miércoles, 3 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI (ciclo A)

 EL QUE COME, VIVIRÁ POR MÍ


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hoy es el domingo del Corpus Christi, el Cuerpo de Cristo; es el domingo de la Eucaristía y de la Caridad.

    La eucaristía es el gran regalo que Cristo ha dejado a su Iglesia, su presencia permanente de entre nosotros y aún dentro de nosotros, cada vez que lo recibimos en la Sagrada Comunión. En este sacramento de nuestra fe se cumple la promesa que nos hizo el Señor antes de volver al Padre en la Ascensión: “No os dejaré solos. Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

    Es verdad que no es la única presencia del Señor con que contamos: también está en el resto de los sacramentos, en la palabra del Evangelio, en la comunidad que se reúne en su nombre, en los pobres y necesitados, en cada uno de nosotros… Pero la presencia de Jesucristo en el sacramento del altar es realmente especial: está con su Cuerpo y con su Sangre, real y verdaderamente, aunque nuestros sentidos solo perciban un poco de pan y un poco de vino.

    Lo creemos y lo vivimos por la fe. Sabemos que Él no puede engañarnos, y si nos ha dicho “Esto es mi Cuerpo” y “Esta es mi sangre”, es porque realmente lo son.

    Podríamos hablar tanto de la eucaristía y nunca acabaríamos… muchos santos y místicos han dicho maravillosas palabras a lo largo de la historia de la Iglesia y, al final, la mejor palabra que encontraron ha sido el silencio y la adoración. Porque cuando se descubre por la fe la presencia de Cristo en el Santísimo Sacramento, uno no puede menos de doblar la rodilla y adorar.

    La Palabra de Dios de este domingo del Corpus nos invita a ver las dos dimensiones inseparables que tiene la eucaristía: la vertical y la horizontal. Igual que en la cruz hay dos palos, uno vertical y otro horizontal, también en este sacramento hay siempre estas dos orientaciones.

    En la dimensión vertical, la eucaristía nos une a Jesucristo. Así nos lo dice en el discurso del Pan de Vida que recoge el evangelio de Juan. Recibirle en su Cuerpo y su Sangre, en el Pan y el Vino eucarísticos, hace que Él viva en nosotros y que nosotros vivamos en Él. Cuando los judíos le escuchaban decir que iba a dar su carne para la vida del mundo, no le entendían y se escandalizaban: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”.

    No sabían que estaba hablando de la Eucaristía, porque aún no la había instituido en la última cena antes de padecer. Nosotros sí lo entendemos bien. En el sacramento del altar, Jesucristo se hace para nosotros alimento de vida y bebida de salvación. Al comerlo y beberlo, nos unimos al Señor de un modo que nada puede igualar.

    Es el nuevo maná que Dios da a su pueblo peregrino para darle las fuerzas necesarias con las que seguir caminando hacia la verdadera y definitiva tierra prometida: el cielo.

    La primera lectura nos recuerda aquel maná del cielo con el que Yahvé Dios alimentó a Israel en el desierto, un pan generoso caído del cielo con el que sacia su hambre y que era un anuncio de esta eucaristía, regalo de Dios que recibimos cada domingo.

    En la dimensión horizontal, la eucaristía nos une entre nosotros, como Cuerpo de Cristo en el mundo, la Iglesia. Es lo que expresa el apóstol san Pablo en la segunda lectura: como el Pan eucarístico es uno solo, así nosotros, aun siendo distintos, nos hacemos uno solo al recibirlo. La Eucaristía nos une y nos invita a preocuparnos por el hermano, a verlo como un miembro que está conmigo en el único Cuerpo del Señor.

    Por este motivo, hoy además de ser el domingo de la eucaristía es también el domingo de la caridad. Porque la eucaristía nos empuja a la caridad y sin caridad no podemos celebrar la eucaristía. 

    “Elige amar. Elige comunidad” es el lema de este día de la Caridad: tenemos que ver al Señor en el Santísimo Sacramento y tenemos que verle en el hermano que necesita de mí.

Abrir los ojos de la fe para la Eucaristía y abrir los ojos de la caridad para todo el que sufre por cualquier causa. Creando comunidades en las que nadie se sienta excluido, ocupándonos y preocupándonos de que en ninguna mesa falte el pan necesario, elegimos amar como la Eucaristía nos reclama.

lunes, 1 de junio de 2026

HORARIOS JUNIO 2026

 CORPUS CHRISTI (Día y colecta de CARITAS)

SÁBADO 6

20 H. VILLANUEVA (Misa vespertina)

DOMINGO 7

11 H. ROBLEDO

12 H. VILLARRODRIGO

12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)

13:20 H. VILLAOBISPO (Procesión niños primera comunión 2026)


DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 13 

20 H. VILLARRODRIGO (Misa vespertina)

DOMINGO 14

11 H. VILLAMOROS 

12 H. ROBLEDO 

13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 


DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 20

20 H. ROBLEDO (Misa vespertina)

DOMINGO 21

11 H. VILLAMOROS

12 H. VILLARRODRIGO 

13 H. VILLANUEVA

13 H. VILLAOBISPO (Celebración de la Palabra)


DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 27

20 H. VILLAOBISPO (Misa vespertina)

DOMINGO 28

11 H. VILLAMOROS

12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra)

12 H. ROBLEDO

13 H. VILLANUEVA

FIESTAS PARROQUIALES

NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA: MARTES 24 ROBLEDO (12:30 H.)

SAN PELAYO: DOMINGO 28 VILLANUEVA (13 H.)


martes, 26 de mayo de 2026

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (ciclo A)

  A TI GLORIA Y ALABANZA POR LOS SIGLOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Después de haber celebrado el pasado domingo la fiesta del Espíritu Santo en Pentecostés, en este celebramos el domingo dedicado a la Santísima Trinidad.

    En la Pascua se nos ha manifestado el amor del Padre y la entrega redentora del Hijo; de ambos viene el Espíritu como presencia permanente que habita en nosotros, que ora en nosotros, que nos defiende y nos conduce a la verdad salvadora. Por eso esta fiesta se celebra después de haber terminado el ciclo litúrgico de la Pascua.

    ¿Necesitamos un domingo dedicado a la Trinidad? ¿Acaso no son de la Trinidad y para la Trinidad todos los domingos? Podemos pensar así, ya que cuando empezamos la misa lo hacemos signándonos con la cruz en el nombre de la Trinidad y al salir recibimos la bendición en el nombre de la Trinidad. Toda nuestra vida cristiana está marcada por el misterio de amor de la Trinidad, desde que somos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

    Pero este domingo quiere ser una alabanza especialmente intensa a la Santísima Trinidad, el Dios único en quien creemos.

    Cuando se habla de Dios hay quien se imagina un ser poderoso, omnipotente, creador, etc…. Pero como si fuese un dios solitario en su perfección.

    Sin embargo, no es así como se nos ha dado a conocer en la historia de la salvación. Se nos ha ido manifestando, conforme el hombre podía irlo conociendo, como una familia de amor, un solo Dios en el que viven y se comunican tres divinas personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se aman y se comunican, y que quieren hacernos participar de su vida de amor y comunicación.

    Las lecturas de hoy, más que hablarnos de un misterio inalcanzable, manifiestan, con toda claridad, que Dios quiere darse a conocer.

    Empezando por la primera, tomada del libro del Éxodo, en la que Moisés, como guía del pueblo de Israel sube a la montaña sagrada para interceder por el pueblo rebelde. Se han olvidado de Yahvé Dios, que les sacó de la esclavitud de Egipto, y se han hecho un falso dios de metal como los demás pueblos, un dios manipulable, con nombre y figura de animal.

    Dios pasa ante Moisés y le manifiesta su nombre: “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”. Aunque sea un Dios misterioso, diferente, ama con ternura a su pueblo y tiene la paciencia infinita de un padre con sus pecados.

    Este Dios que ama, va a amar a la humanidad hasta el extremo de enviar a su Hijo, que se hace uno con nosotros, que comparte lo que somos y que, por amor, entrega su vida para que nosotros tengamos vida si le aceptamos como nuestro salvador.

    Es lo que hemos escuchado en el evangelio: “Tanto amo Dios al mundo, que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. No envía a su Hijo a juzgar, sino a salvar. El juicio consiste en si nosotros aceptamos por fe, o rechazamos, esa salvación que Dios ofrece en su Hijo.

    Si creemos en el amor del Padre y del Hijo por nosotros, vivimos de un modo diferente, nuestra vida cobra sentido. Ya no somos simples criaturas vivas, somos hijos. Y si somos hijos de un mismo Padre, significa que somos hermanos unos de otros. Dejamos de ser rivales y enemigos y comenzamos a ser hermanos.

    Por eso dice San Pablo en la segunda lectura: tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz, el Dios que es familia y Trinidad estará con vosotros.

    Todos los domingos y toda nuestra vida está consagrada a Dios Trinidad. Pero en este, de un modo especial, le damos gloria, le alabamos y le agradecemos que se nos haya manifestado así, tal y como es: comunicación y amor.

    Hoy se celebra la Jornada “Pro Orantibus” de oración por los monjes y monjas que consagran su vida a la oración, a la alabanza de Dios. Ellos nos enseñan a dar un lugar central a Dios en nuestras vidas, nos recuerdan el valor de la fe.

    Oramos por ellos para que sean muy felices en su vocación y el Señor les premie su vida de oración continua.

 


viernes, 22 de mayo de 2026

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS (ciclo A)

 SE LLENARON TODOS DE ESPÍRITU SANTO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hoy celebramos la solemnidad de Pentecostés, a los cincuenta días de la Pascua. Con este domingo concluimos por este año el ciclo pascual, que durante siete semanas nos ha ayudado a profundizar en la mejor de las noticias, la que sostiene todo: Jesucristo vive resucitado y está con nosotros para siempre.

    El Señor Resucitado ya les había dado a los discípulos el Espíritu Santo en la tarde misma de la Pascua.

    La imagen es preciosa: Cristo resucitado entra pese a las puertas cerradas y sopla sobre ellos; su soplo es el Espíritu Santo que le llena. Por este motivo, Jesús les había dicho muchas veces que era conveniente que se fuera al Padre para poder recibir el Paráclito-Defensor, el Espíritu de la verdad.

    El aliento de vida del Resucitado es el Espíritu Santo; esto solamente ocurre después de que Jesús haya resucitado; ahora Él es el transmisor del Espíritu.

    La misma tarde de la Pascua el Señor ya les da el Espíritu y les envía, como el Padre le envío a Él, a cumplir la misión del Reino. Pero la misión es enorme, universal: “id a todos los pueblos de la tierra y hacedles discípulos míos bautizándoles en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.

    Algo que resulta demasiado para ellos; apenas son un grupo de discípulos que viven con sorpresa y desconcierto la resurrección de su Maestro, al que consideraban muerto.

    El soplo del Señor Resucitado les hace capaces de perdonar con el perdón mismo de Dios. Quien perdona destierra la división y crea armonía y unidad, en uno mismo y en la relación con los demás. Esta idea de que el Espíritu Santo crea unidad es importante para entender lo que ocurre en Pentecostés.

    Pero el miedo a la persecución puede en ellos más que el mandato de la misión. Por eso, aunque ha soplado sobre ellos el Espíritu, aún se quedan en Jerusalén, llevando una vida de clandestinidad, compartiendo la fe entre ellos, como un grupito invisible.

    En Pentecostés todo va a cambiar: estaban reunidos y, de pronto, la sala se llena de dos manifestaciones bíblicas del Espíritu: viento y fuego. El viento ya aparecía en el momento de la creación del mundo como viento que sopla sobre las aguas, las ordena y las llena de vida. Es el viento del Espíritu como el aliento que sopla sobre los discípulos el Resucitado. Y el fuego, que da calor y vida a los que aún estaban tristes y mortecinos.

    Cuando el Espíritu Santo les llena, los discípulos empiezan a hablar de las grandezas de Dios en lenguas diversas, que no podían conocer porque eran sencillos galileos. Empiezan a testimoniar la fe de manera que les pueden oír predicar personas llegadas de todos los confines de la tierra, de aquellos lugares a los que van a ser enviados como misioneros los discípulos de Jesús.

    En Pentecostés nace la Iglesia misionera, la Iglesia universal que Jesús quiso. Ya no serán un grupito judío, serán sal y luz para el mundo entero, levadura enterrada en la masa del mundo para ir transformándolo hasta que el Señor regrese como prometió.

    El Espíritu Santo les desinstala y nos desinstala: salid de vuestras comodidades y seguridades, de vuestros aburrimientos y apatías. ¡Hay tanto que hacer!, ¡Hay tantos a los que debemos anunciar la Buena Noticia que trae alegría y salvación, ¡Hay tanta necesidad de Dios en este mundo!

    Si hoy mismo, por la acción del Espíritu Santo, como en el primer Pentecostés, cada católico descubriera que es un misionero enviado a aquellos con los que vive, el mundo cambiaría radicalmente, sería una fuerza evangelizadora imparable.

    Se lo pedimos hoy a Dios, que renueve la presencia transformadora y misionera del Espíritu Santo en cada uno de nosotros.

 


jueves, 14 de mayo de 2026

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (ciclo A)

 YO ESTARÉ CON VOSOTROS TODOS LOS DÍAS HASTA EL FIN DEL MUNDO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    A los cuarenta días de su Pascua, después de haberles encomendado continuar con la misión del Reino, el Señor Jesús resucitado asciende a los cielos ante la mirada de sus apóstoles. Vuelve al Padre, como les había anunciado: “ahora me vuelvo al Padre”.

    Del Padre Dios vino un día, descendiendo desde su ser de Hijo de Dios hasta nuestra naturaleza humana para compartirla, para hacerse uno con nosotros, Emmanuel. No se ahorró ninguna de las experiencias que implica ser hombre, ni las buenas ni las malas; todas las vivió como uno de nosotros, igual en todo menos en el pecado.

    A los seres humanos, que siempre luchamos por ascender, por tener más, por poder más, por saber más que el resto, nos mostró con el ejemplo de su vida que la alegría verdadera está en descender, por amor, hacia el que está más abajo: “este es el primero entre vosotros, el que sirve al resto”.

    El Resucitado asciende al cielo, vuelve al Padre, porque ya su misión ha concluido: ha dejado formada una pequeña Iglesia, una familia de discípulos, que guardará sus palabras y continuará con sus obras. Anunciarán la Buena Noticia a los pobres, sanarán a los enfermos, liberarán a los oprimidos, reconciliarán a los pecadores.

    Esta pequeña comunidad de hermanos que se quieren será la levadura que fermente el mundo entero, poco a poco, hasta que Él regrese. Serán la sal de la tierra y la luz del mundo.

    No les deja solos, no nos deja solos, porque seguirá entre nosotros, solo que de otro modo. Ya no van a poder verle ni tocarle, pero los signos de su presencia quedarán permanentemente, especialmente aquellos que mostró a los dos discípulos en el camino a Emaús: la Comunidad reunida en su nombre, la Palabra viva y la Fracción del pan. Cada vez que queramos encontrarle, podremos hacerlo ahí.

    Y acompañará para siempre a sus discípulos, cumpliendo su promesa de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, mediante su Espíritu Santo, defensor y maestro, que no solo va a estar con sus creyentes, sino que va a habitar dentro de ellos.

    La Ascensión que hoy celebramos no es, por tanto, una despedida, sino el comienzo de un tiempo nuevo. Si el Resucitado no se hubiese ido de este modo, volviendo al Padre ante los ojos de sus discípulos, estos nunca se hubieran responsabilizado de la misión encomendada. Es necesario que le vean partir para que entiendan que comienza el tiempo del Espíritu y de la Iglesia.

    La escena ocurre en un monte, del que no conocemos el nombre. El monte es lugar de manifestación de Dios en el Antiguo Testamento, y lo es en el tiempo de Cristo, porque en el monte enseña el programa de vida para sus discípulos, las bienaventuranzas, y en el monte se transfigura ante ellos.

    Es un monte de Galilea, el lugar donde comenzó su vida pública y donde tienen que comenzar su misión los discípulos. En la Galilea de los gentiles, que decían despectivamente los judíos ortodoxos porque se la consideraba una zona de poca religiosidad; pero Jesús dijo que no había venido a buscar a los sanos, sino a los enfermos, a los pecadores, antes que a los justos que no lo necesitan.

    Las últimas palabras que les dirige son un mandato para la Iglesia de todos los tiempos: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.

    Bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es introducir en la vida de amor de Dios, en su comunión. De modo que el bautizado sigue viviendo en el mundo, pero con la vida divina dentro.

    Además de bautizar hay que enseñar a los bautizados todo lo que Jesús nos ha enseñado, ayudándoles a profundizarlo y a vivirlo.

    Esta misión nos toca a todos. Estas palabras van para todos, cada cual según su vocación y carisma, según su lugar y su tarea en el mundo y en la Iglesia.

    La Ascensión no es una escena de despedida. Jesucristo nos pasa el relevo para continuar la obra que él inició: transformar este mundo en el Reino de Dios. Es la mejor prueba de que, aunque conoce nuestras limitaciones e incoherencias, confía plenamente en nosotros.

Feliz fiesta de la Ascensión del Señor.

jueves, 7 de mayo de 2026

SEXTO DOMINGO DE PASCUA (ciclo A)

 NO OS DEJARÉ HUÉRFANOS, VOLVERÉ A VOSOTROS

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

Este es el último domingo antes de la Ascensión del Señor. El Señor resucitado está completando ya su misión: fortalecer la fe de sus discípulos, hacerles experimentar su resurrección gloriosa, por la que ha vuelto a la Vida venciendo la muerte. Ahora deja en sus manos, en las manos de la Iglesia que ha fundado sobre ellos, la misión de hacer crecer el Reino de Dios en este mundo hasta que Él vuelva.

Ese tono de despedida nos lo da el evangelio, continuación del discurso del capítulo catorce del evangelio según san Juan. Son palabras que brotan del corazón de Cristo justo antes de su Pasión, que él vive como su vuelta al Padre.

“Dentro de poco el mundo ya no me verá” … pero “No os dejaré huérfanos”, es su promesa.

¿Cómo va a cumplirla? Por medio del Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la verdad. Cristo va a pedir al Padre que lo envíe y permanezca siempre a nuestro lado. La Pascua encuentra así su culminación en el envío del Espíritu Santo en Pentecostés.

Es cierto que ya, el primer día de la Pascua, el Resucitado se hizo presente en medio del grupo de discípulos atemorizados y sopló sobre ellos diciéndoles: “Recibid el Espíritu Santo”. Pero ahora se trata de la promesa de una presencia permanente de este, que va a habitar a los creyentes en Jesús: “vosotros lo conocéis porque vive con vosotros y está con vosotros”.

¿Somos conscientes de lo que significan estas palabras?, ¿Somos conscientes de que, desde el día de nuestro bautismo, llevado a plenitud por la confirmación, somos templos del Espíritu Santo cada uno de nosotros?

Podemos encontrar en el Espíritu fortaleza, consuelo, guía, ánimo, siempre que queramos. No tenemos que mirar hacia el cielo para invocar al Espíritu Santo, porque ya estamos habitados por él, ya somos su morada.

Es el Espíritu de la verdad quien hace que no se nos olviden las enseñanzas del Maestro, pues nos ayuda a recordarlas, a interpretarlas con más profundidad y a comprender su sentido. Y gracias al Espíritu podemos reconocer que Cristo sigue vivo, que está con nosotros.

La fe cristiana, cuando es una fe viva de verdad, es mucho más que ser buenos o tener unas prácticas religiosas. Es vivir en Dios permanentemente, injertados en el amor del Dios Trinidad, tal y como nos dice Cristo: “Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros”. Esto es algo tan maravilloso que no acertamos ni a expresarlo ni a entenderlo.

Quien lo descubre, aunque sea un poco, nunca se siente solo del todo, nunca se siente huérfano. Hay una condición para mantener esa vida maravillosa: el amor a Jesús. No un amor de palabras o de bonitos deseos. El amor que pide él es real y concreto: “si me amáis guardaréis mis mandamientos, el que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”.

En la primera lectura vemos cómo la fe lleva la alegría a la ciudad de Samaría. El diácono Felipe, cuya elección con otros seis diáconos era la primera lectura el domingo anterior, predica el Evangelio, la Buena Noticia y la ciudad se llena de alegría y de curación.

No podemos dejar de compartir esta buena noticia de la Pascua con los que tenemos alrededor, dispuestos a dar siempre razón de nuestra esperanza con delicadeza y respeto, como pide san Pedro en la segunda lectura.

Porque es un mensaje que cambia a mejor los corazones y las vidas y nosotros, cada uno de nosotros, impulsados por el Espíritu Santo, somos misioneros.

 


SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI (ciclo A)

 EL QUE COME, VIVIRÁ POR MÍ COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA      Hoy es el domingo del Corpus Christi, el Cuerpo de Cristo; es el domin...