YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA
Estamos
ya en el Quinto domingo de la Pascua. Esto significa que ya estamos muy cerca
de celebrar la Ascensión del Señor. La Ascensión es su regreso al Padre,
resucitado y lleno de gloria para sentarse a su derecha e interceder por
nosotros.
Por
estar cerca del final de la Pascua, la liturgia de la Palabra nos propone en el
evangelio el discurso de despedida de Jesús en la última noche, antes de
padecer y morir. Es una larga sobremesa tras la cena de Pascua, en la que el
Señor abre el corazón a sus discípulos y les da esas últimas instrucciones que
brotan de su corazón lleno de emoción y amor.
Son
muy humanos los sentimientos que surgen en los discípulos cuando Jesús les
anuncia su partida inminente: miedo, incertidumbre, angustia por el futuro…
¿qué va a ser de nosotros de ahora en adelante?
Durante
los tres años de su vida pública han compartido con él la vida diaria, encontrado
siempre en él fortaleza, orientación, refugio, la palabra oportuna para cada situación,
el gesto adecuado… Ahora que se va, ¿qué les va a quedar?
Jesús
les invita, y nos invita, a la confianza: “No se turbe vuestro corazón, creed
en Dios y creed también en mí”. Esa fe es la confianza del creyente que sabe
que no está solo y que, incluso en los momentos de mayor dificultad y sufrimiento,
Dios está a su lado.
“No
os dejaré solos, estaré con vosotros todos los días hasta el fin de los
tiempos”, dirá en otra ocasión.
La
casa del Padre Dios, el Reino, es un espacio, aunque esta sea solamente una
forma de hablar, en el que hay un sitio para todos, preparado por el Hijo
especialmente para sus discípulos, para los que han tratado de vivir en este
mundo según su Evangelio, imitándole tanto como fueron capaces.
El
esfuerzo que hagamos por vivir según el Evangelio nunca va a ser en vano,
merece la pena porque la recompensa es vivir para siempre en la casa del Padre.
¿Cómo
llegar hasta allí? La pregunta de Tomás “¿Cómo podemos saber el camino?” es
como la de aquel joven que se acercó un día a Jesús y también le pregunto:
“¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.
No
hay más que un camino para llegar a la casa del Padre y al banquete del Reino:
Jesucristo. “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por
mí”.
En
estos tiempos que vivimos, en la que todas las verdades parecen relativas, en
las que, según algunos, todas las opciones de vida, por contrarias que sean
entre sí, tienen igual valor, tenemos que tener bien claras las palabras de
Jesús: hay un camino, hay una verdad y hay una vida. Y es Él.
Conocerle
es conocer a Dios y ya no necesitamos imaginar o especular acerca de Dios,
porque todo lo que necesitamos saber ya nos lo ha dicho por medio de su Hijo.
Creer en él y aceptarle como único salvador, seguirle e imitarle, conocer sus
palabras y vivirlas cada día, es lo que espera Dios de nosotros. Nada más… y
nada menos.
Por
eso cuando Felipe le pide ver al Padre, algo que nadie podía hacer en la
Antigua Alianza, ni siquiera sus creyentes más cercanos, como Moisés, Jesús
simplemente le responde “Quien me ha visto a mí ya ha visto al Padre”.
Dios
no es una fuerza del universo, una sensación personal o una energía impersonal;
Dios se nos ha mostrado plenamente con rostro humano en Jesús. Quien conoce a
Jesús conoce a Dios: “yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”.
Aunque
muchos le tuvieron por una piedra desechada, de las que se arrojan fuera de la
construcción, para nosotros, como dice san Pedro en la segunda lectura, es la más
importante de todas: la piedra angular. Sobre ella debemos construir el
edificio de nuestra vida si queremos que se sostenga de verdad.
Como
pueblo de Dios, escogido, nación santa, esto es lo que debemos anunciar al
mundo que, aunque no lo sepa, necesita escuchar el anuncio de Jesucristo, el
camino, la verdad y la vida.
Oremos
en este domingo por los diáconos permanentes, ya que celebramos su Jornada
Diocesana.
Los
diáconos son aquellos hombres cristianos que, viviendo su fe en una comunidad
parroquial, han sentido la llamada a vivir una especial vocación de servicio en
la Iglesia, con dos dedicaciones especialmente: la proclamación del Evangelio y
la caridad.
Suceden
a aquellos siete colaboradores de los apóstoles, de los que hemos escuchado en
la primera lectura, y colaboran especialmente con los obispos diocesanos.
Que
los que ya han recibido este ministerio lo vivan como dice su lema para este
año: "Impulsados por el Espíritu, caminamos juntos en el servicio y la
unidad.".

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