NO OS DEJARÉ HUÉRFANOS, VOLVERÉ A VOSOTROS
Este es el último domingo antes de la Ascensión
del Señor. El Señor resucitado está completando ya su misión: fortalecer la fe
de sus discípulos, hacerles experimentar su resurrección gloriosa, por la que
ha vuelto a la Vida venciendo la muerte. Ahora deja en sus manos, en las manos
de la Iglesia que ha fundado sobre ellos, la misión de hacer crecer el Reino de
Dios en este mundo hasta que Él vuelva.
Ese tono de despedida nos lo da el evangelio,
continuación del discurso del capítulo catorce del evangelio según san Juan. Son
palabras que brotan del corazón de Cristo justo antes de su Pasión, que él vive
como su vuelta al Padre.
“Dentro de poco el mundo ya no me verá” … pero
“No os dejaré huérfanos”, es su promesa.
¿Cómo va a cumplirla? Por medio del Paráclito,
el Defensor, el Espíritu de la verdad. Cristo va a pedir al Padre que lo envíe
y permanezca siempre a nuestro lado. La Pascua encuentra así su culminación en
el envío del Espíritu Santo en Pentecostés.
Es cierto que ya, el primer día de la Pascua,
el Resucitado se hizo presente en medio del grupo de discípulos atemorizados y
sopló sobre ellos diciéndoles: “Recibid el Espíritu Santo”. Pero ahora se trata
de la promesa de una presencia permanente de este, que va a habitar a los
creyentes en Jesús: “vosotros lo conocéis porque vive con vosotros y está con
vosotros”.
¿Somos conscientes de lo que significan estas
palabras?, ¿Somos conscientes de que, desde el día de nuestro bautismo, llevado
a plenitud por la confirmación, somos templos del Espíritu Santo cada uno de
nosotros?
Podemos encontrar en el Espíritu fortaleza,
consuelo, guía, ánimo, siempre que queramos. No tenemos que mirar hacia el
cielo para invocar al Espíritu Santo, porque ya estamos habitados por él, ya somos
su morada.
Es el Espíritu de la verdad quien hace que no
se nos olviden las enseñanzas del Maestro, pues nos ayuda a recordarlas, a
interpretarlas con más profundidad y a comprender su sentido. Y gracias al
Espíritu podemos reconocer que Cristo sigue vivo, que está con nosotros.
La fe cristiana, cuando es una fe viva de
verdad, es mucho más que ser buenos o tener unas prácticas religiosas. Es vivir
en Dios permanentemente, injertados en el amor del Dios Trinidad, tal y como
nos dice Cristo: “Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros”. Esto
es algo tan maravilloso que no acertamos ni a expresarlo ni a entenderlo.
Quien lo descubre, aunque sea un poco, nunca
se siente solo del todo, nunca se siente huérfano. Hay una condición para
mantener esa vida maravillosa: el amor a Jesús. No un amor de palabras o de
bonitos deseos. El amor que pide él es real y concreto: “si me amáis guardaréis
mis mandamientos, el que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”.
En la primera lectura vemos cómo la fe lleva
la alegría a la ciudad de Samaría. El diácono Felipe, cuya elección con otros
seis diáconos era la primera lectura el domingo anterior, predica el Evangelio,
la Buena Noticia y la ciudad se llena de alegría y de curación.
No podemos dejar de compartir esta buena
noticia de la Pascua con los que tenemos alrededor, dispuestos a dar siempre
razón de nuestra esperanza con delicadeza y respeto, como pide san Pedro en la
segunda lectura.
Porque es un mensaje que cambia a mejor los
corazones y las vidas y nosotros, cada uno de nosotros, impulsados por el
Espíritu Santo, somos misioneros.




