NOSOTROS SOMOS TESTIGOS
Hoy
es Pascua, la vida ha vencido la muerte, el Señor ha resucitado y su sepulcro
está vacío. Hoy es el gran domingo del año, y todos los demás domingos del año serán
un eco de este.
Hemos
vivido, con sencillez, en las parroquias de nuestra Unidad Pastoral, los días
más decisivos en su vida y los días más importantes en nuestra fe: el Santo
Triduo Pacual.
No
ha sido un simple recuerdo de hechos ya pasados, sino una actualización en el
presente: le hemos acompañado en el cenáculo para la última cena pascual y
hemos acompañado su tristeza y oración en el huerto el Jueves Santo, su camino
hacia el Calvario, su Pasión y Muerte el Viernes Santo.
¡Qué
suerte hemos tenido de poder vivir un Triduo Pascual sin distracciones, centrados
en lo verdaderamente importante, en acompañar al Señor y agradecer su redención
conseguida en la cruz!
Por eso desde anoche, con la celebración
solemne de la Vigilia Pascual, nos hemos
llenado de alegría por su resurrección. La resurrección es la prueba
definitiva de la verdad de la vida de Cristo; si no hubiese resucitado, sería
un profeta más, un hombre bueno con un gran mensaje al que, como a tantos otros
antes, el mal y la injusticia acallaron y vencieron.
Pero
si resucita, tal y como había anunciado que el grano de trigo tenía que ser
sepultado en la tierra para dar fruto abundante, entonces es que todo lo que
dijo es cierto: realmente es el Hijo de Dios, el Salvador que nos puede dar
vida eterna.
María
Magdalena se acerca al sepulcro a realizar un último gesto de amor con el
cuerpo muerto de su querido y admirado Maestro. Sólo quiere terminar de ungir
su cuerpo, porque las circunstancias tan duras que han vivido con la
crucifixión no se lo han permitido. No se le pasaba por la cabeza que hubiera
resucitado, como tampoco al resto de apóstoles que han huido a donde han podido
para llorar la muerte y el fracaso de Jesús.
Cuando
ve el sepulcro vacío, corre a anunciárselo a Pedro y a Juan. Estos corren a
comprobarlo y, al llegar, ven los lienzos y el sudario. Ven y creen. Creen y,
por fin, logran entender la Palabra de Cristo que ya les anunció repetidamente
su resurrección. Nadie podía haber robado el cuerpo y haber dejado así las
valiosas telas, aquello era un signo claro de que la resurrección era real.
¿Qué
significa para nosotros la resurrección de Jesucristo? Lo significa todo. Él ha
vencido a la muerte y nos ha dado la esperanza de una vida nueva. Estamos
salvados de la muerte y del pecado, que, aunque sigan teniendo poder sobre
nosotros, ya no son definitivos, están vencidos por su resurrección.
Dos
son los grandes signos que nos acompañan en todas las celebraciones de la
Pascua: la luz del cirio y el agua bautismal.
La
luz del cirio es la luz del resucitado que ilumina la oscuridad del mundo. ¿Qué
oscuridad habría en este mundo y en nuestros corazones si el Señor no hubiese resucitado?
No habría esperanza para nosotros; solo nos quedaría distraer la vida que se
escapa, intentando no pensar que todo se va a acabar definitivamente. Muchas
personas hay que viven así, sin conocer esta luz del Resucitado.
El
agua bautismal es la que nos ha hecho renacer, nos ha dado la vida nueva de los
hijos de Dios. Por eso en estos domingos de Pascua la recibimos al comienzo de
cada misa y renovamos así nuestro bautismo.
San
Pablo nos invita a vivir ya como resucitados, nacidos de la Pascua: “Si habéis
resucitado con Cristo, buscad los bienes de allí arriba, no los de la tierra”.
¿Cómo
es mi modo de vivir, como alguien que tiene la esperanza de la resurrección de
Cristo en su vida o la de alguien aún aferrado a los bienes efímeros que pasan
y que nos distraen de los esenciales?
Feliz
Pascua, hermanos.
Cristo
ha resucitado y nosotros también con él.





