jueves, 26 de marzo de 2026

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

 HOSANNA AL HIJO DE DAVID


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Con la celebración del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor nos adentramos en el período más intenso y significativo de todo el año cristiano: la Semana Santa.

    Cantando como los habitantes de Jerusalén “Hosanna al Hijo de David; bendito el que viene en nombre del Señor”, y agitando en nuestras manos las palmas mientras entrabamos en el templo, hemos revivido anticipadamente en la procesión el triunfo de Jesucristo, su Resurrección.

    Pero estas aclamaciones de alegría duraron poco tiempo, como hemos escuchado en la lectura de la Pasión del Señor, pues inmediatamente resonarán los gritos hostiles contra Jesús, quién, a pesar de ser inocente, fue condenado a la muerte en la Cruz. Muchos de los que hoy gritaban “Hosanna al hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor”, el próximo viernes gritarán “crucifícalo, crucifícalo”, y lo llevarán hasta la Cruz.

    Jesús es el Rey aclamado por el pueblo, el Mesías anunciado por los profetas y esperado por los pobres, pero su actitud, montado sobre un borriquillo, manifiesta que llega en son de paz, como estaba anunciado.

    La momentánea alegría del pueblo judío, que esperaba un caudillo libertador, contrasta con las lágrimas de Jesús al llegar a Jerusalén y comprobar la obstinación de sus corazones, cerrados al amor y a la misericordia divina.

    El relato de la Pasión, su escucha y los sentimientos que suscita, nos sitúan muy cerca de Jesucristo y de sus sufrimientos, puesto que será traicionado, escarnecido, flagelado y crucificado. Su ejemplo de obediencia y docilidad a la voluntad de Dios, de amor efectivo y de cumplimiento de la voluntad divina, es la más esclarecedora expresión y el gesto más profundo y auténtico del amor divino, que llega hasta derramar la última gota de sangre para salvarnos a todos. Nos amó y se entregó por nosotros, para salvarnos.

    En la lectura de la Pasión hemos recordado la entrega total de Cristo por nuestra salvación. Ese es su deseo y el motivo de que acepte el sufrimiento: su amor al Padre y su amor por cada uno de nosotros. 

    Las lecturas que hemos escuchado nos preparan para todo lo que vamos a vivir durante toda la Semana Santa. En ella podremos profundizar con todo detalle en lo que Jesús ha hecho por cada uno de nosotros.

    Entre los muchos personajes que aparecen en la narración, la mayoría gente común del pueblo, algunos quedan afectados por lo que estaba sucediendo: Simón de Cirene es obligado a ayudar a llevar la cruz con Jesús; las mujeres de Jerusalén se lamentan al ver el sufrimiento de Jesús; el buen ladrón, que comprendió su inocencia y que le pidió que se acordara de él cuando entrara en su reino; el centurión, que confesó al verle morir que era un hombre justo; las mujeres que lo seguían desde Galilea y lloraban a verlo pasar cargado con la cruz; José de Arimatea que se preocupó del cuerpo de Jesús y de enterrarlo... 

    ¿Qué siento y quiero hacer yo ante la Pasión de Jesucristo que entrega su vida por mí como expresión del amor que Dios me tiene? ¿Cómo voy a vivir esta Semana tan intensa para mi fe?

    Toda la Cuaresma llevamos oyendo hablar de la necesidad de Conversión, de cambio del corazón. Pero sabemos bien, por experiencia propia, que es imposible cambiar sin la gracia de Dios. Por esto, la mejor forma de entrar en la Semana Santa es recibiendo el perdón de Dios en el sacramento de la Confesión o sacramento de la Reconciliación.

    Hay muchos cristianos que hoy se engañan pensando que pueden prescindir de este sacramento y dicen “yo me confieso con Dios”. Pero al igual que el resto de los sacramentos los recibimos de la Iglesia, también el perdón de Cristo nos llega por la Iglesia, ya que dijo a los apóstoles “A quienes perdonéis los pecados les quedarán perdonados”.

    Vamos a tener el Lunes y Martes santo las celebraciones penitenciales en nuestras parroquias de la Unidad Pastoral. Quien no pueda en estas, puede acercarse a otra iglesia donde haya confesiones. Que podamos entrar con el corazón limpio de pecado en los días más santos del año para un cristiano.

 


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