jueves, 8 de octubre de 2026

DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 TENGO PREPARADO EL BANQUETE


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Una de las experiencias de la vida cotidiana que más nos gustan y nos causan alegría es reunirnos para una buena comida.

    Puede ser con motivo de una fiesta del pueblo, de una reunión familiar o, simplemente, porque hace tiempo que no nos encontrábamos. Reunirnos para compartir en torno a una mesa, con buen ambiente, siempre es motivo de gozo, nos saca de la rutina de los días en los que, tantas veces, comemos solos.

    Comer es también un acto social, una oportunidad de compartir la vida con los demás, de charlar, de disfrutar.  El tiempo aquí no se mide, se disfruta.

    Pero también podemos haber tenido la experiencia contraria: la de haber sido invitados a comer en una celebración en la que no queríamos estar y, por compromiso, hemos tenido que aceptar. Estamos a regañadientes y la comida, aunque sea exquisita, no la disfrutamos porque estamos deseando que se acabe pronto…

    Todas estas experiencias nos sirven para entender la Palabra de Dios de este domingo, en la que la imagen del banquete se repite en la primera lectura, con su eco en el salmo, y en el evangelio.

    El profeta Isaías compara la salvación que Dios nos ofrece, el reino de Dios, con un banquete. Un banquete que es un festín; manjares suculentos, vinos de solera y refinados, manjares exquisitos.

    Si a nosotros, que gracias a Dios tenemos de casi todo, ya nos suena bien... ¿Cómo les sonarían esas palabras a los israelitas que le escuchaban y que vivían entre privaciones, con alimentos pobres y repetitivos, y escasez de agua?

    Evidentemente que se trata solo de una forma de hablar. Cuando estemos ante Dios ya no necesitaremos comida ni bebida.

    Lo que quiere expresar así es que todas las necesidades humanas quedarán satisfechas, no habrá hambre ni sed de nada en absoluto. Estar ante Dios es ser colmados de todo lo mejor que podamos desear.

    Isaías dice que ese festín será para todos los pueblos de la tierra, porque la salvación ofrecida es universal. La muerte será aniquilada, para que ya no cause más daño ni cubra como un velo oscuro a las naciones, y Dios mismo, como un padre o una madre, enjugará las lágrimas de los rostros de sus hijos, tantas lagrimas causadas por los sufrimientos de esta vida temporal, a veces penosa.

    La experiencia del salmista es la de ser conducido en esta vida por el Buen Pastor hasta alcanzar el maravilloso festín: “preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos, me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa”.

    El banquete como imagen para expresar la salvación ofrecida por Dios le sirve también a Jesús para dirigirse con una nueva parábola a los sacerdotes y ancianos del pueblo. El mensaje tiene bastante que ver con el del domingo pasado, la parábola de los labradores abusivos y malvados.

    Un rey, que es Dios Padre, celebra la boda de su hijo, que es Jesús, y llama a los invitados primeros, que son el pueblo de Israel, enviándoles a sus criados emisarios, que son los profetas. Pero los invitados rechazan esa generosa invitación, porque dicen que están demasiado ocupados en sus cosas para aceptar.

    No solo la rechazan, sino que terminan matando a los emisarios para que ya no les inviten más.

    El rey comprende que aquellos invitados, los que debían asistir en primer lugar, no eran dignos del banquete. Al rechazar a Jesucristo, el Hijo que quiere desposarse con la humanidad en una nueva alianza, están rechazando sentarse al banquete del Padre, el Reino de Dios.

    Así que los criados salen a los cruces de los caminos a llamar a todos los que encuentren para sentarlos a la mesa. Es una imagen que habla de la Iglesia, de la que ya formamos parte todos, judíos y gentiles por igual, sin distinción de raza ni pueblo.

    Todos invitados a una misma mesa de la eucaristía, que es un adelanto en este mundo de la mesa futura del Reino de Dios.

    Hoy somos nosotros los invitados. Pero la historia parece que se repite y hoy son muchos los bautizados que, como en la parábola, rechazan con mil y una excusas la invitación a la mesa de la eucaristía dominical: hay que hacer deporte, hay que salir a comer con la familia, nos vamos de excursión, es el día que aprovecho para descansar, etc., etc.

    La parábola tiene una segunda parte: hay uno en aquella sala de invitados que no lleva el traje apropiado para el festín. No es que no le haya dado tiempo a cambiarse de ropa, sino que no le ha dado importancia a la invitación y cree que puede sentarse allí de cualquier manera, sin más. Es expulsado fuera por el rey.

    Esta segunda parte de la parábola es una apelación a la responsabilidad personal. Además de aceptar la invitación al banquete de la salvación, hay que llevar el vestido adecuado: la conversión continua y el vestido de la caridad fraterna, siguiendo el ejemplo de Jesús y las enseñanzas del evangelio, es lo que nos permite vestir el vestido de fiesta para poder sentarnos a la mesa de la eucaristía ahora y, después, a la mesa del reino de Dios.

 

 


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