jueves, 17 de septiembre de 2026

DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 MIS PLANES NO SON VUESTROS PLANES, 

MIS CAMINOS NO SON VUESTROS CAMINOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En la primera lectura de hoy, Dios dice por medio del profeta Isaías: “mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”.

    Muchas veces cuando decimos que Dios es justo o que Dios castiga o, incluso, que Dios ama, pensamos en un Dios a nuestra medida, con nuestra forma humana de amar, ser justos o castigar. Pero entonces estamos haciéndonos una imagen humana de Dios, y Dios es muy diferente a nosotros, que somos simplemente criaturas.

    La Palabra de Dios nos pide hoy cambiar nuestro modo de pensar si queremos entender a Dios, como Él se nos da a conocer por medio de su Palabra. El modo de amar de Dios no es tan pobre, Él ama y bendice a lo grande, más de lo que podamos pensar: “Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes”.

    Bien claro nos lo presenta Jesús en la parábola del evangelio de hoy. El salario de una jornada de peón en los campos era un simple denario, y se ganaba trabajando de sol a sol: doce horas.

    Cada jornada se dividía en estas partes que dice el evangelio: del amanecer a media mañana, de media mañana a mediodía, y del mediodía a media tarde. Al patrón solo le salía a cuenta contratar para una jornada completa.

    Pero Jesús nos dice que hay un señor, diferente a todos los demás amos, que va contratando como jornaleros a todos los que ve desocupados en las diferentes horas del día. Y a todos les paga por igual: un denario, el sueldo de una jornada completa. Incluso a los que ha contratado justo antes de terminar la jornada, una hora antes de que se ponga el sol, les paga lo mismo.

    Los que han trabajado de sol a sol protestan. Seguramente nosotros haríamos también lo mismo. Pero, ciertamente, el amo no les ha hecho ninguna injusticia, porque les ha pagado justo lo que había acordado con ellos.

    Lo que les molesta a estos contratados a primera hora es el exceso de bondad que tiene el amo para con los últimos. Como, en la parábola del hijo pródigo, al hijo mayor le molesta el exceso de bondad del padre para con el hijo menor, que después de una vida de perdición vuelve a casa y, aun así, es tratado con amor.

    El exceso de bondad nos desconcierta porque la mayoría de nosotros no somos así. Quisiéramos más justicia, nuestra justicia, y más mano dura. Pero es que Dios es Dios y, volviendo a lo que decíamos al inicio, no podemos proyectar en Dios nuestra pequeñez a la hora de amar y de compartir.

    La actitud de Jesús hacia los pecadores, hacia los extraviados de su sociedad, desconcertaba a muchos, porque le veían demasiado comprensivo, demasiado perdonador, demasiado bueno. No entienden que Jesús les está acogiendo y amando con el amor de Dios, que es infinitamente más grande que el de los hombres.

    Ser discípulos de Jesús requiere de una conversión permanente: dejar de amar al estilo humano y empezar a amar al estilo de Dios. Esa es la meta que nos señala Jesús: “sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto”. Porque para dar solo a los que nos dan, prestar a aquellos que sabemos que nos devolverán, saludar a los que nos saludan, acoger a los que se lo merecen, no hace falta ser cristianos. Eso lo hacen también los publicanos y los pecadores, dice Jesús.

    Esta transformación para llevar una vida digna del Evangelio de Cristo, como pide el apóstol Pablo en la segunda lectura, es una tarea de toda la vida que nunca terminamos, y que solo es posible si actúa en nosotros la gracia de Dios que recibimos en los sacramentos de la Iglesia, porque con nuestras fuerzas resultaría imposible.

Feliz Domingo.

COMENZAMOS CON LA CATEQUESIS 2026-2027



CATEQUESIS DE INICIACIÓN CRISTIANA CURSO 2026-2027

 Comenzamos la Catequesis de Iniciación Cristiana este curso.




jueves, 10 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 NO GUARDES RENCOR A TU PRÓJIMO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”.

    Así hemos repetido con el salmo de este domingo. Los cristianos tenemos la inmensa suerte de conocer a Dios tal y como su Hijo Jesús nos lo mostró: como un Padre compasivo, misericordioso, clemente, que no lleva cuentas del mal, que disfruta con el perdón.

    La experiencia más parecida al amor de Dios que hay en este mundo es el amor de nuestros padres. Los padres no llevan cuentas del mal, no se cansan de perdonar y de acoger, saben disculpar los errores e ingratitudes de sus hijos porque el amor es lo más fuerte en ellos. Aunque sea un desastre … ¡es mi hijo!

    Jesús vino del Padre a compartir nuestra vida para enseñarnos vivir como hijos que se saben amados y acogidos pese a todo, estén como estén y sean como sean, sin miedos y con confianza.

    Nos dijo que así debíamos llamar y orar a Dios: llamándole Padre Nuestro.

    Y, si queremos ser buenos hijos, nos debemos parecer a nuestro Padre Dios.

    La Palabra de Dios de Dios de este domingo nos habla del rasgo que más debemos imitar. No podemos imitarle en su sabiduría ni en su omnipotencia, porque somos muy limitados. Pero sí debemos imitarle en su compasión y su misericordia, porque nos ha dado la capacidad de perdonar y amar.

    Esto es algo que ya el pueblo de Israel, en la alianza anterior a Jesús, conocía bien.

    El libro de sabiduría llamado Eclesiástico, que hemos escuchado en la primera lectura, nos lo ha dicho con toda claridad: “Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados. Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor? Si no se compadece de su semejante, ¿cómo pide perdón por sus propios pecados?”.

    No puede estar más claro: Dios nos perdona siempre, pero tenemos que saber perdonar nosotros. Cuando rezamos el Padre Nuestro así lo pedimos: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

    El perdón puede ser difícil, o incluso muy difícil si la ofensa recibida es grande, pero es necesario. El perdón rompe las cadenas del rencor y del deseo de venganza, que es una atadura que nos quita la paz y no nos deja vivir tranquilos.

    Puede que nos resulte imposible reconciliarnos con alguien cuando la otra persona no desea acoger nuestro perdón, pero si hemos hecho lo posible por lograrlo y perdonarle de corazón tendremos paz.

    Cada uno responde ante Dios por la parte que le corresponde hacer en la reconciliación, no por lo que no hagan los demás ni por su respuesta.

    La parábola del Evangelio no nos deja indiferentes. A cualquiera de nosotros le parece mal la actitud de aquel siervo desagradecido: aunque le ha sido perdonada una deuda impagable, de una cantidad desorbitante, no es capaz de perdonar la pequeña deuda que le debe su compañero y se dedica a maltratarlo.

    Es normal que, al saberlo, su amo le llame indignado y le haga ver la contradicción total de su comportamiento.

    ¿No podemos decir cada uno de nosotros que alguna vez, o más de alguna, hace lo mismo que el siervo de la parábola?

    ¿No he pedido perdón a Dios y, a la vez, yo no he sido capaz de perdonar de verdad?

    Jesús quiere que nosotros, sus amigos y discípulos, demos testimonio del poder liberador y sanador del perdón, en un mundo de corazones endurecidos y rencores que incluso se heredan de padres a hijos.

    Necesitamos experimentar el perdón para parecernos a Dios y lo necesitamos para ser más libres y más felices.

    Pidamos hoy este regalo: la capacidad de perdonar recordando cuantas veces hemos sido perdonados.

 


viernes, 4 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 YO ESTOY EN MEDIO DE ELLOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hoy vivimos mucho mejor, en general, que hace, por ejemplo, 60 años. En el plano material esto no lo podemos negar: se viven más años y con más calidad de vida generalmente, disfrutamos de alimentos más variados, de más adelantos para comunicarnos con los que nos importan, de más oportunidades…

    Pero hay algo en nuestra sociedad que lamentamos, aunque, en realidad, todos seamos parte de este mal: nos hemos vuelto muy individualistas. Parece que nos cuesta relacionarnos, conocer y que nos conozcan, formar parte de algo, de una familia, de un grupo, de un pueblo, de una parroquia…

    Porque esto de ir “cada uno a su bola” afecta también a nuestra forma de vivir la fe cristiana. Muchos católicos hoy quieren cumplir con el precepto de la misa dominical en iglesias en las que nadie les conoce ni ellos conocen a nadie, sin echar raíces en ninguna comunidad parroquial. Como si la fe fuese una experiencia de uno mismo con Dios y no necesitase de una comunidad cristiana, o como si fuese posible encontrarse con Dios prescindiendo del hermano. Esto pasa más en las ciudades, pero también pasa en nuestros pueblos.

    Pues la palabra de Dios de este domingo nos invita a pensar que nuestra fe es comunitaria y que tenemos una responsabilidad los unos para con los otros.

    Aunque a nadie nos gusta que los demás se metan en nuestras vidas, a veces hay que hacerlo si es buscando el bien del hermano.

    Sí, de eso nos habla la Palabra de Dios de este domingo.

    ¿Para qué escoge Dios al profeta Ezequiel si no es para que hable y corrija a sus paisanos, los israelitas? Para el profeta sería mucho más fácil callar y pasar inadvertido. Es mucho más fácil callar ante el pecado y el error del otro que intentar hacérselo ver.

    Pero Dios le dice al profeta que si calla se hace cómplice, y que la muerte que le traiga el pecado traerá también su propia muerte por desentenderse. Y si le ayuda a salvarse, se salva también él. Nuestra salvación personal, entonces, depende también de cómo nos responsabilizamos de los demás.

    Este mensaje es algo totalmente opuesto a muchas de las frases que tanto nos repetimos para tranquilizar nuestras conciencias: “Allá cada cual”, “yo no soy quien para meterme en la vida de nadie” o “ya tengo bastante con lo mío”, y otras parecidas.

    Cuando decimos todo esto, estamos poniendo una separación total entre mi vida y la vida de los demás, como si no estuviésemos todos interconectados y no fuéramos, en el fondo, dependientes los unos de los otros.

    Jesús en el evangelio nos lo deja igual de claro al darnos estas instrucciones sobre la corrección fraterna: corrige a tu hermano, primero tú solo, después con otros… no te desentiendas de su salvación, porque en ella está también en juego la tuya.

    Y san Pablo nos ha recordado, en la segunda lectura, que la plenitud de la Ley, es decir de lo que Dios quiere y espera de nosotros, es el amor, y el que ama de verdad ha cumplido la Ley completa, porque no hace el mal a su prójimo, sino que busca en todo su bien.

    “Lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos” y “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos”, son dos frases del Señor que tenemos que tener muy presentes cuando nos venga la tentación de vivir la fe de forma individualista y sin ninguna comunidad. No es posible; la fe en Jesús no puede vivirse sin hermanos a los que querer y de los que preocuparse.

    El Señor Jesús, después de resucitar y ascender al Padre, se ha quedado de muchas formas entre nosotros: en la Eucaristía, en los sacramentos, en su Palabra, en los pobres…

    Pero una forma de estar entre nosotros, que no puede nunca faltar para que sean reales las otras formas, es su presencia en la comunidad de discípulos reunida en su nombre: “Donde dos o más se reúnen en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos”.

    Ahora que estamos a punto de comenzar un nuevo curso, desde esta Palabra de hoy, podemos preguntarnos en serio:

    ¿Vivo la fe de un modo individualista o me gusta sentirme parte de mi comunidad parroquial?

    ¿Estoy dispuesto, si aún no lo hago, a formar parte de alguno de los grupos que hay en nuestra Unidad Pastoral, para ir creciendo en la fe junto a otros o para comprometerme en el servicio a los necesitados?

 


domingo, 30 de agosto de 2026

HORARIOS SEPTIEMBRE 2026

 XXIII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 5 

20 H. VILLANUEVA (Misa vespertina)

DOMINGO 6

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)

12 H. VILLARRODRIGO (Misa)

13 H. VILLAOBISPO (Misa)

XXIV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 12

18 H. CANALEJA (Celebración de la Palabra)

20 H. ROBLEDO (Misa vespertina)

DOMINGO 13

12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO (Celebración de la Palabra) 

12 H. VILLAMOROS (Misa)

13 H. VILLANUEVA (Misa)

XXV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 19 

20 H. VILLARRODRIGO  (Misa vespertina)

DOMINGO 20

12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra) 

13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra) 

12 H. ROBLEDO (Misa)

13 H. VILLAOBISPO (Misa)

XXVI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 26

20 H. VILLAOBISPO (Misa vespertina)

DOMINGO 27

11 H. VILLAMOROS

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

12 H. VILLARRODRIGO

13 H. VILLANUEVA 

14 H. CANALEJA (Misa de Difuntos) 


FIESTAS DE LAS PARROQUIAS

Martes 8 VILLARRODRIGO (13 h.): Fiesta de la Natividad de Nuestra Señora

Sábado 26 CANALEJA (13 h.): Fiesta de los santos Cosme y Damián

Martes 29 CASTRILLINO (13 h.): Fiesta de San Miguel Arcángel

 

 


jueves, 27 de agosto de 2026

DOMINGO XXII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 SI ALGUNO QUIERE VENIR EN POS DE MÍ...


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    El domingo pasado escuchábamos en el evangelio cómo Pedro confiesa la fe en Jesús como el Mesías y el Hijo de Dios. No lo hace porque sea más inteligente que el resto de los apóstoles, sino porque el Espíritu Santo le mueve a hacerlo.

    La respuesta de Jesús a Pedro es que va a contar con él como la piedra sólida que servirá de cimiento a la Iglesia, a la comunidad de los creyentes en Cristo de todos los tiempos. El Papa, como obispo de Roma y sucesor del apóstol Pedro es quien tiene ahora esa misión de ser garante de la unidad de los creyentes en una misma fe.

    Esto era lo que escuchábamos en el evangelio del domingo pasado. Pero ese apóstol, que es piedra firme, ese creyente que debe confirmar en la fe a sus hermanos, debe convertirse a Jesús también, al igual que nosotros.

    Y Jesús se lo hace ver con palabras durísimas, llamándole nada menos que “Satanás”. Satanás significa tentador y adversario. ¿Por qué llama así Jesús al primero de entre sus apóstoles?

    Porque no quiere que Jesús acepte la voluntad del Padre, su plan de salvación que pasa por la entrega de la vida en la cruz. Pedro quiere que Jesús sea el Mesías y cree firmemente en él. Pero, ¿qué tipo de Mesías espera? El que esperaban los judíos y aún hoy siguen esperando: un caudillo que libertará a Israel política y militarmente, un jefe poderoso que rendirá a todos sus enemigos y traerá a los hebreos dispersos hasta la tierra que Dios les ha dado.

    Jesús les ha anunciado que eso es lo que desean los hombres, pero no lo que Dios realmente quiere. Y les manifestó, con toda sinceridad, a que iban a Jerusalén: allí iba a ser rechazado por las autoridades religiosas de su pueblo, precisamente los primeros personas que deberían reconocer en Jesús al Mesías auténtico, que iba a ser ejecutado y resucitar al tercer día.

    Pedro no lo acepta, y seguro que los otros apóstoles tampoco lo hicieron. La mejor prueba de que no lo aceptaban es que el Viernes Santo le abandonan, huyen del Calvario, le niegan y se esconden para salvar sus propias vidas.

    Una cosa es lo que pensamos los hombres y otra cosa es lo que Dios quiere y lo que Dios piensa. La conversión cristiana es precisamente ir cambiando el pensamiento y la voluntad para pensar y querer lo mismo que Dios.

    Justo lo que dice el apóstol Pablo en su Carta a los Romanos: “no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente para que sepáis discernir la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”.

    No siempre es fácil. Pero sabemos, en el fondo, que es siempre lo mejor. Que hacer lo bueno, lo más perfecto, no sea fácil no significa que no estemos convencidos de que es lo mejor.

    Como el profeta Jeremías, que intenta acallar el mensaje que Dios ha puesto dentro de él porque anunciarlo a su pueblo le resulta incómodo y le trae persecuciones. Pero, aunque quiera, no logra acallar ese mensaje de Dios, esa Palabra que lleva dentro. Y tiene que seguir anunciándolo, como profeta escogido para esa misión.

    La experiencia de Jeremías la van a vivir incontables santos y testigos de la fe a lo largo de los siglos. Quieren escapar de la misión, quieren apagar el fuego del Evangelio y vivir como los demás. Pero no pueden porque descubren que perder la vida por Jesús es encontrarla y querer vivirla sin él es perderla…

    ¿Qué supone para mí esta Palabra de Dios, qué me pide, a qué me invita?

    ¿Qué cruz del seguimiento debo aceptar en este momento para caminar tras los pasos de Jesús hacia el cielo?

 


jueves, 20 de agosto de 2026

DOMINGO XXI TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 TE DARÉ LAS LLAVES DEL REINO DE LOS CIELOS

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Este domingo la reflexión sobre la Palabra de Dios que se ha proclamado, viene marcada por una pregunta esencial. Es la que les dirige Jesús a sus discípulos de entonces, y a los de todos los tiempos: “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.

    Cuando sus padres llevaron a Jesús siendo niño al templo de Jerusalén, para cumplir con los preceptos religiosos judíos, un anciano Simeón les anunció proféticamente que Jesús estaba puesto para que muchos caigan y se levanten, como un permanente signo de contradicción que interroga y divide.

    Aquellas palabras se cumplieron plenamente. Jesús suscitaba mucha controversia en su época: para unos era un maestro, para otros un peligro, para algunos era el Salvador, para otros una amenaza contra Israel y su religión….

    Si Jesús hubiese querido ser un líder populista, que arrastrara masas hipnotizadas, un famoso “influencer” hubiera suavizado muchos de sus mensajes y hubiese pulido sus formas. Sus críticas, como las de los profetas, a la corrupción religiosa, a la falta de justicia y equidad, al funcionamiento del templo, le resultaban poco rentables socialmente. Su cercanía con los más pobres, con los descartados, con los impuros, con los pecadores públicos, con los gentiles, de los que alababa su fe profunda, como la mujer cananea del pasado domingo, perjudicaban su imagen de maestro y rabino.

    Pero él dijo: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”. Solo buscaba eso, hacer la voluntad del Padre estableciendo el Reinado de Dios. Nada más.

    La sociedad de aquel momento estaba dividida respecto a él, como deja ver la respuesta de los discípulos a la pregunta de Jesús sobre quien opinaba la gente que era él: para unos era Juan Bautista, vuelto a la vida después del martirio, para otros un profeta de la antigua historia de Israel, que había regresado como un signo del final de los tiempos.

    Y vosotros quién decís que soy yo?

    Jesús les lanza ahora la pregunta a ellos, a los que están compartiendo su vida y su palabra cada día. Y puede que entonces se hiciera un silencio incómodo, porque también entre los apóstoles había dudas y preguntas acerca de Jesús. También ellos tuvieron que llegar a la fe, y no lo harán completamente hasta vivir la experiencia de la Pascua.

    Solo Pedro, movido por el Espíritu Santo, responde la verdad más profunda sobre Jesús: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Mesías y Cristo significan el ungido. Aquel al que Dios ha ungido, ha escogido y enviado para darnos salvación y vida a los hombres que, si no lo conociéramos, estaríamos abandonados a la muerte.

    ¿Qué puedo responderle yo a Jesús cuando me pregunta “quién soy yo para ti”? No vale con la respuesta teórica aprendida en la catequesis como: “el Hijo de Dios que se ha hecho hombre”.

    La pregunta de Jesús es vital y profunda: ¿Qué significo para ti y para tu vida diaria? Eso sólo lo puede responder cada uno personalmente…

    ¿Mi fe consiste en una relación personal, profunda y de confianza con Jesucristo?

    Jesucristo le da a Pedro, después de esta confesión de fe, las llaves del reino de los cielos. En la primera lectura, del profeta Isaías, nos dice que al mayordomo del palacio de Jerusalén se le arrebatan las llaves y los poderes reales porque, en lugar de ser un servidor leal, se sirve de su cargo para su propio beneficio personal y para construirse un mausoleo que le glorifique tras su muerte.

    Las llaves que le da Jesús a Pedro son para el servicio del Reino de Dios y de la comunidad de discípulos que deben entrar en él. Siempre es necesario recordar que los cargos en la Iglesia son servicios en favor de los demás, que deben ejercerse con amor y humildad, aunque sea el cargo de Papa, el sucesor de Pedro y la roca firme sobre la que se construye la unidad de la Iglesia.

    Solo después de confesar la fe verdadera le da Jesús a Pedro esa misión en la Iglesia. Aprovechamos el mensaje de este evangelio para recordar que los católicos debemos rezar cada día por el Santo Padre, como hacemos nombrándole en cada misa,  así como tratar de conocer su enseñanza o magisterio y de estar en comunión permanente con él.

 


DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 MIS PLANES NO SON VUESTROS PLANES,  MIS CAMINOS  NO SON VUESTROS CAMINOS COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA      En la primera lectura de...