¿QUIÉN DE LOS DOS CUMPLIÓ LA VOLUNTAD DEL PADRE?
COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA Cada
domingo al ser proclamadas las lecturas es Dios quien nos habla. Al escuchar a los
profetas y recordar los sucesos de la historia de Israel, los llevamos a
nuestra propia vida, porque ahora nosotros somos su pueblo amado y su historia
sagrada nos habla de nuestra propia historia.
Y al escuchar el evangelio, es Jesús quien
nos habla. No se cansa de hacerlo, aunque a veces su semilla encuentre en
nosotros una tierra endurecida. Es lo que sucede cuando pensamos “ese evangelio
ya lo he escuchado, ya sé de qué habla” o “ya sé bien lo que dice el Evangelio,
pero vivir en el mundo de hoy es otra cosa”.
Aunque seamos tantas veces esa tierra dura,
con cardos y piedras que son nuestras resistencias interiores, el sembrador de
la Palabra no se cansa de sembrar en nosotros.
El evangelio de hoy es una parábola y su
aplicación. La parábola la entendemos muy bien: un padre que tiene dos hijos. Son
muy diferentes entre sí: uno es el bueno, el que le llama “Señor” y se muestra
cumplidor a la primera; el otro es el rebelde, el que responde de manera brusca
diciendo “no quiero ir” cuando el padre le pide ir a trabajar en la viña.
Pero resulta que el rebelde y malo
recapacita y va a hacer lo mandado, termina cumpliendo la voluntad del padre. En
cambio, el que supuestamente era bueno y complaciente, se queda en las buenas palabras,
pero no va al trabajo.
Jesús pregunta a los sumos sacerdotes y
ancianos del templo, que eran los oficialmente buenos del pueblo hebreo:
"¿Quién de los dos cumplió la voluntad del Padre?”. La respuesta está bien
clara: aquel que pasó de las palabras e intenciones a las obras.
Jesús dijo en otra ocasión: “No todo el que
me dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino aquel que cumple
la voluntad de mi Padre del cielo”.
¿Pasamos de las palabras a las obras… o nos
quedamos en estas?
Cuando escucho la llamada insistente de
Jesús a perdonar de corazón, a acoger al diferente y a comprenderle, a
compartir con generosidad, sin tacañería… ¿se produce algún cambio real y
efectivo en mí o solo me quedo en los buenos propósitos, las buenas ideas y las
buenas palabras?
Cada domingo escuchamos la Palabra de Dios
y la palabra de Jesucristo. Ojalá que sí las escuchemos con verdadero interés y
acogida. Pero, al salir del templo, es cuando tenemos que empezar a vivirlas en
la vida concreta y con los que tenemos alrededor. Aunque sea con un pequeñísimo
cambio en algo, la Palabra de Dios no nos puede dejar exactamente igual que
antes de oírla.
Jesús
se confronta con los sacerdotes y ancianos del pueblo, que eran los guías
espirituales del pueblo israelita. No lo hace por polemizar, sino para
provocarles y moverles a una conversión real.
Porque al considerarse a ellos mismos tan
suficientemente buenos, tan sobradamente religiosos y justos, estaban cerrados
a la llamada de Dios que les está llegando por Jesús.
En cambio, los pecadores, los últimos, los
despreciados, acogían la llamada de Dios a través de las predicaciones de Juan
Bautista y de Jesús, se convertían de su pecado, imploraban el perdón y así entraban
en el Reino de Dios.
El profeta Isaías lo dice: “cuando el malvado
se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él
salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente
vivirá y no morirá”.
Son palabras muy duras las de Jesús: “los
publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios”.
Estos marginados son como el hijo rebelde de la parábola que ha contestado al
padre “No quiero ir”, pero, al recapacitar, cumple lo que se le ha mandado.
Hoy la Palabra de Dios es una llamada que
nos interroga:
¿Cuál
de los dos hijos de la parábola soy yo?
¿El
que se queda en las buenas intenciones y palabras o el que pasa de las ideas a
las obras y da frutos reales de conversión?
Cada
domingo al ser proclamadas las lecturas es Dios quien nos habla. Al escuchar a los
profetas y recordar los sucesos de la historia de Israel, los llevamos a
nuestra propia vida, porque ahora nosotros somos su pueblo amado y su historia
sagrada nos habla de nuestra propia historia.
Y al escuchar el evangelio, es Jesús quien
nos habla. No se cansa de hacerlo, aunque a veces su semilla encuentre en
nosotros una tierra endurecida. Es lo que sucede cuando pensamos “ese evangelio
ya lo he escuchado, ya sé de qué habla” o “ya sé bien lo que dice el Evangelio,
pero vivir en el mundo de hoy es otra cosa”.
Aunque seamos tantas veces esa tierra dura,
con cardos y piedras que son nuestras resistencias interiores, el sembrador de
la Palabra no se cansa de sembrar en nosotros.
El evangelio de hoy es una parábola y su
aplicación. La parábola la entendemos muy bien: un padre que tiene dos hijos. Son
muy diferentes entre sí: uno es el bueno, el que le llama “Señor” y se muestra
cumplidor a la primera; el otro es el rebelde, el que responde de manera brusca
diciendo “no quiero ir” cuando el padre le pide ir a trabajar en la viña.
Pero resulta que el rebelde y malo
recapacita y va a hacer lo mandado, termina cumpliendo la voluntad del padre. En
cambio, el que supuestamente era bueno y complaciente, se queda en las buenas palabras,
pero no va al trabajo.
Jesús pregunta a los sumos sacerdotes y
ancianos del templo, que eran los oficialmente buenos del pueblo hebreo:
"¿Quién de los dos cumplió la voluntad del Padre?”. La respuesta está bien
clara: aquel que pasó de las palabras e intenciones a las obras.
Jesús dijo en otra ocasión: “No todo el que
me dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino aquel que cumple
la voluntad de mi Padre del cielo”.
¿Pasamos de las palabras a las obras… o nos
quedamos en estas?
Cuando escucho la llamada insistente de
Jesús a perdonar de corazón, a acoger al diferente y a comprenderle, a
compartir con generosidad, sin tacañería… ¿se produce algún cambio real y
efectivo en mí o solo me quedo en los buenos propósitos, las buenas ideas y las
buenas palabras?
Cada domingo escuchamos la Palabra de Dios
y la palabra de Jesucristo. Ojalá que sí las escuchemos con verdadero interés y
acogida. Pero, al salir del templo, es cuando tenemos que empezar a vivirlas en
la vida concreta y con los que tenemos alrededor. Aunque sea con un pequeñísimo
cambio en algo, la Palabra de Dios no nos puede dejar exactamente igual que
antes de oírla.
Jesús se confronta con los sacerdotes y ancianos del pueblo, que eran los guías espirituales del pueblo israelita. No lo hace por polemizar, sino para provocarles y moverles a una conversión real.
Porque al considerarse a ellos mismos tan suficientemente buenos, tan sobradamente religiosos y justos, estaban cerrados a la llamada de Dios que les está llegando por Jesús.
En cambio, los pecadores, los últimos, los despreciados, acogían la llamada de Dios a través de las predicaciones de Juan Bautista y de Jesús, se convertían de su pecado, imploraban el perdón y así entraban en el Reino de Dios.
El profeta Isaías lo dice: “cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”.
Son palabras muy duras las de Jesús: “los
publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios”.
Estos marginados son como el hijo rebelde de la parábola que ha contestado al
padre “No quiero ir”, pero, al recapacitar, cumple lo que se le ha mandado.
Hoy la Palabra de Dios es una llamada que
nos interroga:
¿Cuál
de los dos hijos de la parábola soy yo?
¿El
que se queda en las buenas intenciones y palabras o el que pasa de las ideas a
las obras y da frutos reales de conversión?




