delicadeza y respeto, como pide san Pedro en la segunda lectura.

Porque es un mensaje que cambia a mejor los corazones y las vidas y nosotros, cada uno de nosotros, impulsados por el Espíritu Santo, somos misioneros.

 


viernes, 1 de mayo de 2026

QUINTO DOMINGO DE PASCUA (ciclo A)

 YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Estamos ya en el Quinto domingo de la Pascua. Esto significa que ya estamos muy cerca de celebrar la Ascensión del Señor. La Ascensión es su regreso al Padre, resucitado y lleno de gloria para sentarse a su derecha e interceder por nosotros.

    Por estar cerca del final de la Pascua, la liturgia de la Palabra nos propone en el evangelio el discurso de despedida de Jesús en la última noche, antes de padecer y morir. Es una larga sobremesa tras la cena de Pascua, en la que el Señor abre el corazón a sus discípulos y les da esas últimas instrucciones que brotan de su corazón lleno de emoción y amor.

    Son muy humanos los sentimientos que surgen en los discípulos cuando Jesús les anuncia su partida inminente: miedo, incertidumbre, angustia por el futuro… ¿qué va a ser de nosotros de ahora en adelante?

    Durante los tres años de su vida pública han compartido con él la vida diaria, encontrado siempre en él fortaleza, orientación, refugio, la palabra oportuna para cada situación, el gesto adecuado… Ahora que se va, ¿qué les va a quedar?

    Jesús les invita, y nos invita, a la confianza: “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí”. Esa fe es la confianza del creyente que sabe que no está solo y que, incluso en los momentos de mayor dificultad y sufrimiento, Dios está a su lado.

    “No os dejaré solos, estaré con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos”, dirá en otra ocasión.

    La casa del Padre Dios, el Reino, es un espacio, aunque esta sea solamente una forma de hablar, en el que hay un sitio para todos, preparado por el Hijo especialmente para sus discípulos, para los que han tratado de vivir en este mundo según su Evangelio, imitándole tanto como fueron capaces.

    El esfuerzo que hagamos por vivir según el Evangelio nunca va a ser en vano, merece la pena porque la recompensa es vivir para siempre en la casa del Padre.

    ¿Cómo llegar hasta allí? La pregunta de Tomás “¿Cómo podemos saber el camino?” es como la de aquel joven que se acercó un día a Jesús y también le pregunto: “¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.

    No hay más que un camino para llegar a la casa del Padre y al banquete del Reino: Jesucristo. “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”.

    En estos tiempos que vivimos, en la que todas las verdades parecen relativas, en las que, según algunos, todas las opciones de vida, por contrarias que sean entre sí, tienen igual valor, tenemos que tener bien claras las palabras de Jesús: hay un camino, hay una verdad y hay una vida. Y es Él.

    Conocerle es conocer a Dios y ya no necesitamos imaginar o especular acerca de Dios, porque todo lo que necesitamos saber ya nos lo ha dicho por medio de su Hijo. Creer en él y aceptarle como único salvador, seguirle e imitarle, conocer sus palabras y vivirlas cada día, es lo que espera Dios de nosotros. Nada más… y nada menos.

    Por eso cuando Felipe le pide ver al Padre, algo que nadie podía hacer en la Antigua Alianza, ni siquiera sus creyentes más cercanos, como Moisés, Jesús simplemente le responde “Quien me ha visto a mí ya ha visto al Padre”.

    Dios no es una fuerza del universo, una sensación personal o una energía impersonal; Dios se nos ha mostrado plenamente con rostro humano en Jesús. Quien conoce a Jesús conoce a Dios: “yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”.

    Aunque muchos le tuvieron por una piedra desechada, de las que se arrojan fuera de la construcción, para nosotros, como dice san Pedro en la segunda lectura, es la más importante de todas: la piedra angular. Sobre ella debemos construir el edificio de nuestra vida si queremos que se sostenga de verdad.

    Como pueblo de Dios, escogido, nación santa, esto es lo que debemos anunciar al mundo que, aunque no lo sepa, necesita escuchar el anuncio de Jesucristo, el camino, la verdad y la vida.

    Oremos en este domingo por los diáconos permanentes, ya que celebramos su Jornada Diocesana.

    Los diáconos son aquellos hombres cristianos que, viviendo su fe en una comunidad parroquial, han sentido la llamada a vivir una especial vocación de servicio en la Iglesia, con dos dedicaciones especialmente: la proclamación del Evangelio y la caridad.

    Suceden a aquellos siete colaboradores de los apóstoles, de los que hemos escuchado en la primera lectura, y colaboran especialmente con los obispos diocesanos.

    Que los que ya han recibido este ministerio lo vivan como dice su lema para este año: "Impulsados por el Espíritu, caminamos juntos en el servicio y la unidad.".

 


jueves, 23 de abril de 2026

CUARTO DOMINGO DE PASCUA (ciclo A)

 EL SEÑOR ES MI PASTOR, NADA ME FALTA

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    El Señor ha resucitado venciendo el poder del pecado y de la muerte. Esta es la fuente verdadera de nuestra alegría y de nuestra esperanza. La llama del cirio pascual, que alumbra en cada una de nuestras celebraciones nos sigue recordando que estamos en el gozo de la Pascua.

    Este cuarto domingo es llamado el domingo del Buen Pastor. La imagen del buen pastor, el que cuida de su rebaño hasta dar la vida por él, ya se usaba en el Antiguo Testamento para hablar de Yahvé Dios, que cuida de su pueblo, lo guía, lo anima, lo alimenta y lo protege.

    Es verdad que, en este tiempo en el que valoramos tanto la libertad individual y la autonomía, hablar de rebaños de ovejas guiados por un pastor nos puede sonar raro o quizás a algunas persones les suene hasta mal.

    Decimos que no queremos ser simples ovejas que caminan sin pensar, unas detrás de otras; queremos tomar nuestras propias decisiones y ser libres… aunque sepamos que realmente no los somos tanto.

    Eso es lo que queremos… pero, ¿realmente lo somos? Hay quien dice que, nunca como ahora, hemos sido tan espiados y dirigidos. Aunque, eso sí, haciéndonos pensar que somos libres.

    El mercado dirige nuestros gustos y nos hace descubrir necesidades que no tenemos cubiertas, la información que nos dan, aunque sea mucha, está sesgada y bien orientada, el móvil nos reclama continuamente y, si tenemos redes sociales, podemos estar pendientes de los gustos de los demás, reclamando de continuo su aprecio y respuesta.

    Entonces, ¿somos libres o vivimos en la fantasía de que somos libres?

    Cuando Jesús toma esta imagen bíblica del Buen Pastor y se la aplica a sí mismo, y cuando habla de sus discípulos como las ovejas que le siguen, esto no tiene carga negativa alguna. Porque este Pastor bueno, el mejor de todos, no abusa de su rebaño ni lo maltrata ni lo engaña.

    Eso es lo que hacen, dice Jesús, los falsos pastores, los ladrones y salteadores. Se trata de una crítica durísima que Jesús dirige a las autoridades religiosas de Israel, precisamente en el Templo, la sede del poder religioso, que es donde pronuncia estas palabras.

    Las características del Buen Pastor que es Jesucristo son estas:

    Entra por la puerta y no salta por el muro: respeta a las personas, no las violenta, apela a su libertad y las invita, “si quieres ven y sígueme”, pero sin coacción, quiere discípulos que le sigan por amor y no por miedo. Y el amor, para ser auténtico, necesita ser libre.

    Es digno de confianza: por eso el guardián le abre y el rebaño, al oír su voz, sale afuera. Podemos estar seguros de que nunca nos pedirá nada malo, que nunca nos conducirá por sendas extraviadas, como sí hacen otros falsos pastores.

    Conoce por su nombre a sus ovejas y las llama así: no somos bultos ni números para él, no somos la masa de la humanidad, sino que nos conoce personalmente, con nuestras luces y nuestras sombras, con nuestros sueños y nuestros miedos, y nos ama así, tal y como somos cada uno.

    Camina delante de sus ovejas: no nos pide nada que él no haya cumplido hasta el extremo, hasta dar la vida. Si nos manda servir él lava los pies de sus discípulos, si nos manda perdonar a los enemigos, él muere en la cruz perdonando…

    En el evangelio de hoy Jesús habla de sí mismo con otra imagen, además de esta del Buen Pastor: la puerta.

    La puerta de las ovejas, la verdadera puerta. Cuando tantos buscan sentido a sus vidas en espiritualidades extrañas, en el culto a su cuerpo y a su salud, en ideologías, Jesús dice: “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”.

    No es una puerta falsa, que no lleve a ningún sitio, ni es una puerta que aprisione. Es la puerta que se abre para la Vida con mayúsculas, ya ahora y en la eternidad. Dios tiene una puerta y esa es Jesucristo, su Hijo. Seguir su evangelio y creer en él como salvador es cruzar la puerta que lleva a la vida: he venido para que tengan vida y la tengan abundante.

    Precioso evangelio el de hoy, que conecta con el maravilloso salmo 22 que hemos repetido: “El Señor es mi Pastor, nada me falta”.

    ¿Con qué convicción lo digo?, ¿Es realmente mi pastor y guardián, conozco su voz y la sigo?

    En este domingo celebramos la Jornada de oración por las vocaciones con el lema “Todos oramos por todos”. Se acabó el tiempo de identificar vocación únicamente con sacerdotes y religiosas; la vocación bautismal la hemos recibido todos y debemos vivirla conforme a la llamada que Dios nos hace en su Iglesia. Cada vocación es necesaria para el Cuerpo de Cristo y cada vocación de la Iglesia es reflejo del cuidado del Buen Pastor de todos. Oremos con esta intención en esta celebración que continuamos.

 

 


viernes, 17 de abril de 2026

TERCER DOMINGO DE PASCUA (ciclo A)

 QUÉDATE CON NOSOTROS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Seguimos caminando ilusionados en el maravilloso camino del tiempo pascual que comenzábamos en la noche de la Vigilia Pascual y que nos llevará hasta la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés.

    Cada domingo de Pascua, la Palabra de Dios nos ayuda a crecer en la fe en la presencia entre nosotros del Señor Resucitado. El interés de los evangelistas al contarnos estos encuentros con el Resucitado que tuvieron tantos discípulos, no es satisfacer nuestra curiosidad contándonos unas experiencias extraordinarias que solo ellos tuvieron, sino decirnos a los cristianos de cada tiempo que Jesús vive y que podemos encontrarlo hoy.

    En el evangelio del pasado domingo, el segundo de Pascua, Cristo se aparece a aquellos discípulos que estaban encerrados por el miedo. Les da su paz y el Espíritu Santo, para que continúen su misión perdonando los pecados en su nombre. Tomás duda y necesita tocar para creer. Por eso el Resucitado le dice: “Bienaventurados los que crean sin haber visto”.

    Nosotros no vamos a tener esas mismas apariciones del Resucitado, no vamos a comer pan y pescado con él, no vamos a tocar las huellas de los clavos y de la lanza en su cuerpo glorioso, porque ya ha ascendido al Padre.

    ¿Cómo podemos experimentar su presencia ahora? La respuesta nos la da, precisamente, el evangelio de este tercer domingo.

    Es una escena maravillosa, una verdadera catequesis la que nos presenta el capítulo 24 del evangelio según san Lucas.

    Dos discípulos van caminando de Jerusalén a Emaús en el primer día de la semana, es decir el domingo. Van conversando y discutiendo, cargados de tristeza y decepción, de todo lo que ha pasado: la muerte en cruz de su Maestro, su sepultura, la disolución del grupo de los discípulos.

    Por esto dejan Jerusalén y se vuelven a su aldea, porque ya no esperan nada más ni tienen motivos para quedarse en aquella ciudad.

    Pero entonces ocurre que un misterioso caminante se pone a su lado y les acompaña; es el Señor resucitado, pero sus ojos, faltos de fe y sobrados de tristeza, no son capaces de reconocerle.

    Se interesa por su conversación, les anima a sacar de su corazón lo que les tiene angustiados: ellos esperaban que Jesús de Nazaret fuera el libertador de Israel, pero ya hace tres días de su sepultura y los testimonios de las mujeres, que dicen haberle visto vivo, y de algunos discípulos, que cuentan que su sepulcro está vacío, no les convencen.

    Nos puede pasar también a nosotros lo mismo: que recorramos el camino de Jerusalén a Emaús, el camino de la vida, decepcionados o con una fe en crisis debido a que alguna experiencia negativa que vivimos nos ha hecho dudar del Señor y de su compañía.

    ¿Qué hace entonces el misterioso caminante al que no reconocen? Les explica las Escrituras, les calienta el corazón con la Palabra de Dios, en la que ya todo estaba anunciado. Ellos, como hebreos, conocían las Escrituras, pero no las habían interpretado como debían; por eso esperaban de Jesús de Nazaret un mesías victorioso y no un mesías que, como cordero inocente, debía ser entregado a la muerte por todos.

    Cuando, sentado a la mesa con ellos, bendice el pan, lo parte y se lo da, se les abren los ojos y se les despierta la fe. Entonces lo reconocen, porque hace el mismo gesto de amor que les dio en la última cena pascual cuando instituyó el sacramento que debían seguir realizando en su nombre: la Eucaristía, la fracción del pan.

    Entonces el Resucitado desaparece de su lado. Ya no es necesaria su presencia física, porque ahora ya saben, y ya sabemos, cómo le pueden reconocer a su lado, les ha dado la clave: en la comunidad reunida con el Señor en el centro, en la Palabra de Dios y en la fracción del pan. Es decir, en la Eucaristía.

    Esto es lo que nos puede enseñar el evangelio de este domingo: el Señor está con nosotros en la Eucaristía dominical, en la comunidad que se reúne en su nombre para que Él mismo nos explique las Escrituras y nos parta el Pan de Vida que es su Cuerpo.

    Esto es lo que debemos vivir y lo que debemos contar a los demás con ilusión y valentía, como Pedro hace con la fuerza del Espíritu Santo que recibió en Pentecostés.

 


jueves, 9 de abril de 2026

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA (ciclo A)

 DICHOSOS LOS QUE CREAN SIN HABER VISTO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Seguimos dentro de la Cincuentena Pascual, que llegará hasta la fiesta del Espíritu Santo en Pentecostés, y es bueno que nos sigamos deseando unos a otros: ¡Feliz Pascua!

    La Pascua es un acontecimiento tan grande y maravilloso que necesitamos de todas estas semanas para acogerlo en nuestras mentes y nuestros corazones.

    En la Iglesia de los primeros siglos, los que habían sido bautizados en la Vigilia Pascual seguían vistiendo durante estos cincuenta días con su túnica blanca, signo de la pureza y del perdón de los pecados, y de la dignidad de hijos de Dios que habían recibido. Nosotros también hemos renovado nuestro bautismo en esa noche santa y lo hacemos al comenzar cada eucaristía de la Pascua, sustituyendo la aspersión del agua al acto penitencial.

    En este segundo domingo, el evangelio nos presenta una aparición del Señor resucitado a sus discípulos. Ocurre en la noche del domingo, que era el día primero de la semana según el calendario judío, ya que el sábado era el día de descanso sagrado y el último de la semana.

    Los discípulos están escondidos, llenos de dudas y de miedos: ¿Qué será de ellos ahora que el Maestro no está?, ¿Serán perseguidos como él?

    Les han llegado las primeras noticias del sepulcro vacío, que descubren primero María Magdalena y después Pedro y Juan, como escuchábamos en el evangelio del domingo de Pascua. Pero esto no les basta aún para creer algo tan desconcertante como la resurrección.

    Les costó mucho aceptar la resurrección de aquel que han visto morir en la cruz, ser descendido muerto y sepultado. A pesar de que Jesús se lo había anunciado más de una vez, ellos, como todos los hebreos, creían en una resurrección al final de la historia, pero no en la de alguien en particular antes del fin de los tiempos.

    No debe extrañarnos pues la reacción de Tomás; aunque los demás discípulos le aseguren que han visto al Señor, él quiere tocar las huellas de la pasión en su costado y en sus manos para estar seguro.

    El Señor Resucitado se presenta en medio de ellos y les saluda: “Paz a vosotros”. No les reprocha su cobardía, ni que lo hayan negado y abandonado en las horas durísimas de su Pasión, sino que les saluda con el mismo amor de siempre y les desea la Paz, les trae la Paz que necesitan para sus corazones heridos y angustiados.

    Sopla sobre ellos el aliento del Espíritu Santo que trae del Padre para que, con su fuerza, puedan continuar su misión. No olvidemos esto: los bautizados en Cristo debemos continuar su misión en este mundo y en esta historia, hacer lo mismo que Él hizo: consolar, perdonar, alimentar, sanar… en definitiva, amar a los hermanos hasta dar la vida.

    La Iglesia, con todas sus instituciones, personas y recursos, está al servicio del Evangelio de Jesucristo, de su proyecto del Reino de Dios. Es esto, y solo esto, lo que debe dar sentido a lo que somos y hacemos.

    El apóstol más incrédulo, Tomás, puede tocar las llagas del Crucificado que ahora es el Resucitado. A nosotros nos toca creer sin tocar ni ver. Por nosotros y por los cristianos de todos los tiempos dice el Resucitado esta importante bienaventuranza: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

    El apóstol Pedro, de igual modo, en la segunda lectura: No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

    Pero, aunque no toquemos al Resucitado físicamente ni podamos poner los dedos en sus llagas para creer, estamos rodeados de signos de su presencia. Basta con que miremos con fe.

    ¿Cuáles son estos signos de la presencia del Señor Resucitado? Los que aparecen en la primera lectura, tomada de los Hechos de los apóstoles, que describe la vida de la comunidad cristiana que surge desde la Pascua: una comunidad que se conoce y que se quiere, que se reúne en el nombre del Señor para orar, para compartir la fe, que da testimonio de fe ante los demás, que comparte lo que tiene y vive la eucaristía dominical con alegría y sencillez de corazón.

    Una comunidad así, una parroquia que sea así, es un testimonio para todos de que Jesús vive, de que ha resucitado y está con nosotros. A esa vida comunitaria es a la que todos debemos aspirar siempre, poniendo lo que cada uno es y puede al servicio de los demás. Y los que todavía no conocen a Jesucristo podrán descubrirlo por nuestra forma de vivir.

 


miércoles, 8 de abril de 2026

HORARIOS ABRIL 2026

 SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

SÁBADO 11 

18 H. VILLANUEVA (Misa vespertina)

DOMINGO 12

11 H. VILLAMOROS
12 H. VILLARRODRIGO
12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)
13 H. VILLAOBISPO

TERCER DOMINGO DE PASCUA

SÁBADO 18

18 H. VILLARRODRIGO (Misa vespertina)

DOMINGO 19

11 H. VILLAMOROS
12 H. ROBLEDO
13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)
13 H. VILLAOBISPO 

CUARTO DOMINGO DE PASCUA

SÁBADO 25

18 H. ROBLEDO (Misa vespertina)

DOMINGO 26

11 H. VILLANUEVA
12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)
12 H. VILLARRODRIGO
13 H. VILLAOBISPO

sábado, 4 de abril de 2026

DOMINGO DE PASCUA. ¡Cristo ha resucitado!

 NOSOTROS SOMOS TESTIGOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hoy es Pascua, la vida ha vencido la muerte, el Señor ha resucitado y su sepulcro está vacío. Hoy es el gran domingo del año, y todos los demás domingos del año serán un eco de este.

    Hemos vivido, con sencillez, en las parroquias de nuestra Unidad Pastoral, los días más decisivos en su vida y los días más importantes en nuestra fe: el Santo Triduo Pacual.

    No ha sido un simple recuerdo de hechos ya pasados, sino una actualización en el presente: le hemos acompañado en el cenáculo para la última cena pascual y hemos acompañado su tristeza y oración en el huerto el Jueves Santo, su camino hacia el Calvario, su Pasión y Muerte el Viernes Santo.

    ¡Qué suerte hemos tenido de poder vivir un Triduo Pascual sin distracciones, centrados en lo verdaderamente importante, en acompañar al Señor y agradecer su redención conseguida en la cruz!

     Por eso desde anoche, con la celebración solemne de la Vigilia Pascual, nos hemos  llenado de alegría por su resurrección. La resurrección es la prueba definitiva de la verdad de la vida de Cristo; si no hubiese resucitado, sería un profeta más, un hombre bueno con un gran mensaje al que, como a tantos otros antes, el mal y la injusticia acallaron y vencieron.

    Pero si resucita, tal y como había anunciado que el grano de trigo tenía que ser sepultado en la tierra para dar fruto abundante, entonces es que todo lo que dijo es cierto: realmente es el Hijo de Dios, el Salvador que nos puede dar vida eterna.

    María Magdalena se acerca al sepulcro a realizar un último gesto de amor con el cuerpo muerto de su querido y admirado Maestro. Sólo quiere terminar de ungir su cuerpo, porque las circunstancias tan duras que han vivido con la crucifixión no se lo han permitido. No se le pasaba por la cabeza que hubiera resucitado, como tampoco al resto de apóstoles que han huido a donde han podido para llorar la muerte y el fracaso de Jesús.

    Cuando ve el sepulcro vacío, corre a anunciárselo a Pedro y a Juan. Estos corren a comprobarlo y, al llegar, ven los lienzos y el sudario. Ven y creen. Creen y, por fin, logran entender la Palabra de Cristo que ya les anunció repetidamente su resurrección. Nadie podía haber robado el cuerpo y haber dejado así las valiosas telas, aquello era un signo claro de que la resurrección era real.

    ¿Qué significa para nosotros la resurrección de Jesucristo? Lo significa todo. Él ha vencido a la muerte y nos ha dado la esperanza de una vida nueva. Estamos salvados de la muerte y del pecado, que, aunque sigan teniendo poder sobre nosotros, ya no son definitivos, están vencidos por su resurrección.

    Dos son los grandes signos que nos acompañan en todas las celebraciones de la Pascua: la luz del cirio y el agua bautismal.

    La luz del cirio es la luz del resucitado que ilumina la oscuridad del mundo. ¿Qué oscuridad habría en este mundo y en nuestros corazones si el Señor no hubiese resucitado? No habría esperanza para nosotros; solo nos quedaría distraer la vida que se escapa, intentando no pensar que todo se va a acabar definitivamente. Muchas personas hay que viven así, sin conocer esta luz del Resucitado.

    El agua bautismal es la que nos ha hecho renacer, nos ha dado la vida nueva de los hijos de Dios. Por eso en estos domingos de Pascua la recibimos al comienzo de cada misa y renovamos así nuestro bautismo.

    San Pablo nos invita a vivir ya como resucitados, nacidos de la Pascua: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allí arriba, no los de la tierra”.

    ¿Cómo es mi modo de vivir, como alguien que tiene la esperanza de la resurrección de Cristo en su vida o la de alguien aún aferrado a los bienes efímeros que pasan y que nos distraen de los esenciales?

    Feliz Pascua, hermanos.

    Cristo ha resucitado y nosotros también con él.

 


jueves, 5 de junio de 2025

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS (ciclo C)

 SE LLENARON TODOS DEL ESPÍRITU SANTO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Con este día solemne de Pentecostés culmina el ciclo de la Pascua. El domingo pasado celebrábamos la Ascensión del Señor y decíamos entonces: era necesario que los apóstoles vieran a Jesús ascender a los cielos, volver al Padre, desaparecer de su mirada, para que pudieran entender que ahora les tocaba a ellos comenzar la misión que les ha encomendado.

    Como el niño al que le quitan los patines de la bicicleta cuando aprende a pedalear, o el bebé al que le sueltan de la mano al comenzar a andar solo… tienen que experimentar ese vacío para tomar en serio la responsabilidad que les corresponde como Iglesia.

    Pero Jesús no les deja solos, no nos deja solos: como tantas veces ha prometido, desde el Padre envía el Espíritu Santo, al que llama Espíritu de verdad, maestro que nos enseña y recuerda la Palabra de Jesús, y Espíritu defensor, abogado que intercede por nosotros y nos defiende en el peligro.

    El relato de los Hechos de los apóstoles, que hemos escuchado como primera lectura, nos dice que la venida del Espíritu sobre la comunidad cristiana se produjo a los cincuenta días de la Pascua, diez días después de la Ascensión de Jesús a los cielos, y que supuso el comienzo de la misión universal de la Iglesia.

    El evangelio de san Juan, que acabamos de escuchar, nos ha narrado cómo el Resucitado ya sopla sobre ellos el Espíritu Santo en la noche misma de la Pascua.

    No son relatos contradictorios, sino complementarios y, por eso, la liturgia de este día nos los presenta unidos.

    El evangelio nos subraya que el Espíritu Santo es un regalo del Señor Resucitado y Él lo exhala porque es su aliento, porque está lleno del Espíritu. Lo sopla sobre sus discípulos para que puedan cumplir su misión de reconciliar, de llevar paz a los que están divididos y como muertos por el pecado. Y para ello les envía, igual que Él fue enviado un día por el Padre y, lleno del Espíritu Santo, pasó por el mundo haciendo el bien a todos.

    El libro de los Hechos nos dice que es gracias al Espíritu como puede existir la Iglesia. El viento y el fuego, que aparecen en aquella sala, son símbolos de su presencia y acción: los que hasta entonces eran solo discípulos se convierten ahora en testigos. Empezaron a hablar todas las lenguas necesarias, que no conocían, para anunciar las grandezas de Dios a aquellos extranjeros que habían llegado a Jerusalén para celebrar la fiesta judía.

    No se trata tanto de una manifestación extraña como de una capacitación para la misión: por fin, gracias al Espíritu, aquellos sencillos galileos van a poder anunciar la Buena Noticia hasta los confines de la tierra como Jesús les pidió.

    Sin el Espíritu Santo no existe la Iglesia de Jesucristo. Más aún, no es posible ni reconocer a Jesús como el Cristo si no es gracias al Espíritu Santo, nos ha dicho el apóstol Pablo en la segunda lectura. Es él quien forma una unidad, una familia, con los que somos tan diferentes. Es el Espíritu el que hace que los diferentes carismas, cualidades, dones, los podamos poner al servicio del bien común, que podamos construir una comunidad cristiana entre todos dispuesta a la misión. Somos miembros distintos integrados en el mismo cuerpo de Cristo, la Iglesia.

    Todos los que estamos aquí hemos recibido el Espíritu Santo desde el día de nuestro bautismo y de nuestra confirmación. Está en nosotros y actúa en nuestras vidas, aunque, tantas veces, no lo tengamos ni siquiera presente.

    Pero, además, el Señor lo sigue enviando abundantemente sobre nosotros siempre que se lo pedimos para el bien de todos. Hoy es un día para agradecer a Dios el regalo del Espíritu Santo, para invocarlo, tenerlo presente y caer en la cuenta de lo importante que es en nuestra vida de fe, personal y comunitaria.

miércoles, 28 de mayo de 2025

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (ciclo C)

 SOMOS CIUDADANOS DEL CIELO

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Han transcurrido 40 días desde la Pascua de Resurrección del Señor. Ya sabemos todos que el número 40 es muy simbólico en la historia de la salvación: los cuarenta años de Israel en el desierto, los 40 días de Jesús ayunando… 40 días era lo que, en el mundo hebreo, debía durar la instrucción de un rabino a quien iba a tomar como discípulo, porque se consideraba que ese tiempo era suficiente para instruir a alguien.

    Por eso el Señor Resucitado ha dedicado 40 días a encontrarse con sus apóstoles. Ha logrado vencer sus miedos, sus dudas, ya han visto que no se trata de un espíritu ni de un muerto andante. Tiene las llagas de la cruz, come con ellos, los abraza, los habla.

    La resurrección no ha sido la reanimación de un cadáver, sino la glorificación de Jesús; el Padre lo ha llamado a la vida porque él ha entregado su vida por amor, cumpliendo hasta el final el plan de salvación.

    Esta misión, esta catequesis continua del Señor Resucitado, ha llegado a su fin y ahora debe volver al Padre, del que un día vino para compartir nuestra existencia, para manifestarnos con palabras y gestos que somos amados de Dios, que somos hermanos entre nosotros, que debemos hacer entre todos el Reino de Dios en este mundo, para que impere la misericordia y el amor fraterno.

    Y deja su misión, el testigo, en manos de sus amigos, de su Iglesia, la comunidad de los discípulos, para que ahora seamos su presencia en el mundo, llevando adelante el encargo del Padre.

    La Ascensión que hoy contemplamos no es una despedida, sino el inicio de este tiempo nuevo. No significa que se acabe el tiempo de Cristo y comience otro tiempo nuevo sin él. Significa que comienza el tiempo y la misión de su Iglesia, nuestro tiempo. “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra”.

    Si el Señor no hubiera ascendido, si no hubiese vuelto al Padre de esta forma visible ante ellos, aquellos hombres y mujeres débiles que fueron los primeros discípulos, no hubieran sentido que comenzaba su tiempo.

    Se hubieran quedado disfrutando de la presencia del Resucitado, esperando a que ocurriera el siguiente encuentro, la siguiente aparición. De este modo, se dan cuenta de que el momento de partir ha llegado, que no se pueden quedar plantados mirando al cielo, como les dice el ángel en Betania.

    Este es el primer mensaje de la solemnidad de la Ascensión: el Señor nos ha confiado continuar la misión que él tenía: anunciar y realizar el Reino de Dios animados y sostenidos por la fuerza del Espíritu que nos envía.

    El segundo puede ser este: la Ascensión del Señor significa que a Dios llega nuestra humanidad. Por eso es para nosotros una promesa y una esperanza. Estamos llamados, como Él y con Él, a vencer la muerte, a ser glorificados, a vivir para siempre en Dios.

    Creer esto, vivir convencidos de que nuestra patria definitiva no este mundo, sino que somos ciudadanos del cielo, es un don de la fe. Por eso dice el apóstol en la segunda lectura: que Dios os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.

    Tantas veces nos vemos abrumados por las incertidumbres y los sufrimientos, lo vemos todo negro, perdemos la esperanza. El mal parece demasiado grande y demasiado fuerte en este mundo como para ser vencido.

    No olvidemos entonces que todo esto pasará, que no es lo definitivo, que estamos hechos para vivir en Dios y con Dios. A donde ha llegado Cristo, que es la cabeza, esperamos llegar también nosotros, que somos su Cuerpo.

    Dos mensajes importantes para el día de la Ascensión: somos ciudadanos del cielo; y mientras llegamos a esa patria definitiva nos toca cumplir el encargo del Señor y abrir paso al Reino de Dios en este mundo con la fuerza del Espíritu Santo.



lunes, 26 de mayo de 2025

HORARIOS JUNIO 2025

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

SÁBADO 31 

20 H. VILLAOBISPO (Misa vespertina)

DOMINGO 1

11 H. VILLAMOROS

12 H. VILLARRODRIGO

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLANUEVA


PENTECOSTÉS

SÁBADO 7 

20 H. VILLARRODRIGO (Misa vespertina)

DOMINGO 8

11 H. VILLAMOROS 

12 H. ROBLEDO 

13 H. VILLAOBISPO 

13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)


SANTÍSIMA TRINIDAD

SÁBADO 14

20 H. VILLANUEVA (Misa vespertina)

DOMINGO 15

11 H. VILLAMOROS

12 H. ROBLEDO

12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO


CORPUS CHRISTI (Día y Colecta de CÁRITAS)

SÁBADO 21

JUBILEO DE LA UNIDAD PASTORAL (12 H. VIRGEN DEL CAMINO)

20 H. ROBLEDO (Misa vespertina)

DOMINGO 22

11 H. VILLANUEVA

12 H. VILLARRODRIGO 

12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)

13:20 H. VILLAOBISPO (Procesión niños primera comunión 2025)


DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 28

20 H. VILLAMOROS (Misa vespertina)

DOMINGO 29

11 H. ROBLEDO

12 H. VILLARRODRIGO

13 H. VILLAOBISPO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLANUEVA (Fiesta de san Pelayo)


FIESTAS:

SAN JUAN BAUTISTA: MARTES 24 ROBLEDO (12:30 H.)

SAN PELAYO: DOMINGO 29 VILLANUEVA (13 H.)


jueves, 22 de mayo de 2025

DOMINGO SEXTO DE PASCUA (ciclo C)

 MI PAZ OS DOY

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Avanzamos una semana más en el tiempo de la Pascua y hoy ya es el domingo sexto. El tiempo que el Señor resucitado dedicó a fortalecer la fe de sus apóstoles y a animarles, la Pascua, ya va tocando a su fin.

    El próximo domingo celebraremos la Ascensión del Señor. Jesús resucitado vuelve al Padre Dios y deja la tarea de la construcción del Reino de Dios en este mundo a su Iglesia.

    Se fía de los apóstoles, se fía de nosotros y, aunque no siempre seamos los mejores discípulos ni los más fieles al Evangelio, nos confía su misión. Su Ascensión no significa que nos deje solos, porque Él estará con nosotros hasta el final de los tiempos, pero ahora somos nosotros su Cuerpo en el mundo: sus labios para proclamar, sus manos para ofrecer, su corazón para perdonar, para amar y, también, para sufrir.

    De la Iglesia nos habla hoy la Palabra de Dios, de la Iglesia que estaba comenzando a existir en el tiempo de los apóstoles. Tantas veces hemos idealizado a aquella comunidad primitiva y la vemos muy alejada de nuestra Iglesia de hoy.  O, mejor dicho, nos vemos nosotros muy alejados de su frescura original. Pero el libro de los Hechos de los apóstoles, que es la lectura continua en este tiempo pascual, nos dice que no es exactamente así…

    Aquella era una comunidad cristiana formada por creyentes como nosotros, con ideas distintas y, en ocasiones, enfrentadas, sobre cómo debían resolver el reto que les planteaba anunciar a Jesucristo a todas las naciones, que es la tarea inabarcable que nos dejó el Señor. Y a veces discutían, incluso se enfadaban entre ellos. Justamente igual que nosotros en la Iglesia actual.

    Pero hay algo muy importante que, pese a sus diferencias, les mantenía unidos siempre: compartían el proyecto de Cristo y estaban dispuestos a dar lo mejor de sí mismos, incluso a dar la vida, para sacarlo adelante. Y cuando no sabían qué hacer, qué camino escoger, se ponían a orar juntos, en actitud de escuchar juntos al Espíritu Santo y así era como decidían qué camino tomar.

    Esta palabra, que va sonando tanto en nuestras reuniones de grupos parroquiales y en nuestras asambleas diocesanas, la Sinodalidad, resume el modo de ser de aquella Iglesia de los apóstoles. El mismo que queremos para nuestras comunidades hoy. Sinodalidad significa caminar juntos en el proyecto de Jesús, codo con codo, hombro con hombro.

    Los apóstoles no renunciaban a serlo, no se descargaban de su misión, pero no llevaban adelante solos la vida de las comunidades, sino que contaban con los dones y carismas que el Espíritu Santo suscitaba entre todos los creyentes.

    Y decidían con otros, no ellos solos, lo que afectaba a todos. Tenemos que tener muy claro que la Iglesia no puede ser responsabilidad del Papa León XIV, de los obispos y de los sacerdotes. Que una Iglesia en la que unos pocos deciden y trabajan, mientras el resto acude pasivos a lo que les preparan, no es la Iglesia que quiere Jesús, sino una deformación de esta.

    La Iglesia de Jesús es aquella en la que todos los bautizados contamos, todos trabajamos, todos amamos, todos evangelizamos… cada cual desde su vocación, en el lugar en el que está y aportando sus propios talentos.

    En el Evangelio nos ha dicho Jesús que, si le amamos y guardamos su Palabra, él y el Padre viven en nosotros, somos presencia de Dios los unos para los otros. Y tenemos su Espíritu Santo, Maestro y Defensor, que nos enseña todo lo esencial, que nos fortalece, que nos corrige, que nos consuela. Todos los bautizados somos templos del Espíritu Santo y, por ello, todos debemos ser miembros activos de su Iglesia.

    El Señor resucitado nos da su paz, pero no como la da el mundo. La paz que nos da no es una paz equivalente a  la ausencia de problemas porque todo nos da lo mismo, la paz que Él nos regala. Tampoco es la paz de quienes dicen “aunque nos odiemos, vamos a llevarnos bien”.

    Es la paz que disfrutan aquellos que buscan, ante todo, el Reino de Dios y su justicia, aunque eso les complique la vida. Se la complicó a los apóstoles y nos la complica a nosotros. Pero vivir su Evangelio nos produce una paz y una alegría que nada ni nadie nos va a quitar.


martes, 13 de mayo de 2025

DOMINGO QUINTO DE PASCUA (ciclo C)

 EN ESTO CONOCERÁN QUE SOIS MIS DISCÍPULOS

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hay una conocida canción de misa “Iglesia Peregrina” que dice en una de sus estrofas “somos un pueblo que en la Pascua nació”. Es una gran verdad: la Iglesia nace de la Pascua de Cristo. Antes ya había discípulos y apóstoles, los escogidos y llamados por Jesús; pero se limitaban a seguirle, a escucharle, a veces hasta sin entenderle del todo.

    Pero es en la Pascua, con las experiencias de encontrarse con el Señor resucitado y vivo, y en Pentecostés, con el fuego del Espíritu Santo que reciben, como pasan de ser discípulos a ser la Iglesia de Jesucristo.

    Porque entonces se dan cuenta de que el Señor les ha confiado una misión que deben cumplir. La misión es adelantar el Reino de Dios en este mundo, ir transformándolo según su plan de salvación, hasta que él vuelva y lleve todos esos esfuerzos a su plenitud y consumación. La Iglesia existe para este tiempo: el que va entre la Pascua y la segunda venida, en gloria de Cristo.

    La segunda lectura, del libro del Apocalipsis, nos sitúa ante la revelación de esos acontecimientos últimos que estamos esperando: un cielo nuevo y una tierra nueva en la que todo lo que daña a los hijos de Dios ya no tiene cabida. En ellos ya no hay muerte, duelo, llanto ni dolor. Es una nueva Jerusalén engalanada, que resplandece, pero no por el brillo de oros o piedras preciosas, sino por la belleza del amor que en ella se vive. Es la belleza de una esposa que ama profundamente y con sinceridad.

    En esta realidad nueva ya no es necesario creer, porque Dios vive con los hombres, es su Dios, un amigo, un Padre… lo es todo.

    ¡Qué maravilla, pero la realidad que vivimos no es así! Desde luego que no lo es, en este mundo que vivimos el mal es muy fuerte, el pecado y la muerte hacen estragos.

    Este mundo no se puede alcanzar aquí, es necesario para ello pasar por una gran crisis, por una fuerte transformación de todo, “el primer cielo y la primera tierra desaparecen”.

    Pero sí que se puede adelantar viviendo según la Palabra de Jesús. Mientras pedimos con el Padre Nuestro “Venga a nosotros tu Reino”, tratamos de dejar que Dios reine ya en nuestras vidas viviendo al estilo de Jesús. Por eso el evangelio de hoy nos recuerda que el mandamiento nuevo del amor fraterno –Amaos como yo os je amado- es la norma de conducta en la comunidad cristiana. Porque los discípulos de Cristo, su Iglesia, tenemos que vivir ya en este mundo como ciudadanos del cielo, aunque aún no lo hayamos alcanzado. De esa forma muchos podrán interrogarse y descubrir, junto a nosotros y detrás de nosotros a Jesús.

    El papa León nos invitaba en su primer saludo a vivir de esta manera la fe, sin miedo, sabiendo que somos sal y luz para este mundo: Dios nos quiere, Dios los ama a todos, ¡y el mal no prevalecerá! Todos estamos en manos de Dios. Por lo tanto, sin miedo, unidos de la mano con Dios y entre nosotros, sigamos adelante. Somos discípulos de Cristo. Cristo nos precede. El mundo necesita su luz. La humanidad lo necesita como puente para ser alcanzada por Dios y por su amor. Ayúdenos también ustedes, y ayúdense unos a otros a construir puentes, con el diálogo, con el encuentro.

    Tenemos que estar convencidos para poder ser convincentes. Tenemos que vivir de otra manera para transformar el mundo y abrir paso, adelantar, el reinado de Dios que algún día será pleno.

 


DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

¿QUÉ MÁS PODÍA HACER YO POR MI VIÑA QUE NO HUBIERA HECHO? COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA      En este domingo hay una imagen que se re...