miércoles, 17 de junio de 2026

DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 POR ESO, NO TENGÁIS MIEDO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En el evangelio del domingo pasado escuchábamos cómo Jesús al ver a las multitudes cansadas y sin esperanza se compadecía porque estaban “como ovejas sin pastor”. Pero él no se queda de brazos cruzados y sientiendo lástima. Su reacción es activa: escoge a los Doce y les dota de su autoridad, haciéndolos como una prolongación de él mismo en su misión de anunciar, con palabras y acciones, la llegada del Reino de Dios.

    La mies a la que les envía es abundante, es la mies de las gentes cansadas y abandonadas, aunque los obreros son pocos y hay que pedir más al dueño de los campos, que es Dios.

    Estos apóstoles, aunque van en son de paz, a curar, a limpiar, a levantar, a sostener, a hacer tanto bien como puedan, van a encontrar resistencias y persecuciones… Jesús nunca esconde, a quienes quieran seguirle, que tomarse en serio el Evangelio supone ir a contracorriente del mundo.

    Los valores que debe vivir el discípulo de Cristo son los opuestos a los valores del mundo; porque el mundo de entonces y el de ahora se rige por los mandamientos del tener, el poder y el placer, que nada tienen que ver con los criterios evangélicos de amar y servir sin esperar recompensa.

    Jesús no promete a sus discípulos éxitos seguros en su misión; unas veces la semilla de la Palabra que siembren encontrará tierra buena en la que arraigar y otras encontrará zarzas y piedras de resistencia.

    Pero nos dice: “No tengáis miedo a los hombres”. No os calléis esta Buena Noticia, aunque parezca que no quieren recibirla: “lo que os digo en la oscuridad decidlo a la luz, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea”. Sois mis testigos, sois sal y sois luz.

    Nos advierte Jesús que a quien se debe temer de verdad no es al rechazo de los hombres, sino a quien puede perder el alma: el mal, el diablo, el pecado, que nos aparta de la amistad con Dios y nos engaña para que vivamos de espaldas a Él, buscando la felicidad allí donde no está.

    Eso es lo que verdaderamente debe temer el discípulo de Jesús.

    Todos los profetas sufrieron algún tipo de persecución por ser fieles a la misión recibida de Dios. El profeta Jeremías, que aparece en la primera lectura de hoy, no fue una excepción; hasta sus amigos traman contra él porque les resulta incómodo, insoportable, y acechan su caída.

    Es muy humano sentir miedo al rechazo. Nosotros no somos perseguidos por la fe en nuestra sociedad, como sí lo son muchos hermanos nuestros en tantos países del mundo actual. Pero sí hay muchos creyentes que sienten rechazo, menosprecio, el peso de ser diferentes, cuando se manifiestan como cristianos en algunos ambientes.

    Podemos pensar en los jóvenes cristianos que en su grupo de amigos no comparten actitudes que los demás consideran normales, en los profesionales que por sus convicciones de fe se manifiestan contrarios a algunas prácticas que muchos hacen y son mirados por ello con sospecha y burla…

    Es la experiencia del profeta y del apóstol. ¿Cómo vencieron ellos ese miedo humano? Con la confianza puesta en Dios, al que encomiendan su causa y su vida. Jesús les anima con una imagen tomada de la naturaleza, de las que tanto le gustaban: si ni siquiera un gorrión cae al suelo sin que el Padre lo disponga, ¿cuánto más nosotros, que valemos mucho más? “Hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados” es una forma de decir: no temáis lo que pueda pasar porque todo está dentro del plan providente de Dios, que no os abandona.

    No se trata de ser superhéroes, ni es eso lo que nos pide Jesucristo. Por supuesto que es muy humano sentir con dolor el rechazo y los enfrentamientos cuando llegan por querer ser coherentes con la fe.

    Pero, en medio de todo, no hay que perder la confianza, el abandono en el Padre Dios, como el del niño que se tira confiado si sabe que su padre lo va a agarrar para que no caiga al suelo. De esa confianza de hijos que se saben amados es de la que debe brotar la valentía del discípulo, que da testimonio del evangelio le pese a quien le pese.

    Las palabras últimas de Jesús son muy claras: “A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos”. 

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