jueves, 19 de marzo de 2026

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA (ciclo A)

 YO MISMO ABRIRÉ VUESTROS SEPULCROS Y OS SACARÉ DE ELLOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Estamos ya en el último domingo de la Cuaresma. Cada domingo ha sido la Palabra de Dios una verdadera catequesis que nos ha ido preparando para la Pascua, ya más cercana. En el encuentro con la samaritana, Jesús se manifiesta como el agua viva; en la curación del ciego de nacimiento como la luz del mundo.

    Y en este quinto domingo como la resurrección y la vida.

    La resurrección de Lázaro es el séptimo signo o milagro narrado por san Juan, y ya que el número siete indica en la Biblia la plenitud, este es el más grande y definitivo, en el que Jesús se manifiesta como la resurrección y la vida.

    La promesa de Dios hecha por el profeta Ezequiel, que escuchamos como primera lectura de hoy, se cumple plenamente en Jesús: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío. Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis”.

    Dios no abandona a su pueblo y aunque esté sumido en sepulcros de desesperanza, de abatimiento, de destierro, va a permanecer a su lado y va a infundir vida allí donde haya muerte.

    Jesús quería mucho a Lázaro y a sus hermanas Marta y María. En su casa de Betania encontraba cariño y descanso, un hogar al que volver para descansar después de sus largas jornadas predicando el Reino de Dios. Siempre es bueno recordar que el Señor Jesús, como verdadero hombre, disfruta de todas las experiencias humanas, también de la amistad y el cariño.

    La enfermedad de Lázaro, su querido amigo, no le deja indiferente, sufre por ella. Pero no acude enseguida, porque es necesario que se manifieste el poder vivificante que el Padre le ha dado; ese es el sentido de las palabras enigmáticas que pronuncia: “Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

    Cuando Jesús llega a Betania, en la región de Judea, Lázaro llevaba cuatro días enterrado. En el cuarto día, según la creencia judía, el espíritu del difunto abandonaba por fin el cuerpo y comenzaba la corrupción de este. Por eso Marta protesta y dice que lleva ya cuatro días.

    Al igual que en el encuentro con la samaritana, Jesús va guiando con su diálogo a Marta hasta hacerla llegar a la confesión de la fe. Ella sí cree en la resurrección de los muertos, en que su hermano Lázaro resucitará al final de los tiempos, como sostiene la fe hebrea. Pero Jesús le anuncia: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.

    Estas palabras de Jesucristo las hemos escuchado munchas veces, especialmente en la celebración de funerales. ¿Nos las creemos de verdad?, ¿Qué significan para nosotros hoy?

    Estamos hechos para la Vida, no para la muerte, aunque tengamos que pasar por ella como pasó el mismo Jesús. Venimos del amor de Dios y volvemos a él cuando nuestra existencia terrena se termina, sea después de largos años o sea inesperadamente. No podemos convertir la muerte en un tabú del que no se puede hablar, puesto que es una realidad segura para todos nosotros.

    Pero al hablar de la muerte, los cristianos debemos hablar también de la vida eterna, puesto que la muerte no es el final, sino la puerta que se abre hacia la eternidad. Y hoy Jesús nos pregunta como a Marta: ¿Crees esto?, ¿vives animado por esta esperanza?

    El signo de la resurrección de Lázaro sirvió para aquello que anunció Jesús: muchos creyeron en él y dieron gloria a Dios.

    En este último domingo cuaresmal Jesús, el agua viva, la luz del mundo, se nos manifiesta como la Resurrección y la Vida.

    Experimentamos ya ahora la fuerza de la muerte en el pecado: nos quita las fuerzas, nos hunde, nos separa de Dios y de los que nos rodean. Por eso el perdón que recibimos en el sacramento de la reconciliación es toda una experiencia de resurrección, de volver a la vida, de que Jesús nos saca de nuestros sepulcros y nos quita las vendas que nos atan, por medio del sacerdote que nos absuelve en el nombre de Cristo, como hicieron aquellos con Lázaro.

    Aprovechemos las celebraciones penitenciales y esta última semana de cuaresma para recibir el perdón sanador en el sacramento de la reconciliación.

    Hoy celebramos el Día del Seminario por ser el domingo más cercano a la solemnidad de san José. Un día para agradecer que Dios sigue llamando a jóvenes y a adultos a servir a los hermanos como sacerdotes.

    Un día para pedir por los que ya han respondido y están formándose, para que lo hagan con entrega, dispuestos a darse al estilo de Jesús. Y para pedir por aquellos que están recibiendo esta vocación, pero quizás les resulte difícil acogerla y abandonarse.

    Necesitamos esas vocaciones sacerdotales para encontrarnos con el Señor resucitado que quiere seguir hablándonos, alimentándonos y perdonándonos.

 


miércoles, 11 de marzo de 2026

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA (ciclo A)

 ANTES ERAIS TINIEBLAS, PERO AHORA SOIS LUZ POR EL SEÑOR

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hoy celebramos el cuarto domingo de la Cuaresma, que en la tradición cristiana se llama "Domingo Laetare", domingo de la alegría.

    Nos acercamos a la Pascua, la celebración anual de la resurrección de nuestro Salvador, Jesucristo. Somos la Iglesia, el pueblo de la Pascua, nacidos del bautismo, por el que hemos muerto y resucitado con Cristo.

    ¿Cuáles son los dos grandes signos de la Pascua y del bautismo cristiano? El agua y la luz.

    Por eso, el domingo pasado Jesús daba a la mujer samaritana el agua viva del Espíritu, la que sacia la sed para siempre, y en este domingo Jesús le da al ciego la luz y la vista, porque es la luz del mundo y quien le sigue no camina entre tinieblas.

    Jesús vio al ciego de nacimiento y se fijó en él, se paró a escucharle. Los demás, seguramente, ni lo hacían, porque en el tiempo de Jesús los tullidos, los enfermos, los ciegos, formaban parte del paisaje de los caminos y las aldeas sin que nadie les atendiese.

    Además, ¿Qué podía hacerse por un ciego de nacimiento? Si alguien tenía compasión podía, a lo sumo, darle una limosna…

    Pesaba sobre los leprosos, los tullidos, los ciegos, un estigma social y un estigma religioso. Si alguien sufría esa situación es porque era un gran pecador. Y si no lo era él, lo eran sus padres, de los cuales habría heredado el pecado, por el que resultaba castigado con la enfermedad o la ceguera. Por eso los fariseos acusadores le dicen: “Has nacido completamente empecatado”.

    Jesús no comparte esa visión tan negativa de los enfermos. La enfermedad no es un castigo del pecado, ni el enfermo o el ciego son más culpables que los sanos. Sin esos prejuicios, el Señor  dedica sus fuerzas a combatir la enfermedad y todo lo que daña al ser humano: cura, alivia, resucita, da esperanza…

    Jesús le devuelve la vista y el hombre curado se convierte en discípulo. Un hecho así, maravilloso, humanamente inexplicable, debería ser una señal para todos de que Jesús es el Mesías de Dios, el que trae la luz de Dios al mundo.

    Pero hay corazones tan endurecidos por el pecado y mentes tan cerradas por los prejuicios, como las de los fariseos, que ni teniendo delante a un ciego que ahora ve son capaces de reconocer que el poder de Jesús viene de Dios y que es mucho más que un profeta.

    Para ellos Jesús no lo es, porque no guarda las leyes sobre el sábado judío y las otras costumbres religiosas, interpretadas según su modo estrecho y fundamentalista.

    ¿Qué ceguera es mayor, la del que ha sido sanado por Jesús o la de aquellos que ni viendo tales signos son capaces de abrir la mente y el corazón a la luz de Dios mientras dicen creer en él?

    La respuesta está clara: es peor la ceguera de los adversarios de Jesús, porque es una ceguera voluntaria, la de quien quiere cerrarse a los signos del Reino de Dios y abrirse a la fe con humildad.

    Jesucristo es la luz del mundo y es la luz de nuestras vidas. Si nos falta la luz estamos ciegos, no sabemos hacia dónde vamos, no distinguimos lo que tenemos alrededor, ni siquiera podemos reconocer al hermano a nuestro lado. Solo nos vemos a nosotros mismos y nos tomamos por el centro de todo.

    El apóstol Pablo nos dice que ya no somos tinieblas, sino luz en el Señor. El día de nuestro bautismo, nuestros padres y padrinos recibieron en nuestro nombre la luz de Cristo para que brillara siempre en nuestras vidas.

    Ese mismo gesto lo repetiremos en la noche de la Vigilia Pascual. Llevamos encendida en nuestra vida la luz de Cristo, no caminamos entre tinieblas, sabemos a dónde vamos y reconocemos a quien camina a nuestro lado.

    Toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz y todo el que busca hacer la voluntad de Dios en su vida, aunque se equivoque a veces, es hijo de la luz.

    Jesucristo es el agua viva y es la luz del mundo. El camino cuaresmal es una invitación permanente a ponernos ante la luz de Jesús, ante su Palabra, para descubrir cuáles son las oscuridades y tinieblas que el pecado hace aparecer en nosotros.

    Tiempo de conversión, como escuchábamos al recibir el signo de la ceniza: “Conviértete y cree en el evangelio”.

    Pidamos al Señor que nos cure de nuestras cegueras y alumbre nuestras oscuridades. Ver con esa mirada nueva es ver a los demás más allá de la superficie, yendo a lo profundo. Como hizo el profeta Samuel cuando miró a los candidatos hijos de Jesé para escoger un rey de Israel; en el más pequeño, David, el que no contaba ante los demás es en el que ve precisamente al escogido por Dios.

 


miércoles, 4 de marzo de 2026

TERCER DOMINGO DE CUARESMA (ciclo A)

 SEÑOR, DAME ESA AGUA. ASÍ NO TENDRE MÁS SED


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En este tiempo precioso de renovación interior, que es la Cuaresma, la Iglesia nos propone fundamentalmente dos claves:

    La primera clave es la penitencial: la invitación a la conversión que recibimos ya el miércoles de ceniza. Los dos domingos anteriores han seguido esta línea penitencial: entrar en el desierto con Jesús para vencer la tentación con su Palabra (primer domingo) y cambiar con Jesús, ser transfigurados (segundo domingo).

    La segunda clave es la bautismal, ya que la cuaresma era desde siempre el tiempo en el que se hacía, y aún se hace, la preparación más intensa de los catecúmenos que iban a ser bautizados en la Vigilia pascual.

    A esta clave responde el evangelio de hoy: el encuentro de Jesús con la samaritana.

    También en la primera lectura aparece la sed y el agua. Todos tenemos experiencia de que cuando uno tiene sed de verdad, una sed profunda, no hay nada como el agua para quitarla. Por eso, el agua es un símbolo muy adecuado para expresar el don de Dios, aquello que viene a saciar la sed más honda del corazón humano.

    El pueblo de Israel se moría de sed en el desierto, en una larga travesía hacia la tierra prometida que ponía a prueba su confianza en Dios. Estaban tan desesperados que dudan de Moisés, aquel que les guía en nombre de Dios, y hasta dudan de Dios mismo. ¿No habría sido mejor quedarse en la esclavitud de Egipto donde, al menos, tenían agua y comida, aunque fuesen agua y comida de esclavos?

    La sed que sienten es física, pero no es solo física. También dudan, tienen sed de esperanza, sed de confianza, porque la van perdiendo… El milagro de la roca que se abre para hacer brotar el agua que tanto necesitaban, les confirma en la fe. Entonces piensan: Verdaderamente Dios está con nosotros, no nos ha dejado, merece la pena seguir caminando guiados por la fe.

    Jesús también siente sed. Es hijo de Dios, sí, pero también es plenamente hombre. Y el calor de mediodía en aquellos caminos de Samaría debía ser asfixiante, así que se detiene en el pozo de Jacob, en la ciudad de Sicar.

    Allí se encuentra con una mujer desconocida, una samaritana, a la que pide agua del pozo para beber. El encuentro entre ellos estaba lleno de barreras que parecían hacer imposible el diálogo: barreras por la raza, ya que judíos y samaritanos no se trataban, barreras por el sexo, porque un judío respetable evitaba hablar a solas con una mujer desconocida, y barreras religiosas, ya que un rabino no podía tratar así con una mujer pagana.

    Pero Jesús se salta todas esas barreras porque descubre la sed profunda de aquella mujer. El diálogo es una verdadera catequesis de Jesús que, como un maestro paciente, va guiando a la mujer al descubrimiento del don de Dios y de su propia persona.

    Aquel que pedía agua del pozo es ahora el que le ofrece a la samaritana el agua viva, la que viene de él, la que quita toda la sed, la que se convierte dentro de quien la recibe en una fuente que salta hasta la vida eterna. ¿Cuál es esta agua viva que la samaritana no conoce aún? Jesús lo explicó un día en el templo de Jerusalén gritando a la gente: ¡el que tenga sed que venga y beba del agua viva que yo le daré y no tendrá más sed!

    Es el agua del Espíritu Santo, que Jesucristo da a quienes creen en él y reciben el santo bautismo. El agua que sacia la sed más profunda del ser humano: la sed de amor, la sed de confianza, la sed de eternidad.

    En el bautismo hemos recibido el maravilloso regalo de ser templos, moradas, del Espíritu Santo, que ya vive en nosotros para siempre. Como nos ha dicho el apóstol Pablo en la segunda lectura: la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.

    Nada ni nadie nos podrá quitar ya este don de Dios, este surtidor de agua viva que está dentro de nosotros. Lo que nos toca ahora es vivir dejándonos mover por este Espíritu que da vida.

    Podemos adorar a Dios en espíritu y en verdad en cualquier lugar y circunstancia; ya no importa si es en Jerusalén o en el monte de los samaritanos.

    Lo que el Padre quiere es ser adorado en espíritu y verdad por verdaderos adoradores. Aunque estemos en la cama por una enfermedad, trabajando, en casa, en el tiempo de ocio con la familia y los amigos, siempre estamos en el templo del Espíritu adorando a Dios con la ofrenda de nuestra vida. Esto es así gracias al Espíritu Santo que nos habita.

    En este tiempo que nos queda de Cuaresma, los catecúmenos van a intensificar su preparación para recibir el bautismo pascual. Los que ya hemos sido bautizados tenemos que prepararnos para renovar nuestro bautismo en la Vigilia pascual y en los domingos de Pascua.

    Y seamos testigos misioneros como la mujer samaritana, que llevó a todo su pueblo a encontrarse con Jesús, de modo que todos pudieron decir: nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

 

 

jueves, 26 de febrero de 2026

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA (ciclo A)

 ESTE ES MI HIJO, EL AMADO. ESCUCHADLO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    El domingo pasado, el primero del tiempo cuaresmal, escuchábamos el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Jesús es plenamente hombre y, como tal, es tentado por el hambre, por el deseo de poder, por la duda. Pero, además, es plenamente Dios, como se pone de manifiesto claramente en la escena evangélica de la Transfiguración, que nos presenta este segundo domingo. Los dos domingos se complementan en el itinerario espiritual que hacemos en la Cuaresma.

    La Cuaresma es, como bien sabemos, un camino hacia el monte santo de la Pascua. Jesús ha de entregar la vida en la cruz, ha de morir rechazado por las autoridades religiosas de Israel y abandonado por todos, incluso por sus leales apóstoles. Se lo anuncia con toda claridad.

    Aquel anuncio de lo que le esperaba en Jerusalén resultó demasiado fuerte para sus apóstoles. Todas las esperanzas que, en secreto, podían albergar aún en un triunfo de Jesús como rey y caudillo poderoso de Israel frente a sus enemigos, quedan, de pronto, enterradas.

    Por eso, para que puedan resistir la prueba que va a llegar, Jesús se lleva al monte a Pedro, Santiago y Juan y se transfigura ante ellos. Es un adelanto de la Pascua, de la victoria final del Dios del amor y de la vida: Jesús se les muestra lleno de la luz del cielo y Moisés y Elías, las grandes figuras de la historia sagrada, la Ley y los Profetas, aparecen conversando de tú a tú con el Maestro.

    La voz del Padre, como hizo ya en el bautismo de Jesús en el río Jordán, lo proclama como el “Hijo, el amado, en quien me complazco”. Y pide escucharlo porque, como bien dice el Señor, “nadie va al Padre si no es por mí”.

    La reacción de Pedro, siempre tan impulsivo y directo, es la más lógica, la que, seguramente, tendríamos cualquiera de nosotros: ¿Para qué ir a Jerusalén, para que buscar allí desprecios y muerte si podemos quedarnos aquí en el monte tan a gusto y rodeados de gloria y paz?

    ¿Quién no tiene, muchas veces, el deseo de ahorrarse la entrega por el Evangelio? Visitar a una familia en duelo, acercarse a la cama de un enfermo, escuchar al que padece la depresión, gastar tiempo con el pobre, dar catequesis a quien pone a prueba nuestra paciencia…

    ¿No resulta muy tentador evitarse estos malos tragos y tranquilizar la conciencia con actividades menos exigentes?

    Pero Jesús no les permite hacer esas cómodas tiendas para quedarse gozando de la paz de aquella manifestación en el Tabor. Hay que levantarse y seguir. Al final espera la Pascua y la vida vencerá la muerte, sí. Pero la muerte redentora no se puede esquivar, hay que seguir hacia Jerusalén para cumplir, en todo, la voluntad del Padre.

    La primera lectura nos propone a Abraham como un anuncio de Jesucristo. El patriarca acoge la invitación de Dios a romper con sus seguridades, a salir hacia tierras extranjeras. La obediencia le traerá la bendición, será padre de una gran nación aquel que consumía su vejez en la pena por la esterilidad, será causa de bendición porque Yahvé Dios estará siempre con él.

    ¿Qué seguridad tenía Abraham para obedecer y actuar así? Ninguna, solo tenía la fe. Y se pone en camino, guiado por la fe. Como Jesús con sus apóstoles, se levanta y se pone en camino porque Dios es fiel a sus promesas y eso debe bastar para el hombre y la mujer de fe.

    Sigamos caminando en el itinerario cuaresmal guiados por la fe. Con la ayuda de Dios escuchemos, oremos, ayunemos y compartamos. Cada uno según su vocación, conforme a la llamada que Dios le haya hecho, pero todos en un mismo camino.

    Nos espera la Pascua de Cristo, nuestra Pascua. En la Vigilia de la noche más santa del año cristiano, renovaremos nuestros compromisos bautismales renunciando al pecado y profesando la fe de la Iglesia. Resucitaremos con el Señor, que destruye la muerte, si primero hemos hecho un serio camino cuaresmal con él.

    No nos cansemos. No nos quedemos al borde del camino. No queramos construir tiendas cómodas, ni excusas, que nos eviten el esfuerzo de una conversión sincera de nuestros pecados. Sin cruz no hay Pascua, sin entrega no hay vida ni felicidad. Tomemos parte en los padecimientos por el Evangelio según las fuerzas que Dios nos dé, como nos dice el apóstol san Pablo.

    Esta celebración dominical es ya un adelanto de la Pascua definitiva y nos sirve para que cobremos fuerzas y sigamos adelante. Al participar ya de los gloriosos misterios que celebramos, recibimos, ya en este mundo, los bienes eternos del cielo hacia los que caminamos guiados por la fe.


lunes, 23 de febrero de 2026

HORARIOS MARZO 2026

II DOMINGO DE CUARESMA

SÁBADO 28

18 H. VILLAOBISPO (Misa vespertina  y Vía Crucis)

DOMINGO 1

11 H. VILLAMOROS

12 H. VILLARRODRIGO

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLANUEVA

III DOMINGO DE CUARESMA

SÁBADO 7 

TARDE DE RETIRO CUARESMAL PARA TODOS

(De 17:30 a 19:30 h. en la Capilla de las Hijas de la Caridad de Villaobispo)

DOMINGO 8

11 H. VILLAMOROS 

12 H. ROBLEDO

12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 

 IV DOMINGO DE CUARESMA
Domingo Laetare

SÁBADO 14

18 H. ROBLEDO (Misa vespertina y Vía Crucis)

DOMINGO 15

11 H. VILLANUEVA

12 H. VILLARRODRIGO 

12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO

V DOMINGO DE CUARESMA

SÁBADO 21

18 H. VILLARRODRIGO (Misa vespertina y Viacrucis)

DOMINGO 22

11 H. VILLAMOROS

12 H. ROBLEDO 

13 H. VILLANUEVA

13 H. VILLAOBISPO (Celebración de la Palabra)

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

SÁBADO 28

18 H. VILLAMOROS (Misa vespertina y Viacrucis)

DOMINGO 29

11 H. VILLANUEVA

12 H. VILLARRODRIGO

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO

jueves, 19 de febrero de 2026

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA (ciclo A)

JESÚS FUE LLEVADO AL DESIERTO POR EL ESPÍRITU 

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Muchos de nosotros ya iniciamos el camino de la Cuaresma el pasado miércoles, con el signo humilde de recibir la ceniza cuaresmal. Para todos hoy es el primer domingo de este camino espiritual que nos llevará, ascendiendo, hasta la Pascua del Señor-

    El Papa León ha escrito en su mensaje para la Cuaresma del 2026: “La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas”.

    Es un tiempo de gracia, una oportunidad para dejar que Dios ocupe el centro de nuestras vidas, como dice el Papa, aquel lugar que le corresponde. Para que suceda así hay que dejarnos alcanzar por la Palabra de Dios que nos irá llegando cada día de la Cuaresma y que, si la recibimos como tierra buena y abierta, nos transformará.

    La Palabra de Dios nos descubre hoy algo que no podemos olvidar: somos pecadores, somos hijos de Adán y de Eva, los padres que cayeron en el Edén.

    Experimentamos cada día, como lo experimentaron ellos, la tentación del mal. Adán y Eva vivían rodeados de belleza, de armonía, de abundancia, en una creación perfecta en la que el pecado aún no había hecho mella.

    Pero prestan oído a la mentira del enemigo y se dejan seducir por ella: Dios os quiere sometidos, quiere que no abráis los ojos para que, así, no podáis hacerle sombra. En cambio, si le desobedecéis, podréis decidir por vosotros mismos en qué consiste el bien y el mal. Sólo si desobedecéis a Dios podréis ser plenamente libres.

    Esta es la tentación y la mentira original que están en el trasfondo de todas las tentaciones y mentiras posteriores: no te sometas a Dios, no existe el pecado. Sé libre, decide tú mismo qué es lo bueno y qué es lo malo.

    Desde esa desobediencia primera de los primeros padres, todo cambia: la creación se convierte en un lugar hostil que hay que someter y depredar, el prójimo es un enemigo del que hay que sospechar, Dios es un ser ausente, que puede ser ignorado, o temido como un juez, que debe ser negado y borrado de la vida si se quiere ser feliz.

    Como dice san Pablo, “por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos”.

    También el Señor experimentó la tentación, así que no nos asustemos si somos tentados. El evangelio de este primer domingo cuaresmal comienza así: “Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo”.

    Jesús es el Hijo amado del Padre, como le proclama la voz del cielo al salir del bautismo en el Jordán. El Hijo ha recibido una misión de su Padre: ha de vivir a fondo y en todo nuestra humanidad, para poder así redimirla y elevarla.

    Ser hombre implica, también, experimentar la tentación. El que atacó al primer Adán, ataca también al segundo Adán, Jesús. Las tentaciones de Jesús son también las nuestras; son las tentaciones de un fácil materialismo, el pan conseguido sin esfuerzo, la tentación de manipular a Dios en provecho propio, la tentación del poder sobre los demás.

    Todas se resumen, realmente, en una: desobedecer al Padre y buscar un camino para cumplir su misión que no pase por la entrega de la propia vida. Pero, allí donde cayó el primer Adán, vence Jesucristo, el nuevo Adán. ¿Cómo lo consigue? Con la fuerza de la Palabra de Dios, que tiene poder para derrotar a Satanás.

    Combatamos la tentación con el arma de la Palabra. Jesús nos ha mostrado cómo librar el combate cotidiano contra el mal que nos tienta. Confiando en Dios y en la fuerza de su Palabra viva.

    ¡Qué importante es que, en este tiempo de desierto, personal y comunitario, que es la Cuaresma, nos alimentemos más y mejor de la Palabra de Dios! Debemos leerla, meditarla, llevarla en la mente y en el corazón.

    Volviendo al mensaje del Papa León para la Cuaresma 2026, él subraya dos verbos, dos actitudes: Escuchar y Ayunar.

    Cuando escuchamos la Palabra de Dios que se proclama en la liturgia de la Iglesia, nos volvemos sensibles también para escuchar el clamor de las personas necesitadas, las que están cerca de nosotros y las que están lejos.

    Cuando ayunamos, experimentamos la necesidad de aquello que realmente importa, ordenamos nuestros caprichos y deseos, tantas veces desordenados, y nos sentimos más cercanos a los que tienen que ayunar forzosamente cada día por falta de alimentos.

    Entremos con el Señor Jesús en el desierto de la Cuaresma, lugar de escucha y de ayuno, para convertirnos a Dios y a los hermanos.

 

 


domingo, 15 de febrero de 2026

MENSAJE PARA LA CUARESMA 2026 DEL PAPA LEÓN XIV


 Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

 

Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia».[1]

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos».[2] El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios».[3] En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana».[4]

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  

Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

 Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.

LEÓN XIV PP.

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA (ciclo A)

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