POR ESO, NO TENGÁIS MIEDO
COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA
En
el evangelio del domingo pasado escuchábamos cómo Jesús al ver a las multitudes
cansadas y sin esperanza se compadecía porque estaban “como ovejas sin pastor”.
Pero él no se queda de brazos cruzados y sientiendo lástima. Su reacción es activa:
escoge a los Doce y les dota de su autoridad, haciéndolos como una prolongación
de él mismo en su misión de anunciar, con palabras y acciones, la llegada del
Reino de Dios.
La
mies a la que les envía es abundante, es la mies de las gentes cansadas y abandonadas,
aunque los obreros son pocos y hay que pedir más al dueño de los campos, que es
Dios.
Estos
apóstoles, aunque van en son de paz, a curar, a limpiar, a levantar, a
sostener, a hacer tanto bien como puedan, van a encontrar resistencias y
persecuciones… Jesús nunca esconde, a quienes quieran seguirle, que tomarse en
serio el Evangelio supone ir a contracorriente del mundo.
Los
valores que debe vivir el discípulo de Cristo son los opuestos a los valores del
mundo; porque el mundo de entonces y el de ahora se rige por los mandamientos
del tener, el poder y el placer, que nada tienen que ver con los criterios
evangélicos de amar y servir sin esperar recompensa.
Jesús
no promete a sus discípulos éxitos seguros en su misión; unas veces la semilla
de la Palabra que siembren encontrará tierra buena en la que arraigar y otras
encontrará zarzas y piedras de resistencia.
Pero
nos dice: “No tengáis miedo a los hombres”. No os calléis esta Buena Noticia, aunque
parezca que no quieren recibirla: “lo que os digo en la oscuridad decidlo a la
luz, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea”. Sois mis testigos,
sois sal y sois luz.
Nos
advierte Jesús que a quien se debe temer de verdad no es al rechazo de los hombres,
sino a quien puede perder el alma: el mal, el diablo, el pecado, que nos aparta
de la amistad con Dios y nos engaña para que vivamos de espaldas a Él, buscando
la felicidad allí donde no está.
Eso
es lo que verdaderamente debe temer el discípulo de Jesús.
Todos
los profetas sufrieron algún tipo de persecución por ser fieles a la misión
recibida de Dios. El profeta Jeremías, que aparece en la primera lectura de hoy,
no fue una excepción; hasta sus amigos traman contra él porque les resulta
incómodo, insoportable, y acechan su caída.
Es
muy humano sentir miedo al rechazo. Nosotros no somos perseguidos por la fe en
nuestra sociedad, como sí lo son muchos hermanos nuestros en tantos países del
mundo actual. Pero sí hay muchos creyentes que sienten rechazo, menosprecio, el
peso de ser diferentes, cuando se manifiestan como cristianos en algunos
ambientes.
Podemos
pensar en los jóvenes cristianos que en su grupo de amigos no comparten
actitudes que los demás consideran normales, en los profesionales que por sus
convicciones de fe se manifiestan contrarios a algunas prácticas que muchos
hacen y son mirados por ello con sospecha y burla…
Es
la experiencia del profeta y del apóstol. ¿Cómo vencieron ellos ese miedo
humano? Con la confianza puesta en Dios, al que encomiendan su causa y su vida.
Jesús les anima con una imagen tomada de la naturaleza, de las que tanto le
gustaban: si ni siquiera un gorrión cae al suelo sin que el Padre lo disponga,
¿cuánto más nosotros, que valemos mucho más? “Hasta los cabellos de la cabeza
tenéis contados” es una forma de decir: no temáis lo que pueda pasar porque todo
está dentro del plan providente de Dios, que no os abandona.
No
se trata de ser superhéroes, ni es eso lo que nos pide Jesucristo. Por supuesto
que es muy humano sentir con dolor el rechazo y los enfrentamientos cuando
llegan por querer ser coherentes con la fe.
Pero,
en medio de todo, no hay que perder la confianza, el abandono en el Padre Dios,
como el del niño que se tira confiado si sabe que su padre lo va a agarrar para
que no caiga al suelo. De esa confianza de hijos que se saben amados es de la
que debe brotar la valentía del discípulo, que da testimonio del evangelio le
pese a quien le pese.
Las palabras últimas de Jesús son muy claras: “A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos”.





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