viernes, 12 de junio de 2026

DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

 LA MIES ES ABUNDANTE, LOS OBREROS SON POCOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Una vez que hemos concluido el ciclo pascual y las dos solemnidades que le siguen, la Santísima Trinidad y el Corpus Christi, retomamos el llamado “tiempo ordinario” o “tiempo durante el año”. Es el más extenso del año litúrgico y en él no nos fijamos en un aspecto concreto de la vida del Señor Jesús, sino en toda su vida pública, en sus enseñanzas y acciones.

    En este domingo encontramos un vínculo entre todas las lecturas en estas dos palabras: llamada-elección y misión. Dios no ha querido realizar la historia de la salvación dejándonos al margen, sino que ha querido contar con la colaboración de los hombres.

    Esta llamada se la dirigió, en primer lugar, al pueblo de Israel. Dios Yahvé puso su mirada compasiva de padre en aquel pueblo que vivía la opresión de los egipcios, maltratado, esclavizado, fuera de su tierra. Y, contando con Moisés, lo sacó de Egipto y lo condujo a través del desierto hasta llegar a la tierra prometida, donde podían vivir en libertad.

    Esa mirada compasiva que no permanece indiferente, de la que hemos escuchado en la primera lectura, una mirada que se deja conmover, es la misma que tiene Jesús al ver a las muchedumbres extenuadas y abandonadas como ovejas sin pastor.

    Aquel pueblo tenía pastores de sobra: las autoridades romanas y judías, los sacerdotes de Jerusalén, los escribas y fariseos. Pero eran malos pastores porque no se dejaban conmover por el sufrimiento de las gentes ni hacían nada por aliviarles.

    Y al igual que Dios llamó a Moisés, y quiso contar con él para liberar al pueblo, también Jesús llama a doce discípulos y les hace apóstoles, que significa enviados, como colaboradores de su misión, de la obra del Reino.

    Moisés tenía autoridad ante los israelitas y Jesús da autoridad a aquellos Doce. Pero no les da su autoridad para aprovecharse de ella, para lucrarse o medrar, sino para expulsar el mal, para curar enfermedades y dolencias. Es una autoridad para hacer el bien y para servir, no para ser servidos.

En la primera lectura, del libro del Éxodo, Dios recuerda al pueblo que si les ha elegido y les ha hecho su pueblo mediante una alianza es para que sean un reino de sacerdotes y una nación santa, es decir no para que se llenen de orgullo nacional, sino para que sean mediación que una a todos los pueblos de la tierra con Dios.

    De eso se trata. De que somos llamados y enviados para que la Buena Noticia que salva y llena de alegría pueda llegar a otros. Especialmente a los que aún no la conocen y, por eso, viven extenuados y abandonados como ovejas sin pastor.

    ¡Cuánta gente hay que vive así porque no conoce ya la alegría de la fe! Ahí están las cifras de depresiones, de adicciones, de suicidios en nuestra sociedad moderna “del bienestar” para demostrar que muchos están necesitados de que se les anuncie la Buena Noticia: “Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros”.

    Y el Señor cuenta con nosotros para este anuncio salvador, con todos sin excepción. Porque todos, por el bautismo, ya hemos sido elegidos y enviados, como los apóstoles, cada uno al lugar donde vive, a su familia, a su trabajo, a sus vecinos y amigos.

    Cada cristiano es un discípulo y cada discípulo es un misionero.

 


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