jueves, 7 de mayo de 2026

SEXTO DOMINGO DE PASCUA (ciclo A)

 NO OS DEJARÉ HUÉRFANOS, VOLVERÉ A VOSOTROS

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

Este es el último domingo antes de la Ascensión del Señor. El Señor resucitado está completando ya su misión: fortalecer la fe de sus discípulos, hacerles experimentar su resurrección gloriosa, por la que ha vuelto a la Vida venciendo la muerte. Ahora deja en sus manos, en las manos de la Iglesia que ha fundado sobre ellos, la misión de hacer crecer el Reino de Dios en este mundo hasta que Él vuelva.

Ese tono de despedida nos lo da el evangelio, continuación del discurso del capítulo catorce del evangelio según san Juan. Son palabras que brotan del corazón de Cristo justo antes de su Pasión, que él vive como su vuelta al Padre.

“Dentro de poco el mundo ya no me verá” … pero “No os dejaré huérfanos”, es su promesa.

¿Cómo va a cumplirla? Por medio del Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la verdad. Cristo va a pedir al Padre que lo envíe y permanezca siempre a nuestro lado. La Pascua encuentra así su culminación en el envío del Espíritu Santo en Pentecostés.

Es cierto que ya, el primer día de la Pascua, el Resucitado se hizo presente en medio del grupo de discípulos atemorizados y sopló sobre ellos diciéndoles: “Recibid el Espíritu Santo”. Pero ahora se trata de la promesa de una presencia permanente de este, que va a habitar a los creyentes en Jesús: “vosotros lo conocéis porque vive con vosotros y está con vosotros”.

¿Somos conscientes de lo que significan estas palabras?, ¿Somos conscientes de que, desde el día de nuestro bautismo, llevado a plenitud por la confirmación, somos templos del Espíritu Santo cada uno de nosotros?

Podemos encontrar en el Espíritu fortaleza, consuelo, guía, ánimo, siempre que queramos. No tenemos que mirar hacia el cielo para invocar al Espíritu Santo, porque ya estamos habitados por él, ya somos su morada.

Es el Espíritu de la verdad quien hace que no se nos olviden las enseñanzas del Maestro, pues nos ayuda a recordarlas, a interpretarlas con más profundidad y a comprender su sentido. Y gracias al Espíritu podemos reconocer que Cristo sigue vivo, que está con nosotros.

La fe cristiana, cuando es una fe viva de verdad, es mucho más que ser buenos o tener unas prácticas religiosas. Es vivir en Dios permanentemente, injertados en el amor del Dios Trinidad, tal y como nos dice Cristo: “Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros”. Esto es algo tan maravilloso que no acertamos ni a expresarlo ni a entenderlo.

Quien lo descubre, aunque sea un poco, nunca se siente solo del todo, nunca se siente huérfano. Hay una condición para mantener esa vida maravillosa: el amor a Jesús. No un amor de palabras o de bonitos deseos. El amor que pide él es real y concreto: “si me amáis guardaréis mis mandamientos, el que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”.

En la primera lectura vemos cómo la fe lleva la alegría a la ciudad de Samaría. El diácono Felipe, cuya elección con otros seis diáconos era la primera lectura el domingo anterior, predica el Evangelio, la Buena Noticia y la ciudad se llena de alegría y de curación.

No podemos dejar de compartir esta buena noticia de la Pascua con los que tenemos alrededor, dispuestos a dar siempre razón de nuestra esperanza con delicadeza y respeto, como pide san Pedro en la segunda lectura.

Porque es un mensaje que cambia a mejor los corazones y las vidas y nosotros, cada uno de nosotros, impulsados por el Espíritu Santo, somos misioneros.

 


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