Unidad Pastoral de Villaobispo
Parroquias de Villaobispo de las Regueras, Villamoros de las Regueras, Villarrodrigo de las Regueras, Robledo de Torío, Villanueva del Árbol y anejos de Canaleja de Torío y Castrillino
miércoles, 23 de septiembre de 2026
martes, 22 de septiembre de 2026
DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)
¿QUIÉN DE LOS DOS CUMPLIÓ LA VOLUNTAD DEL PADRE?
COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA Cada
domingo al ser proclamadas las lecturas es Dios quien nos habla. Al escuchar a los
profetas y recordar los sucesos de la historia de Israel, los llevamos a
nuestra propia vida, porque ahora nosotros somos su pueblo amado y su historia
sagrada nos habla de nuestra propia historia.
Y al escuchar el evangelio, es Jesús quien
nos habla. No se cansa de hacerlo, aunque a veces su semilla encuentre en
nosotros una tierra endurecida. Es lo que sucede cuando pensamos “ese evangelio
ya lo he escuchado, ya sé de qué habla” o “ya sé bien lo que dice el Evangelio,
pero vivir en el mundo de hoy es otra cosa”.
Aunque seamos tantas veces esa tierra dura,
con cardos y piedras que son nuestras resistencias interiores, el sembrador de
la Palabra no se cansa de sembrar en nosotros.
El evangelio de hoy es una parábola y su
aplicación. La parábola la entendemos muy bien: un padre que tiene dos hijos. Son
muy diferentes entre sí: uno es el bueno, el que le llama “Señor” y se muestra
cumplidor a la primera; el otro es el rebelde, el que responde de manera brusca
diciendo “no quiero ir” cuando el padre le pide ir a trabajar en la viña.
Pero resulta que el rebelde y malo
recapacita y va a hacer lo mandado, termina cumpliendo la voluntad del padre. En
cambio, el que supuestamente era bueno y complaciente, se queda en las buenas palabras,
pero no va al trabajo.
Jesús pregunta a los sumos sacerdotes y
ancianos del templo, que eran los oficialmente buenos del pueblo hebreo:
"¿Quién de los dos cumplió la voluntad del Padre?”. La respuesta está bien
clara: aquel que pasó de las palabras e intenciones a las obras.
Jesús dijo en otra ocasión: “No todo el que
me dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino aquel que cumple
la voluntad de mi Padre del cielo”.
¿Pasamos de las palabras a las obras… o nos
quedamos en estas?
Cuando escucho la llamada insistente de
Jesús a perdonar de corazón, a acoger al diferente y a comprenderle, a
compartir con generosidad, sin tacañería… ¿se produce algún cambio real y
efectivo en mí o solo me quedo en los buenos propósitos, las buenas ideas y las
buenas palabras?
Cada domingo escuchamos la Palabra de Dios
y la palabra de Jesucristo. Ojalá que sí las escuchemos con verdadero interés y
acogida. Pero, al salir del templo, es cuando tenemos que empezar a vivirlas en
la vida concreta y con los que tenemos alrededor. Aunque sea con un pequeñísimo
cambio en algo, la Palabra de Dios no nos puede dejar exactamente igual que
antes de oírla.
Jesús
se confronta con los sacerdotes y ancianos del pueblo, que eran los guías
espirituales del pueblo israelita. No lo hace por polemizar, sino para
provocarles y moverles a una conversión real.
Porque al considerarse a ellos mismos tan
suficientemente buenos, tan sobradamente religiosos y justos, estaban cerrados
a la llamada de Dios que les está llegando por Jesús.
En cambio, los pecadores, los últimos, los
despreciados, acogían la llamada de Dios a través de las predicaciones de Juan
Bautista y de Jesús, se convertían de su pecado, imploraban el perdón y así entraban
en el Reino de Dios.
El profeta Isaías lo dice: “cuando el malvado
se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él
salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente
vivirá y no morirá”.
Son palabras muy duras las de Jesús: “los
publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios”.
Estos marginados son como el hijo rebelde de la parábola que ha contestado al
padre “No quiero ir”, pero, al recapacitar, cumple lo que se le ha mandado.
Hoy la Palabra de Dios es una llamada que
nos interroga:
¿Cuál
de los dos hijos de la parábola soy yo?
¿El
que se queda en las buenas intenciones y palabras o el que pasa de las ideas a
las obras y da frutos reales de conversión?
Cada
domingo al ser proclamadas las lecturas es Dios quien nos habla. Al escuchar a los
profetas y recordar los sucesos de la historia de Israel, los llevamos a
nuestra propia vida, porque ahora nosotros somos su pueblo amado y su historia
sagrada nos habla de nuestra propia historia.
Y al escuchar el evangelio, es Jesús quien
nos habla. No se cansa de hacerlo, aunque a veces su semilla encuentre en
nosotros una tierra endurecida. Es lo que sucede cuando pensamos “ese evangelio
ya lo he escuchado, ya sé de qué habla” o “ya sé bien lo que dice el Evangelio,
pero vivir en el mundo de hoy es otra cosa”.
Aunque seamos tantas veces esa tierra dura,
con cardos y piedras que son nuestras resistencias interiores, el sembrador de
la Palabra no se cansa de sembrar en nosotros.
El evangelio de hoy es una parábola y su
aplicación. La parábola la entendemos muy bien: un padre que tiene dos hijos. Son
muy diferentes entre sí: uno es el bueno, el que le llama “Señor” y se muestra
cumplidor a la primera; el otro es el rebelde, el que responde de manera brusca
diciendo “no quiero ir” cuando el padre le pide ir a trabajar en la viña.
Pero resulta que el rebelde y malo
recapacita y va a hacer lo mandado, termina cumpliendo la voluntad del padre. En
cambio, el que supuestamente era bueno y complaciente, se queda en las buenas palabras,
pero no va al trabajo.
Jesús pregunta a los sumos sacerdotes y
ancianos del templo, que eran los oficialmente buenos del pueblo hebreo:
"¿Quién de los dos cumplió la voluntad del Padre?”. La respuesta está bien
clara: aquel que pasó de las palabras e intenciones a las obras.
Jesús dijo en otra ocasión: “No todo el que
me dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino aquel que cumple
la voluntad de mi Padre del cielo”.
¿Pasamos de las palabras a las obras… o nos
quedamos en estas?
Cuando escucho la llamada insistente de
Jesús a perdonar de corazón, a acoger al diferente y a comprenderle, a
compartir con generosidad, sin tacañería… ¿se produce algún cambio real y
efectivo en mí o solo me quedo en los buenos propósitos, las buenas ideas y las
buenas palabras?
Cada domingo escuchamos la Palabra de Dios
y la palabra de Jesucristo. Ojalá que sí las escuchemos con verdadero interés y
acogida. Pero, al salir del templo, es cuando tenemos que empezar a vivirlas en
la vida concreta y con los que tenemos alrededor. Aunque sea con un pequeñísimo
cambio en algo, la Palabra de Dios no nos puede dejar exactamente igual que
antes de oírla.
Jesús se confronta con los sacerdotes y ancianos del pueblo, que eran los guías espirituales del pueblo israelita. No lo hace por polemizar, sino para provocarles y moverles a una conversión real.
Porque al considerarse a ellos mismos tan suficientemente buenos, tan sobradamente religiosos y justos, estaban cerrados a la llamada de Dios que les está llegando por Jesús.
En cambio, los pecadores, los últimos, los despreciados, acogían la llamada de Dios a través de las predicaciones de Juan Bautista y de Jesús, se convertían de su pecado, imploraban el perdón y así entraban en el Reino de Dios.
El profeta Isaías lo dice: “cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”.
Son palabras muy duras las de Jesús: “los
publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios”.
Estos marginados son como el hijo rebelde de la parábola que ha contestado al
padre “No quiero ir”, pero, al recapacitar, cumple lo que se le ha mandado.
Hoy la Palabra de Dios es una llamada que
nos interroga:
¿Cuál
de los dos hijos de la parábola soy yo?
¿El
que se queda en las buenas intenciones y palabras o el que pasa de las ideas a
las obras y da frutos reales de conversión?
jueves, 17 de septiembre de 2026
DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)
MIS PLANES NO SON VUESTROS PLANES,
MIS CAMINOS NO SON VUESTROS CAMINOS
COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA
En la primera lectura de hoy, Dios dice por medio del profeta
Isaías: “mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis
caminos”.
Muchas veces cuando decimos que Dios es justo o que Dios
castiga o, incluso, que Dios ama, pensamos en un Dios a nuestra medida, con nuestra
forma humana de amar, ser justos o castigar. Pero entonces estamos haciéndonos una
imagen humana de Dios, y Dios es muy diferente a nosotros, que somos
simplemente criaturas.
La Palabra de Dios nos pide hoy cambiar nuestro modo de
pensar si queremos entender a Dios, como Él se nos da a conocer por medio de su Palabra. El modo de amar de Dios no es tan pobre, Él ama y bendice a lo
grande, más de lo que podamos pensar: “Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan
mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes”.
Bien claro nos lo presenta Jesús en la parábola del evangelio
de hoy. El salario de una jornada de peón en los campos era un simple denario,
y se ganaba trabajando de sol a sol: doce horas.
Cada jornada se dividía en estas partes que dice el
evangelio: del amanecer a media mañana, de media mañana a mediodía, y del
mediodía a media tarde. Al patrón solo le salía a cuenta contratar para una
jornada completa.
Pero Jesús nos dice que hay un señor, diferente a todos los
demás amos, que va contratando como jornaleros a todos los que ve desocupados
en las diferentes horas del día. Y a todos les paga por igual: un denario, el
sueldo de una jornada completa. Incluso a los que ha contratado justo antes de
terminar la jornada, una hora antes de que se ponga el sol, les paga lo mismo.
Los que han trabajado de sol a sol protestan. Seguramente
nosotros haríamos también lo mismo. Pero, ciertamente, el amo no les ha hecho
ninguna injusticia, porque les ha pagado justo lo que había acordado con ellos.
Lo que les molesta a estos contratados a primera hora es el
exceso de bondad que tiene el amo para con los últimos. Como, en la parábola
del hijo pródigo, al hijo mayor le molesta el exceso de bondad del padre para
con el hijo menor, que después de una vida de perdición vuelve a casa y, aun
así, es tratado con amor.
El exceso de bondad nos desconcierta porque la mayoría de
nosotros no somos así. Quisiéramos más justicia, nuestra justicia, y más mano
dura. Pero es que Dios es Dios y, volviendo a lo que decíamos al inicio, no
podemos proyectar en Dios nuestra pequeñez a la hora de amar y de compartir.
La actitud de Jesús hacia los pecadores, hacia los
extraviados de su sociedad, desconcertaba a muchos, porque le veían demasiado
comprensivo, demasiado perdonador, demasiado bueno. No entienden que Jesús les está
acogiendo y amando con el amor de Dios, que es infinitamente más grande que el
de los hombres.
Ser discípulos de Jesús requiere de una conversión
permanente: dejar de amar al estilo humano y empezar a amar al estilo de Dios.
Esa es la meta que nos señala Jesús: “sed perfectos como vuestro Padre del
cielo es perfecto”. Porque para dar solo a los que nos dan, prestar a aquellos
que sabemos que nos devolverán, saludar a los que nos saludan, acoger a los que
se lo merecen, no hace falta ser cristianos. Eso lo hacen también los
publicanos y los pecadores, dice Jesús.
Esta transformación para llevar una vida digna del Evangelio de Cristo, como pide el apóstol Pablo en la segunda lectura, es una tarea de toda la vida que nunca terminamos, y que solo es posible si actúa en nosotros la gracia de Dios que recibimos en los sacramentos de la Iglesia, porque con nuestras fuerzas resultaría imposible.
Feliz Domingo.
COMENZAMOS CON LA CATEQUESIS 2026-2027
CATEQUESIS DE INICIACIÓN CRISTIANA CURSO 2026-2027
Comenzamos la Catequesis de Iniciación Cristiana este curso.
jueves, 10 de septiembre de 2026
DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)
NO GUARDES RENCOR A TU PRÓJIMO
COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA
“El
Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”.
Así
hemos repetido con el salmo de este domingo. Los cristianos tenemos la inmensa
suerte de conocer a Dios tal y como su Hijo Jesús nos lo mostró: como un Padre
compasivo, misericordioso, clemente, que no lleva cuentas del mal, que disfruta
con el perdón.
La
experiencia más parecida al amor de Dios que hay en este mundo es el amor de nuestros
padres. Los padres no llevan cuentas del mal, no se cansan de perdonar y de
acoger, saben disculpar los errores e ingratitudes de sus hijos porque el amor es
lo más fuerte en ellos. Aunque sea un desastre … ¡es mi hijo!
Jesús
vino del Padre a compartir nuestra vida para enseñarnos vivir como hijos que se
saben amados y acogidos pese a todo, estén como estén y sean como sean, sin
miedos y con confianza.
Nos
dijo que así debíamos llamar y orar a Dios: llamándole Padre Nuestro.
Y,
si queremos ser buenos hijos, nos debemos parecer a nuestro Padre Dios.
La
Palabra de Dios de Dios de este domingo nos habla del rasgo que más debemos
imitar. No podemos imitarle en su sabiduría ni en su omnipotencia, porque somos
muy limitados. Pero sí debemos imitarle en su compasión y su misericordia,
porque nos ha dado la capacidad de perdonar y amar.
Esto
es algo que ya el pueblo de Israel, en la alianza anterior a Jesús, conocía
bien.
El
libro de sabiduría llamado Eclesiástico, que hemos escuchado en la primera
lectura, nos lo ha dicho con toda claridad: “Perdona la ofensa a tu prójimo y,
cuando reces, tus pecados te serán perdonados. Si un ser humano alimenta la ira
contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor? Si no se compadece de
su semejante, ¿cómo pide perdón por sus propios pecados?”.
No
puede estar más claro: Dios nos perdona siempre, pero tenemos que saber
perdonar nosotros. Cuando rezamos el Padre Nuestro así lo pedimos: perdona
nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
El
perdón puede ser difícil, o incluso muy difícil si la ofensa recibida es grande,
pero es necesario. El perdón rompe las cadenas del rencor y del deseo de
venganza, que es una atadura que nos quita la paz y no nos deja vivir
tranquilos.
Puede
que nos resulte imposible reconciliarnos con alguien cuando la otra persona no
desea acoger nuestro perdón, pero si hemos hecho lo posible por lograrlo y
perdonarle de corazón tendremos paz.
Cada
uno responde ante Dios por la parte que le corresponde hacer en la
reconciliación, no por lo que no hagan los demás ni por su respuesta.
La
parábola del Evangelio no nos deja indiferentes. A cualquiera de nosotros le
parece mal la actitud de aquel siervo desagradecido: aunque le ha sido
perdonada una deuda impagable, de una cantidad desorbitante, no es capaz de
perdonar la pequeña deuda que le debe su compañero y se dedica a maltratarlo.
Es
normal que, al saberlo, su amo le llame indignado y le haga ver la
contradicción total de su comportamiento.
¿No
podemos decir cada uno de nosotros que alguna vez, o más de alguna, hace lo
mismo que el siervo de la parábola?
¿No
he pedido perdón a Dios y, a la vez, yo no he sido capaz de perdonar de verdad?
Jesús
quiere que nosotros, sus amigos y discípulos, demos testimonio del poder
liberador y sanador del perdón, en un mundo de corazones endurecidos y rencores
que incluso se heredan de padres a hijos.
Necesitamos
experimentar el perdón para parecernos a Dios y lo necesitamos para ser más
libres y más felices.
Pidamos
hoy este regalo: la capacidad de perdonar recordando cuantas veces hemos sido
perdonados.
viernes, 4 de septiembre de 2026
DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)
YO ESTOY EN MEDIO DE ELLOS
COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA Hoy
vivimos mucho mejor, en general, que hace, por ejemplo, 60 años. En el plano
material esto no lo podemos negar: se viven más años y con más calidad de vida generalmente,
disfrutamos de alimentos más variados, de más adelantos para comunicarnos con
los que nos importan, de más oportunidades…
Pero
hay algo en nuestra sociedad que lamentamos, aunque, en realidad, todos seamos
parte de este mal: nos hemos vuelto muy individualistas. Parece que nos cuesta
relacionarnos, conocer y que nos conozcan, formar parte de algo, de una
familia, de un grupo, de un pueblo, de una parroquia…
Porque
esto de ir “cada uno a su bola” afecta también a nuestra forma de vivir la fe
cristiana. Muchos católicos hoy quieren cumplir con el precepto de la misa
dominical en iglesias en las que nadie les conoce ni ellos conocen a nadie, sin
echar raíces en ninguna comunidad parroquial. Como si la fe fuese una
experiencia de uno mismo con Dios y no necesitase de una comunidad cristiana, o
como si fuese posible encontrarse con Dios prescindiendo del hermano. Esto pasa
más en las ciudades, pero también pasa en nuestros pueblos.
Pues
la palabra de Dios de este domingo nos invita a pensar que nuestra fe es
comunitaria y que tenemos una responsabilidad los unos para con los otros.
Aunque
a nadie nos gusta que los demás se metan en nuestras vidas, a veces hay que
hacerlo si es buscando el bien del hermano.
Sí,
de eso nos habla la Palabra de Dios de este domingo.
¿Para
qué escoge Dios al profeta Ezequiel si no es para que hable y corrija a sus
paisanos, los israelitas? Para el profeta sería mucho más fácil callar y pasar
inadvertido. Es mucho más fácil callar ante el pecado y el error del otro que
intentar hacérselo ver.
Pero
Dios le dice al profeta que si calla se hace cómplice, y que la muerte que le
traiga el pecado traerá también su propia muerte por desentenderse. Y si le
ayuda a salvarse, se salva también él. Nuestra salvación personal, entonces,
depende también de cómo nos responsabilizamos de los demás.
Este
mensaje es algo totalmente opuesto a muchas de las frases que tanto nos
repetimos para tranquilizar nuestras conciencias: “Allá cada cual”, “yo no soy
quien para meterme en la vida de nadie” o “ya tengo bastante con lo mío”, y otras
parecidas.
Cuando
decimos todo esto, estamos poniendo una separación total entre mi vida y la
vida de los demás, como si no estuviésemos todos interconectados y no fuéramos,
en el fondo, dependientes los unos de los otros.
Jesús
en el evangelio nos lo deja igual de claro al darnos estas instrucciones sobre
la corrección fraterna: corrige a tu hermano, primero tú solo, después con
otros… no te desentiendas de su salvación, porque en ella está también en juego
la tuya.
Y
san Pablo nos ha recordado, en la segunda lectura, que la plenitud de la Ley,
es decir de lo que Dios quiere y espera de nosotros, es el amor, y el que ama
de verdad ha cumplido la Ley completa, porque no hace el mal a su prójimo, sino
que busca en todo su bien.
“Lo
que atéis en la tierra quedará atado en los cielos” y “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para
pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos”, son dos frases del
Señor que tenemos que tener muy presentes cuando nos venga la tentación de
vivir la fe de forma individualista y sin ninguna comunidad. No es posible; la
fe en Jesús no puede vivirse sin hermanos a los que querer y de los que
preocuparse.
El Señor Jesús, después de resucitar y ascender
al Padre, se ha quedado de muchas formas entre nosotros: en la Eucaristía, en
los sacramentos, en su Palabra, en los pobres…
Pero una forma de estar entre nosotros, que no
puede nunca faltar para que sean reales las otras formas, es su presencia en la
comunidad de discípulos reunida en su nombre: “Donde dos o más se reúnen en mi
nombre allí estoy yo en medio de ellos”.
Ahora que estamos a punto de comenzar un nuevo
curso, desde esta Palabra de hoy, podemos preguntarnos en serio:
¿Vivo la fe de un modo individualista o me gusta
sentirme parte de mi comunidad parroquial?
¿Estoy dispuesto, si aún no lo hago, a formar
parte de alguno de los grupos que hay en nuestra Unidad Pastoral, para ir
creciendo en la fe junto a otros o para comprometerme en el servicio a los
necesitados?
Hoy
vivimos mucho mejor, en general, que hace, por ejemplo, 60 años. En el plano
material esto no lo podemos negar: se viven más años y con más calidad de vida generalmente,
disfrutamos de alimentos más variados, de más adelantos para comunicarnos con
los que nos importan, de más oportunidades…
Pero
hay algo en nuestra sociedad que lamentamos, aunque, en realidad, todos seamos
parte de este mal: nos hemos vuelto muy individualistas. Parece que nos cuesta
relacionarnos, conocer y que nos conozcan, formar parte de algo, de una
familia, de un grupo, de un pueblo, de una parroquia…
Porque
esto de ir “cada uno a su bola” afecta también a nuestra forma de vivir la fe
cristiana. Muchos católicos hoy quieren cumplir con el precepto de la misa
dominical en iglesias en las que nadie les conoce ni ellos conocen a nadie, sin
echar raíces en ninguna comunidad parroquial. Como si la fe fuese una
experiencia de uno mismo con Dios y no necesitase de una comunidad cristiana, o
como si fuese posible encontrarse con Dios prescindiendo del hermano. Esto pasa
más en las ciudades, pero también pasa en nuestros pueblos.
Pues
la palabra de Dios de este domingo nos invita a pensar que nuestra fe es
comunitaria y que tenemos una responsabilidad los unos para con los otros.
Aunque
a nadie nos gusta que los demás se metan en nuestras vidas, a veces hay que
hacerlo si es buscando el bien del hermano.
Sí,
de eso nos habla la Palabra de Dios de este domingo.
¿Para
qué escoge Dios al profeta Ezequiel si no es para que hable y corrija a sus
paisanos, los israelitas? Para el profeta sería mucho más fácil callar y pasar
inadvertido. Es mucho más fácil callar ante el pecado y el error del otro que
intentar hacérselo ver.
Pero
Dios le dice al profeta que si calla se hace cómplice, y que la muerte que le
traiga el pecado traerá también su propia muerte por desentenderse. Y si le
ayuda a salvarse, se salva también él. Nuestra salvación personal, entonces,
depende también de cómo nos responsabilizamos de los demás.
Este
mensaje es algo totalmente opuesto a muchas de las frases que tanto nos
repetimos para tranquilizar nuestras conciencias: “Allá cada cual”, “yo no soy
quien para meterme en la vida de nadie” o “ya tengo bastante con lo mío”, y otras
parecidas.
Cuando
decimos todo esto, estamos poniendo una separación total entre mi vida y la
vida de los demás, como si no estuviésemos todos interconectados y no fuéramos,
en el fondo, dependientes los unos de los otros.
Jesús en el evangelio nos lo deja igual de claro al darnos estas instrucciones sobre la corrección fraterna: corrige a tu hermano, primero tú solo, después con otros… no te desentiendas de su salvación, porque en ella está también en juego la tuya.
Y
san Pablo nos ha recordado, en la segunda lectura, que la plenitud de la Ley,
es decir de lo que Dios quiere y espera de nosotros, es el amor, y el que ama
de verdad ha cumplido la Ley completa, porque no hace el mal a su prójimo, sino
que busca en todo su bien.
“Lo
que atéis en la tierra quedará atado en los cielos” y “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para
pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos”, son dos frases del
Señor que tenemos que tener muy presentes cuando nos venga la tentación de
vivir la fe de forma individualista y sin ninguna comunidad. No es posible; la
fe en Jesús no puede vivirse sin hermanos a los que querer y de los que
preocuparse.
El Señor Jesús, después de resucitar y ascender
al Padre, se ha quedado de muchas formas entre nosotros: en la Eucaristía, en
los sacramentos, en su Palabra, en los pobres…
Pero una forma de estar entre nosotros, que no
puede nunca faltar para que sean reales las otras formas, es su presencia en la
comunidad de discípulos reunida en su nombre: “Donde dos o más se reúnen en mi
nombre allí estoy yo en medio de ellos”.
Ahora que estamos a punto de comenzar un nuevo
curso, desde esta Palabra de hoy, podemos preguntarnos en serio:
¿Vivo la fe de un modo individualista o me gusta
sentirme parte de mi comunidad parroquial?
¿Estoy dispuesto, si aún no lo hago, a formar
parte de alguno de los grupos que hay en nuestra Unidad Pastoral, para ir
creciendo en la fe junto a otros o para comprometerme en el servicio a los
necesitados?
domingo, 30 de agosto de 2026
HORARIOS SEPTIEMBRE 2026
XXIII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO
SÁBADO 5
20 H. VILLANUEVA (Misa vespertina)
DOMINGO 6
12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)
13 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)
12 H. VILLARRODRIGO (Misa)
13 H. VILLAOBISPO (Misa)
XXIV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO
SÁBADO 12
18 H. CANALEJA (Celebración de la Palabra)
20 H. ROBLEDO (Misa vespertina)
DOMINGO 13
12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra)
13 H. VILLAOBISPO (Celebración de la Palabra)
12 H. VILLAMOROS (Misa)
13 H. VILLANUEVA (Misa)
XXV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO
SÁBADO 19
20 H. VILLARRODRIGO (Misa vespertina)
DOMINGO 20
12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)
13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)
12 H. ROBLEDO (Misa)
13 H. VILLAOBISPO (Misa)
XXVI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO
SÁBADO 26
20 H. VILLAOBISPO (Misa vespertina)
DOMINGO 27
11 H. VILLAMOROS
12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)
12 H. VILLARRODRIGO
13 H. VILLANUEVA
14 H. CANALEJA (Misa de Difuntos)
FIESTAS DE LAS PARROQUIAS
Martes 8 VILLARRODRIGO (13
h.): Fiesta de la Natividad de Nuestra Señora
Sábado 26 CANALEJA (13 h.):
Fiesta de los santos Cosme y Damián
Martes 29 CASTRILLINO (13
h.): Fiesta de San Miguel Arcángel
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XXIII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO SÁBADO 5 20 H. VILLANUEVA (Misa vespertina) DOMINGO 6 12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra) 13 H. VI...
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YO ESTOY EN MEDIO DE ELLOS COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA Hoy vivimos mucho mejor, en general, que hace, por ejemplo, 60 años. E...
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SI ALGUNO QUIERE VENIR EN POS DE MÍ... COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA El domingo pasado escuchábamos en el evangelio cómo Pedro ...




