jueves, 23 de julio de 2026

DOMINGO XVII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A UN TESORO ESCONDIDO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    ¿Cuáles son las realidades más valiosas de la vida humana? ¿Cuál es el verdadero tesoro por el que merece la pena hacer cualquier esfuerzo?

    La Palabra de Dios de este domingo nos invita a encontrar en ella la respuesta a estas preguntas tan profundas. O, dicho de otro modo: ¿Cuál es el sentido de la vida?

    Hay quien dice que no merece la pena gastar tiempo en este tipo de preguntas y reflexiones, que es mejor ir gastando la vida distraídos, día tras día, ir tirando, como decimos, sin pararse mucho a profundizar.

    Pero no funciona así. La vida verdaderamente humana necesita de un propósito y un sentido.

    A Muchos nos sonará el nombre de Viktor Frankl, un psiquiatra judío que estuvo tres años prisionero en Auschwitz y otros campos de concentración nazis. Allí descubrió, pese al horror que le rodeaba, algo muy importante: los prisioneros que sobrevivían eran precisamente los que tenían un propósito profundo para seguir vivos. Los que no lo tenían, se abandonaban y morían antes. Después de ser liberado se dedicó a dar conferencias por el mundo entero para contar su experiencia y lo que allí descubrió: el hombre necesita un sentido para la vida tanto como necesita aire, agua o alimento.

    Si falta el propósito y el sentido, el ser humano, aunque lo tenga todo, no tiene nada.

    Jesús tenía un propósito firme para su vida y lo llevó adelante con entereza, aunque le supusiera la muerte en cruz: hacer la voluntad del Padre anunciando y realizando el Reino de Dios en este mundo.

    No definía el Reino de Dios con teorías, sino con parábolas. Qué es el Reino lo descubrimos en su modo de vivir y de actuar: uno deja que Dios reine en su vida cuando tiene a Dios por Padre y se siente amado incondicionalmente por Él y tiene a los demás por hermanos, amándolos también incondicionalmente hasta dar la vida por ellos.

    El que vive así, como Jesús, es porque está en el Reino de Dios, es porque Dios está reinando en su vida.

    Jesús nos dice en el evangelio de este domingo que quien ha descubierto lo que supone vivir así, la alegría, la paz, la plenitud que supone, es como el que encuentra un tesoro escondido en el campo o una perla de valor y rareza extraordinarias. No le importa lo que tenga que hacer para conseguir ese tesoro, porque se ha dado cuenta de que todo lo demás que tenía hasta entonces no se puede ni comparar.

    Vende todo lo que tiene y compra el campo o compra la perla. El tesoro del Reino supera el valor de todo.

    No todos lo descubren; hay quien solo ve un terreno o un montón de perlas. No han buscado, no han profundizado y por eso no lo han descubierto. Está alcance de todos, pero no todos se atreven a buscar y profundizar.

    Hay quien prefiere quedarse con las cosas superficiales, con las pequeñas satisfacciones de vivir pensando primero en sí mismo, con las pequeñas alegrías del consumo y de los bienes, aunque sepa, en el fondo, que no le van a poder dar la alegría más auténtica.

    El rey Salomón aparece orando en la primera lectura. Es un rey joven, que ha heredado un reino extenso y unido gracias a las conquistas militares de su padre David. Podría pedirle seguir ampliando su reino, conquistas militares, una larga vida o riquezas. Pero no lo hace. Lo que pide es un corazón atento, que sepa escuchar, juzgar y discernir entre el bien y el mal, entre lo que no es importante y el verdadero tesoro.

    A Dios le agrada la oración del joven rey y le otorga la sabiduría que pide, para escuchar la voluntad de Dios, descubrir lo que de verdad importa y no confundirlo con el resto.

    Jesús también dijo: ¿Cómo no va dar el Padre el Espíritu Santo a los que se lo pidan? Dios no nos niega ese don de sabiduría del Espíritu que nos ayudará a ver con claridad si se lo pedimos.

    Con la Palabra de Dios de este domingo se nos invita a la reflexión de algo central para la vida: ¿me estoy centrando en las realidades verdaderamente importantes de la vida, en el tesoro, o estoy malgastando mis ilusiones en aquellas que no valen?

    Hoy celebramos la Jornada de los Abuelos y los Mayores con el lema “Yo no te olvidaré”. El papa León, en su mensaje, nos dice a los que somos mayores o abuelos que nuestra vida tiene sentido, que debemos seguir cultivando el don de la fe y aportando nuestra experiencia de vida a niños y jóvenes. Y a los que somos más jóvenes nos invita a cuidar con amor a los mayores, siendo para ellos un signo del amor inquebrantable de Dios que no olvida a sus hijos ancianos.

 

lunes, 20 de julio de 2026

HORARIOS AGOSTO 2026

XVIII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 1 (Misas vespertinas)

19 H. CANALEJA

20 H. VILLARRODRIGO 

DOMINGO 2

11 H. VILLAMOROS

12 H. ROBLEDO 

13 H. VILLAOBISPO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLANUEVA


XIX DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 8 (Misa vespertina)

20 H.  VILLANUEVA 

DOMINGO 9

11 H. VILLAMOROS 

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

12 H. VILLARRODRIGO

13 H. VILLAOBISPO 


XX DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 15 (Misas vespertinas)

19 H. CANALEJA 

20 H. VILLAMOROS 

DOMINGO 16

11 H. VILLANUEVA

12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra) 

12 H. ROBLEDO (Fiesta de San Roque)

13:15 H. VILLAOBISPO


XXI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 22 (Misa vespertina)

20 H. ROBLEDO 

DOMINGO 23

11 H. VILLAMOROS

12 H. VILLARRODRIGO 

13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 


XXII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 29 (Misas vespertinas)

19 H. CANALEJA

20 H. VILLAOBISPO 

DOMINGO 30

11 H. ROBLEDO

12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)

12 H. VILLARRODRIGO

13 H. VILLANUEVA


SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (SÁBADO 15)

12 H. VILLARRODRIGO

13 H. VILLAOBISPO


FIESTAS PARROQUIALES:

SAN ROQUE: DOMINGO 16 ROBLEDO (12 H.)


jueves, 16 de julio de 2026

DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 TÚ, SEÑOR, ERES BUENO Y CLEMENTE


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hay una película, de hace unos años ya, titulada “Como Dios” y protagonizada por Jim Carrey. En ella, el protagonista, una persona incapaz de verle nada positivo a la vida, desafía a Dios, reprochándole que no sabe usar su poder para dirigir el mundo.

    Dios responde a su reto y le concede su poder para que lo pruebe durante una semana, ya que se cree capaz de ser mejor administrador que él. En la película se ve cómo este hombrecillo, que creía ser más sabio que Dios, emplea el poder que le concede en satisfacer sus deseos caprichosos. Pero al final tiene que rendirse a la evidencia: un simple hombre no sabe administrar el poder de Dios.

    ¿Para qué usaríamos nosotros semejante poder? Muchas veces el ser humano ha creado religiones que imaginan a dioses poderosos pero llenos de las mismas pasiones que los hombres: son coléricos, caprichosos, vengativos… así eran, por ejemplo, los dioses de Grecia y Roma. Hacían batallas, tomaban partido por unos frente a otros, seducían, acumulaban.

    El verdadero Dios, como se nos manifiesta en la Palabra que se nos ha proclamado este domingo, emplea su poder precisamente en el amor, en la paciencia, en el cuidado. Lo que hace a Dios ser Dios no es que sea vengativo, como lo somos nosotros, o caprichoso en sus criterios o elecciones, como lo somos nosotros. Lo que le hace ser Dios es su capacidad de amar sin límites a todos sus hijos, incluso a aquellos que no le reconocen ni le admiten.

    Así nos lo ha dicho ya la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría: “Fuera de ti no hay otro dios que cuide de todo (…) Tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos.

    Es necesario más poder para perdonar que para vengarse y es más difícil amar a los enemigos que odiarlos. Por esto Jesucristo nos dijo: Sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto en el amor, porque hace salir su sol y manda su lluvia por igual sobre buenos y malos.

    Para vengarse basta con ser una criatura: si dañas a un animal este, si puede, te clava su aguijón o te muerde. Pero para amar, para dar la vida, hay que llevar dentro el amor del Creador. “Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores”.

    Con el salmo hemos repetido: Tú, Señor, eres bueno y clemente”. Si somos buenos y clementes con los demás, entonces nos parecemos algo a Dios. Aquel personaje de la película “Como Dios” quería parecerse a Dios disfrutando de un poder caprichoso e ilimitado. Pero el camino para parecerse es bien distinto.

    En esta clave debemos entender el evangelio de hoy que, de nuevo, es una parábola tomada de las tareas del campo que realizaba la gente sencilla de su tiempo, entre los cuales vivía Jesús.

    En el campo sembrado de buena simiente, el enemigo ha esparcido semillas de cizaña y ahora crece. Incluso parece que va a asfixiar al buen trigo.

    Los criados ven el problema y proponen la solución más rápida y fácil: arrancar la cizaña mala para que sólo quede el trigo bueno. En cambio, el señor de la tierra tiene una visión más amplia y profunda que ellos: no se puede arrancar la cizaña sin arrancar también el trigo. Hay que esperar a que llegue la cosecha para poder separarlos, hay que ser pacientes, saber esperar.

    Lo más eficaz que se nos ocurre es arrancar la cizaña; por eso a veces decimos: “yo a estos los hacía esto o aquello” o “yo solucionaba esto así”. Dios tiene otro estilo, afortunadamente para nosotros.

    Es el estilo paciente del que respeta los tiempos, los caminos, los pequeños pasos que vamos dando para convertirnos y mejorar, aunque aún nos quede mucha cizaña mezclada entre el trigo. En el mundo hay trigo y hay cizaña, y en cada uno de nosotros también hay trigo bueno y cizaña mala.

    La conversión permanente del cristiano es ir logrando, con la gracia de Dios que recibimos en su Palabra y en los sacramentos, que cada vez haya más de uno y menos de la otra.

    Y, hasta que llegue la cosecha, tengamos la misma paciencia del Señor del campo para con la cizaña propia y la cizaña ajena.

 


lunes, 6 de julio de 2026

DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 SALIÓ EL SEMBRADOR A SEMBRAR...


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

En el tiempo anterior a la reforma de la liturgia de la misa, que ya solo los más mayores recuerdan, había solo unas pocas lecturas que, además, se leían en latín. En pocas casas había una Biblia, aunque sí había misales y misalitos y libros de la Historia Sagrada.

Todo eso cambió hace más de 50 años con el Concilio Vaticano II, en el que se mandó que se abriera el acceso pleno de todos los fieles católicos a la Sagrada Escritura. Las lecturas de la misa se enriquecieron con tres ciclos diferentes, se empezó a proclamar la Palabra de Dios en cada celebración de la Iglesia, se crearon grupos de lectura bíblica en las parroquias... y tantas otras iniciativas como tenemos actualmente.

En nuestro tiempo, como nunca en todos los siglos precedentes, tenemos, si queremos, un contacto muy abundante con la Palabra. Y si venimos a la eucaristía y prestamos atención, recibimos una siembra abundante de la Palabra de Dios a lo largo del año.

En la primera lectura de hoy, tomada del profeta Isaías, Dios nos dice que su Palabra es eficaz. No vuelve a él vacía, sino que como la lluvia y la nieve fecundan la tierra, así su Palabra viva cumple su deseo y lleva a cabo su encargo.

Por parte de Dios, su Palabra es siempre eficaz, se cumple, es transformadora y salvadora en nosotros. Pero, en el evangelio, Jesús, con su parábola, añade algo muy importante: el fruto que produce esta semilla de la Palabra de Dios no depende solo de su fecundidad, que está garantizada, sino de la tierra sobre la que esa siembra cae.

Y esa tierra somos nosotros, que la escuchamos y recibimos.

Jesús sembraba continuamente la Palabra de Dios en la gente. A veces creemos que la mayor parte de su tiempo lo dedicaba a hacer milagros y curaciones. Pero, realmente, Jesús se dedica la mayor parte del tiempo a anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios. Siembra generosamente, “a voleo”, como en la parábola, y unas veces encuentra corazones abiertos y otras corazones cerrados y mentes hostiles.

De su misma experiencia como sembrador infatigable de la Palabra, toma Jesús esta parábola, que describe tres situaciones posibles, las que Él encontraba:

Las semillas esparcidas caen al borde del camino: se escucha pero sin interés, sin entender ni ganas de hacerlo. Es lo que sucede cuando estamos en el templo pensando en otras cosas, sin dar oportunidad a que la Palabra entre en nosotros. Se oye, pero no se escucha, porque venimos a cumplir solamente.

Las semillas caen en terreno pedregoso: escuchamos la Palabra durante muchos años, pero no terminamos de aceptar el evangelio de Jesucristo ni sus valores, somos cristianos tibios y a medias, porque realmente nuestra vida diaria funciona según otros criterios muy distintos, nada espirituales. Crecen las malezas, vienen las dificultades, y la fe que creíamos tener se desvanece. ¿Cuántas personas dicen “yo antes si iba a la iglesia y era muy creyente, pero me paso esto o aquello o me junte con estas personas y deje de creer y de practicar la fe”?

Las semillas caen en tierra buena: escuchamos la Palabra de Dios y nos dejamos tocar por ella. Dejamos que nos interrogue, que nos cuestione, no la acallamos para que no moleste, sino que hacemos el esfuerzo continuo de convertirnos y cambiar. Jesús dice que en unos da el fruto de ciento, sesenta o treinta. No se trata de que dé en todos el mismo fruto, sino de que todos la acojamos y entendamos con la tierra de la mente y el corazón bien dispuestos.

Ante la Palabra de este domingo me puedo preguntar:

¿Con qué actitud estoy yo en la iglesia cuando se proclaman las lecturas de la Palabra de Dios?

¿Dónde está mi mente y mi corazón mientras las oigo?

¿Encuentra en mí tierra buena, deseo de conversión y superación para que pueda dar su fruto?

Y también me puedo preguntar: ¿soy colaborador con el sembrador y la llevo a otros, a mi familia, a mis amigos y vecinos?

 


miércoles, 1 de julio de 2026

HORARIOS JULIO 2026

 XIV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO 5

 II CONVIVENCIA DE LA UNIDAD PASTORAL

12 H. Santa Misa presidida por el Obispo de León D. Luis Ángel en el parque de la Casa de Cultura de Robledo.

XV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 11 

20 H. ROBLEDO (Misa vespertina)

DOMINGO 12

11 H. VILLAMOROS 

12 H. VILLARRODRIGO 

13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO (Fiesta de la Parroquia)

XVI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 18

19 H. CANALEJA (Misa vespertina)

20 H. VILLANUEVA (Misa vespertina)

DOMINGO 19

11 H. VILLAMOROS

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

12 H. VILLARRODRIGO 

13 H. VILLAOBISPO

XVII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 25

20 H. VILLAOBISPO (Misa vespertina)

DOMINGO 26

11 H. VILLANUEVA

12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra)

12 H. ROBLEDO

13 H. VILLAMOROS (Fiesta de la Parroquia)


FIESTAS PARROQUIALES:

LA ANUNCIACIÓN DE NUESTRA SEÑORA: DOMINGO 12 VILLAOBISPO (13 H.)

SANTIAGO APÓSTOL: DOMINGO 26 VILLAMOROS (13 H.)


jueves, 25 de junio de 2026

DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 EL QUE NO CARGA SU CRUZ Y ME SIGUE...


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En el evangelio de este domingo, Jesús sigue preparando a sus enviados para la misión. Una misión que debe continuar hasta que él regrese glorioso y en la que, por tanto, estamos nosotros implicados ahora.

    Si en el domingo pasado nos invitaba a no temer, a contar desde las azoteas y a plena luz del día su mensaje, “No tengáis miedo de los hombres”, en este nos dirige palabras que, de primeras, nos pueden resultar duras y, quizás, hasta excesivas: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”.

    ¿Cómo puede pedir alguien semejante cosa?, ¿Quién puede hablar así? Desde luego que la familia es un valor esencial en nuestra vida; es el valor que resiste incluso cuando los demás se desmoronan. De hecho, en estos momentos en los que parece que se va perdiendo la confianza en todas las instituciones humanas, se sigue confiando en la familia.

    Un hombre, aunque sea sabio y bueno, no puede pronunciar esas palabras de Jesús ni pedir algo así… sólo Dios puede pedirlo. Sabemos que el primer mandamiento de la Ley de Dios es precisamente: Amarás a Dios sobre todas las cosas, con todo tu corazón, tu alma y tu ser.

    Jesucristo al decir que quien le siga debe amarle incluso más que aquello que más se quiere, la propia familia, está hablando como Dios mismo y no como un simple hombre.

    Dios es el valor más importante, el centro de la vida del cristiano. Y nada ni nadie puede ocupar ese lugar que le corresponde: ni las cosas, ni las personas. Ni siquiera las más queridas, como son la familia. Ni nada ni nadie.

    Muchas veces la familia es el lugar en el que crecemos a la fe, en la que la vivimos y los que nos rodean cada día nos ayudan a creer.

    Pero reconozcamos que no siempre ocurre así: hay familias que son una barrera para la fe cristiana de sus miembros: padres que se oponen a la vocación de sus hijos o que se niegan a que sean bautizados o hagan la primera comunión, aunque los niños lo deseen, esposos que llevan mal que sus esposas sean creyentes y vayan a la iglesia, hijos o nietos que se burlan de la fe de sus mayores. Todo eso ocurre entre nosotros, y desgraciadamente, con bastante frecuencia.

    Por no hablar de las religiones en las que abrazar la fe cristiana puede suponer la expulsión de tu casa o la persecución de tu propia familia.

    En definitiva, la familia es un don de Dios… pero no es Dios. Solo Dios es Dios y nada puede ocupar su lugar primero. Nada ni nadie.

    En el evangelio de este domingo hay más sentencias de Jesús. “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado”. Jesús se identifica con sus enviados, con sus discípulos y apóstoles y será recompensado hasta un simple vaso de agua que se les dé por ser sus discípulos.

    Como antes Dios se identificó con sus profetas y bendijo a quienes les recibían, según acabamos de escuchar en la historia del profeta Eliseo; Dios bendice con la esperada descendencia a una humilde familia que da de lo poco que tiene para acoger al hombre de Dios que llega a su pueblo.

     Esta palabra de Jesús nos puede invitar a preguntarnos si nos identificamos con la misión de la Iglesia, si la hacemos nuestra y si colaboramos y queremos a los pastores que Dios nos da.

    “No está bien tirar piedras contra el propio tejado”, dice la sabiduría popular. Y el tejado que nos cobija a todos como familia de los hijos de Dios es el de la Iglesia. Somos parte de ella y, aunque no es perfecta, como no lo es nuestra propia familia, es nuestro hogar de la fe.

    No seamos nosotros de los que participan en las críticas ácidas y desproporcionadas; al contrario, demos la cara por nuestra Iglesia y participemos activamente de su misión.

    Acojamos la Palabra de Dios de este domingo que nos invita a dar con amor de lo mucho o poco que tenemos, porque cada gesto de amor sincero no quedará sin recompensa, y a poner a Dios en el centro de todo como primer valor desde el que se ordenan todos los demás.

 

miércoles, 17 de junio de 2026

DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 POR ESO, NO TENGÁIS MIEDO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En el evangelio del domingo pasado escuchábamos cómo Jesús al ver a las multitudes cansadas y sin esperanza se compadecía porque estaban “como ovejas sin pastor”. Pero él no se queda de brazos cruzados y sientiendo lástima. Su reacción es activa: escoge a los Doce y les dota de su autoridad, haciéndolos como una prolongación de él mismo en su misión de anunciar, con palabras y acciones, la llegada del Reino de Dios.

    La mies a la que les envía es abundante, es la mies de las gentes cansadas y abandonadas, aunque los obreros son pocos y hay que pedir más al dueño de los campos, que es Dios.

    Estos apóstoles, aunque van en son de paz, a curar, a limpiar, a levantar, a sostener, a hacer tanto bien como puedan, van a encontrar resistencias y persecuciones… Jesús nunca esconde, a quienes quieran seguirle, que tomarse en serio el Evangelio supone ir a contracorriente del mundo.

    Los valores que debe vivir el discípulo de Cristo son los opuestos a los valores del mundo; porque el mundo de entonces y el de ahora se rige por los mandamientos del tener, el poder y el placer, que nada tienen que ver con los criterios evangélicos de amar y servir sin esperar recompensa.

    Jesús no promete a sus discípulos éxitos seguros en su misión; unas veces la semilla de la Palabra que siembren encontrará tierra buena en la que arraigar y otras encontrará zarzas y piedras de resistencia.

    Pero nos dice: “No tengáis miedo a los hombres”. No os calléis esta Buena Noticia, aunque parezca que no quieren recibirla: “lo que os digo en la oscuridad decidlo a la luz, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea”. Sois mis testigos, sois sal y sois luz.

    Nos advierte Jesús que a quien se debe temer de verdad no es al rechazo de los hombres, sino a quien puede perder el alma: el mal, el diablo, el pecado, que nos aparta de la amistad con Dios y nos engaña para que vivamos de espaldas a Él, buscando la felicidad allí donde no está.

    Eso es lo que verdaderamente debe temer el discípulo de Jesús.

    Todos los profetas sufrieron algún tipo de persecución por ser fieles a la misión recibida de Dios. El profeta Jeremías, que aparece en la primera lectura de hoy, no fue una excepción; hasta sus amigos traman contra él porque les resulta incómodo, insoportable, y acechan su caída.

    Es muy humano sentir miedo al rechazo. Nosotros no somos perseguidos por la fe en nuestra sociedad, como sí lo son muchos hermanos nuestros en tantos países del mundo actual. Pero sí hay muchos creyentes que sienten rechazo, menosprecio, el peso de ser diferentes, cuando se manifiestan como cristianos en algunos ambientes.

    Podemos pensar en los jóvenes cristianos que en su grupo de amigos no comparten actitudes que los demás consideran normales, en los profesionales que por sus convicciones de fe se manifiestan contrarios a algunas prácticas que muchos hacen y son mirados por ello con sospecha y burla…

    Es la experiencia del profeta y del apóstol. ¿Cómo vencieron ellos ese miedo humano? Con la confianza puesta en Dios, al que encomiendan su causa y su vida. Jesús les anima con una imagen tomada de la naturaleza, de las que tanto le gustaban: si ni siquiera un gorrión cae al suelo sin que el Padre lo disponga, ¿cuánto más nosotros, que valemos mucho más? “Hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados” es una forma de decir: no temáis lo que pueda pasar porque todo está dentro del plan providente de Dios, que no os abandona.

    No se trata de ser superhéroes, ni es eso lo que nos pide Jesucristo. Por supuesto que es muy humano sentir con dolor el rechazo y los enfrentamientos cuando llegan por querer ser coherentes con la fe.

    Pero, en medio de todo, no hay que perder la confianza, el abandono en el Padre Dios, como el del niño que se tira confiado si sabe que su padre lo va a agarrar para que no caiga al suelo. De esa confianza de hijos que se saben amados es de la que debe brotar la valentía del discípulo, que da testimonio del evangelio le pese a quien le pese.

    Las palabras últimas de Jesús son muy claras: “A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos”. 

DOMINGO XVII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A UN TESORO ESCONDIDO COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA      ¿Cuáles son las realidades más valiosas de...