SALIÓ EL SEMBRADOR A SEMBRAR...
En
el tiempo anterior a la reforma de la liturgia de la misa, que ya solo los más
mayores recuerdan, había solo unas pocas lecturas que, además, se leían en
latín. En pocas casas había una Biblia, aunque sí había misales y misalitos y
libros de la Historia Sagrada.
Todo
eso cambió hace más de 50 años con el Concilio Vaticano II, en el que se mandó
que se abriera el acceso pleno de todos los fieles católicos a la Sagrada
Escritura. Las lecturas de la misa se enriquecieron con tres ciclos diferentes,
se empezó a proclamar la Palabra de Dios en cada celebración de la Iglesia, se
crearon grupos de lectura bíblica en las parroquias... y tantas otras iniciativas
como tenemos actualmente.
En
nuestro tiempo, como nunca en todos los siglos precedentes, tenemos, si
queremos, un contacto muy abundante con la Palabra. Y si venimos a la
eucaristía y prestamos atención, recibimos una siembra abundante de la Palabra
de Dios a lo largo del año.
En
la primera lectura de hoy, tomada del profeta Isaías, Dios nos dice que su
Palabra es eficaz. No vuelve a él vacía, sino que como la lluvia y la nieve
fecundan la tierra, así su Palabra viva cumple su deseo y lleva a cabo su
encargo.
Por
parte de Dios, su Palabra es siempre eficaz, se cumple, es transformadora y
salvadora en nosotros. Pero, en el evangelio, Jesús, con su parábola, añade
algo muy importante: el fruto que produce esta semilla de la Palabra de Dios no
depende solo de su fecundidad, que está garantizada, sino de la tierra sobre la
que esa siembra cae.
Y
esa tierra somos nosotros, que la escuchamos y recibimos.
Jesús
sembraba continuamente la Palabra de Dios en la gente. A veces creemos que la
mayor parte de su tiempo lo dedicaba a hacer milagros y curaciones. Pero,
realmente, Jesús se dedica la mayor parte del tiempo a anunciar la Buena
Noticia del Reino de Dios. Siembra generosamente, “a voleo”, como en la
parábola, y unas veces encuentra corazones abiertos y otras corazones cerrados
y mentes hostiles.
De
su misma experiencia como sembrador infatigable de la Palabra, toma Jesús esta
parábola, que describe tres situaciones posibles, las que Él encontraba:
Las
semillas esparcidas caen al borde del camino: se escucha pero sin interés, sin
entender ni ganas de hacerlo. Es lo que sucede cuando estamos en el templo
pensando en otras cosas, sin dar oportunidad a que la Palabra entre en
nosotros. Se oye, pero no se escucha, porque venimos a cumplir solamente.
Las
semillas caen en terreno pedregoso: escuchamos la Palabra durante muchos años,
pero no terminamos de aceptar el evangelio de Jesucristo ni sus valores, somos
cristianos tibios y a medias, porque realmente nuestra vida diaria funciona
según otros criterios muy distintos, nada espirituales. Crecen las malezas,
vienen las dificultades, y la fe que creíamos tener se desvanece. ¿Cuántas
personas dicen “yo antes si iba a la iglesia y era muy creyente, pero me paso
esto o aquello o me junte con estas personas y deje de creer y de practicar la
fe”?
Las
semillas caen en tierra buena: escuchamos la Palabra de Dios y nos dejamos
tocar por ella. Dejamos que nos interrogue, que nos cuestione, no la acallamos
para que no moleste, sino que hacemos el esfuerzo continuo de convertirnos y
cambiar. Jesús dice que en unos da el fruto de ciento, sesenta o treinta. No se
trata de que dé en todos el mismo fruto, sino de que todos la acojamos y
entendamos con la tierra de la mente y el corazón bien dispuestos.
Ante
la Palabra de este domingo me puedo preguntar:
¿Con
qué actitud estoy yo en la iglesia cuando se proclaman las lecturas de la
Palabra de Dios?
¿Dónde
está mi mente y mi corazón mientras las oigo?
¿Encuentra
en mí tierra buena, deseo de conversión y superación para que pueda dar su
fruto?
Y
también me puedo preguntar: ¿soy colaborador con el sembrador y la llevo a
otros, a mi familia, a mis amigos y vecinos?

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