jueves, 1 de octubre de 2026

DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

¿QUÉ MÁS PODÍA HACER YO POR MI VIÑA QUE NO HUBIERA HECHO?


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En este domingo hay una imagen que se repite en la primera lectura, en el salmo responsorial y en el evangelio: la imagen de la viña.

    La viña y sus cuidados aparecen con mucha frecuencia en la Biblia, porque es uno de los cultivos más importantes del Oriente bíblico, junto con el trigo para el pan y el olivo para el aceite. Ya escuchábamos a Jesús hablar de una viña en la parábola del domingo pasado, en el que el padre enviaba a trabajar a sus dos hijos.

    Aunque no seamos expertos viñadores, sabemos que una viña, para ser productiva, requiere muchos cuidados a lo largo de un año. Si se abandona, se llena de hierbajos y la misma viña se degenera para terminar dando solamente ramas vacías y malos frutos. Una viña bien cuidada durante todo el año es la que produce la mejor cosecha.

    La viña es la imagen que escoge el profeta Isaías para hablar del pueblo de Israel. Es la viña amada de Dios, plantada en un fértil collado y mimada por las atenciones continuas del viñador: la cava, la quita las piedras, construye una atalaya y un lagar. Es una forma de explicar la historia del pueblo escogido por Dios: le saco de la esclavitud, le dio su Ley santa, le guió por el desierto hasta la tierra prometido y lo orienta y anima por medio de reyes y profetas.

    Tanto hace por ella que se pregunta: ¿Qué más podía hacer yo por este pueblo, cuidado como una viña? De la viña se esperan buenas uvas, sobre todo después de recibir tantos cuidados. Pero no es así…

    Esperaba uvas y, en cambio, recoge agrazones. ¿Qué significa esto? Esperaba derecho y recoge injusticias, sangre derramada y lamentos. En el pueblo de Israel, con la guía de los mandamientos de la ley de Dios y la orientación de los profetas debería vivirse de otra manera, sin abusos hacia los débiles, sin injusticias sociales ni maltratos. Pero muchas veces ocurrió justo lo contrario.

    Jesús recoge esta imagen de la viña para hablar en parábola a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, que son sus autoridades religiosas y políticas al mismo tiempo.

    Los criados que el dueño de la viña envía para recoger los frutos, que en justicia le corresponden, son maltratados y muertos, uno tras otro. Es la historia triste de los profetas de Israel que, aunque eran enviados en nombre de Dios, el señor de la viña amada, son maltratados y acallados.

    Las autoridades religiosas del pueblo, en lugar de acoger y respetar a los enviados de Dios, los rechazan porque se sienten dueños de la viña, y no simples trabajadores.

    Por fin Dios envía a su propio hijo, pensando que lo respetarían, a Jesús, pero también este es rechazado y muerto en la cruz. En el momento en que Jesús les dirige esta parábola sabe bien que planean su muerte, porque le ven como una peligrosa amenaza a su seguridad y a sus privilegios, sustentados en una falsa interpretación de la religión.

    ¿Qué debe hacer el dueño de la viña con esos labradores crueles?

    Le responden “Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo”.

    Pero no es ese el plan de Dios. Lo que va a hacer es confiar su viña a otros jornaleros, “se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

    Tomará la piedra rechazada por los arquitectos, que es Jesús y la hará piedra angular de un nuevo templo. Es una forma de hablar de la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios construido en Cristo Jesús y del que Dios espera ahora los frutos del Reino que debía haber dado antes el pueblo de Israel.

    Esta parábola nos invita a preguntarnos: ¿estamos siendo fieles al plan de Dios como comunidad cristiana?, ¿estamos dando los frutos esperados del Reino de Dios con nuestra forma de actuar y de vivir en este mundo?

    No somos los dueños de la viña, el dueño es solo Dios. Somos trabajadores humildes que trabajan en su nombre y le entregan los frutos a los que tiene derecho solo Él.

    El apóstol Pablo nos da la clave de cómo debemos vivir para ser los trabajadores del Reino que cumplen bien su cometido: “todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros”.

    Acojamos esta Palabra de Dios y llevémosla en la mente y el corazón durante toda la semana.


HORARIOS OCTUBRE 2026

 DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 3

18 H. VILLAOBISPO (Misa vespertina)

DOMINGO 4

11 H. VILLAMOROS

12 H. ROBLEDO

12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLANUEVA 


DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 10

18 H. ROBLEDO (Misa vespertina)

DOMINGO 11

11 H. VILLAMOROS 

12 H. VILLARRODRIGO 

13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 


DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO
DOMUND

SÁBADO 17

18 H. VILLAMOROS (Misa vespertina)

DOMINGO 18

11 H. VILLANUEVA 

12 H. VILLARRODRIGO 

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 


DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 24

18 H. VILLANUEVA (Misa vespertina)

DOMINGO 25

11 H. ROBLEDO

12 H. VILLARRODRIGO 

12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO


martes, 22 de septiembre de 2026

DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 ¿QUIÉN DE LOS DOS CUMPLIÓ LA VOLUNTAD DEL PADRE?

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Cada domingo al ser proclamadas las lecturas es Dios quien nos habla. Al escuchar a los profetas y recordar los sucesos de la historia de Israel, los llevamos a nuestra propia vida, porque ahora nosotros somos su pueblo amado y su historia sagrada nos habla de nuestra propia historia.

    Y al escuchar el evangelio, es Jesús quien nos habla. No se cansa de hacerlo, aunque a veces su semilla encuentre en nosotros una tierra endurecida. Es lo que sucede cuando pensamos “ese evangelio ya lo he escuchado, ya sé de qué habla” o “ya sé bien lo que dice el Evangelio, pero vivir en el mundo de hoy es otra cosa”.

    Aunque seamos tantas veces esa tierra dura, con cardos y piedras que son nuestras resistencias interiores, el sembrador de la Palabra no se cansa de sembrar en nosotros.

    El evangelio de hoy es una parábola y su aplicación. La parábola la entendemos muy bien: un padre que tiene dos hijos. Son muy diferentes entre sí: uno es el bueno, el que le llama “Señor” y se muestra cumplidor a la primera; el otro es el rebelde, el que responde de manera brusca diciendo “no quiero ir” cuando el padre le pide ir a trabajar en la viña.

    Pero resulta que el rebelde y malo recapacita y va a hacer lo mandado, termina cumpliendo la voluntad del padre. En cambio, el que supuestamente era bueno y complaciente, se queda en las buenas palabras, pero no va al trabajo.

    Jesús pregunta a los sumos sacerdotes y ancianos del templo, que eran los oficialmente buenos del pueblo hebreo: "¿Quién de los dos cumplió la voluntad del Padre?”. La respuesta está bien clara: aquel que pasó de las palabras e intenciones a las obras.

    Jesús dijo en otra ocasión: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino aquel que cumple la voluntad de mi Padre del cielo”.

    ¿Pasamos de las palabras a las obras… o nos quedamos en estas?

    Cuando escucho la llamada insistente de Jesús a perdonar de corazón, a acoger al diferente y a comprenderle, a compartir con generosidad, sin tacañería… ¿se produce algún cambio real y efectivo en mí o solo me quedo en los buenos propósitos, las buenas ideas y las buenas palabras?

    Cada domingo escuchamos la Palabra de Dios y la palabra de Jesucristo. Ojalá que sí las escuchemos con verdadero interés y acogida. Pero, al salir del templo, es cuando tenemos que empezar a vivirlas en la vida concreta y con los que tenemos alrededor. Aunque sea con un pequeñísimo cambio en algo, la Palabra de Dios no nos puede dejar exactamente igual que antes de oírla.

    Jesús se confronta con los sacerdotes y ancianos del pueblo, que eran los guías espirituales del pueblo israelita. No lo hace por polemizar, sino para provocarles y moverles a una conversión real.

    Porque al considerarse a ellos mismos tan suficientemente buenos, tan sobradamente religiosos y justos, estaban cerrados a la llamada de Dios que les está llegando por Jesús.

    En cambio, los pecadores, los últimos, los despreciados, acogían la llamada de Dios a través de las predicaciones de Juan Bautista y de Jesús, se convertían de su pecado, imploraban el perdón y así entraban en el Reino de Dios.

    El profeta Isaías lo dice: “cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”.

    Son palabras muy duras las de Jesús: “los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios”. Estos marginados son como el hijo rebelde de la parábola que ha contestado al padre “No quiero ir”, pero, al recapacitar, cumple lo que se le ha mandado.

    Hoy la Palabra de Dios es una llamada que nos interroga:

    ¿Cuál de los dos hijos de la parábola soy yo?

    ¿El que se queda en las buenas intenciones y palabras o el que pasa de las ideas a las obras y da frutos reales de conversión?

 


jueves, 17 de septiembre de 2026

DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 MIS PLANES NO SON VUESTROS PLANES, 

MIS CAMINOS NO SON VUESTROS CAMINOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En la primera lectura de hoy, Dios dice por medio del profeta Isaías: “mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”.

    Muchas veces cuando decimos que Dios es justo o que Dios castiga o, incluso, que Dios ama, pensamos en un Dios a nuestra medida, con nuestra forma humana de amar, ser justos o castigar. Pero entonces estamos haciéndonos una imagen humana de Dios, y Dios es muy diferente a nosotros, que somos simplemente criaturas.

    La Palabra de Dios nos pide hoy cambiar nuestro modo de pensar si queremos entender a Dios, como Él se nos da a conocer por medio de su Palabra. El modo de amar de Dios no es tan pobre, Él ama y bendice a lo grande, más de lo que podamos pensar: “Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes”.

    Bien claro nos lo presenta Jesús en la parábola del evangelio de hoy. El salario de una jornada de peón en los campos era un simple denario, y se ganaba trabajando de sol a sol: doce horas.

    Cada jornada se dividía en estas partes que dice el evangelio: del amanecer a media mañana, de media mañana a mediodía, y del mediodía a media tarde. Al patrón solo le salía a cuenta contratar para una jornada completa.

    Pero Jesús nos dice que hay un señor, diferente a todos los demás amos, que va contratando como jornaleros a todos los que ve desocupados en las diferentes horas del día. Y a todos les paga por igual: un denario, el sueldo de una jornada completa. Incluso a los que ha contratado justo antes de terminar la jornada, una hora antes de que se ponga el sol, les paga lo mismo.

    Los que han trabajado de sol a sol protestan. Seguramente nosotros haríamos también lo mismo. Pero, ciertamente, el amo no les ha hecho ninguna injusticia, porque les ha pagado justo lo que había acordado con ellos.

    Lo que les molesta a estos contratados a primera hora es el exceso de bondad que tiene el amo para con los últimos. Como, en la parábola del hijo pródigo, al hijo mayor le molesta el exceso de bondad del padre para con el hijo menor, que después de una vida de perdición vuelve a casa y, aun así, es tratado con amor.

    El exceso de bondad nos desconcierta porque la mayoría de nosotros no somos así. Quisiéramos más justicia, nuestra justicia, y más mano dura. Pero es que Dios es Dios y, volviendo a lo que decíamos al inicio, no podemos proyectar en Dios nuestra pequeñez a la hora de amar y de compartir.

    La actitud de Jesús hacia los pecadores, hacia los extraviados de su sociedad, desconcertaba a muchos, porque le veían demasiado comprensivo, demasiado perdonador, demasiado bueno. No entienden que Jesús les está acogiendo y amando con el amor de Dios, que es infinitamente más grande que el de los hombres.

    Ser discípulos de Jesús requiere de una conversión permanente: dejar de amar al estilo humano y empezar a amar al estilo de Dios. Esa es la meta que nos señala Jesús: “sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto”. Porque para dar solo a los que nos dan, prestar a aquellos que sabemos que nos devolverán, saludar a los que nos saludan, acoger a los que se lo merecen, no hace falta ser cristianos. Eso lo hacen también los publicanos y los pecadores, dice Jesús.

    Esta transformación para llevar una vida digna del Evangelio de Cristo, como pide el apóstol Pablo en la segunda lectura, es una tarea de toda la vida que nunca terminamos, y que solo es posible si actúa en nosotros la gracia de Dios que recibimos en los sacramentos de la Iglesia, porque con nuestras fuerzas resultaría imposible.

Feliz Domingo.

COMENZAMOS CON LA CATEQUESIS 2026-2027



CATEQUESIS DE INICIACIÓN CRISTIANA CURSO 2026-2027

 Comenzamos la Catequesis de Iniciación Cristiana este curso.




jueves, 10 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 NO GUARDES RENCOR A TU PRÓJIMO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”.

    Así hemos repetido con el salmo de este domingo. Los cristianos tenemos la inmensa suerte de conocer a Dios tal y como su Hijo Jesús nos lo mostró: como un Padre compasivo, misericordioso, clemente, que no lleva cuentas del mal, que disfruta con el perdón.

    La experiencia más parecida al amor de Dios que hay en este mundo es el amor de nuestros padres. Los padres no llevan cuentas del mal, no se cansan de perdonar y de acoger, saben disculpar los errores e ingratitudes de sus hijos porque el amor es lo más fuerte en ellos. Aunque sea un desastre … ¡es mi hijo!

    Jesús vino del Padre a compartir nuestra vida para enseñarnos vivir como hijos que se saben amados y acogidos pese a todo, estén como estén y sean como sean, sin miedos y con confianza.

    Nos dijo que así debíamos llamar y orar a Dios: llamándole Padre Nuestro.

    Y, si queremos ser buenos hijos, nos debemos parecer a nuestro Padre Dios.

    La Palabra de Dios de Dios de este domingo nos habla del rasgo que más debemos imitar. No podemos imitarle en su sabiduría ni en su omnipotencia, porque somos muy limitados. Pero sí debemos imitarle en su compasión y su misericordia, porque nos ha dado la capacidad de perdonar y amar.

    Esto es algo que ya el pueblo de Israel, en la alianza anterior a Jesús, conocía bien.

    El libro de sabiduría llamado Eclesiástico, que hemos escuchado en la primera lectura, nos lo ha dicho con toda claridad: “Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados. Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor? Si no se compadece de su semejante, ¿cómo pide perdón por sus propios pecados?”.

    No puede estar más claro: Dios nos perdona siempre, pero tenemos que saber perdonar nosotros. Cuando rezamos el Padre Nuestro así lo pedimos: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

    El perdón puede ser difícil, o incluso muy difícil si la ofensa recibida es grande, pero es necesario. El perdón rompe las cadenas del rencor y del deseo de venganza, que es una atadura que nos quita la paz y no nos deja vivir tranquilos.

    Puede que nos resulte imposible reconciliarnos con alguien cuando la otra persona no desea acoger nuestro perdón, pero si hemos hecho lo posible por lograrlo y perdonarle de corazón tendremos paz.

    Cada uno responde ante Dios por la parte que le corresponde hacer en la reconciliación, no por lo que no hagan los demás ni por su respuesta.

    La parábola del Evangelio no nos deja indiferentes. A cualquiera de nosotros le parece mal la actitud de aquel siervo desagradecido: aunque le ha sido perdonada una deuda impagable, de una cantidad desorbitante, no es capaz de perdonar la pequeña deuda que le debe su compañero y se dedica a maltratarlo.

    Es normal que, al saberlo, su amo le llame indignado y le haga ver la contradicción total de su comportamiento.

    ¿No podemos decir cada uno de nosotros que alguna vez, o más de alguna, hace lo mismo que el siervo de la parábola?

    ¿No he pedido perdón a Dios y, a la vez, yo no he sido capaz de perdonar de verdad?

    Jesús quiere que nosotros, sus amigos y discípulos, demos testimonio del poder liberador y sanador del perdón, en un mundo de corazones endurecidos y rencores que incluso se heredan de padres a hijos.

    Necesitamos experimentar el perdón para parecernos a Dios y lo necesitamos para ser más libres y más felices.

    Pidamos hoy este regalo: la capacidad de perdonar recordando cuantas veces hemos sido perdonados.

 


DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

¿QUÉ MÁS PODÍA HACER YO POR MI VIÑA QUE NO HUBIERA HECHO? COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA      En este domingo hay una imagen que se re...