YO MISMO ABRIRÉ VUESTROS SEPULCROS Y OS SACARÉ DE ELLOS
Estamos
ya en el último domingo de la Cuaresma. Cada domingo ha sido la Palabra de Dios
una verdadera catequesis que nos ha ido preparando para la Pascua, ya más
cercana. En el encuentro con la samaritana, Jesús se manifiesta como el agua
viva; en la curación del ciego de nacimiento como la luz del mundo.
Y
en este quinto domingo como la resurrección y la vida.
La
resurrección de Lázaro es el séptimo signo o milagro narrado por san Juan, y ya
que el número siete indica en la Biblia la plenitud, este es el más grande y
definitivo, en el que Jesús se manifiesta como la resurrección y la vida.
La
promesa de Dios hecha por el profeta Ezequiel, que escuchamos como primera
lectura de hoy, se cumple plenamente en Jesús: “Yo mismo abriré vuestros
sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío. Pondré mi espíritu en vosotros y
viviréis”.
Dios
no abandona a su pueblo y aunque esté sumido en sepulcros de desesperanza, de
abatimiento, de destierro, va a permanecer a su lado y va a infundir vida allí
donde haya muerte.
Jesús
quería mucho a Lázaro y a sus hermanas Marta y María. En su casa de Betania
encontraba cariño y descanso, un hogar al que volver para descansar después de
sus largas jornadas predicando el Reino de Dios. Siempre es bueno recordar que
el Señor Jesús, como verdadero hombre, disfruta de todas las experiencias
humanas, también de la amistad y el cariño.
La
enfermedad de Lázaro, su querido amigo, no le deja indiferente, sufre por ella.
Pero no acude enseguida, porque es necesario que se manifieste el poder
vivificante que el Padre le ha dado; ese es el sentido de las palabras
enigmáticas que pronuncia: “Esta enfermedad no es para la muerte, sino que
servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por
ella”.
Cuando
Jesús llega a Betania, en la región de Judea, Lázaro llevaba cuatro días
enterrado. En el cuarto día, según la creencia judía, el espíritu del difunto abandonaba
por fin el cuerpo y comenzaba la corrupción de este. Por eso Marta protesta y
dice que lleva ya cuatro días.
Al
igual que en el encuentro con la samaritana, Jesús va guiando con su diálogo a
Marta hasta hacerla llegar a la confesión de la fe. Ella sí cree en la
resurrección de los muertos, en que su hermano Lázaro resucitará al final de
los tiempos, como sostiene la fe hebrea. Pero Jesús le anuncia: “Yo soy la
resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que
está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.
Estas
palabras de Jesucristo las hemos escuchado munchas veces, especialmente en la
celebración de funerales. ¿Nos las creemos de verdad?, ¿Qué significan para
nosotros hoy?
Estamos
hechos para la Vida, no para la muerte, aunque tengamos que pasar por ella como
pasó el mismo Jesús. Venimos del amor de Dios y volvemos a él cuando nuestra
existencia terrena se termina, sea después de largos años o sea
inesperadamente. No podemos convertir la muerte en un tabú del que no se puede
hablar, puesto que es una realidad segura para todos nosotros.
Pero
al hablar de la muerte, los cristianos debemos hablar también de la vida
eterna, puesto que la muerte no es el final, sino la puerta que se abre hacia
la eternidad. Y hoy Jesús nos pregunta como a Marta: ¿Crees esto?, ¿vives
animado por esta esperanza?
El
signo de la resurrección de Lázaro sirvió para aquello que anunció Jesús:
muchos creyeron en él y dieron gloria a Dios.
En
este último domingo cuaresmal Jesús, el agua viva, la luz del mundo, se nos
manifiesta como la Resurrección y la Vida.
Experimentamos
ya ahora la fuerza de la muerte en el pecado: nos quita las fuerzas, nos hunde,
nos separa de Dios y de los que nos rodean. Por eso el perdón que recibimos en
el sacramento de la reconciliación es toda una experiencia de resurrección, de
volver a la vida, de que Jesús nos saca de nuestros sepulcros y nos quita las
vendas que nos atan, por medio del sacerdote que nos absuelve en el nombre de
Cristo, como hicieron aquellos con Lázaro.
Aprovechemos
las celebraciones penitenciales y esta última semana de cuaresma para recibir
el perdón sanador en el sacramento de la reconciliación.
Hoy
celebramos el Día del Seminario por ser el domingo más cercano a la solemnidad
de san José. Un día para agradecer que Dios sigue llamando a jóvenes y a
adultos a servir a los hermanos como sacerdotes.
Un
día para pedir por los que ya han respondido y están formándose, para que lo
hagan con entrega, dispuestos a darse al estilo de Jesús. Y para pedir por
aquellos que están recibiendo esta vocación, pero quizás les resulte difícil acogerla
y abandonarse.
Necesitamos
esas vocaciones sacerdotales para encontrarnos con el Señor resucitado que
quiere seguir hablándonos, alimentándonos y perdonándonos.





