jueves, 9 de abril de 2026

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA (ciclo A)

 DICHOSOS LOS QUE CREAN SIN HABER VISTO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Seguimos dentro de la Cincuentena Pascual, que llegará hasta la fiesta del Espíritu Santo en Pentecostés, y es bueno que nos sigamos deseando unos a otros: ¡Feliz Pascua!

    La Pascua es un acontecimiento tan grande y maravilloso que necesitamos de todas estas semanas para acogerlo en nuestras mentes y nuestros corazones.

    En la Iglesia de los primeros siglos, los que habían sido bautizados en la Vigilia Pascual seguían vistiendo durante estos cincuenta días con su túnica blanca, signo de la pureza y del perdón de los pecados, y de la dignidad de hijos de Dios que habían recibido. Nosotros también hemos renovado nuestro bautismo en esa noche santa y lo hacemos al comenzar cada eucaristía de la Pascua, sustituyendo la aspersión del agua al acto penitencial.

    En este segundo domingo, el evangelio nos presenta una aparición del Señor resucitado a sus discípulos. Ocurre en la noche del domingo, que era el día primero de la semana según el calendario judío, ya que el sábado era el día de descanso sagrado y el último de la semana.

    Los discípulos están escondidos, llenos de dudas y de miedos: ¿Qué será de ellos ahora que el Maestro no está?, ¿Serán perseguidos como él?

    Les han llegado las primeras noticias del sepulcro vacío, que descubren primero María Magdalena y después Pedro y Juan, como escuchábamos en el evangelio del domingo de Pascua. Pero esto no les basta aún para creer algo tan desconcertante como la resurrección.

    Les costó mucho aceptar la resurrección de aquel que han visto morir en la cruz, ser descendido muerto y sepultado. A pesar de que Jesús se lo había anunciado más de una vez, ellos, como todos los hebreos, creían en una resurrección al final de la historia, pero no en la de alguien en particular antes del fin de los tiempos.

    No debe extrañarnos pues la reacción de Tomás; aunque los demás discípulos le aseguren que han visto al Señor, él quiere tocar las huellas de la pasión en su costado y en sus manos para estar seguro.

    El Señor Resucitado se presenta en medio de ellos y les saluda: “Paz a vosotros”. No les reprocha su cobardía, ni que lo hayan negado y abandonado en las horas durísimas de su Pasión, sino que les saluda con el mismo amor de siempre y les desea la Paz, les trae la Paz que necesitan para sus corazones heridos y angustiados.

    Sopla sobre ellos el aliento del Espíritu Santo que trae del Padre para que, con su fuerza, puedan continuar su misión. No olvidemos esto: los bautizados en Cristo debemos continuar su misión en este mundo y en esta historia, hacer lo mismo que Él hizo: consolar, perdonar, alimentar, sanar… en definitiva, amar a los hermanos hasta dar la vida.

    La Iglesia, con todas sus instituciones, personas y recursos, está al servicio del Evangelio de Jesucristo, de su proyecto del Reino de Dios. Es esto, y solo esto, lo que debe dar sentido a lo que somos y hacemos.

    El apóstol más incrédulo, Tomás, puede tocar las llagas del Crucificado que ahora es el Resucitado. A nosotros nos toca creer sin tocar ni ver. Por nosotros y por los cristianos de todos los tiempos dice el Resucitado esta importante bienaventuranza: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

    El apóstol Pedro, de igual modo, en la segunda lectura: No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

    Pero, aunque no toquemos al Resucitado físicamente ni podamos poner los dedos en sus llagas para creer, estamos rodeados de signos de su presencia. Basta con que miremos con fe.

    ¿Cuáles son estos signos de la presencia del Señor Resucitado? Los que aparecen en la primera lectura, tomada de los Hechos de los apóstoles, que describe la vida de la comunidad cristiana que surge desde la Pascua: una comunidad que se conoce y que se quiere, que se reúne en el nombre del Señor para orar, para compartir la fe, que da testimonio de fe ante los demás, que comparte lo que tiene y vive la eucaristía dominical con alegría y sencillez de corazón.

    Una comunidad así, una parroquia que sea así, es un testimonio para todos de que Jesús vive, de que ha resucitado y está con nosotros. A esa vida comunitaria es a la que todos debemos aspirar siempre, poniendo lo que cada uno es y puede al servicio de los demás. Y los que todavía no conocen a Jesucristo podrán descubrirlo por nuestra forma de vivir.

 


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