Y EL VERBO SE HIZO CARNE...
Profundizando en el regalo de la Navidad
Hoy, hermanos, estamos celebrando
el domingo segundo después de Navidad. Toda la liturgia de la Navidad
constituye como una maravillosa catequesis completa en la que, guiados por la
Palabra de Dios y por las oraciones, vamos profundizando en qué supone la
encarnación del Salvador.
Decimos que la encarnación es un
Misterio en el sentido de que, por más que hablemos de la Navidad o la representemos
visiblemente con los belenes y las tiernas imágenes del Niño Jesús, lo que ha
sucedido en ella es algo que nos sobrepasa, que no podemos abarcar en absoluto.
Este segundo domingo es un paso
más en ese deseo de profundizar en el misterio del maravilloso intercambio,
como se le llamó desde la antigüedad de la Iglesia: Dios se hace un hombre,
como nosotros, para que nosotros podamos entrar en la familia de Dios
participando, como hijos e hijas amados, de la naturaleza divina.
La verdadera sabiduría, don de Dios
En la primera lectura que se nos
acaba de proclamar, tomada del Antiguo Testamento, se presenta a la sabiduría
personificada, como una enviada de Dios que, por deseo de este, viene a habitar
en medio de su pueblo, a poner su morada entre los hombres. Es una sabiduría
que brota de Dios, que no tiene principio, que existe desde siempre, que se
hace amiga de los hombres, que comparte su existencia y les hace –nos hace-
bien.
Esa sabiduría de la Biblia, que viene a
habitar entre los hombres y se regala a quienes la piden y la acogen de
corazón, no es una acumulación de conocimientos, como cuando nosotros decimos
que una persona es sabia en tal o cual materia.
Es, sobre todo, saber vivir
rectamente ante Dios, saber vivir según su voluntad. Es bendita la sabiduría de
Dios, ensalzada por los hombres y mujeres de buena voluntad, porque produce
bien y alegría, sus frutos son de justicia y paz.
¡Qué importante es pedirle a Dios
el don de la sabiduría, fruto del Espíritu Santo, para poder vivir como él espera
que vivamos! Con tantos medios de comunicación al alcance de la mano, con tanta
información disponible con solo tocar el teléfono que llevamos permanentemente
encima…. y no por ello somos más sabios. Más bien nos quejamos, tantas veces,
de que estamos confusos con tanta información, de que no sabemos separar lo
importante de lo accesorio, de que ni podemos distinguir ya lo verdadero de lo
falso…
Pidamos el don de la Sabiduría
divina para este nuevo año 2026 que acabamos de estrenar. Para que, con ella, no
vivamos en las sombras, sino en la luz, no vivamos en la mentira, sino en la
verdad, no vivamos en la confusión, sino en la claridad.
Nos deseamos de corazón unos a
otros, para este nuevo año, lo mismo que les desea san Pablo a los cristianos
de Éfeso en la carta que hoy hemos leído: “que el Dios de nuestro Señor
Jesucristo, el Padre de la gloria, os de espíritu de sabiduría y revelación
para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál
es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia
a los santos”.
Un camino seguro para vivir la
vida según la Sabiduría de Dios lo tenemos al alcance de la mano: es acoger su
Palabra. El evangelio de hoy es el mismo que escuchabamos el día de la Navidad:
el comienzo del evangelio según san Juan.
En lugar de hablar del nacimiento
de Jesús, del parto de María, de la adoración de los pastores y los magos, como
los otros evangelistas, Juan nos invita a mirar en profundidad qué es lo que
acontece allí: el Verbo, la Palabra de Dios que trae la luz y la sabiduría de
Dios, ha venido al mundo para alumbrar a todo hombre.
Jesús es la Palabra de Dios hecha
carne. Todo lo que Dios necesita decirnos acerca de él, acerca de nosotros, nos
lo dice ya en su Hijo Jesucristo. No necesitamos preguntarle nada más, porque
nos lo ha dicho todo, en expresión de san Juan de la Cruz.
Acoger la Palabra de Dios es
acoger a Jesús, la Palabra humanada, y es acoger a Dios que nos lo envía.
Pensemos un poco: ¿Cómo acogemos
la Palabra de Dios en las celebraciones de la iglesia?, ¿con unos oídos, una
mente y un corazón abiertos o, por el contrario, con desgana, con desinterés,
con rutina?
Porque dice el evangelista que la
Palabra vino a los suyos y los suyos, que somos también nosotros, no la
recibieron.
Durante este nuevo año, ¿la
Palabra de Dios estará presente en nuestras casas, en nuestras reuniones de
familia, en nuestra vida cotidiana? ¿Buscaremos su sabiduría o trataremos de
aprender de sabelotodos, opinadores e influencers
que nos manipulan con intereses concretos?
A cuantos reciben esta Palabra,
les da poder de ser hijos de Dios, que es lo más grande y bonito a que podemos
aspirar. Pidamos la sabiduría y busquémosla acogiendo de verdad la Palabra.

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