domingo, 15 de febrero de 2026

MENSAJE PARA LA CUARESMA 2026 DEL PAPA LEÓN XIV


 Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

 

Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia».[1]

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos».[2] El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios».[3] En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana».[4]

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  

Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

 Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.

LEÓN XIV PP.

miércoles, 11 de febrero de 2026

SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

NO HE VENIDO A ABOLIR, SINO A DAR PLENITUD


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Continuamos aprendiendo del Maestro, sentados en torno a él en el monte, como sus discípulos. La Palabra de Dios nunca pierde su actualidad, y cuando es proclamada, especialmente en la celebración litúrgica, se hace una palabra plenamente viva y transformadora.

    Hoy se nos propone en las lecturas un tema de importancia capital: la ley de Dios y sus mandamientos. Hay quien ha interpretado los mandamientos como imposiciones, como recortes a nuestra libertad que, supuestamente, debería ser absoluta.

    Esto es un gran error: igual que las señales de tráfico nos resultan del todo necesarias para llegar seguros a un destino cuando vamos por la carretera, los mandamientos de la ley de Dios no nos quitan la libertad, sino que nos ayudan a conducir nuestra libertad.

    ¿Alguien en su sano juicio puede decir que un stop, antes de cruzar una intersección de carreteras, le quita su libertad al conducir?, ¿o que lo hace un aviso de peligro por hielo?

    Pues si lo pensamos bien con los Mandamientos sucede lo mismo: ¿alguien puede decir que es mejor el mundo sin los mandamientos de la ley de Dios?,

    ¿Se convierte en un lugar más seguro y más libre para todos o, más bien, en una jungla en la que la vida está amenazada?

    Si quieres guarda los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad. Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende la mano a lo que quieras. Somos libres para elegir guardar los mandamientos de Dios, nos ha hecho libres para ello.

    Si no lo hacemos, nuestra elección tiene sus consecuencias, igual que si uno va conduciendo sin querer atender a las señales de circulación. Se trata de elegir entre vida y muerte, entre bien y mal.

    Los escribas y fariseos acusaban a Jesús de hereje y contrario a la Ley sagrada. Pero Jesús lo deja muy claro: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud”, nos dice. Para Jesús, la ley es la manifestación de la voluntad de Dios para nosotros y es inalterable, ni la parte más pequeña de una letra se puede omitir y enseñar así a otros.

    Pero hay algo que Jesús quiso enseñar a todos: cómo debe ser interpretada rectamente. Porque la interpretación de estos maestros religiosos era la de marcar los mínimos que debían cumplirse, e incluso se permitían añadir nuevas normas y preceptos a los mandamientos, de modo que como ya todo era ley religiosa, llegaba un momento en que la gente no sabía realmente si podía cumplir la voluntad de Dios.

    Jesús no cambia la ley de Dios, pero la lleva a su plenitud, va a descubrir lo esencial en ella.

    No basta con no matar físicamente, es necesario no matar tampoco con la lengua o con el pensamiento, como son los insultos, la calumnia, la crítica morbosa. Tales comportamientos degradan la dignidad humana, y al hermano hay que responderle siempre con amor.

    Es la condición previa para acercarnos a Dios: ¿Cómo vamos a acercarnos a Dios si estamos separados del hermano? Y si no, antes de llegar al altar con la ofrenda, vayamos a su encuentro intentando la reconciliación.

    No basta con no cometer adulterio con los cuerpos, es necesario tener una mirada limpia y un pensamiento respetuoso sobre el otro, sea hombre o mujer. Es necesaria la fidelidad no solo de los cuerpos, también de los pensamientos, las miradas y los deseos. Jesús dice que del corazón del ser humano es de donde brota lo mejor y lo peor; si está sano, de él brotarán acciones buenas.

    No basta con no jurar en falso o no usar a Dios y a las cosas santas para jurar. Es necesario ser personas que van con la verdad por delante siempre, que no mienten ni tergiversan la realidad a su conveniencia. De este modo, no tendremos necesidad de jurar para ser creídos.

    Aprender a vivir así requiere de una sabiduría que no es de este mundo, como dice san Pablo en la segunda lectura: es una sabiduría divina, escondida, que se nos da por el Espíritu Santo. Es la sabiduría del Reino de Dios.

    Es verdad que las palabras de Jesús nos resultan exigentes, quizás fuertes, porque nos dice que no basta con no hacer el mal, es necesario también no desearlo, querer lo bueno, buscarlo, intentarlo.

    Lo mejor de todo es que este Maestro no es de aquellos que enseñan la lección y luego la preguntan en el examen y nos suspenden si no la sabemos. 

    Es el Maestro más paciente, uno que permanece siempre con nosotros, que nos quiere pese a nuestros fallos y pecados y, con cariño, nos levanta siempre para que sigamos intentándolo. Y que nos da su Espíritu Santo que, como una fuerza interior y una guía, nos permite descubrir la voluntad de Dios y nos da las fuerzas para realizarla.

jueves, 5 de febrero de 2026

QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 SOIS SAL DE LA TIERRA, SOIS LUZ DEL MUNDO

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

En el evangelio del domingo pasado, Jesús nos enseñaba la carta magna del discípulo que quiere seguirle de verdad: las Bienaventuranzas.

            Como un Maestro de vida nos abre con ellas los ojos para que comprendamos que es lo que nos hace verdaderamente felices, realizados y plenos, frente a los espejismos de felicidad que nos pueden deslumbrar.

No voy a encontrar la verdadera alegría huyendo de los problemas y de las dificultades, viviendo primero para mí mismo y dando mis migajas a los demás, sino dándome, a su estilo, a todos los que me necesiten. Y, si es necesario, llorar con los que lloran, sufrir con los que sufren. Tener hambre y sed de verdadera justicia para todos, practicar la misericordia y la compasión, mirar con una mirada limpia, que brota de un corazón limpio, construir la paz...

A quienes viven así, Jesús les promete la bienaventuranza, la felicidad auténtica, una vida plenamente realizada. Y les dice, nos dice, que entonces somos la Sal de la tierra y la Luz del mundo. No dice "debéis ser sal de la tierra y la luz del mundo", sino que ya lo somos cuando vivimos según el evangelio.

Las dos imágenes con las que Jesús expresa lo que son sus discípulos para el mundo son muy poderosas. Las dos son realidades que forman parte de la vida cotidiana y que son necesarias para ella; no son elementos superfluos, sin los cuales se puede vivir igual, no. La Sal y la Luz son necesarias, nosotros somos necesarios para el mundo.

La sal da gusto a los elementos y, sin ella, no se encuentra mucho disfrute a la comida. Pero es que, además, si la sal falta, el cuerpo se deshidrata, aunque tenga agua. Las cosas de la vida se disfrutan de verdad cuando uno se siente amado; si no, da igual la casa que tengas, el coche que conduzcas, la ropa que lleves, o la fama que te den. Sin amor, la vida no sabe a nada.

Un verdadero discípulo de Jesús da sabor a la vida de los demás, acogiéndolos y queriéndolos como son y no como pensamos que deberían ser, justo igual que hace con nosotros el Padre. La sal del buen humor, de la alegría, de la serenidad para afrontar los problemas, son signos de un seguidor de Jesús.

Antes, en los bautismos, se colocaban unos granitos de sal en la boca del recién bautizado; seguro que los mayores lo recuerdan bien. Hoy ya no se hace, pero es un signo muy expresivo: llevamos dentro la sal de Cristo que se debe manifestar en nuestras vidas.

Hay otra característica de la sal: preserva de la corrupción. Por ello, antes de que existieran las neveras, era el modo principal de conservar los alimentos. También esta característica es propia de los seguidores de Cristo: debemos luchar contra la corrupción, denunciando como profetas todo lo que deshumaniza, lo que degrada a las personas y a las sociedades.

Y si callamos, seríamos una sal que se hace azúcar, que no sala y no sirve de nada ya. Jesús nos dice que somos sal, pero nunca nos dice "sois azúcar o miel".

¿Qué decir de la luz? Sin ella no hay vida ni hay calor. Sin luz no se conoce la realidad de lo que nos rodea, nos extraviamos, nos perdemos.  Jesucristo dijo varias veces "Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en las tinieblas".

Nosotros, que somos su presencia, portamos su misma luz, ya que el día de nuestro bautismo encendieron nuestra vela en el cirio pascual del Resucitado. Todos necesitamos alguien que nos ilumine, que nos aconseje, que nos oriente. Pero, atentos, estamos llamados a alumbrar, no a deslumbrar.

San Pablo dice ante los cristianos de Corinto que no quiso presentarse como un sabio en lo humano, porque él no buscaba hacer discípulos de Pablo, sino de Cristo. Se presentó débil, sin otro mensaje que Cristo crucificado. No hace falta ser lumbreras para llevar la luz del evangelio, basta con ser llamas sencillas que testimonian con su vida sencilla.

El cristiano que quiere pasar desapercibido, que no da la cara nunca por su fe ni por su Iglesia, que solo busca no meterse en problemas ni comprometerse a nada, es como una luz metida debajo de la vasija, no alumbra a nadie.

¿Hay algo más inútil que una luz encendida bajo una vasija? ¿Para qué sirve entonces?

Si alguien se está planteando "yo no sé qué puedo hacer para ser luz del evangelio para otros", la primera lectura, del profeta Isaías, da respuestas muy claras y concretas: parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre al que ves desnudo, no te desentiendas de los tuyos, aleja de ti la opresión, la acusación y la calumnia, sacia al afligido y brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía.

    El trabajo de Manos Unidas para erradicar el hambre, esa tragedia evitable de nuestro mundo, es una luz poderosa para muchos millones de personas. Nosotros hoy ayudamos a sostener su llama con nuestra generosidad.


jueves, 29 de enero de 2026

CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 BIENAVENTURADOS VOSOTROS...


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

En este cuarto domingo del tiempo ordinario, comenzamos a leer el gran discurso del monte según el evangelio de Mateo. Lo iremos leyendo, domingo tras domingo, hasta que comience la Cuaresma.

Muchas veces el evangelio dominical nos presenta a Jesucristo como médico, que va curando los males del cuerpo o del espíritu de quienes se le acercaban cargados de sufrimientos y confiados. Así terminaba, precisamente, el evangelio del domingo pasado: “recorría toda Galilea enseñando, proclamando el evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo”.

Hoy se nos presenta como el Maestro: se sienta en el monte, sus discípulos le rodean con deseo de escuchar y comienza a enseñarles. El lugar lo escoge a propósito: el monte en la Biblia es siempre lugar de encuentro con Dios. Nos hace pensar en el monte Sinaí, donde Moisés enseñó al pueblo los diez mandamientos que deben guardar para permanecer en la amistad con Dios.

¿Qué enseña este Maestro en el monte? Un mensaje sorprendente, las bienaventuranzas, que va a contra corriente de los valores del mundo de entonces y de ahora. Sin fe no se pueden entender ni aceptar estas palabras de Jesús; por esto, no olvidemos que se las enseñaba a los que querían ser sus discípulos.

Son nueve bienaventuranzas y podemos ver diferencias entre ellas. Las cuatro primeras hablan de situaciones de la vida cotidiana por las que pasan los discípulos: pobreza de espíritu, mansedumbre, tristeza, hambre y sed de justicia.

Seguro que, si salimos a preguntar a la calle, a alguien que esté ajeno a este mensaje, y le decimos “¿los que pasan por estas situaciones pueden ser felices?”, nos responderán que los felices, en todo caso, son los contrarios: los que no les falta de nada, los poderosos que pueden imponer su voluntad, los que no tienen penas, los que no tienen problemas.

Pero ¿esto es de verdad así? ¿Esas bienaventuranzas del mundo son verdaderas? ¿Uno puede ser feliz realmente, sentirse una persona plena, escapando de las tristezas y los problemas a toda costa, aunque eso suponga cerrar los ojos a lo que no está bien o es injusto, buscando que se cumpla el propio capricho a toda costa y por encima de quien sea?

¿No serán precisamente estas unas falsas bienaventuranzas, un mensaje que no es auténticamente humano ni conduce a ninguna parte?

¿No será que Jesús, como Maestro, quiere abrirnos los ojos a la verdad de la existencia, para que no nos dejemos engañar por espejismos de felicidad?

Desde luego que sí. La tristeza, la pobreza de espíritu, la sed y hambre de justicia, la mansedumbre son situaciones que nos llegan inevitablemente si optamos por vivir pensando en los demás y buscando que Dios reine en nosotros y en este mundo.

Pero es que lo contrario ni es humano, ni realiza a la persona, ni salva. Pero si se vive plenamente el proyecto de Jesús, aún con sufrimientos, se encuentra la felicidad ya en esta vida y, más aún, en la vida futura.

Las cuatro siguientes bienaventuranzas declaran felices, dichosos, a los que viven las actitudes del discípulo de Jesús, por las que serán recompensados: son misericordiosos, y por eso alcanzan misericordia; son pacíficos, y por eso viven ya como hijos de un mismo Padre Dios; son limpios de corazón, y por eso pueden ver a Dios en el hermano y lo verán después de la muerte cara a cara; son perseguidos por buscar lo que es justo y, aunque resulten incómodos, viven ya como ciudadanos del Reino de Dios.

La novena, y última, de las bienaventuranzas, describe algo que ya sabemos y que, quizás, hasta hemos experimentado alguna vez: a los que viven así, de acuerdo a estos valores que van a contra corriente de los del mundo, se les señala, son objeto de burla y puede que hasta de persecución. Pero su recompensa será grande, porque son los valores más nobles, más altos, más humanos, los que dan la verdadera paz a quien los vive.

Hoy cada uno de nosotros, confrontándose con este evangelio, se debe preguntar: ¿me convencen las bienaventuranzas de Jesús o me quedo, en cambio, con las bienaventuranzas del mundo? ¿Dónde encuentro yo la verdadera felicidad y el sentido de la vida?

Tengamos presente que las bienaventuranzas que hemos escuchado  son la “carta de identidad” del cristiano, porque describen el rostro y el estilo de la vida de Jesús. No nos pide nada que Él no haya vivido a fondo.

Jesucristo es el bienaventurado, el feliz, porque hizo vida, hasta el fin, todo lo que nos anunció. Por eso es nuestro Salvador y nuestro Maestro, porque nos enseña a vivir con sentido, buscando lo auténtico y rechazando los espejismos de felicidad que ni sacian ni dan vida.

 


sábado, 24 de enero de 2026

400 aniversario de los Padres Paules ¡ENHORABUENA!

 


Desde la Unidad Pastoral de Villaobispo felicitamos a los Padres Paules por su 400 aniversario. 

Damos gracias a Dios por su carisma de predicación y caridad, que se hace presente entre nosotros por medio de su comunidad en Villaobispo. 

Damos gracias a ellos, los que ahora nos acompañan, y los que antes estuvieron, por su servicio pastoral humilde y evangélico, siempre servicial y leal.

¡Que sea enhorabuena!

viernes, 23 de enero de 2026

HORARIOS FEBRERO 2026

 IV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 31 

18 H. VILLAOBISPO (Misa vespertina)

DOMINGO 1

11 H. VILLAMOROS

12 H. VILLARRODRIGO

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLANUEVA: Celebración anticipada de las Candelas y bendición de los bautizados del año 2025

V DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 7

18 H. VILLARRODRIGO (Misa vespertina)

DOMINGO 8

11 H. VILLAMOROS

12 H. ROBLEDO

13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 


VI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 14

18 H. ROBLEDO (Misa vespertina)

DOMINGO 15

11 H. VILLANUEVA

12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)

12 H. VILLARRODRIGO

13 H. VILLAOBISPO

MIÉRCOLES DE CENIZA

MIÉRCOLES 18

18 H. VILLAOBISPO

19 H. VILLARRODRIGO

1º DOMINGO DE CUARESMA

SÁBADO 21 

18 H. VILLANUEVA (Vía Crucis, Misa vespertina con imposición de ceniza)

DOMINGO 22

11 H. VILLAMOROS (Con imposición de ceniza)

12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra) 

12 H. ROBLEDO (Con imposición de ceniza)

13 H. VILLAOBISPO 


jueves, 22 de enero de 2026

TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (ciclo A). DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS

 DEJARON LAS REDES Y LO SIGUIERON


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En este domingo tercero del tiempo ordinario, la Iglesia celebra, ya desde el año 2019, el Domingo de la Palabra de Dios. Es verdad que todos los domingos son domingos de la Palabra, porque es cuando el Señor Resucitado nos convoca para que le escuchemos en comunidad. Hay una expresión muy bonita: en la Eucaristía nos sentamos en torno a dos mesas de las que nos alimentamos: la de la Palabra y la del Pan de la Vida.

    El Papa Francisco pidió que tuviésemos un domingo especialmente dedicado a la Palabra porque necesitamos caer en la cuenta de la importancia que tiene para nosotros ser verdaderos oyentes de la Palabra. No basta con estar en misa, o en la celebración dominical en espera de sacerdote, y escuchar de fondo las lecturas del día mientras pensamos en otra cosa…

    Repetimos mecánicamente “Te alabamos Señor” cuando el lector dice “Palabra de Dios”. Pero, ¿he dejado que esa Palabra de Dios, como palabra viva que es, entre de verdad en mi mente y en mi corazón? ¿La he prestado la atención que se merece? Porque si no lo hago, sería como en aquella parábola: la mejor semilla no encuentra tierra buena en la que germinar, se queda caída al borde del camino en tierra dura y seca.

    El evangelio que hemos escuchado nos presenta los comienzos de la vida pública de Jesucristo, después del testimonio que nos dio Juan Bautista sobre él en el domingo pasado. No elige un lugar fácil para comenzar la misión, sino Galilea, la que llamaban despectivamente los judíos más puros “la Galilea de los gentiles”. Allí se mezclaban religiones e ideas en confusión, costumbres, supersticiones y también corrupciones morales.

    Allí quiere comenzar Jesús su misión con una predicación muy sencilla y parecida a la del Bautista: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Convertíos, cambiad vuestro corazón, aceptad de una vez que necesitáis el perdón y la luz de Dios para ser felices.

    Muchos no hubieran querido predicar en la pagana Galilea de los gentiles, pero Jesús ve en ella a muchos que caminan en tinieblas y necesitan luz, como dijo el profeta Isaías, a muchos que viven en desesperanza y muerte y necesitan que se les anuncie una Buena Noticia liberadora.

    Igual que hoy… muchos católicos terminamos creyendo que el mensaje de la fe no lo va a escuchar nadie, que no lo quieren, que ya no lo reciben, y dejamos de anunciarlo. Y, por culpa de nuestros miedos, muchas personas que lo necesitan, aunque no lo sepan, no lo oyen y se quedan en su tristeza, desesperación y tiniebla.

    Jesús quiere contar, desde el principio de su misión, con colaboradores: llama a los pescadores y les pide ser, con él, pescadores de hombres, testigos, anunciadores, misioneros.

    No pensemos que esta llamada es solo para unos pocos. Es para cada uno de nosotros, invitados a ser, donde estemos, sembradores de la Palabra que trae la Buena Noticia. Pero para poder comunicarla debemos primero estar habitados por la Palabra: “La Palabra de Cristo habite en vosotros” es el lema escogido para la jornada.

    Además de esto, para dar un testimonio convincente debemos superar divisiones, estar unidos. Se lo pide el apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto: “Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya división entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir”:

    ¿Por qué nos fijamos más en lo que nos separa, en las diferencias del otro, que en lo que nos une? Esto nos pasa, tantas veces, en lo social, en lo político y hasta, peor aún, en la Iglesia. De aquí vienen las diferencias y enfrentamientos que nos han separado, a lo largo de los siglos, a los cristianos.

    Esta semana hemos estado rezando por la unidad de los cristianos, para que lleguemos a ser un solo pueblo los que creemos en él. Tengamos presente esta intención y comprometámonos a ser constructores de puentes y de unidad.

MENSAJE PARA LA CUARESMA 2026 DEL PAPA LEÓN XIV

  Escuchar y ayunar.  La Cuaresma como tiempo de conversión Queridos hermanos y hermanas: La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con...