TÚ, SEÑOR, ERES BUENO Y CLEMENTE
Hay
una película, de hace unos años ya, titulada “Como Dios” y protagonizada por
Jim Carrey. En ella, el protagonista, una persona incapaz de verle nada
positivo a la vida, desafía a Dios, reprochándole que no sabe usar su poder
para dirigir el mundo.
Dios
responde a su reto y le concede su poder para que lo pruebe durante una semana,
ya que se cree capaz de ser mejor administrador que él. En la película se ve
cómo este hombrecillo, que creía ser más sabio que Dios, emplea el poder que le
concede en satisfacer sus deseos caprichosos. Pero al final tiene que rendirse
a la evidencia: un simple hombre no sabe administrar el poder de Dios.
¿Para
qué usaríamos nosotros semejante poder? Muchas veces el ser humano ha creado
religiones que imaginan a dioses poderosos pero llenos de las mismas pasiones
que los hombres: son coléricos, caprichosos, vengativos… así eran, por ejemplo,
los dioses de Grecia y Roma. Hacían batallas, tomaban partido por unos frente a
otros, seducían, acumulaban.
El
verdadero Dios, como se nos manifiesta en la Palabra que se nos ha proclamado
este domingo, emplea su poder precisamente en el amor, en la paciencia, en el
cuidado. Lo que hace a Dios ser Dios no es que sea vengativo, como lo somos
nosotros, o caprichoso en sus criterios o elecciones, como lo somos nosotros.
Lo que le hace ser Dios es su capacidad de amar sin límites a todos sus hijos,
incluso a aquellos que no le reconocen ni le admiten.
Así
nos lo ha dicho ya la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría: “Fuera
de ti no hay otro dios que cuide de todo (…) Tu señorío sobre todo te hace ser
indulgente con todos.
Es
necesario más poder para perdonar que para vengarse y es más difícil amar a los
enemigos que odiarlos. Por esto Jesucristo nos dijo: Sed perfectos como vuestro
Padre del cielo es perfecto en el amor, porque hace salir su sol y manda su
lluvia por igual sobre buenos y malos.
Para
vengarse basta con ser una criatura: si dañas a un animal este, si puede, te
clava su aguijón o te muerde. Pero para amar, para dar la vida, hay que llevar
dentro el amor del Creador. “Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo
debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el
arrepentimiento a los pecadores”.
Con
el salmo hemos repetido: Tú, Señor, eres bueno y clemente”. Si somos buenos y
clementes con los demás, entonces nos parecemos algo a Dios. Aquel personaje de
la película “Como Dios” quería parecerse a Dios disfrutando de un poder
caprichoso e ilimitado. Pero el camino para parecerse es bien distinto.
En
esta clave debemos entender el evangelio de hoy que, de nuevo, es una parábola
tomada de las tareas del campo que realizaba la gente sencilla de su tiempo,
entre los cuales vivía Jesús.
En el campo sembrado de buena simiente, el enemigo ha esparcido semillas de cizaña y ahora crece. Incluso parece que va a asfixiar al buen trigo.
Los criados ven el problema y proponen la solución más rápida y fácil: arrancar la cizaña mala para que sólo quede el trigo bueno. En cambio, el señor de la tierra tiene una visión más amplia y profunda que ellos: no se puede arrancar la cizaña sin arrancar también el trigo. Hay que esperar a que llegue la cosecha para poder separarlos, hay que ser pacientes, saber esperar.
Lo
más eficaz que se nos ocurre es arrancar la cizaña; por eso a veces decimos:
“yo a estos los hacía esto o aquello” o “yo solucionaba esto así”. Dios tiene
otro estilo, afortunadamente para nosotros.
Es
el estilo paciente del que respeta los tiempos, los caminos, los pequeños pasos
que vamos dando para convertirnos y mejorar, aunque aún nos quede mucha cizaña
mezclada entre el trigo. En el mundo hay trigo y hay cizaña, y en cada uno de
nosotros también hay trigo bueno y cizaña mala.
La
conversión permanente del cristiano es ir logrando, con la gracia de Dios que
recibimos en su Palabra y en los sacramentos, que cada vez haya más de uno y
menos de la otra.
Y,
hasta que llegue la cosecha, tengamos la misma paciencia del Señor del campo
para con la cizaña propia y la cizaña ajena.


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