jueves, 5 de febrero de 2026

QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 SOIS SAL DE LA TIERRA, SOIS LUZ DEL MUNDO

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

En el evangelio del domingo pasado, Jesús nos enseñaba la carta magna del discípulo que quiere seguirle de verdad: las Bienaventuranzas.

            Como un Maestro de vida nos abre con ellas los ojos para que comprendamos que es lo que nos hace verdaderamente felices, realizados y plenos, frente a los espejismos de felicidad que nos pueden deslumbrar.

No voy a encontrar la verdadera alegría huyendo de los problemas y de las dificultades, viviendo primero para mí mismo y dando mis migajas a los demás, sino dándome, a su estilo, a todos los que me necesiten. Y, si es necesario, llorar con los que lloran, sufrir con los que sufren. Tener hambre y sed de verdadera justicia para todos, practicar la misericordia y la compasión, mirar con una mirada limpia, que brota de un corazón limpio, construir la paz...

A quienes viven así, Jesús les promete la bienaventuranza, la felicidad auténtica, una vida plenamente realizada. Y les dice, nos dice, que entonces somos la Sal de la tierra y la Luz del mundo. No dice "debéis ser sal de la tierra y la luz del mundo", sino que ya lo somos cuando vivimos según el evangelio.

Las dos imágenes con las que Jesús expresa lo que son sus discípulos para el mundo son muy poderosas. Las dos son realidades que forman parte de la vida cotidiana y que son necesarias para ella; no son elementos superfluos, sin los cuales se puede vivir igual, no. La Sal y la Luz son necesarias, nosotros somos necesarios para el mundo.

La sal da gusto a los elementos y, sin ella, no se encuentra mucho disfrute a la comida. Pero es que, además, si la sal falta, el cuerpo se deshidrata, aunque tenga agua. Las cosas de la vida se disfrutan de verdad cuando uno se siente amado; si no, da igual la casa que tengas, el coche que conduzcas, la ropa que lleves, o la fama que te den. Sin amor, la vida no sabe a nada.

Un verdadero discípulo de Jesús da sabor a la vida de los demás, acogiéndolos y queriéndolos como son y no como pensamos que deberían ser, justo igual que hace con nosotros el Padre. La sal del buen humor, de la alegría, de la serenidad para afrontar los problemas, son signos de un seguidor de Jesús.

Antes, en los bautismos, se colocaban unos granitos de sal en la boca del recién bautizado; seguro que los mayores lo recuerdan bien. Hoy ya no se hace, pero es un signo muy expresivo: llevamos dentro la sal de Cristo que se debe manifestar en nuestras vidas.

Hay otra característica de la sal: preserva de la corrupción. Por ello, antes de que existieran las neveras, era el modo principal de conservar los alimentos. También esta característica es propia de los seguidores de Cristo: debemos luchar contra la corrupción, denunciando como profetas todo lo que deshumaniza, lo que degrada a las personas y a las sociedades.

Y si callamos, seríamos una sal que se hace azúcar, que no sala y no sirve de nada ya. Jesús nos dice que somos sal, pero nunca nos dice "sois azúcar o miel".

¿Qué decir de la luz? Sin ella no hay vida ni hay calor. Sin luz no se conoce la realidad de lo que nos rodea, nos extraviamos, nos perdemos.  Jesucristo dijo varias veces "Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en las tinieblas".

Nosotros, que somos su presencia, portamos su misma luz, ya que el día de nuestro bautismo encendieron nuestra vela en el cirio pascual del Resucitado. Todos necesitamos alguien que nos ilumine, que nos aconseje, que nos oriente. Pero, atentos, estamos llamados a alumbrar, no a deslumbrar.

San Pablo dice ante los cristianos de Corinto que no quiso presentarse como un sabio en lo humano, porque él no buscaba hacer discípulos de Pablo, sino de Cristo. Se presentó débil, sin otro mensaje que Cristo crucificado. No hace falta ser lumbreras para llevar la luz del evangelio, basta con ser llamas sencillas que testimonian con su vida sencilla.

El cristiano que quiere pasar desapercibido, que no da la cara nunca por su fe ni por su Iglesia, que solo busca no meterse en problemas ni comprometerse a nada, es como una luz metida debajo de la vasija, no alumbra a nadie.

¿Hay algo más inútil que una luz encendida bajo una vasija? ¿Para qué sirve entonces?

Si alguien se está planteando "yo no sé qué puedo hacer para ser luz del evangelio para otros", la primera lectura, del profeta Isaías, da respuestas muy claras y concretas: parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre al que ves desnudo, no te desentiendas de los tuyos, aleja de ti la opresión, la acusación y la calumnia, sacia al afligido y brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía.

    El trabajo de Manos Unidas para erradicar el hambre, esa tragedia evitable de nuestro mundo, es una luz poderosa para muchos millones de personas. Nosotros hoy ayudamos a sostener su llama con nuestra generosidad.


jueves, 29 de enero de 2026

CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 BIENAVENTURADOS VOSOTROS...


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

En este cuarto domingo del tiempo ordinario, comenzamos a leer el gran discurso del monte según el evangelio de Mateo. Lo iremos leyendo, domingo tras domingo, hasta que comience la Cuaresma.

Muchas veces el evangelio dominical nos presenta a Jesucristo como médico, que va curando los males del cuerpo o del espíritu de quienes se le acercaban cargados de sufrimientos y confiados. Así terminaba, precisamente, el evangelio del domingo pasado: “recorría toda Galilea enseñando, proclamando el evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo”.

Hoy se nos presenta como el Maestro: se sienta en el monte, sus discípulos le rodean con deseo de escuchar y comienza a enseñarles. El lugar lo escoge a propósito: el monte en la Biblia es siempre lugar de encuentro con Dios. Nos hace pensar en el monte Sinaí, donde Moisés enseñó al pueblo los diez mandamientos que deben guardar para permanecer en la amistad con Dios.

¿Qué enseña este Maestro en el monte? Un mensaje sorprendente, las bienaventuranzas, que va a contra corriente de los valores del mundo de entonces y de ahora. Sin fe no se pueden entender ni aceptar estas palabras de Jesús; por esto, no olvidemos que se las enseñaba a los que querían ser sus discípulos.

Son nueve bienaventuranzas y podemos ver diferencias entre ellas. Las cuatro primeras hablan de situaciones de la vida cotidiana por las que pasan los discípulos: pobreza de espíritu, mansedumbre, tristeza, hambre y sed de justicia.

Seguro que, si salimos a preguntar a la calle, a alguien que esté ajeno a este mensaje, y le decimos “¿los que pasan por estas situaciones pueden ser felices?”, nos responderán que los felices, en todo caso, son los contrarios: los que no les falta de nada, los poderosos que pueden imponer su voluntad, los que no tienen penas, los que no tienen problemas.

Pero ¿esto es de verdad así? ¿Esas bienaventuranzas del mundo son verdaderas? ¿Uno puede ser feliz realmente, sentirse una persona plena, escapando de las tristezas y los problemas a toda costa, aunque eso suponga cerrar los ojos a lo que no está bien o es injusto, buscando que se cumpla el propio capricho a toda costa y por encima de quien sea?

¿No serán precisamente estas unas falsas bienaventuranzas, un mensaje que no es auténticamente humano ni conduce a ninguna parte?

¿No será que Jesús, como Maestro, quiere abrirnos los ojos a la verdad de la existencia, para que no nos dejemos engañar por espejismos de felicidad?

Desde luego que sí. La tristeza, la pobreza de espíritu, la sed y hambre de justicia, la mansedumbre son situaciones que nos llegan inevitablemente si optamos por vivir pensando en los demás y buscando que Dios reine en nosotros y en este mundo.

Pero es que lo contrario ni es humano, ni realiza a la persona, ni salva. Pero si se vive plenamente el proyecto de Jesús, aún con sufrimientos, se encuentra la felicidad ya en esta vida y, más aún, en la vida futura.

Las cuatro siguientes bienaventuranzas declaran felices, dichosos, a los que viven las actitudes del discípulo de Jesús, por las que serán recompensados: son misericordiosos, y por eso alcanzan misericordia; son pacíficos, y por eso viven ya como hijos de un mismo Padre Dios; son limpios de corazón, y por eso pueden ver a Dios en el hermano y lo verán después de la muerte cara a cara; son perseguidos por buscar lo que es justo y, aunque resulten incómodos, viven ya como ciudadanos del Reino de Dios.

La novena, y última, de las bienaventuranzas, describe algo que ya sabemos y que, quizás, hasta hemos experimentado alguna vez: a los que viven así, de acuerdo a estos valores que van a contra corriente de los del mundo, se les señala, son objeto de burla y puede que hasta de persecución. Pero su recompensa será grande, porque son los valores más nobles, más altos, más humanos, los que dan la verdadera paz a quien los vive.

Hoy cada uno de nosotros, confrontándose con este evangelio, se debe preguntar: ¿me convencen las bienaventuranzas de Jesús o me quedo, en cambio, con las bienaventuranzas del mundo? ¿Dónde encuentro yo la verdadera felicidad y el sentido de la vida?

Tengamos presente que las bienaventuranzas que hemos escuchado  son la “carta de identidad” del cristiano, porque describen el rostro y el estilo de la vida de Jesús. No nos pide nada que Él no haya vivido a fondo.

Jesucristo es el bienaventurado, el feliz, porque hizo vida, hasta el fin, todo lo que nos anunció. Por eso es nuestro Salvador y nuestro Maestro, porque nos enseña a vivir con sentido, buscando lo auténtico y rechazando los espejismos de felicidad que ni sacian ni dan vida.

 


sábado, 24 de enero de 2026

400 aniversario de los Padres Paules ¡ENHORABUENA!

 


Desde la Unidad Pastoral de Villaobispo felicitamos a los Padres Paules por su 400 aniversario. 

Damos gracias a Dios por su carisma de predicación y caridad, que se hace presente entre nosotros por medio de su comunidad en Villaobispo. 

Damos gracias a ellos, los que ahora nos acompañan, y los que antes estuvieron, por su servicio pastoral humilde y evangélico, siempre servicial y leal.

¡Que sea enhorabuena!

viernes, 23 de enero de 2026

HORARIOS FEBRERO 2026

 IV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 31 

18 H. VILLAOBISPO (Misa vespertina)

DOMINGO 1

11 H. VILLAMOROS

12 H. VILLARRODRIGO

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLANUEVA: Celebración anticipada de las Candelas y bendición de los bautizados del año 2025

V DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 7

18 H. VILLARRODRIGO (Misa vespertina)

DOMINGO 8

11 H. VILLAMOROS

12 H. ROBLEDO

13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 


VI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 14

18 H. ROBLEDO (Misa vespertina)

DOMINGO 15

11 H. VILLANUEVA

12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)

12 H. VILLARRODRIGO

13 H. VILLAOBISPO

MIÉRCOLES DE CENIZA

MIÉRCOLES 18

18 H. VILLAOBISPO

19 H. VILLARRODRIGO

1º DOMINGO DE CUARESMA

SÁBADO 21 

18 H. VILLANUEVA (Vía Crucis, Misa vespertina con imposición de ceniza)

DOMINGO 22

11 H. VILLAMOROS (Con imposición de ceniza)

12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra) 

12 H. ROBLEDO (Con imposición de ceniza)

13 H. VILLAOBISPO 


jueves, 22 de enero de 2026

TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (ciclo A). DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS

 DEJARON LAS REDES Y LO SIGUIERON


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En este domingo tercero del tiempo ordinario, la Iglesia celebra, ya desde el año 2019, el Domingo de la Palabra de Dios. Es verdad que todos los domingos son domingos de la Palabra, porque es cuando el Señor Resucitado nos convoca para que le escuchemos en comunidad. Hay una expresión muy bonita: en la Eucaristía nos sentamos en torno a dos mesas de las que nos alimentamos: la de la Palabra y la del Pan de la Vida.

    El Papa Francisco pidió que tuviésemos un domingo especialmente dedicado a la Palabra porque necesitamos caer en la cuenta de la importancia que tiene para nosotros ser verdaderos oyentes de la Palabra. No basta con estar en misa, o en la celebración dominical en espera de sacerdote, y escuchar de fondo las lecturas del día mientras pensamos en otra cosa…

    Repetimos mecánicamente “Te alabamos Señor” cuando el lector dice “Palabra de Dios”. Pero, ¿he dejado que esa Palabra de Dios, como palabra viva que es, entre de verdad en mi mente y en mi corazón? ¿La he prestado la atención que se merece? Porque si no lo hago, sería como en aquella parábola: la mejor semilla no encuentra tierra buena en la que germinar, se queda caída al borde del camino en tierra dura y seca.

    El evangelio que hemos escuchado nos presenta los comienzos de la vida pública de Jesucristo, después del testimonio que nos dio Juan Bautista sobre él en el domingo pasado. No elige un lugar fácil para comenzar la misión, sino Galilea, la que llamaban despectivamente los judíos más puros “la Galilea de los gentiles”. Allí se mezclaban religiones e ideas en confusión, costumbres, supersticiones y también corrupciones morales.

    Allí quiere comenzar Jesús su misión con una predicación muy sencilla y parecida a la del Bautista: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Convertíos, cambiad vuestro corazón, aceptad de una vez que necesitáis el perdón y la luz de Dios para ser felices.

    Muchos no hubieran querido predicar en la pagana Galilea de los gentiles, pero Jesús ve en ella a muchos que caminan en tinieblas y necesitan luz, como dijo el profeta Isaías, a muchos que viven en desesperanza y muerte y necesitan que se les anuncie una Buena Noticia liberadora.

    Igual que hoy… muchos católicos terminamos creyendo que el mensaje de la fe no lo va a escuchar nadie, que no lo quieren, que ya no lo reciben, y dejamos de anunciarlo. Y, por culpa de nuestros miedos, muchas personas que lo necesitan, aunque no lo sepan, no lo oyen y se quedan en su tristeza, desesperación y tiniebla.

    Jesús quiere contar, desde el principio de su misión, con colaboradores: llama a los pescadores y les pide ser, con él, pescadores de hombres, testigos, anunciadores, misioneros.

    No pensemos que esta llamada es solo para unos pocos. Es para cada uno de nosotros, invitados a ser, donde estemos, sembradores de la Palabra que trae la Buena Noticia. Pero para poder comunicarla debemos primero estar habitados por la Palabra: “La Palabra de Cristo habite en vosotros” es el lema escogido para la jornada.

    Además de esto, para dar un testimonio convincente debemos superar divisiones, estar unidos. Se lo pide el apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto: “Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya división entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir”:

    ¿Por qué nos fijamos más en lo que nos separa, en las diferencias del otro, que en lo que nos une? Esto nos pasa, tantas veces, en lo social, en lo político y hasta, peor aún, en la Iglesia. De aquí vienen las diferencias y enfrentamientos que nos han separado, a lo largo de los siglos, a los cristianos.

    Esta semana hemos estado rezando por la unidad de los cristianos, para que lleguemos a ser un solo pueblo los que creemos en él. Tengamos presente esta intención y comprometámonos a ser constructores de puentes y de unidad.

jueves, 15 de enero de 2026

SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 ESTE ES EL CORDERO DE DIOS QUE BAUTIZA CON ESPÍRITU SANTO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

El domingo pasado cerrábamos el ciclo de la Navidad con la celebración del Bautismo del Señor. En el rio Jordán la voz del Padre proclama a Jesús como el Hijo amado, en el que se complace, y el Espíritu Santo desciende sobre él en forma de paloma.

Así queda claro para los hombres que aquel que ha vivido los treinta años de vida oculta en Nazaret, como uno más, es realmente el Mesías anunciado por los profetas que trae al mundo el reinado de Dios y la salvación.

El tiempo ordinario que ahora hemos empezado, hoy estamos en el segundo domingo, es el tiempo más largo del año litúrgico cristiano. Iremos acompañando al Señor como sus discípulos, domingo tras domingo, aprendiendo de él, escuchándole, empapándonos de su Evangelio. Así caminaremos juntos hasta que lleguemos a la Pascua para celebrar su pasión, muerte y resurrección, preparados antes por los cuarenta días de la Cuaresma.

El evangelio de hoy lo podemos entender como una continuación del evangelio del domingo del Bautismo: Juan Bautista ha quedado profundamente conmocionado por lo que ha visto y oído al bautizar a Jesús.

Por eso da un testimonio convencido de él; ya no bautiza para preparar los caminos al Mesías de Dios porque ahora tiene claro que este ya ha llegado: es Jesús de Nazaret.

Todo el evangelio que acabamos de escuchar es una confesión de la fe de Juan Bautista en Jesús. Comienza llamándole el “Cordero de Dios”. A nosotros, como cristianos, esta expresión referida a Jesucristo nos resulta muy familiar, porque en la la repetimos hasta tres veces: en el Gloria, cuando decimos “Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre”, en la fracción del pan antes de comulgar “Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo” y cuando el sacerdote nos presenta la Sagrada Eucaristía ya partida: “este es el Cordero de Dios”.

¿Por qué llamamos a Jesús cordero? Juan Bautista lo tiene claro y sus oyentes, que eran judíos, también lo entendieron muy bien al oírlo. El cordero es la víctima que se ofrece y se come en la Pascua hebrea, recordando aquel cuya sangre se puso en las puertas de los judíos para evitar la muerte de los primogénitos. Ese acontecimiento fue el decisivo para que Israel pudiera salir de la esclavitud de Egipto a la libertad, guiados por Moisés.

Desde entonces, en cada Pascua, un cordero inocente, que carga con los pecados de su pueblo, es sacrificado y su carne es comida en un banquete que crea comunión entre los comensales y de estos con Dios.

Está bien claro porque podemos llamar a Jesús Cordero de Dios: él se da en sacrificio de amor, muere libremente por nosotros para evitar nuestra muerte eterna, y se hace alimento, que se deja comer en el banquete de la eucaristía para crear comunión. Cada eucaristía es, al mismo tiempo, un sacrificio del Cordero de Dios que es Cristo y un banquete pascual del Pan de vida eterna, que es su Cuerpo.

Verdaderamente, las características que vemos en un cordero, como animal pacífico, inocente, hermoso, las tiene el Señor Jesús, que pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo.

Pero Juan dice todavía más: Cristo es el que bautiza con Espíritu Santo. Puede hacerlo porque Él, como Hijo amado del Padre, está lleno del Espíritu, es el Mesías, que significa el Ungido.

Nosotros hemos recibido un bautismo mejor que el de Juan, hemos recibido el bautismo de Jesús, que es el bautismo con Espíritu Santo, el que hace de nosotros miembros de la Iglesia de Jesucristo.

¡Qué maravilla! El mismo Espíritu que se ha derramado sobre Jesús, se ha derramado sobre nosotros al ser bautizados. Y, por eso podemos llamar a Dios Padre, y por eso podemos, y debemos, hacer las mismas obras de Jesús.

Nuestra vocación de bautizados es la que anuncia el profeta Isaías en la primera lectura para el Mesías: “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

Preguntémonos hoy: ¿Soy portador de la luz de Dios para los que tengo a mi alrededor?; ¿lo llevo también a las naciones, es decir, a los que no le conocen y, a causa de ello, viven sin ilusión ni esperanza?

Que la gracia y la paz de parte de Dios y de nuestro Señor Jesucristo nos acompañen durante toda la semana al salir del templo.

Feliz Domingo.

 


jueves, 8 de enero de 2026

BAUTISMO DEL SEÑOR (ciclo A)

 YO HE PUESTO MI ESPÍRITU SOBRE ÉL


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, en el segundo domingo de enero, con la que se cierra el tiempo de Navidad.

En la Navidad y la Epifanía hemos celebrado el acontecimiento que cambia la historia de los hombres con Dios: Dios ha hecho una opción por nuestra humanidad, por cada uno de nosotros, y ha venido a compartir nuestra vida como el Emmanuel (que significa Dios con nosotros).

Después de los relatos de la infancia y del episodio de Jesús adolescente extraviado voluntariamente en el templo, los evangelios no nos dicen nada más de lo ocurrido.

Son casi treinta años de vida oculta y silenciosa en el pueblo de Nazaret… ¿qué hace Jesús en todo ese tiempo? Vivir como uno más, una vida sencilla y anónima, trabajar en el taller familiar, ir a la sinagoga, convivir. Esto es lo que ocurre en lo externo y visible, pero, ¿y en lo interior e invisible? Jesús va madurando como hombre su conciencia de ser el Hijo enviado, el que debe cumplir hasta el final la voluntad de su Padre del cielo.

El bautismo de Juan en el Jordán será el momento decisivo de comenzar la misión. Resulta llamativo que Jesús, que no tiene pecado alguno, que es precisamente el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como le llamará Juan, quiera recibir este bautismo de conversión.

Por eso Juan no quiere bautizarlo y se resiste a hacerlo: “Soy yo el que necesito que tú me bautices y ¿tú acudes a mí?”. Pero Jesús le insiste, es necesario para que se cumpla toda justicia. ¿A qué se refiere el Señor Jesús?

Por un lado, al ponerse en la cola de los penitentes que piden el bautismo de Juan, Jesús está expresando desde el comienzo de su vida pública cuál es su misión: es el pastor que viene a buscar la oveja más perdida, es el médico que necesitan los enfermos.

Él no necesita el bautismo purificador de Juan, pero va a compartir la vida de los que buscan perdón y sanación, aunque eso le suponga ser llamado despectivamente “amigo de publicanos y pecadores” o “impuro”.

Por otro lado, el bautismo será la ocasión para que Dios Padre manifieste que Jesús es su Hijo amado, al que hay que escuchar, y derrame sobre él el Espíritu Santo, lo unja para que pase haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios está con él.

Jesús, después de recibir esta efusión del Espíritu, comienza la misión del Reino. Lo hace con el estilo que debía tener el enviado por Dios, según el profeta Isaías: sin gritar, ni clamar por las calles, con suavidad y amabilidad, invitando a todos a acercarse al amor de Dios.

Sin cascar la caña quebrada ni apagar el pábilo vacilante, valorando lo poco de bueno que cada uno pueda tener, la monedita de la viuda, la semilla pequeña, la levadura… este es el estilo de Jesús de Nazaret.

En este día del Bautismo del Señor, también pensamos en nuestro propio bautismo. Nosotros no hemos recibido el bautismo de Juan, sino uno infinitamente mejor, que aquel solamente anunciaba: el bautismo en el Espíritu Santo, el bautismo de Jesús.

Hemos sido hechos hijos en el Hijo, y somos amados con el mismo amor con el que el Padre ama a su Unigénito. Tenemos el don del Espíritu Santo, que va actuando en nosotros, que nos va transformando lentamente y desde dentro, que nos hace llamar a Dios Abbá-Padre.

Nunca agradeceremos lo suficiente el regalo del bautismo cristiano, el mayor tesoro que se nos ha podido confiar. Pero, como todo gran don, conlleva una gran responsabilidad: la de vivir como Hijos de Dios, al estilo de Jesús, según su Evangelio.

Que lo vivido durante este tiempo gozoso de la Navidad que hoy termina, nos ayude a vivir según nuestra vocación de bautizados.

QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 SOIS SAL DE LA TIERRA, SOIS LUZ DEL MUNDO COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA En el evangelio del domingo pasado, Jesús nos enseñaba la ca...