YO ESTOY EN MEDIO DE ELLOS
COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA Hoy
vivimos mucho mejor, en general, que hace, por ejemplo, 60 años. En el plano
material esto no lo podemos negar: se viven más años y con más calidad de vida generalmente,
disfrutamos de alimentos más variados, de más adelantos para comunicarnos con
los que nos importan, de más oportunidades…
Pero
hay algo en nuestra sociedad que lamentamos, aunque, en realidad, todos seamos
parte de este mal: nos hemos vuelto muy individualistas. Parece que nos cuesta
relacionarnos, conocer y que nos conozcan, formar parte de algo, de una
familia, de un grupo, de un pueblo, de una parroquia…
Porque
esto de ir “cada uno a su bola” afecta también a nuestra forma de vivir la fe
cristiana. Muchos católicos hoy quieren cumplir con el precepto de la misa
dominical en iglesias en las que nadie les conoce ni ellos conocen a nadie, sin
echar raíces en ninguna comunidad parroquial. Como si la fe fuese una
experiencia de uno mismo con Dios y no necesitase de una comunidad cristiana, o
como si fuese posible encontrarse con Dios prescindiendo del hermano. Esto pasa
más en las ciudades, pero también pasa en nuestros pueblos.
Pues
la palabra de Dios de este domingo nos invita a pensar que nuestra fe es
comunitaria y que tenemos una responsabilidad los unos para con los otros.
Aunque
a nadie nos gusta que los demás se metan en nuestras vidas, a veces hay que
hacerlo si es buscando el bien del hermano.
Sí,
de eso nos habla la Palabra de Dios de este domingo.
¿Para
qué escoge Dios al profeta Ezequiel si no es para que hable y corrija a sus
paisanos, los israelitas? Para el profeta sería mucho más fácil callar y pasar
inadvertido. Es mucho más fácil callar ante el pecado y el error del otro que
intentar hacérselo ver.
Pero
Dios le dice al profeta que si calla se hace cómplice, y que la muerte que le
traiga el pecado traerá también su propia muerte por desentenderse. Y si le
ayuda a salvarse, se salva también él. Nuestra salvación personal, entonces,
depende también de cómo nos responsabilizamos de los demás.
Este
mensaje es algo totalmente opuesto a muchas de las frases que tanto nos
repetimos para tranquilizar nuestras conciencias: “Allá cada cual”, “yo no soy
quien para meterme en la vida de nadie” o “ya tengo bastante con lo mío”, y otras
parecidas.
Cuando
decimos todo esto, estamos poniendo una separación total entre mi vida y la
vida de los demás, como si no estuviésemos todos interconectados y no fuéramos,
en el fondo, dependientes los unos de los otros.
Jesús
en el evangelio nos lo deja igual de claro al darnos estas instrucciones sobre
la corrección fraterna: corrige a tu hermano, primero tú solo, después con
otros… no te desentiendas de su salvación, porque en ella está también en juego
la tuya.
Y
san Pablo nos ha recordado, en la segunda lectura, que la plenitud de la Ley,
es decir de lo que Dios quiere y espera de nosotros, es el amor, y el que ama
de verdad ha cumplido la Ley completa, porque no hace el mal a su prójimo, sino
que busca en todo su bien.
“Lo
que atéis en la tierra quedará atado en los cielos” y “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para
pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos”, son dos frases del
Señor que tenemos que tener muy presentes cuando nos venga la tentación de
vivir la fe de forma individualista y sin ninguna comunidad. No es posible; la
fe en Jesús no puede vivirse sin hermanos a los que querer y de los que
preocuparse.
El Señor Jesús, después de resucitar y ascender
al Padre, se ha quedado de muchas formas entre nosotros: en la Eucaristía, en
los sacramentos, en su Palabra, en los pobres…
Pero una forma de estar entre nosotros, que no
puede nunca faltar para que sean reales las otras formas, es su presencia en la
comunidad de discípulos reunida en su nombre: “Donde dos o más se reúnen en mi
nombre allí estoy yo en medio de ellos”.
Ahora que estamos a punto de comenzar un nuevo
curso, desde esta Palabra de hoy, podemos preguntarnos en serio:
¿Vivo la fe de un modo individualista o me gusta
sentirme parte de mi comunidad parroquial?
¿Estoy dispuesto, si aún no lo hago, a formar
parte de alguno de los grupos que hay en nuestra Unidad Pastoral, para ir
creciendo en la fe junto a otros o para comprometerme en el servicio a los
necesitados?
Hoy
vivimos mucho mejor, en general, que hace, por ejemplo, 60 años. En el plano
material esto no lo podemos negar: se viven más años y con más calidad de vida generalmente,
disfrutamos de alimentos más variados, de más adelantos para comunicarnos con
los que nos importan, de más oportunidades…
Pero
hay algo en nuestra sociedad que lamentamos, aunque, en realidad, todos seamos
parte de este mal: nos hemos vuelto muy individualistas. Parece que nos cuesta
relacionarnos, conocer y que nos conozcan, formar parte de algo, de una
familia, de un grupo, de un pueblo, de una parroquia…
Porque
esto de ir “cada uno a su bola” afecta también a nuestra forma de vivir la fe
cristiana. Muchos católicos hoy quieren cumplir con el precepto de la misa
dominical en iglesias en las que nadie les conoce ni ellos conocen a nadie, sin
echar raíces en ninguna comunidad parroquial. Como si la fe fuese una
experiencia de uno mismo con Dios y no necesitase de una comunidad cristiana, o
como si fuese posible encontrarse con Dios prescindiendo del hermano. Esto pasa
más en las ciudades, pero también pasa en nuestros pueblos.
Pues
la palabra de Dios de este domingo nos invita a pensar que nuestra fe es
comunitaria y que tenemos una responsabilidad los unos para con los otros.
Aunque
a nadie nos gusta que los demás se metan en nuestras vidas, a veces hay que
hacerlo si es buscando el bien del hermano.
Sí,
de eso nos habla la Palabra de Dios de este domingo.
¿Para
qué escoge Dios al profeta Ezequiel si no es para que hable y corrija a sus
paisanos, los israelitas? Para el profeta sería mucho más fácil callar y pasar
inadvertido. Es mucho más fácil callar ante el pecado y el error del otro que
intentar hacérselo ver.
Pero
Dios le dice al profeta que si calla se hace cómplice, y que la muerte que le
traiga el pecado traerá también su propia muerte por desentenderse. Y si le
ayuda a salvarse, se salva también él. Nuestra salvación personal, entonces,
depende también de cómo nos responsabilizamos de los demás.
Este
mensaje es algo totalmente opuesto a muchas de las frases que tanto nos
repetimos para tranquilizar nuestras conciencias: “Allá cada cual”, “yo no soy
quien para meterme en la vida de nadie” o “ya tengo bastante con lo mío”, y otras
parecidas.
Cuando
decimos todo esto, estamos poniendo una separación total entre mi vida y la
vida de los demás, como si no estuviésemos todos interconectados y no fuéramos,
en el fondo, dependientes los unos de los otros.
Jesús en el evangelio nos lo deja igual de claro al darnos estas instrucciones sobre la corrección fraterna: corrige a tu hermano, primero tú solo, después con otros… no te desentiendas de su salvación, porque en ella está también en juego la tuya.
Y
san Pablo nos ha recordado, en la segunda lectura, que la plenitud de la Ley,
es decir de lo que Dios quiere y espera de nosotros, es el amor, y el que ama
de verdad ha cumplido la Ley completa, porque no hace el mal a su prójimo, sino
que busca en todo su bien.
“Lo
que atéis en la tierra quedará atado en los cielos” y “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para
pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos”, son dos frases del
Señor que tenemos que tener muy presentes cuando nos venga la tentación de
vivir la fe de forma individualista y sin ninguna comunidad. No es posible; la
fe en Jesús no puede vivirse sin hermanos a los que querer y de los que
preocuparse.
El Señor Jesús, después de resucitar y ascender
al Padre, se ha quedado de muchas formas entre nosotros: en la Eucaristía, en
los sacramentos, en su Palabra, en los pobres…
Pero una forma de estar entre nosotros, que no
puede nunca faltar para que sean reales las otras formas, es su presencia en la
comunidad de discípulos reunida en su nombre: “Donde dos o más se reúnen en mi
nombre allí estoy yo en medio de ellos”.
Ahora que estamos a punto de comenzar un nuevo
curso, desde esta Palabra de hoy, podemos preguntarnos en serio:
¿Vivo la fe de un modo individualista o me gusta
sentirme parte de mi comunidad parroquial?
¿Estoy dispuesto, si aún no lo hago, a formar
parte de alguno de los grupos que hay en nuestra Unidad Pastoral, para ir
creciendo en la fe junto a otros o para comprometerme en el servicio a los
necesitados?

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