sábado, 4 de abril de 2026

DOMINGO DE PASCUA. ¡Cristo ha resucitado!

 NOSOTROS SOMOS TESTIGOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hoy es Pascua, la vida ha vencido la muerte, el Señor ha resucitado y su sepulcro está vacío. Hoy es el gran domingo del año, y todos los demás domingos del año serán un eco de este.

    Hemos vivido, con sencillez, en las parroquias de nuestra Unidad Pastoral, los días más decisivos en su vida y los días más importantes en nuestra fe: el Santo Triduo Pacual.

    No ha sido un simple recuerdo de hechos ya pasados, sino una actualización en el presente: le hemos acompañado en el cenáculo para la última cena pascual y hemos acompañado su tristeza y oración en el huerto el Jueves Santo, su camino hacia el Calvario, su Pasión y Muerte el Viernes Santo.

    ¡Qué suerte hemos tenido de poder vivir un Triduo Pascual sin distracciones, centrados en lo verdaderamente importante, en acompañar al Señor y agradecer su redención conseguida en la cruz!

     Por eso desde anoche, con la celebración solemne de la Vigilia Pascual, nos hemos  llenado de alegría por su resurrección. La resurrección es la prueba definitiva de la verdad de la vida de Cristo; si no hubiese resucitado, sería un profeta más, un hombre bueno con un gran mensaje al que, como a tantos otros antes, el mal y la injusticia acallaron y vencieron.

    Pero si resucita, tal y como había anunciado que el grano de trigo tenía que ser sepultado en la tierra para dar fruto abundante, entonces es que todo lo que dijo es cierto: realmente es el Hijo de Dios, el Salvador que nos puede dar vida eterna.

    María Magdalena se acerca al sepulcro a realizar un último gesto de amor con el cuerpo muerto de su querido y admirado Maestro. Sólo quiere terminar de ungir su cuerpo, porque las circunstancias tan duras que han vivido con la crucifixión no se lo han permitido. No se le pasaba por la cabeza que hubiera resucitado, como tampoco al resto de apóstoles que han huido a donde han podido para llorar la muerte y el fracaso de Jesús.

    Cuando ve el sepulcro vacío, corre a anunciárselo a Pedro y a Juan. Estos corren a comprobarlo y, al llegar, ven los lienzos y el sudario. Ven y creen. Creen y, por fin, logran entender la Palabra de Cristo que ya les anunció repetidamente su resurrección. Nadie podía haber robado el cuerpo y haber dejado así las valiosas telas, aquello era un signo claro de que la resurrección era real.

    ¿Qué significa para nosotros la resurrección de Jesucristo? Lo significa todo. Él ha vencido a la muerte y nos ha dado la esperanza de una vida nueva. Estamos salvados de la muerte y del pecado, que, aunque sigan teniendo poder sobre nosotros, ya no son definitivos, están vencidos por su resurrección.

    Dos son los grandes signos que nos acompañan en todas las celebraciones de la Pascua: la luz del cirio y el agua bautismal.

    La luz del cirio es la luz del resucitado que ilumina la oscuridad del mundo. ¿Qué oscuridad habría en este mundo y en nuestros corazones si el Señor no hubiese resucitado? No habría esperanza para nosotros; solo nos quedaría distraer la vida que se escapa, intentando no pensar que todo se va a acabar definitivamente. Muchas personas hay que viven así, sin conocer esta luz del Resucitado.

    El agua bautismal es la que nos ha hecho renacer, nos ha dado la vida nueva de los hijos de Dios. Por eso en estos domingos de Pascua la recibimos al comienzo de cada misa y renovamos así nuestro bautismo.

    San Pablo nos invita a vivir ya como resucitados, nacidos de la Pascua: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allí arriba, no los de la tierra”.

    ¿Cómo es mi modo de vivir, como alguien que tiene la esperanza de la resurrección de Cristo en su vida o la de alguien aún aferrado a los bienes efímeros que pasan y que nos distraen de los esenciales?

    Feliz Pascua, hermanos.

    Cristo ha resucitado y nosotros también con él.

 


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