SOIS SAL DE LA TIERRA, SOIS LUZ DEL MUNDO
COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA
En el evangelio del domingo pasado, Jesús nos enseñaba
la carta magna del discípulo que quiere seguirle de verdad: las
Bienaventuranzas.
Como
un Maestro de vida nos abre con ellas los ojos para que comprendamos que es lo
que nos hace verdaderamente felices, realizados y plenos, frente a los
espejismos de felicidad que nos pueden deslumbrar.
No voy a encontrar la verdadera alegría
huyendo de los problemas y de las dificultades, viviendo primero para mí mismo
y dando mis migajas a los demás, sino dándome, a su estilo, a todos los que me
necesiten. Y, si es necesario, llorar con los que lloran, sufrir con los que
sufren. Tener hambre y sed de verdadera justicia para todos, practicar la
misericordia y la compasión, mirar con una mirada limpia, que brota de un
corazón limpio, construir la paz...
A quienes viven así, Jesús les promete la
bienaventuranza, la felicidad auténtica, una vida plenamente realizada. Y les
dice, nos dice, que entonces somos la Sal de la tierra y la Luz del mundo. No
dice "debéis ser sal de la tierra y la luz del mundo", sino que ya lo
somos cuando vivimos según el evangelio.
Las dos imágenes con las que Jesús expresa lo
que son sus discípulos para el mundo son muy poderosas. Las dos son realidades
que forman parte de la vida cotidiana y que son necesarias para ella; no son
elementos superfluos, sin los cuales se puede vivir igual, no. La Sal y la Luz
son necesarias, nosotros somos necesarios para el mundo.
La sal da gusto a los elementos y, sin ella,
no se encuentra mucho disfrute a la comida. Pero es que, además, si la sal
falta, el cuerpo se deshidrata, aunque tenga agua. Las cosas de la vida se
disfrutan de verdad cuando uno se siente amado; si no, da igual la casa que
tengas, el coche que conduzcas, la ropa que lleves, o la fama que te den. Sin
amor, la vida no sabe a nada.
Un verdadero discípulo de Jesús da sabor a la
vida de los demás, acogiéndolos y queriéndolos como son y no como pensamos que
deberían ser, justo igual que hace con nosotros el Padre. La sal del buen
humor, de la alegría, de la serenidad para afrontar los problemas, son signos
de un seguidor de Jesús.
Antes, en los bautismos, se colocaban unos
granitos de sal en la boca del recién bautizado; seguro que los mayores lo
recuerdan bien. Hoy ya no se hace, pero es un signo muy expresivo: llevamos
dentro la sal de Cristo que se debe manifestar en nuestras vidas.
Hay otra característica de la sal: preserva de
la corrupción. Por ello, antes de que existieran las neveras, era el modo principal
de conservar los alimentos. También esta característica es propia de los seguidores
de Cristo: debemos luchar contra la corrupción, denunciando como profetas todo
lo que deshumaniza, lo que degrada a las personas y a las sociedades.
Y si callamos, seríamos una sal que se hace
azúcar, que no sala y no sirve de nada ya. Jesús nos dice que somos sal, pero
nunca nos dice "sois azúcar o miel".
¿Qué decir de la luz? Sin ella no hay vida ni
hay calor. Sin luz no se conoce la realidad de lo que nos rodea, nos
extraviamos, nos perdemos. Jesucristo
dijo varias veces "Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en
las tinieblas".
Nosotros, que somos su presencia, portamos su
misma luz, ya que el día de nuestro bautismo encendieron nuestra vela en el cirio
pascual del Resucitado. Todos necesitamos alguien que nos ilumine, que nos
aconseje, que nos oriente. Pero, atentos, estamos llamados a alumbrar, no a
deslumbrar.
San Pablo dice ante los cristianos de Corinto
que no quiso presentarse como un sabio en lo humano, porque él no buscaba hacer
discípulos de Pablo, sino de Cristo. Se presentó débil, sin otro mensaje que
Cristo crucificado. No hace falta ser lumbreras para llevar la luz del
evangelio, basta con ser llamas sencillas que testimonian con su vida sencilla.
El cristiano que quiere pasar desapercibido, que no da la cara nunca por su fe ni por su Iglesia, que solo busca no meterse en problemas ni comprometerse a nada, es como una luz metida debajo de la vasija, no alumbra a nadie.
¿Hay algo más inútil que una luz encendida bajo una vasija? ¿Para qué sirve entonces?
Si alguien se está planteando "yo no sé qué puedo hacer para ser luz del evangelio para otros", la primera lectura, del profeta Isaías, da respuestas muy claras y concretas: parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre al que ves desnudo, no te desentiendas de los tuyos, aleja de ti la opresión, la acusación y la calumnia, sacia al afligido y brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía.


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