EL QUE NO CARGA SU CRUZ Y ME SIGUE...
COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA
En
el evangelio de este domingo, Jesús sigue preparando a sus enviados para la
misión. Una misión que debe continuar hasta que él regrese glorioso y en la
que, por tanto, estamos nosotros implicados ahora.
Si
en el domingo pasado nos invitaba a no temer, a contar desde las azoteas y a
plena luz del día su mensaje, “No tengáis miedo de los hombres”, en este nos
dirige palabras que, de primeras, nos pueden resultar duras y, quizás, hasta
excesivas: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de
mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el
que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”.
¿Cómo
puede pedir alguien semejante cosa?, ¿Quién puede hablar así? Desde luego que
la familia es un valor esencial en nuestra vida; es el valor que resiste incluso
cuando los demás se desmoronan. De hecho, en estos momentos en los que parece
que se va perdiendo la confianza en todas las instituciones humanas, se sigue
confiando en la familia.
Un
hombre, aunque sea sabio y bueno, no puede pronunciar esas palabras de Jesús ni
pedir algo así… sólo Dios puede pedirlo. Sabemos que el primer mandamiento de
la Ley de Dios es precisamente: Amarás a Dios sobre todas las cosas, con todo
tu corazón, tu alma y tu ser.
Jesucristo
al decir que quien le siga debe amarle incluso más que aquello que más se
quiere, la propia familia, está hablando como Dios mismo y no como un simple
hombre.
Dios
es el valor más importante, el centro de la vida del cristiano. Y nada ni nadie
puede ocupar ese lugar que le corresponde: ni las cosas, ni las personas. Ni
siquiera las más queridas, como son la familia. Ni nada ni nadie.
Muchas
veces la familia es el lugar en el que crecemos a la fe, en la que la vivimos y
los que nos rodean cada día nos ayudan a creer.
Pero
reconozcamos que no siempre ocurre así: hay familias que son una barrera para
la fe cristiana de sus miembros: padres que se oponen a la vocación de sus
hijos o que se niegan a que sean bautizados o hagan la primera comunión, aunque
los niños lo deseen, esposos que llevan mal que sus esposas sean creyentes y
vayan a la iglesia, hijos o nietos que se burlan de la fe de sus mayores. Todo
eso ocurre entre nosotros, y desgraciadamente, con bastante frecuencia.
Por
no hablar de las religiones en las que abrazar la fe cristiana puede suponer la
expulsión de tu casa o la persecución de tu propia familia.
En
definitiva, la familia es un don de Dios… pero no es Dios. Solo Dios es Dios y
nada puede ocupar su lugar primero. Nada ni nadie.
En
el evangelio de este domingo hay más sentencias de Jesús. “El que os recibe a
vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado”.
Jesús se identifica con sus enviados, con sus discípulos y apóstoles y será
recompensado hasta un simple vaso de agua que se les dé por ser sus discípulos.
Como
antes Dios se identificó con sus profetas y bendijo a quienes les recibían,
según acabamos de escuchar en la historia del profeta Eliseo; Dios bendice con
la esperada descendencia a una humilde familia que da de lo poco que tiene para
acoger al hombre de Dios que llega a su pueblo.
Esta palabra de Jesús nos puede invitar a
preguntarnos si nos identificamos con la misión de la Iglesia, si la hacemos
nuestra y si colaboramos y queremos a los pastores que Dios nos da.
“No
está bien tirar piedras contra el propio tejado”, dice la sabiduría popular. Y
el tejado que nos cobija a todos como familia de los hijos de Dios es el de la
Iglesia. Somos parte de ella y, aunque no es perfecta, como no lo es nuestra
propia familia, es nuestro hogar de la fe.
No
seamos nosotros de los que participan en las críticas ácidas y
desproporcionadas; al contrario, demos la cara por nuestra Iglesia y
participemos activamente de su misión.
Acojamos
la Palabra de Dios de este domingo que nos invita a dar con amor de lo mucho o
poco que tenemos, porque cada gesto de amor sincero no quedará sin recompensa,
y a poner a Dios en el centro de todo como primer valor desde el que se ordenan
todos los demás.
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