viernes, 22 de mayo de 2026

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS (ciclo A)

 SE LLENARON TODOS DE ESPÍRITU SANTO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hoy celebramos la solemnidad de Pentecostés, a los cincuenta días de la Pascua. Con este domingo concluimos por este año el ciclo pascual, que durante siete semanas nos ha ayudado a profundizar en la mejor de las noticias, la que sostiene todo: Jesucristo vive resucitado y está con nosotros para siempre.

    El Señor Resucitado ya les había dado a los discípulos el Espíritu Santo en la tarde misma de la Pascua.

    La imagen es preciosa: Cristo resucitado entra pese a las puertas cerradas y sopla sobre ellos; su soplo es el Espíritu Santo que le llena. Por este motivo, Jesús les había dicho muchas veces que era conveniente que se fuera al Padre para poder recibir el Paráclito-Defensor, el Espíritu de la verdad.

    El aliento de vida del Resucitado es el Espíritu Santo; esto solamente ocurre después de que Jesús haya resucitado; ahora Él es el transmisor del Espíritu.

    La misma tarde de la Pascua el Señor ya les da el Espíritu y les envía, como el Padre le envío a Él, a cumplir la misión del Reino. Pero la misión es enorme, universal: “id a todos los pueblos de la tierra y hacedles discípulos míos bautizándoles en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.

    Algo que resulta demasiado para ellos; apenas son un grupo de discípulos que viven con sorpresa y desconcierto la resurrección de su Maestro, al que consideraban muerto.

    El soplo del Señor Resucitado les hace capaces de perdonar con el perdón mismo de Dios. Quien perdona destierra la división y crea armonía y unidad, en uno mismo y en la relación con los demás. Esta idea de que el Espíritu Santo crea unidad es importante para entender lo que ocurre en Pentecostés.

    Pero el miedo a la persecución puede en ellos más que el mandato de la misión. Por eso, aunque ha soplado sobre ellos el Espíritu, aún se quedan en Jerusalén, llevando una vida de clandestinidad, compartiendo la fe entre ellos, como un grupito invisible.

    En Pentecostés todo va a cambiar: estaban reunidos y, de pronto, la sala se llena de dos manifestaciones bíblicas del Espíritu: viento y fuego. El viento ya aparecía en el momento de la creación del mundo como viento que sopla sobre las aguas, las ordena y las llena de vida. Es el viento del Espíritu como el aliento que sopla sobre los discípulos el Resucitado. Y el fuego, que da calor y vida a los que aún estaban tristes y mortecinos.

    Cuando el Espíritu Santo les llena, los discípulos empiezan a hablar de las grandezas de Dios en lenguas diversas, que no podían conocer porque eran sencillos galileos. Empiezan a testimoniar la fe de manera que les pueden oír predicar personas llegadas de todos los confines de la tierra, de aquellos lugares a los que van a ser enviados como misioneros los discípulos de Jesús.

    En Pentecostés nace la Iglesia misionera, la Iglesia universal que Jesús quiso. Ya no serán un grupito judío, serán sal y luz para el mundo entero, levadura enterrada en la masa del mundo para ir transformándolo hasta que el Señor regrese como prometió.

    El Espíritu Santo les desinstala y nos desinstala: salid de vuestras comodidades y seguridades, de vuestros aburrimientos y apatías. ¡Hay tanto que hacer!, ¡Hay tantos a los que debemos anunciar la Buena Noticia que trae alegría y salvación, ¡Hay tanta necesidad de Dios en este mundo!

    Si hoy mismo, por la acción del Espíritu Santo, como en el primer Pentecostés, cada católico descubriera que es un misionero enviado a aquellos con los que vive, el mundo cambiaría radicalmente, sería una fuerza evangelizadora imparable.

    Se lo pedimos hoy a Dios, que renueve la presencia transformadora y misionera del Espíritu Santo en cada uno de nosotros.

 


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