jueves, 20 de agosto de 2026

DOMINGO XXI TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 TE DARÉ LAS LLAVES DEL REINO DE LOS CIELOS

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Este domingo la reflexión sobre la Palabra de Dios que se ha proclamado, viene marcada por una pregunta esencial. Es la que les dirige Jesús a sus discípulos de entonces, y a los de todos los tiempos: “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.

    Cuando sus padres llevaron a Jesús siendo niño al templo de Jerusalén, para cumplir con los preceptos religiosos judíos, un anciano Simeón les anunció proféticamente que Jesús estaba puesto para que muchos caigan y se levanten, como un permanente signo de contradicción que interroga y divide.

    Aquellas palabras se cumplieron plenamente. Jesús suscitaba mucha controversia en su época: para unos era un maestro, para otros un peligro, para algunos era el Salvador, para otros una amenaza contra Israel y su religión….

    Si Jesús hubiese querido ser un líder populista, que arrastrara masas hipnotizadas, un famoso “influencer” hubiera suavizado muchos de sus mensajes y hubiese pulido sus formas. Sus críticas, como las de los profetas, a la corrupción religiosa, a la falta de justicia y equidad, al funcionamiento del templo, le resultaban poco rentables socialmente. Su cercanía con los más pobres, con los descartados, con los impuros, con los pecadores públicos, con los gentiles, de los que alababa su fe profunda, como la mujer cananea del pasado domingo, perjudicaban su imagen de maestro y rabino.

    Pero él dijo: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”. Solo buscaba eso, hacer la voluntad del Padre estableciendo el Reinado de Dios. Nada más.

    La sociedad de aquel momento estaba dividida respecto a él, como deja ver la respuesta de los discípulos a la pregunta de Jesús sobre quien opinaba la gente que era él: para unos era Juan Bautista, vuelto a la vida después del martirio, para otros un profeta de la antigua historia de Israel, que había regresado como un signo del final de los tiempos.

    Y vosotros quién decís que soy yo?

    Jesús les lanza ahora la pregunta a ellos, a los que están compartiendo su vida y su palabra cada día. Y puede que entonces se hiciera un silencio incómodo, porque también entre los apóstoles había dudas y preguntas acerca de Jesús. También ellos tuvieron que llegar a la fe, y no lo harán completamente hasta vivir la experiencia de la Pascua.

    Solo Pedro, movido por el Espíritu Santo, responde la verdad más profunda sobre Jesús: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Mesías y Cristo significan el ungido. Aquel al que Dios ha ungido, ha escogido y enviado para darnos salvación y vida a los hombres que, si no lo conociéramos, estaríamos abandonados a la muerte.

    ¿Qué puedo responderle yo a Jesús cuando me pregunta “quién soy yo para ti”? No vale con la respuesta teórica aprendida en la catequesis como: “el Hijo de Dios que se ha hecho hombre”.

    La pregunta de Jesús es vital y profunda: ¿Qué significo para ti y para tu vida diaria? Eso sólo lo puede responder cada uno personalmente…

    ¿Mi fe consiste en una relación personal, profunda y de confianza con Jesucristo?

    Jesucristo le da a Pedro, después de esta confesión de fe, las llaves del reino de los cielos. En la primera lectura, del profeta Isaías, nos dice que al mayordomo del palacio de Jerusalén se le arrebatan las llaves y los poderes reales porque, en lugar de ser un servidor leal, se sirve de su cargo para su propio beneficio personal y para construirse un mausoleo que le glorifique tras su muerte.

    Las llaves que le da Jesús a Pedro son para el servicio del Reino de Dios y de la comunidad de discípulos que deben entrar en él. Siempre es necesario recordar que los cargos en la Iglesia son servicios en favor de los demás, que deben ejercerse con amor y humildad, aunque sea el cargo de Papa, el sucesor de Pedro y la roca firme sobre la que se construye la unidad de la Iglesia.

    Solo después de confesar la fe verdadera le da Jesús a Pedro esa misión en la Iglesia. Aprovechamos el mensaje de este evangelio para recordar que los católicos debemos rezar cada día por el Santo Padre, como hacemos nombrándole en cada misa,  así como tratar de conocer su enseñanza o magisterio y de estar en comunión permanente con él.

 


martes, 11 de agosto de 2026

DOMINGO XX TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 MUJER, ¡QUÉ GRANDE ES TU FE!


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    La Palabra de Dios que nos trae la liturgia de la Iglesia en este domingo tiene un mensaje común, que conecta a las tres lecturas proclamadas y al salmo: la Salvación que Dios ofrece es para todos. O, dicho de otro modo: Dios quiere la salvación de todos sus hijos.

    Muchas veces hablamos de Israel como el pueblo escogido por Dios en la historia de la salvación. Y es cierto: con ellos hace una alianza definitiva e irrevocable, les guía por medio de sus profetas y reyes, les corrige, se compromete con su historia.

    Pero esta elección no es con el fin de excluir al resto de las naciones y pueblos; Dios Yahvé nunca quiso promover un nacionalismo excluyente y un orgullo autosuficiente que les hiciese sentir distintos de los demás.

    Junto con la elección y la alianza, les confió una misión: llevar esa luz a los otros pueblos de la tierra, para que la alianza que hace con ellos termine siendo con toda la humanidad.

    Este mensaje lo recuerdan continuamente sus profetas. Como aparece hoy en la primera lectura, tomada del profeta Isaías: también a los extranjeros que se han unido al Señor los va a llenar de júbilo en su templo, la casa de oración que debe albergar a todos los pueblos. Sus sacrificios y holocaustos sobre el altar serán tan agradables a Dios como los que realizan los israelitas.

    ¿Entendieron los israelitas que la elección de Dios no debía derivar en un orgullo autosuficiente y excluyente de los demás? Claramente no lo entendieron.

    Y Jesús sufría, como nadie, esta mentalidad estrecha y excluyente, nacionalista. Muchos de sus desencuentros con los israelitas fueron provocados por su excesiva apertura hacia los de afuera: los extranjeros, los oficialmente impuros, los pecadores, los marginados.

    Pero, lejos de evitar este choque, para que no dijeran nada en su contra, Jesús ahondó en esas contradicciones de los israelitas más religiosos, y les propuso como modelo de fe a muchos de los extranjeros que se iba encontrando: el leproso samaritano curado, que es el único que vuelve a dar gracias, el centurión romano que intercede por su criado, el buen samaritano, que se detiene en el camino a curar al herido…

    Con esta clave debemos entender el evangelio de este domingo: Jesús recorre la región de Tiro y Sidón, una región de gentiles, no de judíos, que los israelitas más piadosos evitaban cruzar siquiera. Los apóstoles de Jesús eran judíos y participaban, por ello, de la mentalidad nacionalista excluyente que antes mencionamos. Jesús quiere provocarles a ellos, no a la mujer cananea, como puede parecer en una mirada superficial.

    Esta se acerca pidiendo compasión por su hija enferma. Llama a Jesús “Hijo de David”, es decir, le reconoce como el Mesías esperado.

    Jesús le responde con la actitud que aprobarían sus apóstoles judíos, la indiferencia y una respuesta muy ortodoxa y cortante: el Mesías solo ha sido enviado a las ovejas de Israel.

    La mujer insiste y se postra, ahora le llama Señor-Kyrios, que es tanto como llamarle Dios y le dice “Señor, ayúdame”.

    Los hebreos llamaban despectivamente a los gentiles “perros” y esa palabra dura usa Jesús. Podemos imaginar a sus apóstoles judíos asintiendo con la cabeza y aprobando la dureza ortodoxa de su Maestro.

    Pero, de este modo, Jesús ha probado la fe de aquella mujer. Como decía san Agustín comentando esta escena: “Cristo no rechazaba hacerle misericordia, sino que hacía crecer su deseo”.

    Aunque sea extranjera, aquella cananea tiene más fe que los israelitas, ya que, a Pedro en el evangelio del pasado domingo, la tempestad que amenazaba la barca, le llamó “hombre de poca fe”. Y ahora, a esta mujer la dice: “Qué grande es tu fe”.

    La provocación de Jesús haría reflexionar a sus apóstoles: los verdaderos hijos de Abraham son los que viven de verdad la fe, y no solo los que heredan una sangre y un apellido por nacimiento.

    ¿Nos puede pasar como a los israelitas? Creernos que ya estamos salvados y que ya vivimos una vida de amistad con Dios porque tenemos el bautismo y las prácticas religiosas más o menos fieles. Recordemos este pasaje y la lección que Jesús da a sus apóstoles: lo que importa es la fe verdadera, la respuesta de fe y de obras según el Evangelio que demos al Señor. Ese es el único mérito posible para salvarse.

    Dios quiere que su salvación llegue a todos. ¿Colaboramos con esta misión universal mediante nuestro testimonio permanente o nos guardamos la alegría de la fe para nosotros solos, desentendiéndonos del resto?

 


jueves, 6 de agosto de 2026

DOMINGO XIX TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 ÁNIMO, SOY YO. ¡NO TENGÁIS MIEDO!


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Las lecturas de la Palabra de Dios en este domingo nos presentan dos escenas muy diferentes, pero unidas por una misma idea: Dios se manifiesta y actúa en las dificultades de nuestra vida.

    El profeta Elías es conocido en la historia bíblica por ser el profeta que defendió, con milagros poderosos y con mucha fuerza, incluso brutalidad, que su pueblo, Israel, sólo debía dar adoración y culto a Yahvé Dios. El culto a los dioses de los otros pueblos, que parecían dar más beneficios a cambio de menos exigencias, tentaba mucho a los hebreos.

    Y contra esa tentación de la idolatría actuó el profeta Elías. Era llamado un profeta de fuego por su fortaleza inquebrantable y sus acciones poderosas: acabó con cientos de profetas paganos de un culto falso, se enfrentó a los reyes, mandó la sequía sobre la tierra…

    Pero después de haber luchado tanto por la causa de Dios, el profeta Elías cae en una gran depresión y se desea la muerte. Siente la duda de si todo aquello que ha hecho por defender la fe era realmente la voluntad de Dios, ya que no ve los frutos.

    Se esconde en una cueva en el monte Horeb de los que pretenden su muerte, porque no desea seguir con su lucha. Allí, Dios le hace saber que va a pasar ante él. Ocurren tres manifestaciones poderosas y sobrecogedoras, que solían anunciar la presencia de Dios: un huracán, un terremoto y un fuego. Pero en ninguna de las tres estaba presente Dios.

    Finalmente pasa el susurro de una brisa suave y Elías, tan acostumbrado a la violencia y el poder, descubre que Dios está pasando ante él en esa manifestación tan sencilla.

    Seguro que este pasaje nos dice algo a todos nosotros. Nos gustaría que Dios se manifestase con toda claridad y rotundidad en tantas circunstancias y parece que, cuando más le necesitamos, nos molesta su silencio, su suavidad, sus tiempos que no son los nuestros.

    Y, sin embargo, Dios pasa de ese modo y solo el que descubre el valor del silencio y de la escucha desde el corazón lo descubre.

    Otro ejemplo muy real: cuantas veces valoramos los grandes acontecimientos que reúnen miles de personas y medimos el valor de las actividades de la Iglesia por el número de personas que se juntan. Pero el estilo de Dios es, con frecuencia, hacerse presente precisamente en lo sencillo, en lo humilde, en los pocos que se reúnen con cariño en su nombre, aunque no cuenten nada para el mundo.

    Y si no estamos atentos a esas brisas suaves, a esos silencios, a esa sencillez, no nos enteramos de nada…

    La segunda escena nos lleva al lago o mar de Galilea justo después del milagro de la multiplicación de los panes. Los discípulos, cumpliendo la orden de Jesús, están en una barca y les sorprende una fuerte tormenta de olas y vientos.

    Aunque varios eran pescadores, temen por sus vidas. Entonces Jesús se les acerca dominando las fuerzas contrarias de la naturaleza, como ningún hombre puede hacer. Con sus palabras trata de devolverles la confianza: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”.

    No les dice “no pasa nada” o “todo va a ir bien”, sino “Soy yo”, que está con vosotros en medio de la tormenta y el peligro de hundiros.

    Pedro, siempre el más impulsivo de los apóstoles, le dice: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua”. No se echa al agua, sino que le pide a Jesús que se lo mande, porque lo que puede darle seguridad en aquel momento de miedo es, precisamente, obedecerle.

    Pedro representa aquí la actitud del discípulo: quiere obedecer, se fía, pero en la dificultad, al sentir el viento contrario y las olas, duda y se hunde. Hasta que grita “Señor, sálvame” y Jesús le levanta, le pone a salvo.

    No nos quedemos en estas escenas con lo espectacular de Jesús caminando sobre el agua, porque la Palabra de Dios es siempre una palabra viva con la cual hoy el Señor quiere hablarnos y ayudarnos a vivir según su voluntad.

    Todos podemos pasar circunstancias en la vida en las que, por más fe que tengamos, nos entran dudas y sentimos que nos hundimos. La Iglesia también pasa por vientos muy contrarios y oleajes que parece que van a hundir la barca frágil de los discípulos.

    Pero el Señor no nos deja y él es más fuerte que el mal y la muerte, representados en esos oleajes y vientos contrarios del lago. Si nos fiamos, si extendemos la mano, si oramos y procuramos mantenernos cerca de él, aunque no sintamos nada, es seguro que va a tomarnos y levantarnos.

    ¿De qué modo lo va a hacer? No lo sabemos, pero sabemos que lo hará. “Ánimo, soy yo”, nos repite.

 

 

 


jueves, 30 de julio de 2026

DOMINGO XVIII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 DADLES VOSOTROS DE COMER


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Si el domingo pasado nos preguntábamos, desde la Palabra de Dios proclamada, acerca de cuáles son los valores esenciales de la vida, dónde están el tesoro escondido y la perla de valor incalculable, las lecturas de hoy casi nos llevan a una reflexión parecida.

    Lo más valioso de esta vida no se puede comprar, es siempre un regalo y un don que se reciben.

    El profeta Isaías aparece en la primera lectura casi como si fuese el propagandista de Dios, que ofrece, en su nombre, un alimento y una bebida únicos. En aquel tiempo y en aquel contexto cultural era habitual el politeísmo: muchos pueblos tenían una infinidad de dioses; unos servían para las batallas, otros para la fecundidad, y así…

    Pero aquellos dioses no beneficiaban a sus devotos gratuitamente, sino a cambio de costosas ofrendas y sacrificios, que incluían, no pocas veces, el sacrificio de vidas humanas.

    El Dios vivo y verdadero, el que anuncia el profeta Isaías, no pide nada de todo esto. Lo único que le pide al creyente es la fe, la confianza, y la entrega del corazón dócil y obediente a sus preceptos, que no son abusivos, sino que son fuente de paz y de alegría.

    Y para todos aquellos que buscan porque sienten verdadera hambre y sed, y nada parece saciar su espíritu necesitado, les dice: “Oíd, sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no tenéis dinero: comprad trigo y comed, venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche”.

    Su reflexión no ha perdido actualidad, y quizás la tiene aún más en nuestro mundo del consumismo: “¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?”. Es imposible que las realidades de este mundo sacien el alma humana que está hecha para las realidades eternas; es algo que experimentamos tantas y tantas veces…

    Se ve fácilmente la relación de esta primera lectura con el evangelio: Jesús siente compasión por aquellas personas que se han reunido para escucharle, pero sin llevar provisiones.

    ¿Qué hacer? Los discípulos lo tienen claro: la solución más sencilla es despedirles y que cada cual resuelva su problema. Pero Jesús no se lo permite; les involucra a ellos en la resolución de aquella necesidad, no les permite escapar de ella: “Dadles vosotros de comer”. Los discípulos de Jesús han de llevar en su corazón los mismos sentimientos de Jesús, su mismo amor compasivo.

    No tenían más que cinco panes y dos peces. Parece que si no tenemos grandes medios no podemos hacer nada, así que es mejor quedarse de brazos cruzados y lamentando lo mal que está todo.

    Pero ese no es el camino de Jesús. Aunque sea poco, aunque parezca insuficiente, cada gesto de caridad hecho con amor cuenta… Benedicto XVI dijo, comentando esta escena del evangelio: “El milagro consiste en compartir fraternalmente unos pocos panes que, confiados al poder de Dios, no sólo bastan para todos, sino que incluso sobran hasta llenar doce canastos”.

    Salir de nuestra comodidad, pensar en el que está peor, poner en común algo de lo que tenemos, ya es un verdadero milagro, el mayor de todos. Es el milagro del amor fraterno en una sociedad que nos invita al egoísmo y la comodidad.

    Hay más en el evangelio: Jesús toma el pan, alza la mirada al cielo, pronuncia la bendición y lo parte. Claramente la escena nos sitúa ante la eucaristía, son los gestos de Cristo con el pan en la última Cena. No puede haber eucaristía que no nos lleve a pensar en los que sufren, y, al mismo tiempo, no podemos servir a los demás si no nos alimentamos en el Pan de la Vida que Él nos regala.

    Cuando lo ha hecho se lo da a los apóstoles para que se lo distribuyan a las multitudes hambrientas. De este modo, les está preparando para ser los ministros que distribuyan el pan de la Palabra y de la Eucaristía, el que nos une de tal modo al Señor, que nada ni nadie nos puede ya separar, como nos dice san Pablo en su carta a los Romanos.

    Sigamos celebrando el domingo. Caigamos, por un momento, en la cuenta de la suerte que tenemos de poder estar celebrando aquí este encuentro con el Señor resucitado y con los hermanos con los que compartimos una misma fe,


jueves, 23 de julio de 2026

DOMINGO XVII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A UN TESORO ESCONDIDO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    ¿Cuáles son las realidades más valiosas de la vida humana? ¿Cuál es el verdadero tesoro por el que merece la pena hacer cualquier esfuerzo?

    La Palabra de Dios de este domingo nos invita a encontrar en ella la respuesta a estas preguntas tan profundas. O, dicho de otro modo: ¿Cuál es el sentido de la vida?

    Hay quien dice que no merece la pena gastar tiempo en este tipo de preguntas y reflexiones, que es mejor ir gastando la vida distraídos, día tras día, ir tirando, como decimos, sin pararse mucho a profundizar.

    Pero no funciona así. La vida verdaderamente humana necesita de un propósito y un sentido.

    A Muchos nos sonará el nombre de Viktor Frankl, un psiquiatra judío que estuvo tres años prisionero en Auschwitz y otros campos de concentración nazis. Allí descubrió, pese al horror que le rodeaba, algo muy importante: los prisioneros que sobrevivían eran precisamente los que tenían un propósito profundo para seguir vivos. Los que no lo tenían, se abandonaban y morían antes. Después de ser liberado se dedicó a dar conferencias por el mundo entero para contar su experiencia y lo que allí descubrió: el hombre necesita un sentido para la vida tanto como necesita aire, agua o alimento.

    Si falta el propósito y el sentido, el ser humano, aunque lo tenga todo, no tiene nada.

    Jesús tenía un propósito firme para su vida y lo llevó adelante con entereza, aunque le supusiera la muerte en cruz: hacer la voluntad del Padre anunciando y realizando el Reino de Dios en este mundo.

    No definía el Reino de Dios con teorías, sino con parábolas. Qué es el Reino lo descubrimos en su modo de vivir y de actuar: uno deja que Dios reine en su vida cuando tiene a Dios por Padre y se siente amado incondicionalmente por Él y tiene a los demás por hermanos, amándolos también incondicionalmente hasta dar la vida por ellos.

    El que vive así, como Jesús, es porque está en el Reino de Dios, es porque Dios está reinando en su vida.

    Jesús nos dice en el evangelio de este domingo que quien ha descubierto lo que supone vivir así, la alegría, la paz, la plenitud que supone, es como el que encuentra un tesoro escondido en el campo o una perla de valor y rareza extraordinarias. No le importa lo que tenga que hacer para conseguir ese tesoro, porque se ha dado cuenta de que todo lo demás que tenía hasta entonces no se puede ni comparar.

    Vende todo lo que tiene y compra el campo o compra la perla. El tesoro del Reino supera el valor de todo.

    No todos lo descubren; hay quien solo ve un terreno o un montón de perlas. No han buscado, no han profundizado y por eso no lo han descubierto. Está alcance de todos, pero no todos se atreven a buscar y profundizar.

    Hay quien prefiere quedarse con las cosas superficiales, con las pequeñas satisfacciones de vivir pensando primero en sí mismo, con las pequeñas alegrías del consumo y de los bienes, aunque sepa, en el fondo, que no le van a poder dar la alegría más auténtica.

    El rey Salomón aparece orando en la primera lectura. Es un rey joven, que ha heredado un reino extenso y unido gracias a las conquistas militares de su padre David. Podría pedirle seguir ampliando su reino, conquistas militares, una larga vida o riquezas. Pero no lo hace. Lo que pide es un corazón atento, que sepa escuchar, juzgar y discernir entre el bien y el mal, entre lo que no es importante y el verdadero tesoro.

    A Dios le agrada la oración del joven rey y le otorga la sabiduría que pide, para escuchar la voluntad de Dios, descubrir lo que de verdad importa y no confundirlo con el resto.

    Jesús también dijo: ¿Cómo no va dar el Padre el Espíritu Santo a los que se lo pidan? Dios no nos niega ese don de sabiduría del Espíritu que nos ayudará a ver con claridad si se lo pedimos.

    Con la Palabra de Dios de este domingo se nos invita a la reflexión de algo central para la vida: ¿me estoy centrando en las realidades verdaderamente importantes de la vida, en el tesoro, o estoy malgastando mis ilusiones en aquellas que no valen?

    Hoy celebramos la Jornada de los Abuelos y los Mayores con el lema “Yo no te olvidaré”. El papa León, en su mensaje, nos dice a los que somos mayores o abuelos que nuestra vida tiene sentido, que debemos seguir cultivando el don de la fe y aportando nuestra experiencia de vida a niños y jóvenes. Y a los que somos más jóvenes nos invita a cuidar con amor a los mayores, siendo para ellos un signo del amor inquebrantable de Dios que no olvida a sus hijos ancianos.

 

lunes, 20 de julio de 2026

HORARIOS AGOSTO 2026

XVIII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 1 (Misas vespertinas)

19 H. CANALEJA

20 H. VILLARRODRIGO 

DOMINGO 2

11 H. VILLAMOROS

12 H. ROBLEDO 

13 H. VILLAOBISPO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLANUEVA


XIX DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 8 (Misa vespertina)

20 H.  VILLANUEVA 

DOMINGO 9

11 H. VILLAMOROS 

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

12 H. VILLARRODRIGO

13 H. VILLAOBISPO 


XX DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 15 (Misas vespertinas)

19 H. CANALEJA 

20 H. VILLAMOROS 

DOMINGO 16

11 H. VILLANUEVA

12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra) 

12 H. ROBLEDO (Fiesta de San Roque)

13:15 H. VILLAOBISPO


XXI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 22 (Misa vespertina)

20 H. ROBLEDO 

DOMINGO 23

11 H. VILLAMOROS

12 H. VILLARRODRIGO 

13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 


XXII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 29 (Misas vespertinas)

19 H. CANALEJA

20 H. VILLAOBISPO 

DOMINGO 30

11 H. ROBLEDO

12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)

12 H. VILLARRODRIGO

13 H. VILLANUEVA


SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (SÁBADO 15)

12 H. VILLARRODRIGO

13 H. VILLAOBISPO


FIESTAS PARROQUIALES:

SAN ROQUE: DOMINGO 16 ROBLEDO (12 H.)


jueves, 16 de julio de 2026

DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 TÚ, SEÑOR, ERES BUENO Y CLEMENTE


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hay una película, de hace unos años ya, titulada “Como Dios” y protagonizada por Jim Carrey. En ella, el protagonista, una persona incapaz de verle nada positivo a la vida, desafía a Dios, reprochándole que no sabe usar su poder para dirigir el mundo.

    Dios responde a su reto y le concede su poder para que lo pruebe durante una semana, ya que se cree capaz de ser mejor administrador que él. En la película se ve cómo este hombrecillo, que creía ser más sabio que Dios, emplea el poder que le concede en satisfacer sus deseos caprichosos. Pero al final tiene que rendirse a la evidencia: un simple hombre no sabe administrar el poder de Dios.

    ¿Para qué usaríamos nosotros semejante poder? Muchas veces el ser humano ha creado religiones que imaginan a dioses poderosos pero llenos de las mismas pasiones que los hombres: son coléricos, caprichosos, vengativos… así eran, por ejemplo, los dioses de Grecia y Roma. Hacían batallas, tomaban partido por unos frente a otros, seducían, acumulaban.

    El verdadero Dios, como se nos manifiesta en la Palabra que se nos ha proclamado este domingo, emplea su poder precisamente en el amor, en la paciencia, en el cuidado. Lo que hace a Dios ser Dios no es que sea vengativo, como lo somos nosotros, o caprichoso en sus criterios o elecciones, como lo somos nosotros. Lo que le hace ser Dios es su capacidad de amar sin límites a todos sus hijos, incluso a aquellos que no le reconocen ni le admiten.

    Así nos lo ha dicho ya la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría: “Fuera de ti no hay otro dios que cuide de todo (…) Tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos.

    Es necesario más poder para perdonar que para vengarse y es más difícil amar a los enemigos que odiarlos. Por esto Jesucristo nos dijo: Sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto en el amor, porque hace salir su sol y manda su lluvia por igual sobre buenos y malos.

    Para vengarse basta con ser una criatura: si dañas a un animal este, si puede, te clava su aguijón o te muerde. Pero para amar, para dar la vida, hay que llevar dentro el amor del Creador. “Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores”.

    Con el salmo hemos repetido: Tú, Señor, eres bueno y clemente”. Si somos buenos y clementes con los demás, entonces nos parecemos algo a Dios. Aquel personaje de la película “Como Dios” quería parecerse a Dios disfrutando de un poder caprichoso e ilimitado. Pero el camino para parecerse es bien distinto.

    En esta clave debemos entender el evangelio de hoy que, de nuevo, es una parábola tomada de las tareas del campo que realizaba la gente sencilla de su tiempo, entre los cuales vivía Jesús.

    En el campo sembrado de buena simiente, el enemigo ha esparcido semillas de cizaña y ahora crece. Incluso parece que va a asfixiar al buen trigo.

    Los criados ven el problema y proponen la solución más rápida y fácil: arrancar la cizaña mala para que sólo quede el trigo bueno. En cambio, el señor de la tierra tiene una visión más amplia y profunda que ellos: no se puede arrancar la cizaña sin arrancar también el trigo. Hay que esperar a que llegue la cosecha para poder separarlos, hay que ser pacientes, saber esperar.

    Lo más eficaz que se nos ocurre es arrancar la cizaña; por eso a veces decimos: “yo a estos los hacía esto o aquello” o “yo solucionaba esto así”. Dios tiene otro estilo, afortunadamente para nosotros.

    Es el estilo paciente del que respeta los tiempos, los caminos, los pequeños pasos que vamos dando para convertirnos y mejorar, aunque aún nos quede mucha cizaña mezclada entre el trigo. En el mundo hay trigo y hay cizaña, y en cada uno de nosotros también hay trigo bueno y cizaña mala.

    La conversión permanente del cristiano es ir logrando, con la gracia de Dios que recibimos en su Palabra y en los sacramentos, que cada vez haya más de uno y menos de la otra.

    Y, hasta que llegue la cosecha, tengamos la misma paciencia del Señor del campo para con la cizaña propia y la cizaña ajena.

 


DOMINGO XXI TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 TE DARÉ LAS LLAVES DEL REINO DE LOS CIELOS COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA      Este domingo la reflexión sobre la Palabra de Dios que...