jueves, 27 de agosto de 2026

DOMINGO XXII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 SI ALGUNO QUIERE VENIR EN POS DE MÍ...


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    El domingo pasado escuchábamos en el evangelio cómo Pedro confiesa la fe en Jesús como el Mesías y el Hijo de Dios. No lo hace porque sea más inteligente que el resto de los apóstoles, sino porque el Espíritu Santo le mueve a hacerlo.

    La respuesta de Jesús a Pedro es que va a contar con él como la piedra sólida que servirá de cimiento a la Iglesia, a la comunidad de los creyentes en Cristo de todos los tiempos. El Papa, como obispo de Roma y sucesor del apóstol Pedro es quien tiene ahora esa misión de ser garante de la unidad de los creyentes en una misma fe.

    Esto era lo que escuchábamos en el evangelio del domingo pasado. Pero ese apóstol, que es piedra firme, ese creyente que debe confirmar en la fe a sus hermanos, debe convertirse a Jesús también, al igual que nosotros.

    Y Jesús se lo hace ver con palabras durísimas, llamándole nada menos que “Satanás”. Satanás significa tentador y adversario. ¿Por qué llama así Jesús al primero de entre sus apóstoles?

    Porque no quiere que Jesús acepte la voluntad del Padre, su plan de salvación que pasa por la entrega de la vida en la cruz. Pedro quiere que Jesús sea el Mesías y cree firmemente en él. Pero, ¿qué tipo de Mesías espera? El que esperaban los judíos y aún hoy siguen esperando: un caudillo que libertará a Israel política y militarmente, un jefe poderoso que rendirá a todos sus enemigos y traerá a los hebreos dispersos hasta la tierra que Dios les ha dado.

    Jesús les ha anunciado que eso es lo que desean los hombres, pero no lo que Dios realmente quiere. Y les manifestó, con toda sinceridad, a que iban a Jerusalén: allí iba a ser rechazado por las autoridades religiosas de su pueblo, precisamente los primeros personas que deberían reconocer en Jesús al Mesías auténtico, que iba a ser ejecutado y resucitar al tercer día.

    Pedro no lo acepta, y seguro que los otros apóstoles tampoco lo hicieron. La mejor prueba de que no lo aceptaban es que el Viernes Santo le abandonan, huyen del Calvario, le niegan y se esconden para salvar sus propias vidas.

    Una cosa es lo que pensamos los hombres y otra cosa es lo que Dios quiere y lo que Dios piensa. La conversión cristiana es precisamente ir cambiando el pensamiento y la voluntad para pensar y querer lo mismo que Dios.

    Justo lo que dice el apóstol Pablo en su Carta a los Romanos: “no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente para que sepáis discernir la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”.

    No siempre es fácil. Pero sabemos, en el fondo, que es siempre lo mejor. Que hacer lo bueno, lo más perfecto, no sea fácil no significa que no estemos convencidos de que es lo mejor.

    Como el profeta Jeremías, que intenta acallar el mensaje que Dios ha puesto dentro de él porque anunciarlo a su pueblo le resulta incómodo y le trae persecuciones. Pero, aunque quiera, no logra acallar ese mensaje de Dios, esa Palabra que lleva dentro. Y tiene que seguir anunciándolo, como profeta escogido para esa misión.

    La experiencia de Jeremías la van a vivir incontables santos y testigos de la fe a lo largo de los siglos. Quieren escapar de la misión, quieren apagar el fuego del Evangelio y vivir como los demás. Pero no pueden porque descubren que perder la vida por Jesús es encontrarla y querer vivirla sin él es perderla…

    ¿Qué supone para mí esta Palabra de Dios, qué me pide, a qué me invita?

    ¿Qué cruz del seguimiento debo aceptar en este momento para caminar tras los pasos de Jesús hacia el cielo?

 


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