jueves, 25 de junio de 2026

DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 EL QUE NO CARGA SU CRUZ Y ME SIGUE...


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En el evangelio de este domingo, Jesús sigue preparando a sus enviados para la misión. Una misión que debe continuar hasta que él regrese glorioso y en la que, por tanto, estamos nosotros implicados ahora.

    Si en el domingo pasado nos invitaba a no temer, a contar desde las azoteas y a plena luz del día su mensaje, “No tengáis miedo de los hombres”, en este nos dirige palabras que, de primeras, nos pueden resultar duras y, quizás, hasta excesivas: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”.

    ¿Cómo puede pedir alguien semejante cosa?, ¿Quién puede hablar así? Desde luego que la familia es un valor esencial en nuestra vida; es el valor que resiste incluso cuando los demás se desmoronan. De hecho, en estos momentos en los que parece que se va perdiendo la confianza en todas las instituciones humanas, se sigue confiando en la familia.

    Un hombre, aunque sea sabio y bueno, no puede pronunciar esas palabras de Jesús ni pedir algo así… sólo Dios puede pedirlo. Sabemos que el primer mandamiento de la Ley de Dios es precisamente: Amarás a Dios sobre todas las cosas, con todo tu corazón, tu alma y tu ser.

    Jesucristo al decir que quien le siga debe amarle incluso más que aquello que más se quiere, la propia familia, está hablando como Dios mismo y no como un simple hombre.

    Dios es el valor más importante, el centro de la vida del cristiano. Y nada ni nadie puede ocupar ese lugar que le corresponde: ni las cosas, ni las personas. Ni siquiera las más queridas, como son la familia. Ni nada ni nadie.

    Muchas veces la familia es el lugar en el que crecemos a la fe, en la que la vivimos y los que nos rodean cada día nos ayudan a creer.

    Pero reconozcamos que no siempre ocurre así: hay familias que son una barrera para la fe cristiana de sus miembros: padres que se oponen a la vocación de sus hijos o que se niegan a que sean bautizados o hagan la primera comunión, aunque los niños lo deseen, esposos que llevan mal que sus esposas sean creyentes y vayan a la iglesia, hijos o nietos que se burlan de la fe de sus mayores. Todo eso ocurre entre nosotros, y desgraciadamente, con bastante frecuencia.

    Por no hablar de las religiones en las que abrazar la fe cristiana puede suponer la expulsión de tu casa o la persecución de tu propia familia.

    En definitiva, la familia es un don de Dios… pero no es Dios. Solo Dios es Dios y nada puede ocupar su lugar primero. Nada ni nadie.

    En el evangelio de este domingo hay más sentencias de Jesús. “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado”. Jesús se identifica con sus enviados, con sus discípulos y apóstoles y será recompensado hasta un simple vaso de agua que se les dé por ser sus discípulos.

    Como antes Dios se identificó con sus profetas y bendijo a quienes les recibían, según acabamos de escuchar en la historia del profeta Eliseo; Dios bendice con la esperada descendencia a una humilde familia que da de lo poco que tiene para acoger al hombre de Dios que llega a su pueblo.

     Esta palabra de Jesús nos puede invitar a preguntarnos si nos identificamos con la misión de la Iglesia, si la hacemos nuestra y si colaboramos y queremos a los pastores que Dios nos da.

    “No está bien tirar piedras contra el propio tejado”, dice la sabiduría popular. Y el tejado que nos cobija a todos como familia de los hijos de Dios es el de la Iglesia. Somos parte de ella y, aunque no es perfecta, como no lo es nuestra propia familia, es nuestro hogar de la fe.

    No seamos nosotros de los que participan en las críticas ácidas y desproporcionadas; al contrario, demos la cara por nuestra Iglesia y participemos activamente de su misión.

    Acojamos la Palabra de Dios de este domingo que nos invita a dar con amor de lo mucho o poco que tenemos, porque cada gesto de amor sincero no quedará sin recompensa, y a poner a Dios en el centro de todo como primer valor desde el que se ordenan todos los demás.

 

miércoles, 17 de junio de 2026

DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 POR ESO, NO TENGÁIS MIEDO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En el evangelio del domingo pasado escuchábamos cómo Jesús al ver a las multitudes cansadas y sin esperanza se compadecía porque estaban “como ovejas sin pastor”. Pero él no se queda de brazos cruzados y sientiendo lástima. Su reacción es activa: escoge a los Doce y les dota de su autoridad, haciéndolos como una prolongación de él mismo en su misión de anunciar, con palabras y acciones, la llegada del Reino de Dios.

    La mies a la que les envía es abundante, es la mies de las gentes cansadas y abandonadas, aunque los obreros son pocos y hay que pedir más al dueño de los campos, que es Dios.

    Estos apóstoles, aunque van en son de paz, a curar, a limpiar, a levantar, a sostener, a hacer tanto bien como puedan, van a encontrar resistencias y persecuciones… Jesús nunca esconde, a quienes quieran seguirle, que tomarse en serio el Evangelio supone ir a contracorriente del mundo.

    Los valores que debe vivir el discípulo de Cristo son los opuestos a los valores del mundo; porque el mundo de entonces y el de ahora se rige por los mandamientos del tener, el poder y el placer, que nada tienen que ver con los criterios evangélicos de amar y servir sin esperar recompensa.

    Jesús no promete a sus discípulos éxitos seguros en su misión; unas veces la semilla de la Palabra que siembren encontrará tierra buena en la que arraigar y otras encontrará zarzas y piedras de resistencia.

    Pero nos dice: “No tengáis miedo a los hombres”. No os calléis esta Buena Noticia, aunque parezca que no quieren recibirla: “lo que os digo en la oscuridad decidlo a la luz, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea”. Sois mis testigos, sois sal y sois luz.

    Nos advierte Jesús que a quien se debe temer de verdad no es al rechazo de los hombres, sino a quien puede perder el alma: el mal, el diablo, el pecado, que nos aparta de la amistad con Dios y nos engaña para que vivamos de espaldas a Él, buscando la felicidad allí donde no está.

    Eso es lo que verdaderamente debe temer el discípulo de Jesús.

    Todos los profetas sufrieron algún tipo de persecución por ser fieles a la misión recibida de Dios. El profeta Jeremías, que aparece en la primera lectura de hoy, no fue una excepción; hasta sus amigos traman contra él porque les resulta incómodo, insoportable, y acechan su caída.

    Es muy humano sentir miedo al rechazo. Nosotros no somos perseguidos por la fe en nuestra sociedad, como sí lo son muchos hermanos nuestros en tantos países del mundo actual. Pero sí hay muchos creyentes que sienten rechazo, menosprecio, el peso de ser diferentes, cuando se manifiestan como cristianos en algunos ambientes.

    Podemos pensar en los jóvenes cristianos que en su grupo de amigos no comparten actitudes que los demás consideran normales, en los profesionales que por sus convicciones de fe se manifiestan contrarios a algunas prácticas que muchos hacen y son mirados por ello con sospecha y burla…

    Es la experiencia del profeta y del apóstol. ¿Cómo vencieron ellos ese miedo humano? Con la confianza puesta en Dios, al que encomiendan su causa y su vida. Jesús les anima con una imagen tomada de la naturaleza, de las que tanto le gustaban: si ni siquiera un gorrión cae al suelo sin que el Padre lo disponga, ¿cuánto más nosotros, que valemos mucho más? “Hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados” es una forma de decir: no temáis lo que pueda pasar porque todo está dentro del plan providente de Dios, que no os abandona.

    No se trata de ser superhéroes, ni es eso lo que nos pide Jesucristo. Por supuesto que es muy humano sentir con dolor el rechazo y los enfrentamientos cuando llegan por querer ser coherentes con la fe.

    Pero, en medio de todo, no hay que perder la confianza, el abandono en el Padre Dios, como el del niño que se tira confiado si sabe que su padre lo va a agarrar para que no caiga al suelo. De esa confianza de hijos que se saben amados es de la que debe brotar la valentía del discípulo, que da testimonio del evangelio le pese a quien le pese.

    Las palabras últimas de Jesús son muy claras: “A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos”. 

viernes, 12 de junio de 2026

DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 LA MIES ES ABUNDANTE, LOS OBREROS SON POCOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Una vez que hemos concluido el ciclo pascual y las dos solemnidades que le siguen, la Santísima Trinidad y el Corpus Christi, retomamos el llamado “tiempo ordinario” o “tiempo durante el año”. Es el más extenso del año litúrgico y en él no nos fijamos en un aspecto concreto de la vida del Señor Jesús, sino en toda su vida pública, en sus enseñanzas y acciones.

    En este domingo encontramos un vínculo entre todas las lecturas en estas dos palabras: llamada-elección y misión. Dios no ha querido realizar la historia de la salvación dejándonos al margen, sino que ha querido contar con la colaboración de los hombres.

    Esta llamada se la dirigió, en primer lugar, al pueblo de Israel. Dios Yahvé puso su mirada compasiva de padre en aquel pueblo que vivía la opresión de los egipcios, maltratado, esclavizado, fuera de su tierra. Y, contando con Moisés, lo sacó de Egipto y lo condujo a través del desierto hasta llegar a la tierra prometida, donde podían vivir en libertad.

    Esa mirada compasiva que no permanece indiferente, de la que hemos escuchado en la primera lectura, una mirada que se deja conmover, es la misma que tiene Jesús al ver a las muchedumbres extenuadas y abandonadas como ovejas sin pastor.

    Aquel pueblo tenía pastores de sobra: las autoridades romanas y judías, los sacerdotes de Jerusalén, los escribas y fariseos. Pero eran malos pastores porque no se dejaban conmover por el sufrimiento de las gentes ni hacían nada por aliviarles.

    Y al igual que Dios llamó a Moisés, y quiso contar con él para liberar al pueblo, también Jesús llama a doce discípulos y les hace apóstoles, que significa enviados, como colaboradores de su misión, de la obra del Reino.

    Moisés tenía autoridad ante los israelitas y Jesús da autoridad a aquellos Doce. Pero no les da su autoridad para aprovecharse de ella, para lucrarse o medrar, sino para expulsar el mal, para curar enfermedades y dolencias. Es una autoridad para hacer el bien y para servir, no para ser servidos.

En la primera lectura, del libro del Éxodo, Dios recuerda al pueblo que si les ha elegido y les ha hecho su pueblo mediante una alianza es para que sean un reino de sacerdotes y una nación santa, es decir no para que se llenen de orgullo nacional, sino para que sean mediación que una a todos los pueblos de la tierra con Dios.

    De eso se trata. De que somos llamados y enviados para que la Buena Noticia que salva y llena de alegría pueda llegar a otros. Especialmente a los que aún no la conocen y, por eso, viven extenuados y abandonados como ovejas sin pastor.

    ¡Cuánta gente hay que vive así porque no conoce ya la alegría de la fe! Ahí están las cifras de depresiones, de adicciones, de suicidios en nuestra sociedad moderna “del bienestar” para demostrar que muchos están necesitados de que se les anuncie la Buena Noticia: “Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros”.

    Y el Señor cuenta con nosotros para este anuncio salvador, con todos sin excepción. Porque todos, por el bautismo, ya hemos sido elegidos y enviados, como los apóstoles, cada uno al lugar donde vive, a su familia, a su trabajo, a sus vecinos y amigos.

    Cada cristiano es un discípulo y cada discípulo es un misionero.

 


miércoles, 3 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI (ciclo A)

 EL QUE COME, VIVIRÁ POR MÍ


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hoy es el domingo del Corpus Christi, el Cuerpo de Cristo; es el domingo de la Eucaristía y de la Caridad.

    La eucaristía es el gran regalo que Cristo ha dejado a su Iglesia, su presencia permanente de entre nosotros y aún dentro de nosotros, cada vez que lo recibimos en la Sagrada Comunión. En este sacramento de nuestra fe se cumple la promesa que nos hizo el Señor antes de volver al Padre en la Ascensión: “No os dejaré solos. Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

    Es verdad que no es la única presencia del Señor con que contamos: también está en el resto de los sacramentos, en la palabra del Evangelio, en la comunidad que se reúne en su nombre, en los pobres y necesitados, en cada uno de nosotros… Pero la presencia de Jesucristo en el sacramento del altar es realmente especial: está con su Cuerpo y con su Sangre, real y verdaderamente, aunque nuestros sentidos solo perciban un poco de pan y un poco de vino.

    Lo creemos y lo vivimos por la fe. Sabemos que Él no puede engañarnos, y si nos ha dicho “Esto es mi Cuerpo” y “Esta es mi sangre”, es porque realmente lo son.

    Podríamos hablar tanto de la eucaristía y nunca acabaríamos… muchos santos y místicos han dicho maravillosas palabras a lo largo de la historia de la Iglesia y, al final, la mejor palabra que encontraron ha sido el silencio y la adoración. Porque cuando se descubre por la fe la presencia de Cristo en el Santísimo Sacramento, uno no puede menos de doblar la rodilla y adorar.

    La Palabra de Dios de este domingo del Corpus nos invita a ver las dos dimensiones inseparables que tiene la eucaristía: la vertical y la horizontal. Igual que en la cruz hay dos palos, uno vertical y otro horizontal, también en este sacramento hay siempre estas dos orientaciones.

    En la dimensión vertical, la eucaristía nos une a Jesucristo. Así nos lo dice en el discurso del Pan de Vida que recoge el evangelio de Juan. Recibirle en su Cuerpo y su Sangre, en el Pan y el Vino eucarísticos, hace que Él viva en nosotros y que nosotros vivamos en Él. Cuando los judíos le escuchaban decir que iba a dar su carne para la vida del mundo, no le entendían y se escandalizaban: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”.

    No sabían que estaba hablando de la Eucaristía, porque aún no la había instituido en la última cena antes de padecer. Nosotros sí lo entendemos bien. En el sacramento del altar, Jesucristo se hace para nosotros alimento de vida y bebida de salvación. Al comerlo y beberlo, nos unimos al Señor de un modo que nada puede igualar.

    Es el nuevo maná que Dios da a su pueblo peregrino para darle las fuerzas necesarias con las que seguir caminando hacia la verdadera y definitiva tierra prometida: el cielo.

    La primera lectura nos recuerda aquel maná del cielo con el que Yahvé Dios alimentó a Israel en el desierto, un pan generoso caído del cielo con el que sacia su hambre y que era un anuncio de esta eucaristía, regalo de Dios que recibimos cada domingo.

    En la dimensión horizontal, la eucaristía nos une entre nosotros, como Cuerpo de Cristo en el mundo, la Iglesia. Es lo que expresa el apóstol san Pablo en la segunda lectura: como el Pan eucarístico es uno solo, así nosotros, aun siendo distintos, nos hacemos uno solo al recibirlo. La Eucaristía nos une y nos invita a preocuparnos por el hermano, a verlo como un miembro que está conmigo en el único Cuerpo del Señor.

    Por este motivo, hoy además de ser el domingo de la eucaristía es también el domingo de la caridad. Porque la eucaristía nos empuja a la caridad y sin caridad no podemos celebrar la eucaristía. 

    “Elige amar. Elige comunidad” es el lema de este día de la Caridad: tenemos que ver al Señor en el Santísimo Sacramento y tenemos que verle en el hermano que necesita de mí.

Abrir los ojos de la fe para la Eucaristía y abrir los ojos de la caridad para todo el que sufre por cualquier causa. Creando comunidades en las que nadie se sienta excluido, ocupándonos y preocupándonos de que en ninguna mesa falte el pan necesario, elegimos amar como la Eucaristía nos reclama.

lunes, 1 de junio de 2026

HORARIOS JUNIO 2026

 CORPUS CHRISTI (Día y colecta de CARITAS)

SÁBADO 6

20 H. VILLANUEVA (Misa vespertina)

DOMINGO 7

11 H. ROBLEDO

12 H. VILLARRODRIGO

12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)

13:20 H. VILLAOBISPO (Procesión niños primera comunión 2026)


DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 13 

20 H. VILLARRODRIGO (Misa vespertina)

DOMINGO 14

11 H. VILLAMOROS 

12 H. ROBLEDO 

13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 


DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 20

20 H. ROBLEDO (Misa vespertina)

DOMINGO 21

11 H. VILLAMOROS

12 H. VILLARRODRIGO 

13 H. VILLANUEVA

13 H. VILLAOBISPO (Celebración de la Palabra)


DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 27

20 H. VILLAOBISPO (Misa vespertina)

DOMINGO 28

11 H. VILLAMOROS

12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra)

12 H. ROBLEDO

13 H. VILLANUEVA

FIESTAS PARROQUIALES

NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA: MIÉRCOLES 24 ROBLEDO (12:30 H.)

SAN PELAYO: DOMINGO 28 VILLANUEVA (13 H.)


martes, 26 de mayo de 2026

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (ciclo A)

  A TI GLORIA Y ALABANZA POR LOS SIGLOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Después de haber celebrado el pasado domingo la fiesta del Espíritu Santo en Pentecostés, en este celebramos el domingo dedicado a la Santísima Trinidad.

    En la Pascua se nos ha manifestado el amor del Padre y la entrega redentora del Hijo; de ambos viene el Espíritu como presencia permanente que habita en nosotros, que ora en nosotros, que nos defiende y nos conduce a la verdad salvadora. Por eso esta fiesta se celebra después de haber terminado el ciclo litúrgico de la Pascua.

    ¿Necesitamos un domingo dedicado a la Trinidad? ¿Acaso no son de la Trinidad y para la Trinidad todos los domingos? Podemos pensar así, ya que cuando empezamos la misa lo hacemos signándonos con la cruz en el nombre de la Trinidad y al salir recibimos la bendición en el nombre de la Trinidad. Toda nuestra vida cristiana está marcada por el misterio de amor de la Trinidad, desde que somos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

    Pero este domingo quiere ser una alabanza especialmente intensa a la Santísima Trinidad, el Dios único en quien creemos.

    Cuando se habla de Dios hay quien se imagina un ser poderoso, omnipotente, creador, etc…. Pero como si fuese un dios solitario en su perfección.

    Sin embargo, no es así como se nos ha dado a conocer en la historia de la salvación. Se nos ha ido manifestando, conforme el hombre podía irlo conociendo, como una familia de amor, un solo Dios en el que viven y se comunican tres divinas personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se aman y se comunican, y que quieren hacernos participar de su vida de amor y comunicación.

    Las lecturas de hoy, más que hablarnos de un misterio inalcanzable, manifiestan, con toda claridad, que Dios quiere darse a conocer.

    Empezando por la primera, tomada del libro del Éxodo, en la que Moisés, como guía del pueblo de Israel sube a la montaña sagrada para interceder por el pueblo rebelde. Se han olvidado de Yahvé Dios, que les sacó de la esclavitud de Egipto, y se han hecho un falso dios de metal como los demás pueblos, un dios manipulable, con nombre y figura de animal.

    Dios pasa ante Moisés y le manifiesta su nombre: “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”. Aunque sea un Dios misterioso, diferente, ama con ternura a su pueblo y tiene la paciencia infinita de un padre con sus pecados.

    Este Dios que ama, va a amar a la humanidad hasta el extremo de enviar a su Hijo, que se hace uno con nosotros, que comparte lo que somos y que, por amor, entrega su vida para que nosotros tengamos vida si le aceptamos como nuestro salvador.

    Es lo que hemos escuchado en el evangelio: “Tanto amo Dios al mundo, que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. No envía a su Hijo a juzgar, sino a salvar. El juicio consiste en si nosotros aceptamos por fe, o rechazamos, esa salvación que Dios ofrece en su Hijo.

    Si creemos en el amor del Padre y del Hijo por nosotros, vivimos de un modo diferente, nuestra vida cobra sentido. Ya no somos simples criaturas vivas, somos hijos. Y si somos hijos de un mismo Padre, significa que somos hermanos unos de otros. Dejamos de ser rivales y enemigos y comenzamos a ser hermanos.

    Por eso dice San Pablo en la segunda lectura: tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz, el Dios que es familia y Trinidad estará con vosotros.

    Todos los domingos y toda nuestra vida está consagrada a Dios Trinidad. Pero en este, de un modo especial, le damos gloria, le alabamos y le agradecemos que se nos haya manifestado así, tal y como es: comunicación y amor.

    Hoy se celebra la Jornada “Pro Orantibus” de oración por los monjes y monjas que consagran su vida a la oración, a la alabanza de Dios. Ellos nos enseñan a dar un lugar central a Dios en nuestras vidas, nos recuerdan el valor de la fe.

    Oramos por ellos para que sean muy felices en su vocación y el Señor les premie su vida de oración continua.

 


DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

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