SI ALGUNO QUIERE VENIR EN POS DE MÍ...
El domingo pasado escuchábamos en el evangelio cómo Pedro
confiesa la fe en Jesús como el Mesías y el Hijo de Dios. No lo hace porque sea
más inteligente que el resto de los apóstoles, sino porque el Espíritu Santo le
mueve a hacerlo.
La respuesta de Jesús a Pedro es que va a contar con él como
la piedra sólida que servirá de cimiento a la Iglesia, a la comunidad de los
creyentes en Cristo de todos los tiempos. El Papa, como obispo de Roma y
sucesor del apóstol Pedro es quien tiene ahora esa misión de ser garante de la
unidad de los creyentes en una misma fe.
Esto era lo que escuchábamos en el evangelio del domingo
pasado. Pero ese apóstol, que es piedra firme, ese creyente que debe confirmar
en la fe a sus hermanos, debe convertirse a Jesús también, al igual que
nosotros.
Y Jesús se lo hace ver con palabras durísimas, llamándole
nada menos que “Satanás”. Satanás significa tentador y adversario. ¿Por qué
llama así Jesús al primero de entre sus apóstoles?
Porque no quiere que Jesús acepte la voluntad del Padre, su
plan de salvación que pasa por la entrega de la vida en la cruz. Pedro quiere
que Jesús sea el Mesías y cree firmemente en él. Pero, ¿qué tipo de Mesías
espera? El que esperaban los judíos y aún hoy siguen esperando: un caudillo que
libertará a Israel política y militarmente, un jefe poderoso que rendirá a todos
sus enemigos y traerá a los hebreos dispersos hasta la tierra que Dios les ha
dado.
Jesús les ha anunciado que eso es lo que desean los hombres,
pero no lo que Dios realmente quiere. Y les manifestó, con toda sinceridad, a
que iban a Jerusalén: allí iba a ser rechazado por las autoridades religiosas
de su pueblo, precisamente los primeros personas que deberían reconocer en
Jesús al Mesías auténtico, que iba a ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro no lo acepta, y seguro que los otros apóstoles tampoco
lo hicieron. La mejor prueba de que no lo aceptaban es que el Viernes Santo le
abandonan, huyen del Calvario, le niegan y se esconden para salvar sus propias
vidas.
Una cosa es lo que pensamos los hombres y otra cosa es lo que
Dios quiere y lo que Dios piensa. La conversión cristiana es precisamente ir
cambiando el pensamiento y la voluntad para pensar y querer lo mismo que Dios.
Justo lo que dice el apóstol Pablo en su Carta a los Romanos:
“no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente
para que sepáis discernir la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le
agrada, lo perfecto”.
No siempre es fácil. Pero sabemos, en el fondo, que es
siempre lo mejor. Que hacer lo bueno, lo más perfecto, no sea fácil no
significa que no estemos convencidos de que es lo mejor.
Como el profeta Jeremías, que intenta acallar el mensaje que
Dios ha puesto dentro de él porque anunciarlo a su pueblo le resulta incómodo y
le trae persecuciones. Pero, aunque quiera, no logra acallar ese mensaje de
Dios, esa Palabra que lleva dentro. Y tiene que seguir anunciándolo, como
profeta escogido para esa misión.
La experiencia de Jeremías la van a vivir incontables santos y
testigos de la fe a lo largo de los siglos. Quieren escapar de la misión,
quieren apagar el fuego del Evangelio y vivir como los demás. Pero no pueden
porque descubren que perder la vida por Jesús es encontrarla y querer vivirla
sin él es perderla…
¿Qué supone para mí esta Palabra de Dios, qué me pide, a qué
me invita?
¿Qué cruz del seguimiento debo aceptar en este momento para
caminar tras los pasos de Jesús hacia el cielo?

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