viernes, 28 de febrero de 2025

DOMINGO VIII TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

 EL ARBOL BUENO DA BUENOS FRUTOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Se dice muchas veces que la Palabra de Dios es compleja y que si no fuese porque nos la explican en misa no la entenderíamos. Esto puede ser verdad con algunos pasajes, especialmente del Antiguo Testamento, y sucede así porque pertenecen a un tiempo y a una cultura muy alejados de nosotros.

    Pero otras veces, la mayoría, se entiende perfectamente. Así ocurre con el sermón de Jesús que llevamos tres domingos escuchando en el evangelio de las misas: las bienaventuranzas, el mandato de amar incluso a los enemigos y hacerles el bien, y este pasaje de hoy, que es una llamada a evitar el juicio a los demás y buscar primero nuestra propia corrección, sin querer aparentar lo que no somos.

    Al buen maestro siempre se le entienden las lecciones, incluso los alumnos más sencillos. Y la verdad es que a Jesús se le entiende todo. La mayoría de sus oyentes eran personas muy sencillas, y él sabía traducir las enseñanzas más elevadas por medio de parábolas, tomadas de la vida de cada día. Hoy el evangelista Lucas reúne varias parábolas diferentes.

    ¿De qué nos habla en este domingo el Señor? De que es necesario que seamos personas verdaderas, ya que la fe cristiana no se aparenta, se vive.

    En el tiempo de Jesús, y también en la actualidad, la apariencia es algo a lo que le se da mucha importancia. Los fariseos y los escribas, con los que Jesús tiene tantos roces, cultivaban la apariencia de ser personas piadosas y rectas, que vivían siguiendo la Palabra de Dios hasta en los detalles más pequeños. Pero, bajo toda esa capa de profunda religión, muchas veces había unos criterios nada piadosos, propios de jueces duros con los más humildes, de codicia de los bienes, de falta de compasión y ternura.

    Todos conocemos a personas muy preocupadas en perfeccionar su apariencia para dar una mejor imagen, intentando que no se note el engaño. Pero no sólo caen en esta tentación algunos políticos y personajes públicos: nosotros mismos también estamos tentados a hacerlo.

    Quizás a nosotros también nos preocupa bastante la opinión que los demás tienen. Y puede que, en lugar de esforzarnos en mejorar interiormente para ofrecer a los demás lo mejor de nosotros mismos, que es lo verdaderamente importante, dediquemos los mayores esfuerzos en mejorar exteriormente, en aparentar ser buenas personas.

    Jesús nos dice que la raíz del hombre, su verdad, está en el corazón. Según cómo esté, así serán los frutos que produzca; si está rebosando de mal, los frutos serán malos, si está rebosando de bien, los frutos serán buenos. Jesús no quiere discípulos que aparenten ser buenos y religiosos, sino creyentes auténticos que, reconociendo sus limitaciones y pecados, se esfuerzan por levantarse y seguir convirtiéndose al Evangelio.

    La primera lectura, de un libro de la sabiduría del Antiguo Testamento, nos dice lo mismo: “el fruto revela el cultivo del árbol, así la palabra revela el corazón de la persona”.

    ¿Cuál es mi verdad? Ante Dios no podemos ponernos disfraces de carnaval ni darnos baños de “perfume religioso”, porque nuestros corazones no tienen secretos para Dios.

    Este es el último domingo antes de iniciar el tiempo cuaresmal con el miércoles de ceniza. La cuaresma es un tiempo importante para la conversión de los cristianos, para buscar el cambio verdadero del corazón y de la vida.

    Pondremos la ceniza sobre nuestras cabezas para reconocer quienes somos de verdad y cuanta necesidad tenemos de conversión. El ayuno, la oración y la limosna, las tres prácticas propias de la cuaresma, vividas de verdad y descubriendo su sentido más hondo, nos ayudarán en este itinerario de renovación hasta que lleguemos a la Pascua.

    ¿Con qué nos podemos quedar de la Palabra de Dios de este domingo? Tres pinceladas:

  • No se trata de ser árboles que aparenten, llenos de hojas verdes deslumbrantes, sino de producir frutos de verdad.
  • No se trata de descubrir los errores y pecados de los demás, sino, en primer lugar, cada uno debe mirarse a sí mismo. Porque un ciego no puede guiar a otro ciego ni podemos ser maestros de nadie si antes no somos buenos discípulos.
  • Para poder dar frutos buenos, los que Dios espera, el árbol tiene que estar sano desde su raíz, que en nosotros es el corazón.

    La cuaresma que inauguraremos esta próxima semana es un tiempo propicio para trabajar en la conversión de las actitudes, siempre con la ayuda de Dios.


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