jueves, 26 de marzo de 2026

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

 HOSANNA AL HIJO DE DAVID


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Con la celebración del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor nos adentramos en el período más intenso y significativo de todo el año cristiano: la Semana Santa.

    Cantando como los habitantes de Jerusalén “Hosanna al Hijo de David; bendito el que viene en nombre del Señor”, y agitando en nuestras manos las palmas mientras entrabamos en el templo, hemos revivido anticipadamente en la procesión el triunfo de Jesucristo, su Resurrección.

    Pero estas aclamaciones de alegría duraron poco tiempo, como hemos escuchado en la lectura de la Pasión del Señor, pues inmediatamente resonarán los gritos hostiles contra Jesús, quién, a pesar de ser inocente, fue condenado a la muerte en la Cruz. Muchos de los que hoy gritaban “Hosanna al hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor”, el próximo viernes gritarán “crucifícalo, crucifícalo”, y lo llevarán hasta la Cruz.

    Jesús es el Rey aclamado por el pueblo, el Mesías anunciado por los profetas y esperado por los pobres, pero su actitud, montado sobre un borriquillo, manifiesta que llega en son de paz, como estaba anunciado.

    La momentánea alegría del pueblo judío, que esperaba un caudillo libertador, contrasta con las lágrimas de Jesús al llegar a Jerusalén y comprobar la obstinación de sus corazones, cerrados al amor y a la misericordia divina.

    El relato de la Pasión, su escucha y los sentimientos que suscita, nos sitúan muy cerca de Jesucristo y de sus sufrimientos, puesto que será traicionado, escarnecido, flagelado y crucificado. Su ejemplo de obediencia y docilidad a la voluntad de Dios, de amor efectivo y de cumplimiento de la voluntad divina, es la más esclarecedora expresión y el gesto más profundo y auténtico del amor divino, que llega hasta derramar la última gota de sangre para salvarnos a todos. Nos amó y se entregó por nosotros, para salvarnos.

    En la lectura de la Pasión hemos recordado la entrega total de Cristo por nuestra salvación. Ese es su deseo y el motivo de que acepte el sufrimiento: su amor al Padre y su amor por cada uno de nosotros. 

    Las lecturas que hemos escuchado nos preparan para todo lo que vamos a vivir durante toda la Semana Santa. En ella podremos profundizar con todo detalle en lo que Jesús ha hecho por cada uno de nosotros.

    Entre los muchos personajes que aparecen en la narración, la mayoría gente común del pueblo, algunos quedan afectados por lo que estaba sucediendo: Simón de Cirene es obligado a ayudar a llevar la cruz con Jesús; las mujeres de Jerusalén se lamentan al ver el sufrimiento de Jesús; el buen ladrón, que comprendió su inocencia y que le pidió que se acordara de él cuando entrara en su reino; el centurión, que confesó al verle morir que era un hombre justo; las mujeres que lo seguían desde Galilea y lloraban a verlo pasar cargado con la cruz; José de Arimatea que se preocupó del cuerpo de Jesús y de enterrarlo... 

    ¿Qué siento y quiero hacer yo ante la Pasión de Jesucristo que entrega su vida por mí como expresión del amor que Dios me tiene? ¿Cómo voy a vivir esta Semana tan intensa para mi fe?

    Toda la Cuaresma llevamos oyendo hablar de la necesidad de Conversión, de cambio del corazón. Pero sabemos bien, por experiencia propia, que es imposible cambiar sin la gracia de Dios. Por esto, la mejor forma de entrar en la Semana Santa es recibiendo el perdón de Dios en el sacramento de la Confesión o sacramento de la Reconciliación.

    Hay muchos cristianos que hoy se engañan pensando que pueden prescindir de este sacramento y dicen “yo me confieso con Dios”. Pero al igual que el resto de los sacramentos los recibimos de la Iglesia, también el perdón de Cristo nos llega por la Iglesia, ya que dijo a los apóstoles “A quienes perdonéis los pecados les quedarán perdonados”.

    Vamos a tener el Lunes y Martes santo las celebraciones penitenciales en nuestras parroquias de la Unidad Pastoral. Quien no pueda en estas, puede acercarse a otra iglesia donde haya confesiones. Que podamos entrar con el corazón limpio de pecado en los días más santos del año para un cristiano.

 


miércoles, 25 de marzo de 2026

HORARIOS SEMANA SANTA 2026

 30 DE MARZO. LUNES SANTO 

CELEBRACIÓN DEL PERDÓN (CONFESIONES)

18 H. VILLANUEVA

19 H. ROBLEDO (Con misa)

31 DE MARZO. MARTES SANTO

CELEBRACIÓN DEL PERDÓN (CONFESIONES)

18 H. VILLAOBISPO

19 H. VILLARRODRIGO (Con misa)

2 DE ABRIL  JUEVES SANTO
DÍA DE LA EUCARISTÍA Y DEL AMOR FRATERNO

MISA DE LA CENA DEL SEÑOR 

17 H. VILLANUEVA

18 H. ROBLEDO

18 H. VILLAMOROS

19 H. VILLARRODRIGO

20 H. VILLAOBISPO

ORACIONES

18 H. VILLANUEVA: ROSARIO DE LA BUENA MUERTE

19 H. ROBLEDO: ROSARIO DE LA BUENA MUERTE- HORA SANTA 

3 DE ABRIL VIERNES SANTO
ADOREMOS LA CRUZ SALVADORA

VÍA CRUCIS

11 H. ROBLEDO

12 H. VILLARRODRIGO

13 H. VILLAOBISPO (Canto del Vía Matris)

CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN

17 H. VILLANUEVA

18 H. VILLAMOROS

18 H. ROBLEDO

19 H. VILLARRODRIGO

20 H. VILLAOBISPO

SÁBADO 4 DE ABRIL
VIGILIA PASCUAL PARA TODA LA UNIDAD PASTORAL 

21 HORAS, VILLAOBISPO DE LAS REGUERAS

5 DE ABRIL DOMINGO DE PASCUA 
RESUCITÓ EL SEÑOR 

11 H. ROBLEDO

12 H. VILLARRODRIGO

12 H. VILLAMOROS

13 H. VILLANUEVA


jueves, 19 de marzo de 2026

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA (ciclo A)

 YO MISMO ABRIRÉ VUESTROS SEPULCROS Y OS SACARÉ DE ELLOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Estamos ya en el último domingo de la Cuaresma. Cada domingo ha sido la Palabra de Dios una verdadera catequesis que nos ha ido preparando para la Pascua, ya más cercana. En el encuentro con la samaritana, Jesús se manifiesta como el agua viva; en la curación del ciego de nacimiento como la luz del mundo.

    Y en este quinto domingo como la resurrección y la vida.

    La resurrección de Lázaro es el séptimo signo o milagro narrado por san Juan, y ya que el número siete indica en la Biblia la plenitud, este es el más grande y definitivo, en el que Jesús se manifiesta como la resurrección y la vida.

    La promesa de Dios hecha por el profeta Ezequiel, que escuchamos como primera lectura de hoy, se cumple plenamente en Jesús: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío. Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis”.

    Dios no abandona a su pueblo y aunque esté sumido en sepulcros de desesperanza, de abatimiento, de destierro, va a permanecer a su lado y va a infundir vida allí donde haya muerte.

    Jesús quería mucho a Lázaro y a sus hermanas Marta y María. En su casa de Betania encontraba cariño y descanso, un hogar al que volver para descansar después de sus largas jornadas predicando el Reino de Dios. Siempre es bueno recordar que el Señor Jesús, como verdadero hombre, disfruta de todas las experiencias humanas, también de la amistad y el cariño.

    La enfermedad de Lázaro, su querido amigo, no le deja indiferente, sufre por ella. Pero no acude enseguida, porque es necesario que se manifieste el poder vivificante que el Padre le ha dado; ese es el sentido de las palabras enigmáticas que pronuncia: “Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

    Cuando Jesús llega a Betania, en la región de Judea, Lázaro llevaba cuatro días enterrado. En el cuarto día, según la creencia judía, el espíritu del difunto abandonaba por fin el cuerpo y comenzaba la corrupción de este. Por eso Marta protesta y dice que lleva ya cuatro días.

    Al igual que en el encuentro con la samaritana, Jesús va guiando con su diálogo a Marta hasta hacerla llegar a la confesión de la fe. Ella sí cree en la resurrección de los muertos, en que su hermano Lázaro resucitará al final de los tiempos, como sostiene la fe hebrea. Pero Jesús le anuncia: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.

    Estas palabras de Jesucristo las hemos escuchado munchas veces, especialmente en la celebración de funerales. ¿Nos las creemos de verdad?, ¿Qué significan para nosotros hoy?

    Estamos hechos para la Vida, no para la muerte, aunque tengamos que pasar por ella como pasó el mismo Jesús. Venimos del amor de Dios y volvemos a él cuando nuestra existencia terrena se termina, sea después de largos años o sea inesperadamente. No podemos convertir la muerte en un tabú del que no se puede hablar, puesto que es una realidad segura para todos nosotros.

    Pero al hablar de la muerte, los cristianos debemos hablar también de la vida eterna, puesto que la muerte no es el final, sino la puerta que se abre hacia la eternidad. Y hoy Jesús nos pregunta como a Marta: ¿Crees esto?, ¿vives animado por esta esperanza?

    El signo de la resurrección de Lázaro sirvió para aquello que anunció Jesús: muchos creyeron en él y dieron gloria a Dios.

    En este último domingo cuaresmal Jesús, el agua viva, la luz del mundo, se nos manifiesta como la Resurrección y la Vida.

    Experimentamos ya ahora la fuerza de la muerte en el pecado: nos quita las fuerzas, nos hunde, nos separa de Dios y de los que nos rodean. Por eso el perdón que recibimos en el sacramento de la reconciliación es toda una experiencia de resurrección, de volver a la vida, de que Jesús nos saca de nuestros sepulcros y nos quita las vendas que nos atan, por medio del sacerdote que nos absuelve en el nombre de Cristo, como hicieron aquellos con Lázaro.

    Aprovechemos las celebraciones penitenciales y esta última semana de cuaresma para recibir el perdón sanador en el sacramento de la reconciliación.

    Hoy celebramos el Día del Seminario por ser el domingo más cercano a la solemnidad de san José. Un día para agradecer que Dios sigue llamando a jóvenes y a adultos a servir a los hermanos como sacerdotes.

    Un día para pedir por los que ya han respondido y están formándose, para que lo hagan con entrega, dispuestos a darse al estilo de Jesús. Y para pedir por aquellos que están recibiendo esta vocación, pero quizás les resulte difícil acogerla y abandonarse.

    Necesitamos esas vocaciones sacerdotales para encontrarnos con el Señor resucitado que quiere seguir hablándonos, alimentándonos y perdonándonos.

 


miércoles, 11 de marzo de 2026

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA (ciclo A)

 ANTES ERAIS TINIEBLAS, PERO AHORA SOIS LUZ POR EL SEÑOR

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hoy celebramos el cuarto domingo de la Cuaresma, que en la tradición cristiana se llama "Domingo Laetare", domingo de la alegría.

    Nos acercamos a la Pascua, la celebración anual de la resurrección de nuestro Salvador, Jesucristo. Somos la Iglesia, el pueblo de la Pascua, nacidos del bautismo, por el que hemos muerto y resucitado con Cristo.

    ¿Cuáles son los dos grandes signos de la Pascua y del bautismo cristiano? El agua y la luz.

    Por eso, el domingo pasado Jesús daba a la mujer samaritana el agua viva del Espíritu, la que sacia la sed para siempre, y en este domingo Jesús le da al ciego la luz y la vista, porque es la luz del mundo y quien le sigue no camina entre tinieblas.

    Jesús vio al ciego de nacimiento y se fijó en él, se paró a escucharle. Los demás, seguramente, ni lo hacían, porque en el tiempo de Jesús los tullidos, los enfermos, los ciegos, formaban parte del paisaje de los caminos y las aldeas sin que nadie les atendiese.

    Además, ¿Qué podía hacerse por un ciego de nacimiento? Si alguien tenía compasión podía, a lo sumo, darle una limosna…

    Pesaba sobre los leprosos, los tullidos, los ciegos, un estigma social y un estigma religioso. Si alguien sufría esa situación es porque era un gran pecador. Y si no lo era él, lo eran sus padres, de los cuales habría heredado el pecado, por el que resultaba castigado con la enfermedad o la ceguera. Por eso los fariseos acusadores le dicen: “Has nacido completamente empecatado”.

    Jesús no comparte esa visión tan negativa de los enfermos. La enfermedad no es un castigo del pecado, ni el enfermo o el ciego son más culpables que los sanos. Sin esos prejuicios, el Señor  dedica sus fuerzas a combatir la enfermedad y todo lo que daña al ser humano: cura, alivia, resucita, da esperanza…

    Jesús le devuelve la vista y el hombre curado se convierte en discípulo. Un hecho así, maravilloso, humanamente inexplicable, debería ser una señal para todos de que Jesús es el Mesías de Dios, el que trae la luz de Dios al mundo.

    Pero hay corazones tan endurecidos por el pecado y mentes tan cerradas por los prejuicios, como las de los fariseos, que ni teniendo delante a un ciego que ahora ve son capaces de reconocer que el poder de Jesús viene de Dios y que es mucho más que un profeta.

    Para ellos Jesús no lo es, porque no guarda las leyes sobre el sábado judío y las otras costumbres religiosas, interpretadas según su modo estrecho y fundamentalista.

    ¿Qué ceguera es mayor, la del que ha sido sanado por Jesús o la de aquellos que ni viendo tales signos son capaces de abrir la mente y el corazón a la luz de Dios mientras dicen creer en él?

    La respuesta está clara: es peor la ceguera de los adversarios de Jesús, porque es una ceguera voluntaria, la de quien quiere cerrarse a los signos del Reino de Dios y abrirse a la fe con humildad.

    Jesucristo es la luz del mundo y es la luz de nuestras vidas. Si nos falta la luz estamos ciegos, no sabemos hacia dónde vamos, no distinguimos lo que tenemos alrededor, ni siquiera podemos reconocer al hermano a nuestro lado. Solo nos vemos a nosotros mismos y nos tomamos por el centro de todo.

    El apóstol Pablo nos dice que ya no somos tinieblas, sino luz en el Señor. El día de nuestro bautismo, nuestros padres y padrinos recibieron en nuestro nombre la luz de Cristo para que brillara siempre en nuestras vidas.

    Ese mismo gesto lo repetiremos en la noche de la Vigilia Pascual. Llevamos encendida en nuestra vida la luz de Cristo, no caminamos entre tinieblas, sabemos a dónde vamos y reconocemos a quien camina a nuestro lado.

    Toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz y todo el que busca hacer la voluntad de Dios en su vida, aunque se equivoque a veces, es hijo de la luz.

    Jesucristo es el agua viva y es la luz del mundo. El camino cuaresmal es una invitación permanente a ponernos ante la luz de Jesús, ante su Palabra, para descubrir cuáles son las oscuridades y tinieblas que el pecado hace aparecer en nosotros.

    Tiempo de conversión, como escuchábamos al recibir el signo de la ceniza: “Conviértete y cree en el evangelio”.

    Pidamos al Señor que nos cure de nuestras cegueras y alumbre nuestras oscuridades. Ver con esa mirada nueva es ver a los demás más allá de la superficie, yendo a lo profundo. Como hizo el profeta Samuel cuando miró a los candidatos hijos de Jesé para escoger un rey de Israel; en el más pequeño, David, el que no contaba ante los demás es en el que ve precisamente al escogido por Dios.

 


miércoles, 4 de marzo de 2026

TERCER DOMINGO DE CUARESMA (ciclo A)

 SEÑOR, DAME ESA AGUA. ASÍ NO TENDRE MÁS SED


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En este tiempo precioso de renovación interior, que es la Cuaresma, la Iglesia nos propone fundamentalmente dos claves:

    La primera clave es la penitencial: la invitación a la conversión que recibimos ya el miércoles de ceniza. Los dos domingos anteriores han seguido esta línea penitencial: entrar en el desierto con Jesús para vencer la tentación con su Palabra (primer domingo) y cambiar con Jesús, ser transfigurados (segundo domingo).

    La segunda clave es la bautismal, ya que la cuaresma era desde siempre el tiempo en el que se hacía, y aún se hace, la preparación más intensa de los catecúmenos que iban a ser bautizados en la Vigilia pascual.

    A esta clave responde el evangelio de hoy: el encuentro de Jesús con la samaritana.

    También en la primera lectura aparece la sed y el agua. Todos tenemos experiencia de que cuando uno tiene sed de verdad, una sed profunda, no hay nada como el agua para quitarla. Por eso, el agua es un símbolo muy adecuado para expresar el don de Dios, aquello que viene a saciar la sed más honda del corazón humano.

    El pueblo de Israel se moría de sed en el desierto, en una larga travesía hacia la tierra prometida que ponía a prueba su confianza en Dios. Estaban tan desesperados que dudan de Moisés, aquel que les guía en nombre de Dios, y hasta dudan de Dios mismo. ¿No habría sido mejor quedarse en la esclavitud de Egipto donde, al menos, tenían agua y comida, aunque fuesen agua y comida de esclavos?

    La sed que sienten es física, pero no es solo física. También dudan, tienen sed de esperanza, sed de confianza, porque la van perdiendo… El milagro de la roca que se abre para hacer brotar el agua que tanto necesitaban, les confirma en la fe. Entonces piensan: Verdaderamente Dios está con nosotros, no nos ha dejado, merece la pena seguir caminando guiados por la fe.

    Jesús también siente sed. Es hijo de Dios, sí, pero también es plenamente hombre. Y el calor de mediodía en aquellos caminos de Samaría debía ser asfixiante, así que se detiene en el pozo de Jacob, en la ciudad de Sicar.

    Allí se encuentra con una mujer desconocida, una samaritana, a la que pide agua del pozo para beber. El encuentro entre ellos estaba lleno de barreras que parecían hacer imposible el diálogo: barreras por la raza, ya que judíos y samaritanos no se trataban, barreras por el sexo, porque un judío respetable evitaba hablar a solas con una mujer desconocida, y barreras religiosas, ya que un rabino no podía tratar así con una mujer pagana.

    Pero Jesús se salta todas esas barreras porque descubre la sed profunda de aquella mujer. El diálogo es una verdadera catequesis de Jesús que, como un maestro paciente, va guiando a la mujer al descubrimiento del don de Dios y de su propia persona.

    Aquel que pedía agua del pozo es ahora el que le ofrece a la samaritana el agua viva, la que viene de él, la que quita toda la sed, la que se convierte dentro de quien la recibe en una fuente que salta hasta la vida eterna. ¿Cuál es esta agua viva que la samaritana no conoce aún? Jesús lo explicó un día en el templo de Jerusalén gritando a la gente: ¡el que tenga sed que venga y beba del agua viva que yo le daré y no tendrá más sed!

    Es el agua del Espíritu Santo, que Jesucristo da a quienes creen en él y reciben el santo bautismo. El agua que sacia la sed más profunda del ser humano: la sed de amor, la sed de confianza, la sed de eternidad.

    En el bautismo hemos recibido el maravilloso regalo de ser templos, moradas, del Espíritu Santo, que ya vive en nosotros para siempre. Como nos ha dicho el apóstol Pablo en la segunda lectura: la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.

    Nada ni nadie nos podrá quitar ya este don de Dios, este surtidor de agua viva que está dentro de nosotros. Lo que nos toca ahora es vivir dejándonos mover por este Espíritu que da vida.

    Podemos adorar a Dios en espíritu y en verdad en cualquier lugar y circunstancia; ya no importa si es en Jerusalén o en el monte de los samaritanos.

    Lo que el Padre quiere es ser adorado en espíritu y verdad por verdaderos adoradores. Aunque estemos en la cama por una enfermedad, trabajando, en casa, en el tiempo de ocio con la familia y los amigos, siempre estamos en el templo del Espíritu adorando a Dios con la ofrenda de nuestra vida. Esto es así gracias al Espíritu Santo que nos habita.

    En este tiempo que nos queda de Cuaresma, los catecúmenos van a intensificar su preparación para recibir el bautismo pascual. Los que ya hemos sido bautizados tenemos que prepararnos para renovar nuestro bautismo en la Vigilia pascual y en los domingos de Pascua.

    Y seamos testigos misioneros como la mujer samaritana, que llevó a todo su pueblo a encontrarse con Jesús, de modo que todos pudieron decir: nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

 

 

jueves, 26 de febrero de 2026

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA (ciclo A)

 ESTE ES MI HIJO, EL AMADO. ESCUCHADLO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    El domingo pasado, el primero del tiempo cuaresmal, escuchábamos el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Jesús es plenamente hombre y, como tal, es tentado por el hambre, por el deseo de poder, por la duda. Pero, además, es plenamente Dios, como se pone de manifiesto claramente en la escena evangélica de la Transfiguración, que nos presenta este segundo domingo. Los dos domingos se complementan en el itinerario espiritual que hacemos en la Cuaresma.

    La Cuaresma es, como bien sabemos, un camino hacia el monte santo de la Pascua. Jesús ha de entregar la vida en la cruz, ha de morir rechazado por las autoridades religiosas de Israel y abandonado por todos, incluso por sus leales apóstoles. Se lo anuncia con toda claridad.

    Aquel anuncio de lo que le esperaba en Jerusalén resultó demasiado fuerte para sus apóstoles. Todas las esperanzas que, en secreto, podían albergar aún en un triunfo de Jesús como rey y caudillo poderoso de Israel frente a sus enemigos, quedan, de pronto, enterradas.

    Por eso, para que puedan resistir la prueba que va a llegar, Jesús se lleva al monte a Pedro, Santiago y Juan y se transfigura ante ellos. Es un adelanto de la Pascua, de la victoria final del Dios del amor y de la vida: Jesús se les muestra lleno de la luz del cielo y Moisés y Elías, las grandes figuras de la historia sagrada, la Ley y los Profetas, aparecen conversando de tú a tú con el Maestro.

    La voz del Padre, como hizo ya en el bautismo de Jesús en el río Jordán, lo proclama como el “Hijo, el amado, en quien me complazco”. Y pide escucharlo porque, como bien dice el Señor, “nadie va al Padre si no es por mí”.

    La reacción de Pedro, siempre tan impulsivo y directo, es la más lógica, la que, seguramente, tendríamos cualquiera de nosotros: ¿Para qué ir a Jerusalén, para que buscar allí desprecios y muerte si podemos quedarnos aquí en el monte tan a gusto y rodeados de gloria y paz?

    ¿Quién no tiene, muchas veces, el deseo de ahorrarse la entrega por el Evangelio? Visitar a una familia en duelo, acercarse a la cama de un enfermo, escuchar al que padece la depresión, gastar tiempo con el pobre, dar catequesis a quien pone a prueba nuestra paciencia…

    ¿No resulta muy tentador evitarse estos malos tragos y tranquilizar la conciencia con actividades menos exigentes?

    Pero Jesús no les permite hacer esas cómodas tiendas para quedarse gozando de la paz de aquella manifestación en el Tabor. Hay que levantarse y seguir. Al final espera la Pascua y la vida vencerá la muerte, sí. Pero la muerte redentora no se puede esquivar, hay que seguir hacia Jerusalén para cumplir, en todo, la voluntad del Padre.

    La primera lectura nos propone a Abraham como un anuncio de Jesucristo. El patriarca acoge la invitación de Dios a romper con sus seguridades, a salir hacia tierras extranjeras. La obediencia le traerá la bendición, será padre de una gran nación aquel que consumía su vejez en la pena por la esterilidad, será causa de bendición porque Yahvé Dios estará siempre con él.

    ¿Qué seguridad tenía Abraham para obedecer y actuar así? Ninguna, solo tenía la fe. Y se pone en camino, guiado por la fe. Como Jesús con sus apóstoles, se levanta y se pone en camino porque Dios es fiel a sus promesas y eso debe bastar para el hombre y la mujer de fe.

    Sigamos caminando en el itinerario cuaresmal guiados por la fe. Con la ayuda de Dios escuchemos, oremos, ayunemos y compartamos. Cada uno según su vocación, conforme a la llamada que Dios le haya hecho, pero todos en un mismo camino.

    Nos espera la Pascua de Cristo, nuestra Pascua. En la Vigilia de la noche más santa del año cristiano, renovaremos nuestros compromisos bautismales renunciando al pecado y profesando la fe de la Iglesia. Resucitaremos con el Señor, que destruye la muerte, si primero hemos hecho un serio camino cuaresmal con él.

    No nos cansemos. No nos quedemos al borde del camino. No queramos construir tiendas cómodas, ni excusas, que nos eviten el esfuerzo de una conversión sincera de nuestros pecados. Sin cruz no hay Pascua, sin entrega no hay vida ni felicidad. Tomemos parte en los padecimientos por el Evangelio según las fuerzas que Dios nos dé, como nos dice el apóstol san Pablo.

    Esta celebración dominical es ya un adelanto de la Pascua definitiva y nos sirve para que cobremos fuerzas y sigamos adelante. Al participar ya de los gloriosos misterios que celebramos, recibimos, ya en este mundo, los bienes eternos del cielo hacia los que caminamos guiados por la fe.


lunes, 23 de febrero de 2026

HORARIOS MARZO 2026

II DOMINGO DE CUARESMA

SÁBADO 28

18 H. VILLAOBISPO (Misa vespertina  y Vía Crucis)

DOMINGO 1

11 H. VILLAMOROS

12 H. VILLARRODRIGO

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLANUEVA

III DOMINGO DE CUARESMA

SÁBADO 7 

TARDE DE RETIRO CUARESMAL PARA TODOS

(De 17:30 a 19:30 h. en la Capilla de las Hijas de la Caridad de Villaobispo)

DOMINGO 8

11 H. VILLAMOROS 

12 H. ROBLEDO

12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 

 IV DOMINGO DE CUARESMA
Domingo Laetare

SÁBADO 14

18 H. ROBLEDO (Misa vespertina y Vía Crucis)

DOMINGO 15

11 H. VILLANUEVA

12 H. VILLARRODRIGO 

12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO

V DOMINGO DE CUARESMA

SÁBADO 21

18 H. VILLARRODRIGO (Misa vespertina y Viacrucis)

DOMINGO 22

11 H. VILLAMOROS

12 H. ROBLEDO 

13 H. VILLANUEVA

13 H. VILLAOBISPO (Celebración de la Palabra)

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

SÁBADO 28

18 H. VILLAMOROS (Misa vespertina y Viacrucis)

DOMINGO 29

11 H. VILLANUEVA

12 H. VILLARRODRIGO

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

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