jueves, 30 de julio de 2026

DOMINGO XVIII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 DADLES VOSOTROS DE COMER


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Si el domingo pasado nos preguntábamos, desde la Palabra de Dios proclamada, acerca de cuáles son los valores esenciales de la vida, dónde están el tesoro escondido y la perla de valor incalculable, las lecturas de hoy casi nos llevan a una reflexión parecida.

    Lo más valioso de esta vida no se puede comprar, es siempre un regalo y un don que se reciben.

    El profeta Isaías aparece en la primera lectura casi como si fuese el propagandista de Dios, que ofrece, en su nombre, un alimento y una bebida únicos. En aquel tiempo y en aquel contexto cultural era habitual el politeísmo: muchos pueblos tenían una infinidad de dioses; unos servían para las batallas, otros para la fecundidad, y así…

    Pero aquellos dioses no beneficiaban a sus devotos gratuitamente, sino a cambio de costosas ofrendas y sacrificios, que incluían, no pocas veces, el sacrificio de vidas humanas.

    El Dios vivo y verdadero, el que anuncia el profeta Isaías, no pide nada de todo esto. Lo único que le pide al creyente es la fe, la confianza, y la entrega del corazón dócil y obediente a sus preceptos, que no son abusivos, sino que son fuente de paz y de alegría.

    Y para todos aquellos que buscan porque sienten verdadera hambre y sed, y nada parece saciar su espíritu necesitado, les dice: “Oíd, sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no tenéis dinero: comprad trigo y comed, venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche”.

    Su reflexión no ha perdido actualidad, y quizás la tiene aún más en nuestro mundo del consumismo: “¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?”. Es imposible que las realidades de este mundo sacien el alma humana que está hecha para las realidades eternas; es algo que experimentamos tantas y tantas veces…

    Se ve fácilmente la relación de esta primera lectura con el evangelio: Jesús siente compasión por aquellas personas que se han reunido para escucharle, pero sin llevar provisiones.

    ¿Qué hacer? Los discípulos lo tienen claro: la solución más sencilla es despedirles y que cada cual resuelva su problema. Pero Jesús no se lo permite; les involucra a ellos en la resolución de aquella necesidad, no les permite escapar de ella: “Dadles vosotros de comer”. Los discípulos de Jesús han de llevar en su corazón los mismos sentimientos de Jesús, su mismo amor compasivo.

    No tenían más que cinco panes y dos peces. Parece que si no tenemos grandes medios no podemos hacer nada, así que es mejor quedarse de brazos cruzados y lamentando lo mal que está todo.

    Pero ese no es el camino de Jesús. Aunque sea poco, aunque parezca insuficiente, cada gesto de caridad hecho con amor cuenta… Benedicto XVI dijo, comentando esta escena del evangelio: “El milagro consiste en compartir fraternalmente unos pocos panes que, confiados al poder de Dios, no sólo bastan para todos, sino que incluso sobran hasta llenar doce canastos”.

    Salir de nuestra comodidad, pensar en el que está peor, poner en común algo de lo que tenemos, ya es un verdadero milagro, el mayor de todos. Es el milagro del amor fraterno en una sociedad que nos invita al egoísmo y la comodidad.

    Hay más en el evangelio: Jesús toma el pan, alza la mirada al cielo, pronuncia la bendición y lo parte. Claramente la escena nos sitúa ante la eucaristía, son los gestos de Cristo con el pan en la última Cena. No puede haber eucaristía que no nos lleve a pensar en los que sufren, y, al mismo tiempo, no podemos servir a los demás si no nos alimentamos en el Pan de la Vida que Él nos regala.

    Cuando lo ha hecho se lo da a los apóstoles para que se lo distribuyan a las multitudes hambrientas. De este modo, les está preparando para ser los ministros que distribuyan el pan de la Palabra y de la Eucaristía, el que nos une de tal modo al Señor, que nada ni nadie nos puede ya separar, como nos dice san Pablo en su carta a los Romanos.

    Sigamos celebrando el domingo. Caigamos, por un momento, en la cuenta de la suerte que tenemos de poder estar celebrando aquí este encuentro con el Señor resucitado y con los hermanos con los que compartimos una misma fe,


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