Mostrando entradas con la etiqueta Eucaristía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eucaristía. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de octubre de 2026

DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

¿QUÉ MÁS PODÍA HACER YO POR MI VIÑA QUE NO HUBIERA HECHO?


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En este domingo hay una imagen que se repite en la primera lectura, en el salmo responsorial y en el evangelio: la imagen de la viña.

    La viña y sus cuidados aparecen con mucha frecuencia en la Biblia, porque es uno de los cultivos más importantes del Oriente bíblico, junto con el trigo para el pan y el olivo para el aceite. Ya escuchábamos a Jesús hablar de una viña en la parábola del domingo pasado, en el que el padre enviaba a trabajar a sus dos hijos.

    Aunque no seamos expertos viñadores, sabemos que una viña, para ser productiva, requiere muchos cuidados a lo largo de un año. Si se abandona, se llena de hierbajos y la misma viña se degenera para terminar dando solamente ramas vacías y malos frutos. Una viña bien cuidada durante todo el año es la que produce la mejor cosecha.

    La viña es la imagen que escoge el profeta Isaías para hablar del pueblo de Israel. Es la viña amada de Dios, plantada en un fértil collado y mimada por las atenciones continuas del viñador: la cava, la quita las piedras, construye una atalaya y un lagar. Es una forma de explicar la historia del pueblo escogido por Dios: le saco de la esclavitud, le dio su Ley santa, le guió por el desierto hasta la tierra prometido y lo orienta y anima por medio de reyes y profetas.

    Tanto hace por ella que se pregunta: ¿Qué más podía hacer yo por este pueblo, cuidado como una viña? De la viña se esperan buenas uvas, sobre todo después de recibir tantos cuidados. Pero no es así…

    Esperaba uvas y, en cambio, recoge agrazones. ¿Qué significa esto? Esperaba derecho y recoge injusticias, sangre derramada y lamentos. En el pueblo de Israel, con la guía de los mandamientos de la ley de Dios y la orientación de los profetas debería vivirse de otra manera, sin abusos hacia los débiles, sin injusticias sociales ni maltratos. Pero muchas veces ocurrió justo lo contrario.

    Jesús recoge esta imagen de la viña para hablar en parábola a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, que son sus autoridades religiosas y políticas al mismo tiempo.

    Los criados que el dueño de la viña envía para recoger los frutos, que en justicia le corresponden, son maltratados y muertos, uno tras otro. Es la historia triste de los profetas de Israel que, aunque eran enviados en nombre de Dios, el señor de la viña amada, son maltratados y acallados.

    Las autoridades religiosas del pueblo, en lugar de acoger y respetar a los enviados de Dios, los rechazan porque se sienten dueños de la viña, y no simples trabajadores.

    Por fin Dios envía a su propio hijo, pensando que lo respetarían, a Jesús, pero también este es rechazado y muerto en la cruz. En el momento en que Jesús les dirige esta parábola sabe bien que planean su muerte, porque le ven como una peligrosa amenaza a su seguridad y a sus privilegios, sustentados en una falsa interpretación de la religión.

    ¿Qué debe hacer el dueño de la viña con esos labradores crueles?

    Le responden “Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo”.

    Pero no es ese el plan de Dios. Lo que va a hacer es confiar su viña a otros jornaleros, “se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

    Tomará la piedra rechazada por los arquitectos, que es Jesús y la hará piedra angular de un nuevo templo. Es una forma de hablar de la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios construido en Cristo Jesús y del que Dios espera ahora los frutos del Reino que debía haber dado antes el pueblo de Israel.

    Esta parábola nos invita a preguntarnos: ¿estamos siendo fieles al plan de Dios como comunidad cristiana?, ¿estamos dando los frutos esperados del Reino de Dios con nuestra forma de actuar y de vivir en este mundo?

    No somos los dueños de la viña, el dueño es solo Dios. Somos trabajadores humildes que trabajan en su nombre y le entregan los frutos a los que tiene derecho solo Él.

    El apóstol Pablo nos da la clave de cómo debemos vivir para ser los trabajadores del Reino que cumplen bien su cometido: “todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros”.

    Acojamos esta Palabra de Dios y llevémosla en la mente y el corazón durante toda la semana.


HORARIOS OCTUBRE 2026

 DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 3

18 H. VILLAOBISPO (Misa vespertina)

DOMINGO 4

11 H. VILLAMOROS

12 H. ROBLEDO

12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLANUEVA 


DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 10

18 H. ROBLEDO (Misa vespertina)

DOMINGO 11

11 H. VILLAMOROS 

12 H. VILLARRODRIGO 

13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 


DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO
DOMUND

SÁBADO 17

18 H. VILLAMOROS (Misa vespertina)

DOMINGO 18

11 H. VILLANUEVA 

12 H. VILLARRODRIGO 

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 


DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 24

18 H. VILLANUEVA (Misa vespertina)

DOMINGO 25

11 H. ROBLEDO

12 H. VILLARRODRIGO 

12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO


martes, 22 de septiembre de 2026

DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 ¿QUIÉN DE LOS DOS CUMPLIÓ LA VOLUNTAD DEL PADRE?

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Cada domingo al ser proclamadas las lecturas es Dios quien nos habla. Al escuchar a los profetas y recordar los sucesos de la historia de Israel, los llevamos a nuestra propia vida, porque ahora nosotros somos su pueblo amado y su historia sagrada nos habla de nuestra propia historia.

    Y al escuchar el evangelio, es Jesús quien nos habla. No se cansa de hacerlo, aunque a veces su semilla encuentre en nosotros una tierra endurecida. Es lo que sucede cuando pensamos “ese evangelio ya lo he escuchado, ya sé de qué habla” o “ya sé bien lo que dice el Evangelio, pero vivir en el mundo de hoy es otra cosa”.

    Aunque seamos tantas veces esa tierra dura, con cardos y piedras que son nuestras resistencias interiores, el sembrador de la Palabra no se cansa de sembrar en nosotros.

    El evangelio de hoy es una parábola y su aplicación. La parábola la entendemos muy bien: un padre que tiene dos hijos. Son muy diferentes entre sí: uno es el bueno, el que le llama “Señor” y se muestra cumplidor a la primera; el otro es el rebelde, el que responde de manera brusca diciendo “no quiero ir” cuando el padre le pide ir a trabajar en la viña.

    Pero resulta que el rebelde y malo recapacita y va a hacer lo mandado, termina cumpliendo la voluntad del padre. En cambio, el que supuestamente era bueno y complaciente, se queda en las buenas palabras, pero no va al trabajo.

    Jesús pregunta a los sumos sacerdotes y ancianos del templo, que eran los oficialmente buenos del pueblo hebreo: "¿Quién de los dos cumplió la voluntad del Padre?”. La respuesta está bien clara: aquel que pasó de las palabras e intenciones a las obras.

    Jesús dijo en otra ocasión: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino aquel que cumple la voluntad de mi Padre del cielo”.

    ¿Pasamos de las palabras a las obras… o nos quedamos en estas?

    Cuando escucho la llamada insistente de Jesús a perdonar de corazón, a acoger al diferente y a comprenderle, a compartir con generosidad, sin tacañería… ¿se produce algún cambio real y efectivo en mí o solo me quedo en los buenos propósitos, las buenas ideas y las buenas palabras?

    Cada domingo escuchamos la Palabra de Dios y la palabra de Jesucristo. Ojalá que sí las escuchemos con verdadero interés y acogida. Pero, al salir del templo, es cuando tenemos que empezar a vivirlas en la vida concreta y con los que tenemos alrededor. Aunque sea con un pequeñísimo cambio en algo, la Palabra de Dios no nos puede dejar exactamente igual que antes de oírla.

    Jesús se confronta con los sacerdotes y ancianos del pueblo, que eran los guías espirituales del pueblo israelita. No lo hace por polemizar, sino para provocarles y moverles a una conversión real.

    Porque al considerarse a ellos mismos tan suficientemente buenos, tan sobradamente religiosos y justos, estaban cerrados a la llamada de Dios que les está llegando por Jesús.

    En cambio, los pecadores, los últimos, los despreciados, acogían la llamada de Dios a través de las predicaciones de Juan Bautista y de Jesús, se convertían de su pecado, imploraban el perdón y así entraban en el Reino de Dios.

    El profeta Isaías lo dice: “cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”.

    Son palabras muy duras las de Jesús: “los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios”. Estos marginados son como el hijo rebelde de la parábola que ha contestado al padre “No quiero ir”, pero, al recapacitar, cumple lo que se le ha mandado.

    Hoy la Palabra de Dios es una llamada que nos interroga:

    ¿Cuál de los dos hijos de la parábola soy yo?

    ¿El que se queda en las buenas intenciones y palabras o el que pasa de las ideas a las obras y da frutos reales de conversión?

 


jueves, 17 de septiembre de 2026

DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 MIS PLANES NO SON VUESTROS PLANES, 

MIS CAMINOS NO SON VUESTROS CAMINOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En la primera lectura de hoy, Dios dice por medio del profeta Isaías: “mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”.

    Muchas veces cuando decimos que Dios es justo o que Dios castiga o, incluso, que Dios ama, pensamos en un Dios a nuestra medida, con nuestra forma humana de amar, ser justos o castigar. Pero entonces estamos haciéndonos una imagen humana de Dios, y Dios es muy diferente a nosotros, que somos simplemente criaturas.

    La Palabra de Dios nos pide hoy cambiar nuestro modo de pensar si queremos entender a Dios, como Él se nos da a conocer por medio de su Palabra. El modo de amar de Dios no es tan pobre, Él ama y bendice a lo grande, más de lo que podamos pensar: “Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes”.

    Bien claro nos lo presenta Jesús en la parábola del evangelio de hoy. El salario de una jornada de peón en los campos era un simple denario, y se ganaba trabajando de sol a sol: doce horas.

    Cada jornada se dividía en estas partes que dice el evangelio: del amanecer a media mañana, de media mañana a mediodía, y del mediodía a media tarde. Al patrón solo le salía a cuenta contratar para una jornada completa.

    Pero Jesús nos dice que hay un señor, diferente a todos los demás amos, que va contratando como jornaleros a todos los que ve desocupados en las diferentes horas del día. Y a todos les paga por igual: un denario, el sueldo de una jornada completa. Incluso a los que ha contratado justo antes de terminar la jornada, una hora antes de que se ponga el sol, les paga lo mismo.

    Los que han trabajado de sol a sol protestan. Seguramente nosotros haríamos también lo mismo. Pero, ciertamente, el amo no les ha hecho ninguna injusticia, porque les ha pagado justo lo que había acordado con ellos.

    Lo que les molesta a estos contratados a primera hora es el exceso de bondad que tiene el amo para con los últimos. Como, en la parábola del hijo pródigo, al hijo mayor le molesta el exceso de bondad del padre para con el hijo menor, que después de una vida de perdición vuelve a casa y, aun así, es tratado con amor.

    El exceso de bondad nos desconcierta porque la mayoría de nosotros no somos así. Quisiéramos más justicia, nuestra justicia, y más mano dura. Pero es que Dios es Dios y, volviendo a lo que decíamos al inicio, no podemos proyectar en Dios nuestra pequeñez a la hora de amar y de compartir.

    La actitud de Jesús hacia los pecadores, hacia los extraviados de su sociedad, desconcertaba a muchos, porque le veían demasiado comprensivo, demasiado perdonador, demasiado bueno. No entienden que Jesús les está acogiendo y amando con el amor de Dios, que es infinitamente más grande que el de los hombres.

    Ser discípulos de Jesús requiere de una conversión permanente: dejar de amar al estilo humano y empezar a amar al estilo de Dios. Esa es la meta que nos señala Jesús: “sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto”. Porque para dar solo a los que nos dan, prestar a aquellos que sabemos que nos devolverán, saludar a los que nos saludan, acoger a los que se lo merecen, no hace falta ser cristianos. Eso lo hacen también los publicanos y los pecadores, dice Jesús.

    Esta transformación para llevar una vida digna del Evangelio de Cristo, como pide el apóstol Pablo en la segunda lectura, es una tarea de toda la vida que nunca terminamos, y que solo es posible si actúa en nosotros la gracia de Dios que recibimos en los sacramentos de la Iglesia, porque con nuestras fuerzas resultaría imposible.

Feliz Domingo.

jueves, 10 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 NO GUARDES RENCOR A TU PRÓJIMO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”.

    Así hemos repetido con el salmo de este domingo. Los cristianos tenemos la inmensa suerte de conocer a Dios tal y como su Hijo Jesús nos lo mostró: como un Padre compasivo, misericordioso, clemente, que no lleva cuentas del mal, que disfruta con el perdón.

    La experiencia más parecida al amor de Dios que hay en este mundo es el amor de nuestros padres. Los padres no llevan cuentas del mal, no se cansan de perdonar y de acoger, saben disculpar los errores e ingratitudes de sus hijos porque el amor es lo más fuerte en ellos. Aunque sea un desastre … ¡es mi hijo!

    Jesús vino del Padre a compartir nuestra vida para enseñarnos vivir como hijos que se saben amados y acogidos pese a todo, estén como estén y sean como sean, sin miedos y con confianza.

    Nos dijo que así debíamos llamar y orar a Dios: llamándole Padre Nuestro.

    Y, si queremos ser buenos hijos, nos debemos parecer a nuestro Padre Dios.

    La Palabra de Dios de Dios de este domingo nos habla del rasgo que más debemos imitar. No podemos imitarle en su sabiduría ni en su omnipotencia, porque somos muy limitados. Pero sí debemos imitarle en su compasión y su misericordia, porque nos ha dado la capacidad de perdonar y amar.

    Esto es algo que ya el pueblo de Israel, en la alianza anterior a Jesús, conocía bien.

    El libro de sabiduría llamado Eclesiástico, que hemos escuchado en la primera lectura, nos lo ha dicho con toda claridad: “Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados. Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor? Si no se compadece de su semejante, ¿cómo pide perdón por sus propios pecados?”.

    No puede estar más claro: Dios nos perdona siempre, pero tenemos que saber perdonar nosotros. Cuando rezamos el Padre Nuestro así lo pedimos: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

    El perdón puede ser difícil, o incluso muy difícil si la ofensa recibida es grande, pero es necesario. El perdón rompe las cadenas del rencor y del deseo de venganza, que es una atadura que nos quita la paz y no nos deja vivir tranquilos.

    Puede que nos resulte imposible reconciliarnos con alguien cuando la otra persona no desea acoger nuestro perdón, pero si hemos hecho lo posible por lograrlo y perdonarle de corazón tendremos paz.

    Cada uno responde ante Dios por la parte que le corresponde hacer en la reconciliación, no por lo que no hagan los demás ni por su respuesta.

    La parábola del Evangelio no nos deja indiferentes. A cualquiera de nosotros le parece mal la actitud de aquel siervo desagradecido: aunque le ha sido perdonada una deuda impagable, de una cantidad desorbitante, no es capaz de perdonar la pequeña deuda que le debe su compañero y se dedica a maltratarlo.

    Es normal que, al saberlo, su amo le llame indignado y le haga ver la contradicción total de su comportamiento.

    ¿No podemos decir cada uno de nosotros que alguna vez, o más de alguna, hace lo mismo que el siervo de la parábola?

    ¿No he pedido perdón a Dios y, a la vez, yo no he sido capaz de perdonar de verdad?

    Jesús quiere que nosotros, sus amigos y discípulos, demos testimonio del poder liberador y sanador del perdón, en un mundo de corazones endurecidos y rencores que incluso se heredan de padres a hijos.

    Necesitamos experimentar el perdón para parecernos a Dios y lo necesitamos para ser más libres y más felices.

    Pidamos hoy este regalo: la capacidad de perdonar recordando cuantas veces hemos sido perdonados.

 


viernes, 4 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 YO ESTOY EN MEDIO DE ELLOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hoy vivimos mucho mejor, en general, que hace, por ejemplo, 60 años. En el plano material esto no lo podemos negar: se viven más años y con más calidad de vida generalmente, disfrutamos de alimentos más variados, de más adelantos para comunicarnos con los que nos importan, de más oportunidades…

    Pero hay algo en nuestra sociedad que lamentamos, aunque, en realidad, todos seamos parte de este mal: nos hemos vuelto muy individualistas. Parece que nos cuesta relacionarnos, conocer y que nos conozcan, formar parte de algo, de una familia, de un grupo, de un pueblo, de una parroquia…

    Porque esto de ir “cada uno a su bola” afecta también a nuestra forma de vivir la fe cristiana. Muchos católicos hoy quieren cumplir con el precepto de la misa dominical en iglesias en las que nadie les conoce ni ellos conocen a nadie, sin echar raíces en ninguna comunidad parroquial. Como si la fe fuese una experiencia de uno mismo con Dios y no necesitase de una comunidad cristiana, o como si fuese posible encontrarse con Dios prescindiendo del hermano. Esto pasa más en las ciudades, pero también pasa en nuestros pueblos.

    Pues la palabra de Dios de este domingo nos invita a pensar que nuestra fe es comunitaria y que tenemos una responsabilidad los unos para con los otros.

    Aunque a nadie nos gusta que los demás se metan en nuestras vidas, a veces hay que hacerlo si es buscando el bien del hermano.

    Sí, de eso nos habla la Palabra de Dios de este domingo.

    ¿Para qué escoge Dios al profeta Ezequiel si no es para que hable y corrija a sus paisanos, los israelitas? Para el profeta sería mucho más fácil callar y pasar inadvertido. Es mucho más fácil callar ante el pecado y el error del otro que intentar hacérselo ver.

    Pero Dios le dice al profeta que si calla se hace cómplice, y que la muerte que le traiga el pecado traerá también su propia muerte por desentenderse. Y si le ayuda a salvarse, se salva también él. Nuestra salvación personal, entonces, depende también de cómo nos responsabilizamos de los demás.

    Este mensaje es algo totalmente opuesto a muchas de las frases que tanto nos repetimos para tranquilizar nuestras conciencias: “Allá cada cual”, “yo no soy quien para meterme en la vida de nadie” o “ya tengo bastante con lo mío”, y otras parecidas.

    Cuando decimos todo esto, estamos poniendo una separación total entre mi vida y la vida de los demás, como si no estuviésemos todos interconectados y no fuéramos, en el fondo, dependientes los unos de los otros.

    Jesús en el evangelio nos lo deja igual de claro al darnos estas instrucciones sobre la corrección fraterna: corrige a tu hermano, primero tú solo, después con otros… no te desentiendas de su salvación, porque en ella está también en juego la tuya.

    Y san Pablo nos ha recordado, en la segunda lectura, que la plenitud de la Ley, es decir de lo que Dios quiere y espera de nosotros, es el amor, y el que ama de verdad ha cumplido la Ley completa, porque no hace el mal a su prójimo, sino que busca en todo su bien.

    “Lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos” y “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos”, son dos frases del Señor que tenemos que tener muy presentes cuando nos venga la tentación de vivir la fe de forma individualista y sin ninguna comunidad. No es posible; la fe en Jesús no puede vivirse sin hermanos a los que querer y de los que preocuparse.

    El Señor Jesús, después de resucitar y ascender al Padre, se ha quedado de muchas formas entre nosotros: en la Eucaristía, en los sacramentos, en su Palabra, en los pobres…

    Pero una forma de estar entre nosotros, que no puede nunca faltar para que sean reales las otras formas, es su presencia en la comunidad de discípulos reunida en su nombre: “Donde dos o más se reúnen en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos”.

    Ahora que estamos a punto de comenzar un nuevo curso, desde esta Palabra de hoy, podemos preguntarnos en serio:

    ¿Vivo la fe de un modo individualista o me gusta sentirme parte de mi comunidad parroquial?

    ¿Estoy dispuesto, si aún no lo hago, a formar parte de alguno de los grupos que hay en nuestra Unidad Pastoral, para ir creciendo en la fe junto a otros o para comprometerme en el servicio a los necesitados?

 


jueves, 27 de agosto de 2026

DOMINGO XXII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 SI ALGUNO QUIERE VENIR EN POS DE MÍ...


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    El domingo pasado escuchábamos en el evangelio cómo Pedro confiesa la fe en Jesús como el Mesías y el Hijo de Dios. No lo hace porque sea más inteligente que el resto de los apóstoles, sino porque el Espíritu Santo le mueve a hacerlo.

    La respuesta de Jesús a Pedro es que va a contar con él como la piedra sólida que servirá de cimiento a la Iglesia, a la comunidad de los creyentes en Cristo de todos los tiempos. El Papa, como obispo de Roma y sucesor del apóstol Pedro es quien tiene ahora esa misión de ser garante de la unidad de los creyentes en una misma fe.

    Esto era lo que escuchábamos en el evangelio del domingo pasado. Pero ese apóstol, que es piedra firme, ese creyente que debe confirmar en la fe a sus hermanos, debe convertirse a Jesús también, al igual que nosotros.

    Y Jesús se lo hace ver con palabras durísimas, llamándole nada menos que “Satanás”. Satanás significa tentador y adversario. ¿Por qué llama así Jesús al primero de entre sus apóstoles?

    Porque no quiere que Jesús acepte la voluntad del Padre, su plan de salvación que pasa por la entrega de la vida en la cruz. Pedro quiere que Jesús sea el Mesías y cree firmemente en él. Pero, ¿qué tipo de Mesías espera? El que esperaban los judíos y aún hoy siguen esperando: un caudillo que libertará a Israel política y militarmente, un jefe poderoso que rendirá a todos sus enemigos y traerá a los hebreos dispersos hasta la tierra que Dios les ha dado.

    Jesús les ha anunciado que eso es lo que desean los hombres, pero no lo que Dios realmente quiere. Y les manifestó, con toda sinceridad, a que iban a Jerusalén: allí iba a ser rechazado por las autoridades religiosas de su pueblo, precisamente los primeros personas que deberían reconocer en Jesús al Mesías auténtico, que iba a ser ejecutado y resucitar al tercer día.

    Pedro no lo acepta, y seguro que los otros apóstoles tampoco lo hicieron. La mejor prueba de que no lo aceptaban es que el Viernes Santo le abandonan, huyen del Calvario, le niegan y se esconden para salvar sus propias vidas.

    Una cosa es lo que pensamos los hombres y otra cosa es lo que Dios quiere y lo que Dios piensa. La conversión cristiana es precisamente ir cambiando el pensamiento y la voluntad para pensar y querer lo mismo que Dios.

    Justo lo que dice el apóstol Pablo en su Carta a los Romanos: “no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente para que sepáis discernir la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”.

    No siempre es fácil. Pero sabemos, en el fondo, que es siempre lo mejor. Que hacer lo bueno, lo más perfecto, no sea fácil no significa que no estemos convencidos de que es lo mejor.

    Como el profeta Jeremías, que intenta acallar el mensaje que Dios ha puesto dentro de él porque anunciarlo a su pueblo le resulta incómodo y le trae persecuciones. Pero, aunque quiera, no logra acallar ese mensaje de Dios, esa Palabra que lleva dentro. Y tiene que seguir anunciándolo, como profeta escogido para esa misión.

    La experiencia de Jeremías la van a vivir incontables santos y testigos de la fe a lo largo de los siglos. Quieren escapar de la misión, quieren apagar el fuego del Evangelio y vivir como los demás. Pero no pueden porque descubren que perder la vida por Jesús es encontrarla y querer vivirla sin él es perderla…

    ¿Qué supone para mí esta Palabra de Dios, qué me pide, a qué me invita?

    ¿Qué cruz del seguimiento debo aceptar en este momento para caminar tras los pasos de Jesús hacia el cielo?

 


jueves, 20 de agosto de 2026

DOMINGO XXI TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 TE DARÉ LAS LLAVES DEL REINO DE LOS CIELOS

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Este domingo la reflexión sobre la Palabra de Dios que se ha proclamado, viene marcada por una pregunta esencial. Es la que les dirige Jesús a sus discípulos de entonces, y a los de todos los tiempos: “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.

    Cuando sus padres llevaron a Jesús siendo niño al templo de Jerusalén, para cumplir con los preceptos religiosos judíos, un anciano Simeón les anunció proféticamente que Jesús estaba puesto para que muchos caigan y se levanten, como un permanente signo de contradicción que interroga y divide.

    Aquellas palabras se cumplieron plenamente. Jesús suscitaba mucha controversia en su época: para unos era un maestro, para otros un peligro, para algunos era el Salvador, para otros una amenaza contra Israel y su religión….

    Si Jesús hubiese querido ser un líder populista, que arrastrara masas hipnotizadas, un famoso “influencer” hubiera suavizado muchos de sus mensajes y hubiese pulido sus formas. Sus críticas, como las de los profetas, a la corrupción religiosa, a la falta de justicia y equidad, al funcionamiento del templo, le resultaban poco rentables socialmente. Su cercanía con los más pobres, con los descartados, con los impuros, con los pecadores públicos, con los gentiles, de los que alababa su fe profunda, como la mujer cananea del pasado domingo, perjudicaban su imagen de maestro y rabino.

    Pero él dijo: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”. Solo buscaba eso, hacer la voluntad del Padre estableciendo el Reinado de Dios. Nada más.

    La sociedad de aquel momento estaba dividida respecto a él, como deja ver la respuesta de los discípulos a la pregunta de Jesús sobre quien opinaba la gente que era él: para unos era Juan Bautista, vuelto a la vida después del martirio, para otros un profeta de la antigua historia de Israel, que había regresado como un signo del final de los tiempos.

    Y vosotros quién decís que soy yo?

    Jesús les lanza ahora la pregunta a ellos, a los que están compartiendo su vida y su palabra cada día. Y puede que entonces se hiciera un silencio incómodo, porque también entre los apóstoles había dudas y preguntas acerca de Jesús. También ellos tuvieron que llegar a la fe, y no lo harán completamente hasta vivir la experiencia de la Pascua.

    Solo Pedro, movido por el Espíritu Santo, responde la verdad más profunda sobre Jesús: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Mesías y Cristo significan el ungido. Aquel al que Dios ha ungido, ha escogido y enviado para darnos salvación y vida a los hombres que, si no lo conociéramos, estaríamos abandonados a la muerte.

    ¿Qué puedo responderle yo a Jesús cuando me pregunta “quién soy yo para ti”? No vale con la respuesta teórica aprendida en la catequesis como: “el Hijo de Dios que se ha hecho hombre”.

    La pregunta de Jesús es vital y profunda: ¿Qué significo para ti y para tu vida diaria? Eso sólo lo puede responder cada uno personalmente…

    ¿Mi fe consiste en una relación personal, profunda y de confianza con Jesucristo?

    Jesucristo le da a Pedro, después de esta confesión de fe, las llaves del reino de los cielos. En la primera lectura, del profeta Isaías, nos dice que al mayordomo del palacio de Jerusalén se le arrebatan las llaves y los poderes reales porque, en lugar de ser un servidor leal, se sirve de su cargo para su propio beneficio personal y para construirse un mausoleo que le glorifique tras su muerte.

    Las llaves que le da Jesús a Pedro son para el servicio del Reino de Dios y de la comunidad de discípulos que deben entrar en él. Siempre es necesario recordar que los cargos en la Iglesia son servicios en favor de los demás, que deben ejercerse con amor y humildad, aunque sea el cargo de Papa, el sucesor de Pedro y la roca firme sobre la que se construye la unidad de la Iglesia.

    Solo después de confesar la fe verdadera le da Jesús a Pedro esa misión en la Iglesia. Aprovechamos el mensaje de este evangelio para recordar que los católicos debemos rezar cada día por el Santo Padre, como hacemos nombrándole en cada misa,  así como tratar de conocer su enseñanza o magisterio y de estar en comunión permanente con él.

 


martes, 11 de agosto de 2026

DOMINGO XX TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 MUJER, ¡QUÉ GRANDE ES TU FE!


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    La Palabra de Dios que nos trae la liturgia de la Iglesia en este domingo tiene un mensaje común, que conecta a las tres lecturas proclamadas y al salmo: la Salvación que Dios ofrece es para todos. O, dicho de otro modo: Dios quiere la salvación de todos sus hijos.

    Muchas veces hablamos de Israel como el pueblo escogido por Dios en la historia de la salvación. Y es cierto: con ellos hace una alianza definitiva e irrevocable, les guía por medio de sus profetas y reyes, les corrige, se compromete con su historia.

    Pero esta elección no es con el fin de excluir al resto de las naciones y pueblos; Dios Yahvé nunca quiso promover un nacionalismo excluyente y un orgullo autosuficiente que les hiciese sentir distintos de los demás.

    Junto con la elección y la alianza, les confió una misión: llevar esa luz a los otros pueblos de la tierra, para que la alianza que hace con ellos termine siendo con toda la humanidad.

    Este mensaje lo recuerdan continuamente sus profetas. Como aparece hoy en la primera lectura, tomada del profeta Isaías: también a los extranjeros que se han unido al Señor los va a llenar de júbilo en su templo, la casa de oración que debe albergar a todos los pueblos. Sus sacrificios y holocaustos sobre el altar serán tan agradables a Dios como los que realizan los israelitas.

    ¿Entendieron los israelitas que la elección de Dios no debía derivar en un orgullo autosuficiente y excluyente de los demás? Claramente no lo entendieron.

    Y Jesús sufría, como nadie, esta mentalidad estrecha y excluyente, nacionalista. Muchos de sus desencuentros con los israelitas fueron provocados por su excesiva apertura hacia los de afuera: los extranjeros, los oficialmente impuros, los pecadores, los marginados.

    Pero, lejos de evitar este choque, para que no dijeran nada en su contra, Jesús ahondó en esas contradicciones de los israelitas más religiosos, y les propuso como modelo de fe a muchos de los extranjeros que se iba encontrando: el leproso samaritano curado, que es el único que vuelve a dar gracias, el centurión romano que intercede por su criado, el buen samaritano, que se detiene en el camino a curar al herido…

    Con esta clave debemos entender el evangelio de este domingo: Jesús recorre la región de Tiro y Sidón, una región de gentiles, no de judíos, que los israelitas más piadosos evitaban cruzar siquiera. Los apóstoles de Jesús eran judíos y participaban, por ello, de la mentalidad nacionalista excluyente que antes mencionamos. Jesús quiere provocarles a ellos, no a la mujer cananea, como puede parecer en una mirada superficial.

    Esta se acerca pidiendo compasión por su hija enferma. Llama a Jesús “Hijo de David”, es decir, le reconoce como el Mesías esperado.

    Jesús le responde con la actitud que aprobarían sus apóstoles judíos, la indiferencia y una respuesta muy ortodoxa y cortante: el Mesías solo ha sido enviado a las ovejas de Israel.

    La mujer insiste y se postra, ahora le llama Señor-Kyrios, que es tanto como llamarle Dios y le dice “Señor, ayúdame”.

    Los hebreos llamaban despectivamente a los gentiles “perros” y esa palabra dura usa Jesús. Podemos imaginar a sus apóstoles judíos asintiendo con la cabeza y aprobando la dureza ortodoxa de su Maestro.

    Pero, de este modo, Jesús ha probado la fe de aquella mujer. Como decía san Agustín comentando esta escena: “Cristo no rechazaba hacerle misericordia, sino que hacía crecer su deseo”.

    Aunque sea extranjera, aquella cananea tiene más fe que los israelitas, ya que, a Pedro en el evangelio del pasado domingo, la tempestad que amenazaba la barca, le llamó “hombre de poca fe”. Y ahora, a esta mujer la dice: “Qué grande es tu fe”.

    La provocación de Jesús haría reflexionar a sus apóstoles: los verdaderos hijos de Abraham son los que viven de verdad la fe, y no solo los que heredan una sangre y un apellido por nacimiento.

    ¿Nos puede pasar como a los israelitas? Creernos que ya estamos salvados y que ya vivimos una vida de amistad con Dios porque tenemos el bautismo y las prácticas religiosas más o menos fieles. Recordemos este pasaje y la lección que Jesús da a sus apóstoles: lo que importa es la fe verdadera, la respuesta de fe y de obras según el Evangelio que demos al Señor. Ese es el único mérito posible para salvarse.

    Dios quiere que su salvación llegue a todos. ¿Colaboramos con esta misión universal mediante nuestro testimonio permanente o nos guardamos la alegría de la fe para nosotros solos, desentendiéndonos del resto?

 


jueves, 6 de agosto de 2026

DOMINGO XIX TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 ÁNIMO, SOY YO. ¡NO TENGÁIS MIEDO!


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Las lecturas de la Palabra de Dios en este domingo nos presentan dos escenas muy diferentes, pero unidas por una misma idea: Dios se manifiesta y actúa en las dificultades de nuestra vida.

    El profeta Elías es conocido en la historia bíblica por ser el profeta que defendió, con milagros poderosos y con mucha fuerza, incluso brutalidad, que su pueblo, Israel, sólo debía dar adoración y culto a Yahvé Dios. El culto a los dioses de los otros pueblos, que parecían dar más beneficios a cambio de menos exigencias, tentaba mucho a los hebreos.

    Y contra esa tentación de la idolatría actuó el profeta Elías. Era llamado un profeta de fuego por su fortaleza inquebrantable y sus acciones poderosas: acabó con cientos de profetas paganos de un culto falso, se enfrentó a los reyes, mandó la sequía sobre la tierra…

    Pero después de haber luchado tanto por la causa de Dios, el profeta Elías cae en una gran depresión y se desea la muerte. Siente la duda de si todo aquello que ha hecho por defender la fe era realmente la voluntad de Dios, ya que no ve los frutos.

    Se esconde en una cueva en el monte Horeb de los que pretenden su muerte, porque no desea seguir con su lucha. Allí, Dios le hace saber que va a pasar ante él. Ocurren tres manifestaciones poderosas y sobrecogedoras, que solían anunciar la presencia de Dios: un huracán, un terremoto y un fuego. Pero en ninguna de las tres estaba presente Dios.

    Finalmente pasa el susurro de una brisa suave y Elías, tan acostumbrado a la violencia y el poder, descubre que Dios está pasando ante él en esa manifestación tan sencilla.

    Seguro que este pasaje nos dice algo a todos nosotros. Nos gustaría que Dios se manifestase con toda claridad y rotundidad en tantas circunstancias y parece que, cuando más le necesitamos, nos molesta su silencio, su suavidad, sus tiempos que no son los nuestros.

    Y, sin embargo, Dios pasa de ese modo y solo el que descubre el valor del silencio y de la escucha desde el corazón lo descubre.

    Otro ejemplo muy real: cuantas veces valoramos los grandes acontecimientos que reúnen miles de personas y medimos el valor de las actividades de la Iglesia por el número de personas que se juntan. Pero el estilo de Dios es, con frecuencia, hacerse presente precisamente en lo sencillo, en lo humilde, en los pocos que se reúnen con cariño en su nombre, aunque no cuenten nada para el mundo.

    Y si no estamos atentos a esas brisas suaves, a esos silencios, a esa sencillez, no nos enteramos de nada…

    La segunda escena nos lleva al lago o mar de Galilea justo después del milagro de la multiplicación de los panes. Los discípulos, cumpliendo la orden de Jesús, están en una barca y les sorprende una fuerte tormenta de olas y vientos.

    Aunque varios eran pescadores, temen por sus vidas. Entonces Jesús se les acerca dominando las fuerzas contrarias de la naturaleza, como ningún hombre puede hacer. Con sus palabras trata de devolverles la confianza: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”.

    No les dice “no pasa nada” o “todo va a ir bien”, sino “Soy yo”, que está con vosotros en medio de la tormenta y el peligro de hundiros.

    Pedro, siempre el más impulsivo de los apóstoles, le dice: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua”. No se echa al agua, sino que le pide a Jesús que se lo mande, porque lo que puede darle seguridad en aquel momento de miedo es, precisamente, obedecerle.

    Pedro representa aquí la actitud del discípulo: quiere obedecer, se fía, pero en la dificultad, al sentir el viento contrario y las olas, duda y se hunde. Hasta que grita “Señor, sálvame” y Jesús le levanta, le pone a salvo.

    No nos quedemos en estas escenas con lo espectacular de Jesús caminando sobre el agua, porque la Palabra de Dios es siempre una palabra viva con la cual hoy el Señor quiere hablarnos y ayudarnos a vivir según su voluntad.

    Todos podemos pasar circunstancias en la vida en las que, por más fe que tengamos, nos entran dudas y sentimos que nos hundimos. La Iglesia también pasa por vientos muy contrarios y oleajes que parece que van a hundir la barca frágil de los discípulos.

    Pero el Señor no nos deja y él es más fuerte que el mal y la muerte, representados en esos oleajes y vientos contrarios del lago. Si nos fiamos, si extendemos la mano, si oramos y procuramos mantenernos cerca de él, aunque no sintamos nada, es seguro que va a tomarnos y levantarnos.

    ¿De qué modo lo va a hacer? No lo sabemos, pero sabemos que lo hará. “Ánimo, soy yo”, nos repite.

 

 

 


jueves, 23 de julio de 2026

DOMINGO XVII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A UN TESORO ESCONDIDO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    ¿Cuáles son las realidades más valiosas de la vida humana? ¿Cuál es el verdadero tesoro por el que merece la pena hacer cualquier esfuerzo?

    La Palabra de Dios de este domingo nos invita a encontrar en ella la respuesta a estas preguntas tan profundas. O, dicho de otro modo: ¿Cuál es el sentido de la vida?

    Hay quien dice que no merece la pena gastar tiempo en este tipo de preguntas y reflexiones, que es mejor ir gastando la vida distraídos, día tras día, ir tirando, como decimos, sin pararse mucho a profundizar.

    Pero no funciona así. La vida verdaderamente humana necesita de un propósito y un sentido.

    A Muchos nos sonará el nombre de Viktor Frankl, un psiquiatra judío que estuvo tres años prisionero en Auschwitz y otros campos de concentración nazis. Allí descubrió, pese al horror que le rodeaba, algo muy importante: los prisioneros que sobrevivían eran precisamente los que tenían un propósito profundo para seguir vivos. Los que no lo tenían, se abandonaban y morían antes. Después de ser liberado se dedicó a dar conferencias por el mundo entero para contar su experiencia y lo que allí descubrió: el hombre necesita un sentido para la vida tanto como necesita aire, agua o alimento.

    Si falta el propósito y el sentido, el ser humano, aunque lo tenga todo, no tiene nada.

    Jesús tenía un propósito firme para su vida y lo llevó adelante con entereza, aunque le supusiera la muerte en cruz: hacer la voluntad del Padre anunciando y realizando el Reino de Dios en este mundo.

    No definía el Reino de Dios con teorías, sino con parábolas. Qué es el Reino lo descubrimos en su modo de vivir y de actuar: uno deja que Dios reine en su vida cuando tiene a Dios por Padre y se siente amado incondicionalmente por Él y tiene a los demás por hermanos, amándolos también incondicionalmente hasta dar la vida por ellos.

    El que vive así, como Jesús, es porque está en el Reino de Dios, es porque Dios está reinando en su vida.

    Jesús nos dice en el evangelio de este domingo que quien ha descubierto lo que supone vivir así, la alegría, la paz, la plenitud que supone, es como el que encuentra un tesoro escondido en el campo o una perla de valor y rareza extraordinarias. No le importa lo que tenga que hacer para conseguir ese tesoro, porque se ha dado cuenta de que todo lo demás que tenía hasta entonces no se puede ni comparar.

    Vende todo lo que tiene y compra el campo o compra la perla. El tesoro del Reino supera el valor de todo.

    No todos lo descubren; hay quien solo ve un terreno o un montón de perlas. No han buscado, no han profundizado y por eso no lo han descubierto. Está alcance de todos, pero no todos se atreven a buscar y profundizar.

    Hay quien prefiere quedarse con las cosas superficiales, con las pequeñas satisfacciones de vivir pensando primero en sí mismo, con las pequeñas alegrías del consumo y de los bienes, aunque sepa, en el fondo, que no le van a poder dar la alegría más auténtica.

    El rey Salomón aparece orando en la primera lectura. Es un rey joven, que ha heredado un reino extenso y unido gracias a las conquistas militares de su padre David. Podría pedirle seguir ampliando su reino, conquistas militares, una larga vida o riquezas. Pero no lo hace. Lo que pide es un corazón atento, que sepa escuchar, juzgar y discernir entre el bien y el mal, entre lo que no es importante y el verdadero tesoro.

    A Dios le agrada la oración del joven rey y le otorga la sabiduría que pide, para escuchar la voluntad de Dios, descubrir lo que de verdad importa y no confundirlo con el resto.

    Jesús también dijo: ¿Cómo no va dar el Padre el Espíritu Santo a los que se lo pidan? Dios no nos niega ese don de sabiduría del Espíritu que nos ayudará a ver con claridad si se lo pedimos.

    Con la Palabra de Dios de este domingo se nos invita a la reflexión de algo central para la vida: ¿me estoy centrando en las realidades verdaderamente importantes de la vida, en el tesoro, o estoy malgastando mis ilusiones en aquellas que no valen?

    Hoy celebramos la Jornada de los Abuelos y los Mayores con el lema “Yo no te olvidaré”. El papa León, en su mensaje, nos dice a los que somos mayores o abuelos que nuestra vida tiene sentido, que debemos seguir cultivando el don de la fe y aportando nuestra experiencia de vida a niños y jóvenes. Y a los que somos más jóvenes nos invita a cuidar con amor a los mayores, siendo para ellos un signo del amor inquebrantable de Dios que no olvida a sus hijos ancianos.

 

lunes, 20 de julio de 2026

HORARIOS AGOSTO 2026

XVIII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 1 (Misas vespertinas)

19 H. CANALEJA

20 H. VILLARRODRIGO 

DOMINGO 2

11 H. VILLAMOROS

12 H. ROBLEDO 

13 H. VILLAOBISPO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLANUEVA


XIX DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 8 (Misa vespertina)

20 H.  VILLANUEVA 

DOMINGO 9

11 H. VILLAMOROS 

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

12 H. VILLARRODRIGO

13 H. VILLAOBISPO 


XX DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 15 (Misas vespertinas)

19 H. CANALEJA 

20 H. VILLAMOROS 

DOMINGO 16

11 H. VILLANUEVA

12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra) 

12 H. ROBLEDO (Fiesta de San Roque)

13:15 H. VILLAOBISPO


XXI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 22 (Misa vespertina)

20 H. ROBLEDO 

DOMINGO 23

11 H. VILLAMOROS

12 H. VILLARRODRIGO 

13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 


XXII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 29 (Misas vespertinas)

19 H. CANALEJA

20 H. VILLAOBISPO 

DOMINGO 30

11 H. ROBLEDO

12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)

12 H. VILLARRODRIGO

13 H. VILLANUEVA


SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (SÁBADO 15)

12 H. VILLARRODRIGO

13 H. VILLAOBISPO


FIESTAS PARROQUIALES:

SAN ROQUE: DOMINGO 16 ROBLEDO (12 H.)


jueves, 16 de julio de 2026

DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 TÚ, SEÑOR, ERES BUENO Y CLEMENTE


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hay una película, de hace unos años ya, titulada “Como Dios” y protagonizada por Jim Carrey. En ella, el protagonista, una persona incapaz de verle nada positivo a la vida, desafía a Dios, reprochándole que no sabe usar su poder para dirigir el mundo.

    Dios responde a su reto y le concede su poder para que lo pruebe durante una semana, ya que se cree capaz de ser mejor administrador que él. En la película se ve cómo este hombrecillo, que creía ser más sabio que Dios, emplea el poder que le concede en satisfacer sus deseos caprichosos. Pero al final tiene que rendirse a la evidencia: un simple hombre no sabe administrar el poder de Dios.

    ¿Para qué usaríamos nosotros semejante poder? Muchas veces el ser humano ha creado religiones que imaginan a dioses poderosos pero llenos de las mismas pasiones que los hombres: son coléricos, caprichosos, vengativos… así eran, por ejemplo, los dioses de Grecia y Roma. Hacían batallas, tomaban partido por unos frente a otros, seducían, acumulaban.

    El verdadero Dios, como se nos manifiesta en la Palabra que se nos ha proclamado este domingo, emplea su poder precisamente en el amor, en la paciencia, en el cuidado. Lo que hace a Dios ser Dios no es que sea vengativo, como lo somos nosotros, o caprichoso en sus criterios o elecciones, como lo somos nosotros. Lo que le hace ser Dios es su capacidad de amar sin límites a todos sus hijos, incluso a aquellos que no le reconocen ni le admiten.

    Así nos lo ha dicho ya la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría: “Fuera de ti no hay otro dios que cuide de todo (…) Tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos.

    Es necesario más poder para perdonar que para vengarse y es más difícil amar a los enemigos que odiarlos. Por esto Jesucristo nos dijo: Sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto en el amor, porque hace salir su sol y manda su lluvia por igual sobre buenos y malos.

    Para vengarse basta con ser una criatura: si dañas a un animal este, si puede, te clava su aguijón o te muerde. Pero para amar, para dar la vida, hay que llevar dentro el amor del Creador. “Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores”.

    Con el salmo hemos repetido: Tú, Señor, eres bueno y clemente”. Si somos buenos y clementes con los demás, entonces nos parecemos algo a Dios. Aquel personaje de la película “Como Dios” quería parecerse a Dios disfrutando de un poder caprichoso e ilimitado. Pero el camino para parecerse es bien distinto.

    En esta clave debemos entender el evangelio de hoy que, de nuevo, es una parábola tomada de las tareas del campo que realizaba la gente sencilla de su tiempo, entre los cuales vivía Jesús.

    En el campo sembrado de buena simiente, el enemigo ha esparcido semillas de cizaña y ahora crece. Incluso parece que va a asfixiar al buen trigo.

    Los criados ven el problema y proponen la solución más rápida y fácil: arrancar la cizaña mala para que sólo quede el trigo bueno. En cambio, el señor de la tierra tiene una visión más amplia y profunda que ellos: no se puede arrancar la cizaña sin arrancar también el trigo. Hay que esperar a que llegue la cosecha para poder separarlos, hay que ser pacientes, saber esperar.

    Lo más eficaz que se nos ocurre es arrancar la cizaña; por eso a veces decimos: “yo a estos los hacía esto o aquello” o “yo solucionaba esto así”. Dios tiene otro estilo, afortunadamente para nosotros.

    Es el estilo paciente del que respeta los tiempos, los caminos, los pequeños pasos que vamos dando para convertirnos y mejorar, aunque aún nos quede mucha cizaña mezclada entre el trigo. En el mundo hay trigo y hay cizaña, y en cada uno de nosotros también hay trigo bueno y cizaña mala.

    La conversión permanente del cristiano es ir logrando, con la gracia de Dios que recibimos en su Palabra y en los sacramentos, que cada vez haya más de uno y menos de la otra.

    Y, hasta que llegue la cosecha, tengamos la misma paciencia del Señor del campo para con la cizaña propia y la cizaña ajena.

 


DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

¿QUÉ MÁS PODÍA HACER YO POR MI VIÑA QUE NO HUBIERA HECHO? COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA      En este domingo hay una imagen que se re...