Mostrando entradas con la etiqueta Papa León XIV. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Papa León XIV. Mostrar todas las entradas

jueves, 19 de febrero de 2026

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA (ciclo A)

JESÚS FUE LLEVADO AL DESIERTO POR EL ESPÍRITU 

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Muchos de nosotros ya iniciamos el camino de la Cuaresma el pasado miércoles, con el signo humilde de recibir la ceniza cuaresmal. Para todos hoy es el primer domingo de este camino espiritual que nos llevará, ascendiendo, hasta la Pascua del Señor-

    El Papa León ha escrito en su mensaje para la Cuaresma del 2026: “La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas”.

    Es un tiempo de gracia, una oportunidad para dejar que Dios ocupe el centro de nuestras vidas, como dice el Papa, aquel lugar que le corresponde. Para que suceda así hay que dejarnos alcanzar por la Palabra de Dios que nos irá llegando cada día de la Cuaresma y que, si la recibimos como tierra buena y abierta, nos transformará.

    La Palabra de Dios nos descubre hoy algo que no podemos olvidar: somos pecadores, somos hijos de Adán y de Eva, los padres que cayeron en el Edén.

    Experimentamos cada día, como lo experimentaron ellos, la tentación del mal. Adán y Eva vivían rodeados de belleza, de armonía, de abundancia, en una creación perfecta en la que el pecado aún no había hecho mella.

    Pero prestan oído a la mentira del enemigo y se dejan seducir por ella: Dios os quiere sometidos, quiere que no abráis los ojos para que, así, no podáis hacerle sombra. En cambio, si le desobedecéis, podréis decidir por vosotros mismos en qué consiste el bien y el mal. Sólo si desobedecéis a Dios podréis ser plenamente libres.

    Esta es la tentación y la mentira original que están en el trasfondo de todas las tentaciones y mentiras posteriores: no te sometas a Dios, no existe el pecado. Sé libre, decide tú mismo qué es lo bueno y qué es lo malo.

    Desde esa desobediencia primera de los primeros padres, todo cambia: la creación se convierte en un lugar hostil que hay que someter y depredar, el prójimo es un enemigo del que hay que sospechar, Dios es un ser ausente, que puede ser ignorado, o temido como un juez, que debe ser negado y borrado de la vida si se quiere ser feliz.

    Como dice san Pablo, “por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos”.

    También el Señor experimentó la tentación, así que no nos asustemos si somos tentados. El evangelio de este primer domingo cuaresmal comienza así: “Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo”.

    Jesús es el Hijo amado del Padre, como le proclama la voz del cielo al salir del bautismo en el Jordán. El Hijo ha recibido una misión de su Padre: ha de vivir a fondo y en todo nuestra humanidad, para poder así redimirla y elevarla.

    Ser hombre implica, también, experimentar la tentación. El que atacó al primer Adán, ataca también al segundo Adán, Jesús. Las tentaciones de Jesús son también las nuestras; son las tentaciones de un fácil materialismo, el pan conseguido sin esfuerzo, la tentación de manipular a Dios en provecho propio, la tentación del poder sobre los demás.

    Todas se resumen, realmente, en una: desobedecer al Padre y buscar un camino para cumplir su misión que no pase por la entrega de la propia vida. Pero, allí donde cayó el primer Adán, vence Jesucristo, el nuevo Adán. ¿Cómo lo consigue? Con la fuerza de la Palabra de Dios, que tiene poder para derrotar a Satanás.

    Combatamos la tentación con el arma de la Palabra. Jesús nos ha mostrado cómo librar el combate cotidiano contra el mal que nos tienta. Confiando en Dios y en la fuerza de su Palabra viva.

    ¡Qué importante es que, en este tiempo de desierto, personal y comunitario, que es la Cuaresma, nos alimentemos más y mejor de la Palabra de Dios! Debemos leerla, meditarla, llevarla en la mente y en el corazón.

    Volviendo al mensaje del Papa León para la Cuaresma 2026, él subraya dos verbos, dos actitudes: Escuchar y Ayunar.

    Cuando escuchamos la Palabra de Dios que se proclama en la liturgia de la Iglesia, nos volvemos sensibles también para escuchar el clamor de las personas necesitadas, las que están cerca de nosotros y las que están lejos.

    Cuando ayunamos, experimentamos la necesidad de aquello que realmente importa, ordenamos nuestros caprichos y deseos, tantas veces desordenados, y nos sentimos más cercanos a los que tienen que ayunar forzosamente cada día por falta de alimentos.

    Entremos con el Señor Jesús en el desierto de la Cuaresma, lugar de escucha y de ayuno, para convertirnos a Dios y a los hermanos.

 

 


domingo, 15 de febrero de 2026

MENSAJE PARA LA CUARESMA 2026 DEL PAPA LEÓN XIV


 Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

 

Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia».[1]

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos».[2] El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios».[3] En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana».[4]

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  

Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

 Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.

LEÓN XIV PP.

jueves, 24 de julio de 2025

DOMINGO XVII TIEMPO ORDINARIO (ciclo C). V Jornada de los Abuelos y de los Ancianos.

 PEDID, BUSCAD, LLAMAD...

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    La primera lectura y el evangelio de hoy nos hablan de la oración.

    Abraham, que en la lectura del pasado domingo acogía la visita de Dios en forma de tres misteriosos peregrinos del desierto, intercede ante Dios por la salvación de los pocos justos que quedan en las ciudades pecadoras de Sodoma y Gomorra, ya que Yahvé le ha comunicado que serán destruidas por su corrupción.

    Es llamativo en esta escena como Abraham va negociando con Dios: si hay cincuenta justos, si hay cuarenta y cinco, si hay treinta, si hay diez… Es una oración de intercesión, porque Abraham no pide la salvación para él ni para su familia, que estaban fuera de aquellas ciudades.

    Pide en favor de otros, para que no sucumban, incluso sin conocerlos. Ya en esto tenemos una enseñanza importante acerca de la oración. Orar no puede ser sólo pedir, también hay que agradecer e interceder. Y no puede ser una oración egoísta, que pide solamente lo mejor para mí y para los míos. Quien ora de verdad debe hacerlo con un corazón abierto a las preocupaciones, sufrimientos y necesidades de la Iglesia y del mundo entero.

    Las llamadas “peticiones” de cada misa, la oración universal, no se deja nunca a nadie fuera. No se pide únicamente por los que estamos celebrando la eucaristía, sino por todos sin excepción. Es, por ello, un modelo, de esa oración sin fronteras.

    El mismo tema de la oración se retoma en el evangelio de hoy, compuesto de tres partes: el Padre Nuestro, la parábola del amigo importuno y el pasaje sobre la oración confiada. Las dos últimas partes tienen como tema central la perseverancia en la oración confiada.

    Jesús enseña a sus discípulos porque le preguntan, quieren saber cómo orar. Los discípulos han comprobado que el Maestro se retira a rezar con frecuencia y ven que reza de un modo distinto.

    El evangelista Lucas lo menciona muchas veces. Suele presentar a Jesús orando a solas en los momentos cruciales de su vida. Además, se dirige a Dios como “Abba”, “Padre, Papá”, mostrando una cercanía y confianza propias de un hijo que se siente permanentemente querido.

    Jesús, en su oración, da gloria al Padre y pide la salvación de los hombres. Rara vez pide por sí mismo (solo en la oración de Getsemaní y en la cruz). En definitiva, Jesús era hombre de oración, los discípulos lo ven y le preguntan cómo han de orar.

    Aunque ellos ya rezaban como pedían las costumbres judías, le piden que les enseñe este modo de orar propio; quizá tenían la sensación de no saber orar o de hacerlo mal. También, a veces, nos pasa a nosotros que no sabemos cómo rezar; San Pablo dice que “no sabemos orar como nos conviene”.

    La mejor oración, la más elevada, siempre será rezar el Padre Nuestro, porque nos la ha enseñado el Hijo para que se la dirijamos al Padre con Él. Si rezamos el Padre Nuestro con sentido, pasando por el corazón lo que decimos con la lengua, y no de un modo mecánico, este contiene todo lo que uno puede pedir a Dios.

    No hay deseo legítimo presentable ante Dios que no esté contenido, directa o implícitamente: su glorificación (santificado sea tu nombre), el cumplimiento de su voluntad (empezando en mí), el pan (material y espiritual) para uno mismo y los demás, la concordia entre los hombres (con el perdón), etc.

    Por ser el domingo más cercano a la festividad de San Joaquín y Santa Ana, hoy celebramos en la Iglesia la V Jornada de los Abuelos y los Mayores. El Papa León ha escrito para animar este día un precioso mensaje titulado: Feliz el que no ve desvanecerse su esperanza.

    El Papa nos recuerda cómo, en la Biblia, muchas veces Dios escoge a personas ancianas para realizar una acción salvadora, por ejemplo, Moisés, Abraham, Sara, Zacarías, Isabel. En la sociedad actual prima la Juventud, sentirse lleno de fuerzas, sin achaques ni arrugas, como si la ancianidad fuese una enfermedad.

    Pero Dios manifiesta que los ancianos son depósitos de fe, de valores, de esperanza, que la Iglesia y el mundo necesitamos. Así, dice el papa León, “¡Cuán a menudo nuestros abuelos han sido para nosotros ejemplo de fe y devoción, de virtudes cívicas y compromiso social, de memoria y perseverancia en las pruebas! Este hermoso legado, que nos han transmitido con esperanza y amor, siempre será para nosotros motivo de gratitud y de coherencia”.

    En esta Jornada de los Abuelos y los Ancianos, damos gracias a Dios por sus vidas largas y llenas de frutos. Que los mayores se sientan animados a la gran misión de ser testigos de la esperanza que brota de la fe para las generaciones más jóvenes. Y que estos sepan aprender del camino que los abuelos han recorrido, sostenidos por la mano providente de Dios.

 

 


martes, 13 de mayo de 2025

DOMINGO QUINTO DE PASCUA (ciclo C)

 EN ESTO CONOCERÁN QUE SOIS MIS DISCÍPULOS

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hay una conocida canción de misa “Iglesia Peregrina” que dice en una de sus estrofas “somos un pueblo que en la Pascua nació”. Es una gran verdad: la Iglesia nace de la Pascua de Cristo. Antes ya había discípulos y apóstoles, los escogidos y llamados por Jesús; pero se limitaban a seguirle, a escucharle, a veces hasta sin entenderle del todo.

    Pero es en la Pascua, con las experiencias de encontrarse con el Señor resucitado y vivo, y en Pentecostés, con el fuego del Espíritu Santo que reciben, como pasan de ser discípulos a ser la Iglesia de Jesucristo.

    Porque entonces se dan cuenta de que el Señor les ha confiado una misión que deben cumplir. La misión es adelantar el Reino de Dios en este mundo, ir transformándolo según su plan de salvación, hasta que él vuelva y lleve todos esos esfuerzos a su plenitud y consumación. La Iglesia existe para este tiempo: el que va entre la Pascua y la segunda venida, en gloria de Cristo.

    La segunda lectura, del libro del Apocalipsis, nos sitúa ante la revelación de esos acontecimientos últimos que estamos esperando: un cielo nuevo y una tierra nueva en la que todo lo que daña a los hijos de Dios ya no tiene cabida. En ellos ya no hay muerte, duelo, llanto ni dolor. Es una nueva Jerusalén engalanada, que resplandece, pero no por el brillo de oros o piedras preciosas, sino por la belleza del amor que en ella se vive. Es la belleza de una esposa que ama profundamente y con sinceridad.

    En esta realidad nueva ya no es necesario creer, porque Dios vive con los hombres, es su Dios, un amigo, un Padre… lo es todo.

    ¡Qué maravilla, pero la realidad que vivimos no es así! Desde luego que no lo es, en este mundo que vivimos el mal es muy fuerte, el pecado y la muerte hacen estragos.

    Este mundo no se puede alcanzar aquí, es necesario para ello pasar por una gran crisis, por una fuerte transformación de todo, “el primer cielo y la primera tierra desaparecen”.

    Pero sí que se puede adelantar viviendo según la Palabra de Jesús. Mientras pedimos con el Padre Nuestro “Venga a nosotros tu Reino”, tratamos de dejar que Dios reine ya en nuestras vidas viviendo al estilo de Jesús. Por eso el evangelio de hoy nos recuerda que el mandamiento nuevo del amor fraterno –Amaos como yo os je amado- es la norma de conducta en la comunidad cristiana. Porque los discípulos de Cristo, su Iglesia, tenemos que vivir ya en este mundo como ciudadanos del cielo, aunque aún no lo hayamos alcanzado. De esa forma muchos podrán interrogarse y descubrir, junto a nosotros y detrás de nosotros a Jesús.

    El papa León nos invitaba en su primer saludo a vivir de esta manera la fe, sin miedo, sabiendo que somos sal y luz para este mundo: Dios nos quiere, Dios los ama a todos, ¡y el mal no prevalecerá! Todos estamos en manos de Dios. Por lo tanto, sin miedo, unidos de la mano con Dios y entre nosotros, sigamos adelante. Somos discípulos de Cristo. Cristo nos precede. El mundo necesita su luz. La humanidad lo necesita como puente para ser alcanzada por Dios y por su amor. Ayúdenos también ustedes, y ayúdense unos a otros a construir puentes, con el diálogo, con el encuentro.

    Tenemos que estar convencidos para poder ser convincentes. Tenemos que vivir de otra manera para transformar el mundo y abrir paso, adelantar, el reinado de Dios que algún día será pleno.

 


DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

¿QUÉ MÁS PODÍA HACER YO POR MI VIÑA QUE NO HUBIERA HECHO? COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA      En este domingo hay una imagen que se re...