jueves, 10 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 NO GUARDES RENCOR A TU PRÓJIMO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”.

    Así hemos repetido con el salmo de este domingo. Los cristianos tenemos la inmensa suerte de conocer a Dios tal y como su Hijo Jesús nos lo mostró: como un Padre compasivo, misericordioso, clemente, que no lleva cuentas del mal, que disfruta con el perdón.

    La experiencia más parecida al amor de Dios que hay en este mundo es el amor de nuestros padres. Los padres no llevan cuentas del mal, no se cansan de perdonar y de acoger, saben disculpar los errores e ingratitudes de sus hijos porque el amor es lo más fuerte en ellos. Aunque sea un desastre … ¡es mi hijo!

    Jesús vino del Padre a compartir nuestra vida para enseñarnos vivir como hijos que se saben amados y acogidos pese a todo, estén como estén y sean como sean, sin miedos y con confianza.

    Nos dijo que así debíamos llamar y orar a Dios: llamándole Padre Nuestro.

    Y, si queremos ser buenos hijos, nos debemos parecer a nuestro Padre Dios.

    La Palabra de Dios de Dios de este domingo nos habla del rasgo que más debemos imitar. No podemos imitarle en su sabiduría ni en su omnipotencia, porque somos muy limitados. Pero sí debemos imitarle en su compasión y su misericordia, porque nos ha dado la capacidad de perdonar y amar.

    Esto es algo que ya el pueblo de Israel, en la alianza anterior a Jesús, conocía bien.

    El libro de sabiduría llamado Eclesiástico, que hemos escuchado en la primera lectura, nos lo ha dicho con toda claridad: “Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados. Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor? Si no se compadece de su semejante, ¿cómo pide perdón por sus propios pecados?”.

    No puede estar más claro: Dios nos perdona siempre, pero tenemos que saber perdonar nosotros. Cuando rezamos el Padre Nuestro así lo pedimos: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

    El perdón puede ser difícil, o incluso muy difícil si la ofensa recibida es grande, pero es necesario. El perdón rompe las cadenas del rencor y del deseo de venganza, que es una atadura que nos quita la paz y no nos deja vivir tranquilos.

    Puede que nos resulte imposible reconciliarnos con alguien cuando la otra persona no desea acoger nuestro perdón, pero si hemos hecho lo posible por lograrlo y perdonarle de corazón tendremos paz.

    Cada uno responde ante Dios por la parte que le corresponde hacer en la reconciliación, no por lo que no hagan los demás ni por su respuesta.

    La parábola del Evangelio no nos deja indiferentes. A cualquiera de nosotros le parece mal la actitud de aquel siervo desagradecido: aunque le ha sido perdonada una deuda impagable, de una cantidad desorbitante, no es capaz de perdonar la pequeña deuda que le debe su compañero y se dedica a maltratarlo.

    Es normal que, al saberlo, su amo le llame indignado y le haga ver la contradicción total de su comportamiento.

    ¿No podemos decir cada uno de nosotros que alguna vez, o más de alguna, hace lo mismo que el siervo de la parábola?

    ¿No he pedido perdón a Dios y, a la vez, yo no he sido capaz de perdonar de verdad?

    Jesús quiere que nosotros, sus amigos y discípulos, demos testimonio del poder liberador y sanador del perdón, en un mundo de corazones endurecidos y rencores que incluso se heredan de padres a hijos.

    Necesitamos experimentar el perdón para parecernos a Dios y lo necesitamos para ser más libres y más felices.

    Pidamos hoy este regalo: la capacidad de perdonar recordando cuantas veces hemos sido perdonados.

 


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