miércoles, 21 de octubre de 2026

DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 ¿CUÁL ES EL MANDAMIENTO PRINCIPAL?


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Visto que no pudieron atrapar a Jesús con la pregunta comprometida acerca de si se debe pagar el tributo o no, como escuchamos el domingo pasado, los fariseos le envían ahora un peso pesado: un maestro de la Ley.

    Cuando hablamos de la ley en este contexto del evangelio, no es la ley civil, sino la ley religiosa, que se debía cumplir para ser un buen judío y que se aprendía desde niños en las sinagogas.

    Desde luego que los preceptos más importantes eran los diez mandamientos. Dios se los entrega a Israel por medio de Moisés en el monte Sinaí. Son las normas esenciales de la Alianza, lo más importante de lo que Dios espera del hombre para que lleve una vida humana y recta.

    Pero junto al Decálogo se habían ido añadiendo muchas normas, prohibiciones y reglas, hasta más de 600, que regulaban en lo más mínimo el modo de actuar del hebreo en la calle, en la casa, en el templo. Incluso a la hora de comer.

    Jesús lo compara con un fardo muy pesado que quieren cargar sobre los hombros de la gente, aunque ni ellos mismos lo podían soportar.

    Por eso, la pregunta que le dirige aquel enviado de los fariseos no es poca cosa: ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley?

    Las distintas escuelas, con sus rabinos al frente, discutían esta cuestión, acerca de qué era lo más importante de la ley.

    Recordemos que su propósito no era aprender de Jesús, aunque sí terminarán haciéndolo, sino desacreditarlo como rabí, como maestro religioso, ante sus discípulos.

    Jesús responde con las palabras que ya estaban en la Sagrada Escritura, no necesita inventar nada nuevo. En el libro del Deuteronomio se dice que Dios debe ser amado sobre todo y con todo el corazón, el alma y la mente, es decir, con toda la persona. Y en el libro del Levítico se pide no odiar a nadie de tu pueblo y amar al prójimo, al semejante, como a uno mismo.

    ¿Dónde está la novedad en la enseñanza de Jesús? En unir ambos mandamientos y decir que el primero es semejante al segundo. Son inseparables: no es real el amor a Dios si no lleva al amor al prójimo y no se sostiene el amor al prójimo, que a veces es muy difícil de amar, si no lo amamos con el amor que recibimos de Dios.

    Así de claro lo enseña Jesús. En lugar de perderse en ese bosque de leyes en las que se perdían discutiendo los fariseos, Jesús enseña la raíz del árbol, lo verdaderamente importante.

    Quien trata de vivir este mandamiento doble guardará lo más importante; por eso dice que sostienen la Ley y los profetas, o lo que es lo mismo, la Biblia entera.

    La otra cuestión que surge es: ¿y quién es mi prójimo? Porque algunos decían que a quien debía amar era al que es de los míos, al que pertenece a mi pueblo, a mi semejante.

    A quien le preguntó esto, Jesús le respondió con la parábola del buen samaritano: ¿quién es mi prójimo? El que está cerca de mí y lo necesita, sea quien sea, es de quien yo debo hacerme prójimo.

    Esa es la segunda gran novedad de Jesús: hace universal el alcance que debe tener el amor de sus discípulos. Sin fronteras, sin distinción de piel, de lengua, de raza, de pensamiento…

    Esto ya aparecía en el Antiguo Testamento, como escuchamos hoy en la lectura del Éxodo: el emigrante, el huérfano, la viuda, el pobre, deben ser tratados con respeto y ayudados. No hacerlo es ofender gravemente a Dios, que es compasivo. Pero, frecuentemente, este mensaje era olvidado, como también nosotros olvidamos, en nuestra vida diaria, este evangelio de hoy.

    Demos gracias al Señor Jesús, que no nos carga sobre los hombros pesados fardos de leyes, sino que nos enseña lo esencial, lo que debemos intentar vivir cada día: un doble mandamiento que está unido, amar a Dios y amar al prójimo.

    Llevemos esta Palabra de vida en el monte y en el corazón al salir de la iglesia hoy, para que alumbre nuestra vida durante toda la semana.

 


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