viernes, 17 de abril de 2026

TERCER DOMINGO DE PASCUA (ciclo A)

 QUÉDATE CON NOSOTROS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Seguimos caminando ilusionados en el maravilloso camino del tiempo pascual que comenzábamos en la noche de la Vigilia Pascual y que nos llevará hasta la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés.

    Cada domingo de Pascua, la Palabra de Dios nos ayuda a crecer en la fe en la presencia entre nosotros del Señor Resucitado. El interés de los evangelistas al contarnos estos encuentros con el Resucitado que tuvieron tantos discípulos, no es satisfacer nuestra curiosidad contándonos unas experiencias extraordinarias que solo ellos tuvieron, sino decirnos a los cristianos de cada tiempo que Jesús vive y que podemos encontrarlo hoy.

    En el evangelio del pasado domingo, el segundo de Pascua, Cristo se aparece a aquellos discípulos que estaban encerrados por el miedo. Les da su paz y el Espíritu Santo, para que continúen su misión perdonando los pecados en su nombre. Tomás duda y necesita tocar para creer. Por eso el Resucitado le dice: “Bienaventurados los que crean sin haber visto”.

    Nosotros no vamos a tener esas mismas apariciones del Resucitado, no vamos a comer pan y pescado con él, no vamos a tocar las huellas de los clavos y de la lanza en su cuerpo glorioso, porque ya ha ascendido al Padre.

    ¿Cómo podemos experimentar su presencia ahora? La respuesta nos la da, precisamente, el evangelio de este tercer domingo.

    Es una escena maravillosa, una verdadera catequesis la que nos presenta el capítulo 24 del evangelio según san Lucas.

    Dos discípulos van caminando de Jerusalén a Emaús en el primer día de la semana, es decir el domingo. Van conversando y discutiendo, cargados de tristeza y decepción, de todo lo que ha pasado: la muerte en cruz de su Maestro, su sepultura, la disolución del grupo de los discípulos.

    Por esto dejan Jerusalén y se vuelven a su aldea, porque ya no esperan nada más ni tienen motivos para quedarse en aquella ciudad.

    Pero entonces ocurre que un misterioso caminante se pone a su lado y les acompaña; es el Señor resucitado, pero sus ojos, faltos de fe y sobrados de tristeza, no son capaces de reconocerle.

    Se interesa por su conversación, les anima a sacar de su corazón lo que les tiene angustiados: ellos esperaban que Jesús de Nazaret fuera el libertador de Israel, pero ya hace tres días de su sepultura y los testimonios de las mujeres, que dicen haberle visto vivo, y de algunos discípulos, que cuentan que su sepulcro está vacío, no les convencen.

    Nos puede pasar también a nosotros lo mismo: que recorramos el camino de Jerusalén a Emaús, el camino de la vida, decepcionados o con una fe en crisis debido a que alguna experiencia negativa que vivimos nos ha hecho dudar del Señor y de su compañía.

    ¿Qué hace entonces el misterioso caminante al que no reconocen? Les explica las Escrituras, les calienta el corazón con la Palabra de Dios, en la que ya todo estaba anunciado. Ellos, como hebreos, conocían las Escrituras, pero no las habían interpretado como debían; por eso esperaban de Jesús de Nazaret un mesías victorioso y no un mesías que, como cordero inocente, debía ser entregado a la muerte por todos.

    Cuando, sentado a la mesa con ellos, bendice el pan, lo parte y se lo da, se les abren los ojos y se les despierta la fe. Entonces lo reconocen, porque hace el mismo gesto de amor que les dio en la última cena pascual cuando instituyó el sacramento que debían seguir realizando en su nombre: la Eucaristía, la fracción del pan.

    Entonces el Resucitado desaparece de su lado. Ya no es necesaria su presencia física, porque ahora ya saben, y ya sabemos, cómo le pueden reconocer a su lado, les ha dado la clave: en la comunidad reunida con el Señor en el centro, en la Palabra de Dios y en la fracción del pan. Es decir, en la Eucaristía.

    Esto es lo que nos puede enseñar el evangelio de este domingo: el Señor está con nosotros en la Eucaristía dominical, en la comunidad que se reúne en su nombre para que Él mismo nos explique las Escrituras y nos parta el Pan de Vida que es su Cuerpo.

    Esto es lo que debemos vivir y lo que debemos contar a los demás con ilusión y valentía, como Pedro hace con la fuerza del Espíritu Santo que recibió en Pentecostés.

 


jueves, 9 de abril de 2026

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA (ciclo A)

 DICHOSOS LOS QUE CREAN SIN HABER VISTO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Seguimos dentro de la Cincuentena Pascual, que llegará hasta la fiesta del Espíritu Santo en Pentecostés, y es bueno que nos sigamos deseando unos a otros: ¡Feliz Pascua!

    La Pascua es un acontecimiento tan grande y maravilloso que necesitamos de todas estas semanas para acogerlo en nuestras mentes y nuestros corazones.

    En la Iglesia de los primeros siglos, los que habían sido bautizados en la Vigilia Pascual seguían vistiendo durante estos cincuenta días con su túnica blanca, signo de la pureza y del perdón de los pecados, y de la dignidad de hijos de Dios que habían recibido. Nosotros también hemos renovado nuestro bautismo en esa noche santa y lo hacemos al comenzar cada eucaristía de la Pascua, sustituyendo la aspersión del agua al acto penitencial.

    En este segundo domingo, el evangelio nos presenta una aparición del Señor resucitado a sus discípulos. Ocurre en la noche del domingo, que era el día primero de la semana según el calendario judío, ya que el sábado era el día de descanso sagrado y el último de la semana.

    Los discípulos están escondidos, llenos de dudas y de miedos: ¿Qué será de ellos ahora que el Maestro no está?, ¿Serán perseguidos como él?

    Les han llegado las primeras noticias del sepulcro vacío, que descubren primero María Magdalena y después Pedro y Juan, como escuchábamos en el evangelio del domingo de Pascua. Pero esto no les basta aún para creer algo tan desconcertante como la resurrección.

    Les costó mucho aceptar la resurrección de aquel que han visto morir en la cruz, ser descendido muerto y sepultado. A pesar de que Jesús se lo había anunciado más de una vez, ellos, como todos los hebreos, creían en una resurrección al final de la historia, pero no en la de alguien en particular antes del fin de los tiempos.

    No debe extrañarnos pues la reacción de Tomás; aunque los demás discípulos le aseguren que han visto al Señor, él quiere tocar las huellas de la pasión en su costado y en sus manos para estar seguro.

    El Señor Resucitado se presenta en medio de ellos y les saluda: “Paz a vosotros”. No les reprocha su cobardía, ni que lo hayan negado y abandonado en las horas durísimas de su Pasión, sino que les saluda con el mismo amor de siempre y les desea la Paz, les trae la Paz que necesitan para sus corazones heridos y angustiados.

    Sopla sobre ellos el aliento del Espíritu Santo que trae del Padre para que, con su fuerza, puedan continuar su misión. No olvidemos esto: los bautizados en Cristo debemos continuar su misión en este mundo y en esta historia, hacer lo mismo que Él hizo: consolar, perdonar, alimentar, sanar… en definitiva, amar a los hermanos hasta dar la vida.

    La Iglesia, con todas sus instituciones, personas y recursos, está al servicio del Evangelio de Jesucristo, de su proyecto del Reino de Dios. Es esto, y solo esto, lo que debe dar sentido a lo que somos y hacemos.

    El apóstol más incrédulo, Tomás, puede tocar las llagas del Crucificado que ahora es el Resucitado. A nosotros nos toca creer sin tocar ni ver. Por nosotros y por los cristianos de todos los tiempos dice el Resucitado esta importante bienaventuranza: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

    El apóstol Pedro, de igual modo, en la segunda lectura: No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

    Pero, aunque no toquemos al Resucitado físicamente ni podamos poner los dedos en sus llagas para creer, estamos rodeados de signos de su presencia. Basta con que miremos con fe.

    ¿Cuáles son estos signos de la presencia del Señor Resucitado? Los que aparecen en la primera lectura, tomada de los Hechos de los apóstoles, que describe la vida de la comunidad cristiana que surge desde la Pascua: una comunidad que se conoce y que se quiere, que se reúne en el nombre del Señor para orar, para compartir la fe, que da testimonio de fe ante los demás, que comparte lo que tiene y vive la eucaristía dominical con alegría y sencillez de corazón.

    Una comunidad así, una parroquia que sea así, es un testimonio para todos de que Jesús vive, de que ha resucitado y está con nosotros. A esa vida comunitaria es a la que todos debemos aspirar siempre, poniendo lo que cada uno es y puede al servicio de los demás. Y los que todavía no conocen a Jesucristo podrán descubrirlo por nuestra forma de vivir.

 


miércoles, 8 de abril de 2026

HORARIOS ABRIL 2026

 SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

SÁBADO 11 

18 H. VILLANUEVA (Misa vespertina)

DOMINGO 12

11 H. VILLAMOROS
12 H. VILLARRODRIGO
12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)
13 H. VILLAOBISPO

TERCER DOMINGO DE PASCUA

SÁBADO 18

18 H. VILLARRODRIGO (Misa vespertina)

DOMINGO 19

11 H. VILLAMOROS
12 H. ROBLEDO
13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)
13 H. VILLAOBISPO 

CUARTO DOMINGO DE PASCUA

SÁBADO 25

18 H. ROBLEDO (Misa vespertina)

DOMINGO 26

11 H. VILLANUEVA
12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)
12 H. VILLARRODRIGO
13 H. VILLAOBISPO

sábado, 4 de abril de 2026

DOMINGO DE PASCUA. ¡Cristo ha resucitado!

 NOSOTROS SOMOS TESTIGOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hoy es Pascua, la vida ha vencido la muerte, el Señor ha resucitado y su sepulcro está vacío. Hoy es el gran domingo del año, y todos los demás domingos del año serán un eco de este.

    Hemos vivido, con sencillez, en las parroquias de nuestra Unidad Pastoral, los días más decisivos en su vida y los días más importantes en nuestra fe: el Santo Triduo Pacual.

    No ha sido un simple recuerdo de hechos ya pasados, sino una actualización en el presente: le hemos acompañado en el cenáculo para la última cena pascual y hemos acompañado su tristeza y oración en el huerto el Jueves Santo, su camino hacia el Calvario, su Pasión y Muerte el Viernes Santo.

    ¡Qué suerte hemos tenido de poder vivir un Triduo Pascual sin distracciones, centrados en lo verdaderamente importante, en acompañar al Señor y agradecer su redención conseguida en la cruz!

     Por eso desde anoche, con la celebración solemne de la Vigilia Pascual, nos hemos  llenado de alegría por su resurrección. La resurrección es la prueba definitiva de la verdad de la vida de Cristo; si no hubiese resucitado, sería un profeta más, un hombre bueno con un gran mensaje al que, como a tantos otros antes, el mal y la injusticia acallaron y vencieron.

    Pero si resucita, tal y como había anunciado que el grano de trigo tenía que ser sepultado en la tierra para dar fruto abundante, entonces es que todo lo que dijo es cierto: realmente es el Hijo de Dios, el Salvador que nos puede dar vida eterna.

    María Magdalena se acerca al sepulcro a realizar un último gesto de amor con el cuerpo muerto de su querido y admirado Maestro. Sólo quiere terminar de ungir su cuerpo, porque las circunstancias tan duras que han vivido con la crucifixión no se lo han permitido. No se le pasaba por la cabeza que hubiera resucitado, como tampoco al resto de apóstoles que han huido a donde han podido para llorar la muerte y el fracaso de Jesús.

    Cuando ve el sepulcro vacío, corre a anunciárselo a Pedro y a Juan. Estos corren a comprobarlo y, al llegar, ven los lienzos y el sudario. Ven y creen. Creen y, por fin, logran entender la Palabra de Cristo que ya les anunció repetidamente su resurrección. Nadie podía haber robado el cuerpo y haber dejado así las valiosas telas, aquello era un signo claro de que la resurrección era real.

    ¿Qué significa para nosotros la resurrección de Jesucristo? Lo significa todo. Él ha vencido a la muerte y nos ha dado la esperanza de una vida nueva. Estamos salvados de la muerte y del pecado, que, aunque sigan teniendo poder sobre nosotros, ya no son definitivos, están vencidos por su resurrección.

    Dos son los grandes signos que nos acompañan en todas las celebraciones de la Pascua: la luz del cirio y el agua bautismal.

    La luz del cirio es la luz del resucitado que ilumina la oscuridad del mundo. ¿Qué oscuridad habría en este mundo y en nuestros corazones si el Señor no hubiese resucitado? No habría esperanza para nosotros; solo nos quedaría distraer la vida que se escapa, intentando no pensar que todo se va a acabar definitivamente. Muchas personas hay que viven así, sin conocer esta luz del Resucitado.

    El agua bautismal es la que nos ha hecho renacer, nos ha dado la vida nueva de los hijos de Dios. Por eso en estos domingos de Pascua la recibimos al comienzo de cada misa y renovamos así nuestro bautismo.

    San Pablo nos invita a vivir ya como resucitados, nacidos de la Pascua: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allí arriba, no los de la tierra”.

    ¿Cómo es mi modo de vivir, como alguien que tiene la esperanza de la resurrección de Cristo en su vida o la de alguien aún aferrado a los bienes efímeros que pasan y que nos distraen de los esenciales?

    Feliz Pascua, hermanos.

    Cristo ha resucitado y nosotros también con él.

 


jueves, 26 de marzo de 2026

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

 HOSANNA AL HIJO DE DAVID


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Con la celebración del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor nos adentramos en el período más intenso y significativo de todo el año cristiano: la Semana Santa.

    Cantando como los habitantes de Jerusalén “Hosanna al Hijo de David; bendito el que viene en nombre del Señor”, y agitando en nuestras manos las palmas mientras entrabamos en el templo, hemos revivido anticipadamente en la procesión el triunfo de Jesucristo, su Resurrección.

    Pero estas aclamaciones de alegría duraron poco tiempo, como hemos escuchado en la lectura de la Pasión del Señor, pues inmediatamente resonarán los gritos hostiles contra Jesús, quién, a pesar de ser inocente, fue condenado a la muerte en la Cruz. Muchos de los que hoy gritaban “Hosanna al hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor”, el próximo viernes gritarán “crucifícalo, crucifícalo”, y lo llevarán hasta la Cruz.

    Jesús es el Rey aclamado por el pueblo, el Mesías anunciado por los profetas y esperado por los pobres, pero su actitud, montado sobre un borriquillo, manifiesta que llega en son de paz, como estaba anunciado.

    La momentánea alegría del pueblo judío, que esperaba un caudillo libertador, contrasta con las lágrimas de Jesús al llegar a Jerusalén y comprobar la obstinación de sus corazones, cerrados al amor y a la misericordia divina.

    El relato de la Pasión, su escucha y los sentimientos que suscita, nos sitúan muy cerca de Jesucristo y de sus sufrimientos, puesto que será traicionado, escarnecido, flagelado y crucificado. Su ejemplo de obediencia y docilidad a la voluntad de Dios, de amor efectivo y de cumplimiento de la voluntad divina, es la más esclarecedora expresión y el gesto más profundo y auténtico del amor divino, que llega hasta derramar la última gota de sangre para salvarnos a todos. Nos amó y se entregó por nosotros, para salvarnos.

    En la lectura de la Pasión hemos recordado la entrega total de Cristo por nuestra salvación. Ese es su deseo y el motivo de que acepte el sufrimiento: su amor al Padre y su amor por cada uno de nosotros. 

    Las lecturas que hemos escuchado nos preparan para todo lo que vamos a vivir durante toda la Semana Santa. En ella podremos profundizar con todo detalle en lo que Jesús ha hecho por cada uno de nosotros.

    Entre los muchos personajes que aparecen en la narración, la mayoría gente común del pueblo, algunos quedan afectados por lo que estaba sucediendo: Simón de Cirene es obligado a ayudar a llevar la cruz con Jesús; las mujeres de Jerusalén se lamentan al ver el sufrimiento de Jesús; el buen ladrón, que comprendió su inocencia y que le pidió que se acordara de él cuando entrara en su reino; el centurión, que confesó al verle morir que era un hombre justo; las mujeres que lo seguían desde Galilea y lloraban a verlo pasar cargado con la cruz; José de Arimatea que se preocupó del cuerpo de Jesús y de enterrarlo... 

    ¿Qué siento y quiero hacer yo ante la Pasión de Jesucristo que entrega su vida por mí como expresión del amor que Dios me tiene? ¿Cómo voy a vivir esta Semana tan intensa para mi fe?

    Toda la Cuaresma llevamos oyendo hablar de la necesidad de Conversión, de cambio del corazón. Pero sabemos bien, por experiencia propia, que es imposible cambiar sin la gracia de Dios. Por esto, la mejor forma de entrar en la Semana Santa es recibiendo el perdón de Dios en el sacramento de la Confesión o sacramento de la Reconciliación.

    Hay muchos cristianos que hoy se engañan pensando que pueden prescindir de este sacramento y dicen “yo me confieso con Dios”. Pero al igual que el resto de los sacramentos los recibimos de la Iglesia, también el perdón de Cristo nos llega por la Iglesia, ya que dijo a los apóstoles “A quienes perdonéis los pecados les quedarán perdonados”.

    Vamos a tener el Lunes y Martes santo las celebraciones penitenciales en nuestras parroquias de la Unidad Pastoral. Quien no pueda en estas, puede acercarse a otra iglesia donde haya confesiones. Que podamos entrar con el corazón limpio de pecado en los días más santos del año para un cristiano.

 


miércoles, 25 de marzo de 2026

HORARIOS SEMANA SANTA 2026

 30 DE MARZO. LUNES SANTO 

CELEBRACIÓN DEL PERDÓN (CONFESIONES)

18 H. VILLANUEVA

19 H. ROBLEDO (Con misa)

31 DE MARZO. MARTES SANTO

CELEBRACIÓN DEL PERDÓN (CONFESIONES)

18 H. VILLAOBISPO

19 H. VILLARRODRIGO (Con misa)

2 DE ABRIL  JUEVES SANTO
DÍA DE LA EUCARISTÍA Y DEL AMOR FRATERNO

MISA DE LA CENA DEL SEÑOR 

17 H. VILLANUEVA

18 H. ROBLEDO

18 H. VILLAMOROS

19 H. VILLARRODRIGO

20 H. VILLAOBISPO

ORACIONES

18 H. VILLANUEVA: ROSARIO DE LA BUENA MUERTE

19 H. ROBLEDO: ROSARIO DE LA BUENA MUERTE- HORA SANTA 

3 DE ABRIL VIERNES SANTO
ADOREMOS LA CRUZ SALVADORA

VÍA CRUCIS

11 H. ROBLEDO

12 H. VILLARRODRIGO

13 H. VILLAOBISPO (Canto del Vía Matris)

CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN

17 H. VILLANUEVA

18 H. VILLAMOROS

18 H. ROBLEDO

19 H. VILLARRODRIGO

20 H. VILLAOBISPO

SÁBADO 4 DE ABRIL
VIGILIA PASCUAL PARA TODA LA UNIDAD PASTORAL 

21 HORAS, VILLAOBISPO DE LAS REGUERAS

5 DE ABRIL DOMINGO DE PASCUA 
RESUCITÓ EL SEÑOR 

11 H. ROBLEDO

12 H. VILLARRODRIGO

12 H. VILLAMOROS

13 H. VILLANUEVA


jueves, 19 de marzo de 2026

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA (ciclo A)

 YO MISMO ABRIRÉ VUESTROS SEPULCROS Y OS SACARÉ DE ELLOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Estamos ya en el último domingo de la Cuaresma. Cada domingo ha sido la Palabra de Dios una verdadera catequesis que nos ha ido preparando para la Pascua, ya más cercana. En el encuentro con la samaritana, Jesús se manifiesta como el agua viva; en la curación del ciego de nacimiento como la luz del mundo.

    Y en este quinto domingo como la resurrección y la vida.

    La resurrección de Lázaro es el séptimo signo o milagro narrado por san Juan, y ya que el número siete indica en la Biblia la plenitud, este es el más grande y definitivo, en el que Jesús se manifiesta como la resurrección y la vida.

    La promesa de Dios hecha por el profeta Ezequiel, que escuchamos como primera lectura de hoy, se cumple plenamente en Jesús: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío. Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis”.

    Dios no abandona a su pueblo y aunque esté sumido en sepulcros de desesperanza, de abatimiento, de destierro, va a permanecer a su lado y va a infundir vida allí donde haya muerte.

    Jesús quería mucho a Lázaro y a sus hermanas Marta y María. En su casa de Betania encontraba cariño y descanso, un hogar al que volver para descansar después de sus largas jornadas predicando el Reino de Dios. Siempre es bueno recordar que el Señor Jesús, como verdadero hombre, disfruta de todas las experiencias humanas, también de la amistad y el cariño.

    La enfermedad de Lázaro, su querido amigo, no le deja indiferente, sufre por ella. Pero no acude enseguida, porque es necesario que se manifieste el poder vivificante que el Padre le ha dado; ese es el sentido de las palabras enigmáticas que pronuncia: “Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

    Cuando Jesús llega a Betania, en la región de Judea, Lázaro llevaba cuatro días enterrado. En el cuarto día, según la creencia judía, el espíritu del difunto abandonaba por fin el cuerpo y comenzaba la corrupción de este. Por eso Marta protesta y dice que lleva ya cuatro días.

    Al igual que en el encuentro con la samaritana, Jesús va guiando con su diálogo a Marta hasta hacerla llegar a la confesión de la fe. Ella sí cree en la resurrección de los muertos, en que su hermano Lázaro resucitará al final de los tiempos, como sostiene la fe hebrea. Pero Jesús le anuncia: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.

    Estas palabras de Jesucristo las hemos escuchado munchas veces, especialmente en la celebración de funerales. ¿Nos las creemos de verdad?, ¿Qué significan para nosotros hoy?

    Estamos hechos para la Vida, no para la muerte, aunque tengamos que pasar por ella como pasó el mismo Jesús. Venimos del amor de Dios y volvemos a él cuando nuestra existencia terrena se termina, sea después de largos años o sea inesperadamente. No podemos convertir la muerte en un tabú del que no se puede hablar, puesto que es una realidad segura para todos nosotros.

    Pero al hablar de la muerte, los cristianos debemos hablar también de la vida eterna, puesto que la muerte no es el final, sino la puerta que se abre hacia la eternidad. Y hoy Jesús nos pregunta como a Marta: ¿Crees esto?, ¿vives animado por esta esperanza?

    El signo de la resurrección de Lázaro sirvió para aquello que anunció Jesús: muchos creyeron en él y dieron gloria a Dios.

    En este último domingo cuaresmal Jesús, el agua viva, la luz del mundo, se nos manifiesta como la Resurrección y la Vida.

    Experimentamos ya ahora la fuerza de la muerte en el pecado: nos quita las fuerzas, nos hunde, nos separa de Dios y de los que nos rodean. Por eso el perdón que recibimos en el sacramento de la reconciliación es toda una experiencia de resurrección, de volver a la vida, de que Jesús nos saca de nuestros sepulcros y nos quita las vendas que nos atan, por medio del sacerdote que nos absuelve en el nombre de Cristo, como hicieron aquellos con Lázaro.

    Aprovechemos las celebraciones penitenciales y esta última semana de cuaresma para recibir el perdón sanador en el sacramento de la reconciliación.

    Hoy celebramos el Día del Seminario por ser el domingo más cercano a la solemnidad de san José. Un día para agradecer que Dios sigue llamando a jóvenes y a adultos a servir a los hermanos como sacerdotes.

    Un día para pedir por los que ya han respondido y están formándose, para que lo hagan con entrega, dispuestos a darse al estilo de Jesús. Y para pedir por aquellos que están recibiendo esta vocación, pero quizás les resulte difícil acogerla y abandonarse.

    Necesitamos esas vocaciones sacerdotales para encontrarnos con el Señor resucitado que quiere seguir hablándonos, alimentándonos y perdonándonos.

 


TERCER DOMINGO DE PASCUA (ciclo A)

 QUÉDATE CON NOSOTROS COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA      Seguimos caminando ilusionados en el maravilloso camino del tiempo pascual q...