DADLES VOSOTROS DE COMER
COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA Si el domingo pasado nos preguntábamos, desde la Palabra de
Dios proclamada, acerca de cuáles son los valores esenciales de la vida, dónde
están el tesoro escondido y la perla de valor incalculable, las lecturas de hoy
casi nos llevan a una reflexión parecida.
Lo más valioso de esta vida no se puede comprar, es siempre un
regalo y un don que se reciben.
El profeta Isaías aparece en la primera lectura casi como si
fuese el propagandista de Dios, que ofrece, en su nombre, un alimento y una
bebida únicos. En aquel tiempo y en aquel contexto cultural era habitual el politeísmo:
muchos pueblos tenían una infinidad de dioses; unos servían para las batallas,
otros para la fecundidad, y así…
Pero aquellos dioses no beneficiaban a sus devotos gratuitamente,
sino a cambio de costosas ofrendas y sacrificios, que incluían, no pocas veces,
el sacrificio de vidas humanas.
El Dios vivo y verdadero, el que anuncia el profeta Isaías,
no pide nada de todo esto. Lo único que le pide al creyente es la fe, la confianza,
y la entrega del corazón dócil y obediente a sus preceptos, que no son
abusivos, sino que son fuente de paz y de alegría.
Y para todos aquellos que buscan porque sienten verdadera
hambre y sed, y nada parece saciar su espíritu necesitado, les dice: “Oíd,
sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no tenéis dinero: comprad
trigo y comed, venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche”.
Su reflexión no ha perdido actualidad, y quizás la tiene aún
más en nuestro mundo del consumismo: “¿Por qué gastar dinero en lo que no
alimenta y el salario en lo que no da hartura?”. Es imposible que las
realidades de este mundo sacien el alma humana que está hecha para las realidades
eternas; es algo que experimentamos tantas y tantas veces…
Se ve fácilmente la relación de esta primera lectura con el evangelio:
Jesús siente compasión por aquellas personas que se han reunido para escucharle,
pero sin llevar provisiones.
¿Qué hacer? Los discípulos lo tienen claro: la solución más
sencilla es despedirles y que cada cual resuelva su problema. Pero Jesús no se
lo permite; les involucra a ellos en la resolución de aquella necesidad, no les
permite escapar de ella: “Dadles vosotros de comer”. Los discípulos de Jesús
han de llevar en su corazón los mismos sentimientos de Jesús, su mismo amor
compasivo.
No tenían más que cinco panes y dos peces. Parece que si no
tenemos grandes medios no podemos hacer nada, así que es mejor quedarse de
brazos cruzados y lamentando lo mal que está todo.
Pero ese no es el camino de Jesús. Aunque sea poco, aunque
parezca insuficiente, cada gesto de caridad hecho con amor cuenta… Benedicto
XVI dijo, comentando esta escena del evangelio: “El milagro consiste en
compartir fraternalmente unos pocos panes que, confiados al poder de Dios, no
sólo bastan para todos, sino que incluso sobran hasta llenar doce canastos”.
Salir de nuestra comodidad, pensar en el que está peor, poner
en común algo de lo que tenemos, ya es un verdadero milagro, el mayor de todos.
Es el milagro del amor fraterno en una sociedad que nos invita al egoísmo y la
comodidad.
Hay más en el evangelio: Jesús toma el pan, alza la mirada al
cielo, pronuncia la bendición y lo parte. Claramente la escena nos sitúa ante
la eucaristía, son los gestos de Cristo con el pan en la última Cena. No puede
haber eucaristía que no nos lleve a pensar en los que sufren, y, al mismo
tiempo, no podemos servir a los demás si no nos alimentamos en el Pan de la
Vida que Él nos regala.
Cuando lo ha hecho se lo da a los apóstoles para que se lo distribuyan
a las multitudes hambrientas. De este modo, les está preparando para ser los
ministros que distribuyan el pan de la Palabra y de la Eucaristía, el que nos
une de tal modo al Señor, que nada ni nadie nos puede ya separar, como nos dice
san Pablo en su carta a los Romanos.
Sigamos celebrando el domingo. Caigamos, por un momento, en la
cuenta de la suerte que tenemos de poder estar celebrando aquí este encuentro
con el Señor resucitado y con los hermanos con los que compartimos una misma
fe,
Si el domingo pasado nos preguntábamos, desde la Palabra de
Dios proclamada, acerca de cuáles son los valores esenciales de la vida, dónde
están el tesoro escondido y la perla de valor incalculable, las lecturas de hoy
casi nos llevan a una reflexión parecida.
Lo más valioso de esta vida no se puede comprar, es siempre un
regalo y un don que se reciben.
El profeta Isaías aparece en la primera lectura casi como si
fuese el propagandista de Dios, que ofrece, en su nombre, un alimento y una
bebida únicos. En aquel tiempo y en aquel contexto cultural era habitual el politeísmo:
muchos pueblos tenían una infinidad de dioses; unos servían para las batallas,
otros para la fecundidad, y así…
Pero aquellos dioses no beneficiaban a sus devotos gratuitamente,
sino a cambio de costosas ofrendas y sacrificios, que incluían, no pocas veces,
el sacrificio de vidas humanas.
El Dios vivo y verdadero, el que anuncia el profeta Isaías,
no pide nada de todo esto. Lo único que le pide al creyente es la fe, la confianza,
y la entrega del corazón dócil y obediente a sus preceptos, que no son
abusivos, sino que son fuente de paz y de alegría.
Y para todos aquellos que buscan porque sienten verdadera
hambre y sed, y nada parece saciar su espíritu necesitado, les dice: “Oíd,
sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no tenéis dinero: comprad
trigo y comed, venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche”.
Su reflexión no ha perdido actualidad, y quizás la tiene aún
más en nuestro mundo del consumismo: “¿Por qué gastar dinero en lo que no
alimenta y el salario en lo que no da hartura?”. Es imposible que las
realidades de este mundo sacien el alma humana que está hecha para las realidades
eternas; es algo que experimentamos tantas y tantas veces…
Se ve fácilmente la relación de esta primera lectura con el evangelio:
Jesús siente compasión por aquellas personas que se han reunido para escucharle,
pero sin llevar provisiones.
¿Qué hacer? Los discípulos lo tienen claro: la solución más
sencilla es despedirles y que cada cual resuelva su problema. Pero Jesús no se
lo permite; les involucra a ellos en la resolución de aquella necesidad, no les
permite escapar de ella: “Dadles vosotros de comer”. Los discípulos de Jesús
han de llevar en su corazón los mismos sentimientos de Jesús, su mismo amor
compasivo.
No tenían más que cinco panes y dos peces. Parece que si no
tenemos grandes medios no podemos hacer nada, así que es mejor quedarse de
brazos cruzados y lamentando lo mal que está todo.
Pero ese no es el camino de Jesús. Aunque sea poco, aunque
parezca insuficiente, cada gesto de caridad hecho con amor cuenta… Benedicto
XVI dijo, comentando esta escena del evangelio: “El milagro consiste en
compartir fraternalmente unos pocos panes que, confiados al poder de Dios, no
sólo bastan para todos, sino que incluso sobran hasta llenar doce canastos”.
Salir de nuestra comodidad, pensar en el que está peor, poner
en común algo de lo que tenemos, ya es un verdadero milagro, el mayor de todos.
Es el milagro del amor fraterno en una sociedad que nos invita al egoísmo y la
comodidad.
Hay más en el evangelio: Jesús toma el pan, alza la mirada al
cielo, pronuncia la bendición y lo parte. Claramente la escena nos sitúa ante
la eucaristía, son los gestos de Cristo con el pan en la última Cena. No puede
haber eucaristía que no nos lleve a pensar en los que sufren, y, al mismo
tiempo, no podemos servir a los demás si no nos alimentamos en el Pan de la
Vida que Él nos regala.
Cuando lo ha hecho se lo da a los apóstoles para que se lo distribuyan
a las multitudes hambrientas. De este modo, les está preparando para ser los
ministros que distribuyan el pan de la Palabra y de la Eucaristía, el que nos
une de tal modo al Señor, que nada ni nadie nos puede ya separar, como nos dice
san Pablo en su carta a los Romanos.
Sigamos celebrando el domingo. Caigamos, por un momento, en la
cuenta de la suerte que tenemos de poder estar celebrando aquí este encuentro
con el Señor resucitado y con los hermanos con los que compartimos una misma
fe,




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