jueves, 6 de agosto de 2026

DOMINGO XIX TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 ÁNIMO, SOY YO. ¡NO TENGÁIS MIEDO!


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Las lecturas de la Palabra de Dios en este domingo nos presentan dos escenas muy diferentes, pero unidas por una misma idea: Dios se manifiesta y actúa en las dificultades de nuestra vida.

    El profeta Elías es conocido en la historia bíblica por ser el profeta que defendió, con milagros poderosos y con mucha fuerza, incluso brutalidad, que su pueblo, Israel, sólo debía dar adoración y culto a Yahvé Dios. El culto a los dioses de los otros pueblos, que parecían dar más beneficios a cambio de menos exigencias, tentaba mucho a los hebreos.

    Y contra esa tentación de la idolatría actuó el profeta Elías. Era llamado un profeta de fuego por su fortaleza inquebrantable y sus acciones poderosas: acabó con cientos de profetas paganos de un culto falso, se enfrentó a los reyes, mandó la sequía sobre la tierra…

    Pero después de haber luchado tanto por la causa de Dios, el profeta Elías cae en una gran depresión y se desea la muerte. Siente la duda de si todo aquello que ha hecho por defender la fe era realmente la voluntad de Dios, ya que no ve los frutos.

    Se esconde en una cueva en el monte Horeb de los que pretenden su muerte, porque no desea seguir con su lucha. Allí, Dios le hace saber que va a pasar ante él. Ocurren tres manifestaciones poderosas y sobrecogedoras, que solían anunciar la presencia de Dios: un huracán, un terremoto y un fuego. Pero en ninguna de las tres estaba presente Dios.

    Finalmente pasa el susurro de una brisa suave y Elías, tan acostumbrado a la violencia y el poder, descubre que Dios está pasando ante él en esa manifestación tan sencilla.

    Seguro que este pasaje nos dice algo a todos nosotros. Nos gustaría que Dios se manifestase con toda claridad y rotundidad en tantas circunstancias y parece que, cuando más le necesitamos, nos molesta su silencio, su suavidad, sus tiempos que no son los nuestros.

    Y, sin embargo, Dios pasa de ese modo y solo el que descubre el valor del silencio y de la escucha desde el corazón lo descubre.

    Otro ejemplo muy real: cuantas veces valoramos los grandes acontecimientos que reúnen miles de personas y medimos el valor de las actividades de la Iglesia por el número de personas que se juntan. Pero el estilo de Dios es, con frecuencia, hacerse presente precisamente en lo sencillo, en lo humilde, en los pocos que se reúnen con cariño en su nombre, aunque no cuenten nada para el mundo.

    Y si no estamos atentos a esas brisas suaves, a esos silencios, a esa sencillez, no nos enteramos de nada…

    La segunda escena nos lleva al lago o mar de Galilea justo después del milagro de la multiplicación de los panes. Los discípulos, cumpliendo la orden de Jesús, están en una barca y les sorprende una fuerte tormenta de olas y vientos.

    Aunque varios eran pescadores, temen por sus vidas. Entonces Jesús se les acerca dominando las fuerzas contrarias de la naturaleza, como ningún hombre puede hacer. Con sus palabras trata de devolverles la confianza: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”.

    No les dice “no pasa nada” o “todo va a ir bien”, sino “Soy yo”, que está con vosotros en medio de la tormenta y el peligro de hundiros.

    Pedro, siempre el más impulsivo de los apóstoles, le dice: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua”. No se echa al agua, sino que le pide a Jesús que se lo mande, porque lo que puede darle seguridad en aquel momento de miedo es, precisamente, obedecerle.

    Pedro representa aquí la actitud del discípulo: quiere obedecer, se fía, pero en la dificultad, al sentir el viento contrario y las olas, duda y se hunde. Hasta que grita “Señor, sálvame” y Jesús le levanta, le pone a salvo.

    No nos quedemos en estas escenas con lo espectacular de Jesús caminando sobre el agua, porque la Palabra de Dios es siempre una palabra viva con la cual hoy el Señor quiere hablarnos y ayudarnos a vivir según su voluntad.

    Todos podemos pasar circunstancias en la vida en las que, por más fe que tengamos, nos entran dudas y sentimos que nos hundimos. La Iglesia también pasa por vientos muy contrarios y oleajes que parece que van a hundir la barca frágil de los discípulos.

    Pero el Señor no nos deja y él es más fuerte que el mal y la muerte, representados en esos oleajes y vientos contrarios del lago. Si nos fiamos, si extendemos la mano, si oramos y procuramos mantenernos cerca de él, aunque no sintamos nada, es seguro que va a tomarnos y levantarnos.

    ¿De qué modo lo va a hacer? No lo sabemos, pero sabemos que lo hará. “Ánimo, soy yo”, nos repite.

 

 

 


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