viernes, 17 de abril de 2026

TERCER DOMINGO DE PASCUA (ciclo A)

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COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Seguimos caminando ilusionados en el maravilloso camino del tiempo pascual que comenzábamos en la noche de la Vigilia Pascual y que nos llevará hasta la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés.

    Cada domingo de Pascua, la Palabra de Dios nos ayuda a crecer en la fe en la presencia entre nosotros del Señor Resucitado. El interés de los evangelistas al contarnos estos encuentros con el Resucitado que tuvieron tantos discípulos, no es satisfacer nuestra curiosidad contándonos unas experiencias extraordinarias que solo ellos tuvieron, sino decirnos a los cristianos de cada tiempo que Jesús vive y que podemos encontrarlo hoy.

    En el evangelio del pasado domingo, el segundo de Pascua, Cristo se aparece a aquellos discípulos que estaban encerrados por el miedo. Les da su paz y el Espíritu Santo, para que continúen su misión perdonando los pecados en su nombre. Tomás duda y necesita tocar para creer. Por eso el Resucitado le dice: “Bienaventurados los que crean sin haber visto”.

    Nosotros no vamos a tener esas mismas apariciones del Resucitado, no vamos a comer pan y pescado con él, no vamos a tocar las huellas de los clavos y de la lanza en su cuerpo glorioso, porque ya ha ascendido al Padre.

    ¿Cómo podemos experimentar su presencia ahora? La respuesta nos la da, precisamente, el evangelio de este tercer domingo.

    Es una escena maravillosa, una verdadera catequesis la que nos presenta el capítulo 24 del evangelio según san Lucas.

    Dos discípulos van caminando de Jerusalén a Emaús en el primer día de la semana, es decir el domingo. Van conversando y discutiendo, cargados de tristeza y decepción, de todo lo que ha pasado: la muerte en cruz de su Maestro, su sepultura, la disolución del grupo de los discípulos.

    Por esto dejan Jerusalén y se vuelven a su aldea, porque ya no esperan nada más ni tienen motivos para quedarse en aquella ciudad.

    Pero entonces ocurre que un misterioso caminante se pone a su lado y les acompaña; es el Señor resucitado, pero sus ojos, faltos de fe y sobrados de tristeza, no son capaces de reconocerle.

    Se interesa por su conversación, les anima a sacar de su corazón lo que les tiene angustiados: ellos esperaban que Jesús de Nazaret fuera el libertador de Israel, pero ya hace tres días de su sepultura y los testimonios de las mujeres, que dicen haberle visto vivo, y de algunos discípulos, que cuentan que su sepulcro está vacío, no les convencen.

    Nos puede pasar también a nosotros lo mismo: que recorramos el camino de Jerusalén a Emaús, el camino de la vida, decepcionados o con una fe en crisis debido a que alguna experiencia negativa que vivimos nos ha hecho dudar del Señor y de su compañía.

    ¿Qué hace entonces el misterioso caminante al que no reconocen? Les explica las Escrituras, les calienta el corazón con la Palabra de Dios, en la que ya todo estaba anunciado. Ellos, como hebreos, conocían las Escrituras, pero no las habían interpretado como debían; por eso esperaban de Jesús de Nazaret un mesías victorioso y no un mesías que, como cordero inocente, debía ser entregado a la muerte por todos.

    Cuando, sentado a la mesa con ellos, bendice el pan, lo parte y se lo da, se les abren los ojos y se les despierta la fe. Entonces lo reconocen, porque hace el mismo gesto de amor que les dio en la última cena pascual cuando instituyó el sacramento que debían seguir realizando en su nombre: la Eucaristía, la fracción del pan.

    Entonces el Resucitado desaparece de su lado. Ya no es necesaria su presencia física, porque ahora ya saben, y ya sabemos, cómo le pueden reconocer a su lado, les ha dado la clave: en la comunidad reunida con el Señor en el centro, en la Palabra de Dios y en la fracción del pan. Es decir, en la Eucaristía.

    Esto es lo que nos puede enseñar el evangelio de este domingo: el Señor está con nosotros en la Eucaristía dominical, en la comunidad que se reúne en su nombre para que Él mismo nos explique las Escrituras y nos parta el Pan de Vida que es su Cuerpo.

    Esto es lo que debemos vivir y lo que debemos contar a los demás con ilusión y valentía, como Pedro hace con la fuerza del Espíritu Santo que recibió en Pentecostés.

 


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