JESÚS FUE LLEVADO AL DESIERTO POR EL ESPÍRITU
COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA
Muchos
de nosotros ya iniciamos el camino de la Cuaresma el pasado miércoles, con el
signo humilde de recibir la ceniza cuaresmal. Para todos hoy es el primer
domingo de este camino espiritual que nos llevará, ascendiendo, hasta la
Pascua del Señor-
El
Papa León ha escrito en su mensaje para la Cuaresma del 2026: “La Cuaresma es
el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de
nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe
recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y
distracciones cotidianas”.
Es
un tiempo de gracia, una oportunidad para dejar que Dios ocupe el centro de
nuestras vidas, como dice el Papa, aquel lugar que le corresponde. Para que
suceda así hay que dejarnos alcanzar por la Palabra de Dios que nos irá
llegando cada día de la Cuaresma y que, si la recibimos como tierra buena y
abierta, nos transformará.
La
Palabra de Dios nos descubre hoy algo que no podemos olvidar: somos pecadores,
somos hijos de Adán y de Eva, los padres que cayeron en el Edén.
Experimentamos
cada día, como lo experimentaron ellos, la tentación del mal. Adán y Eva vivían
rodeados de belleza, de armonía, de abundancia, en una creación perfecta en la
que el pecado aún no había hecho mella.
Pero
prestan oído a la mentira del enemigo y se dejan seducir por ella: Dios os
quiere sometidos, quiere que no abráis los ojos para que, así, no podáis
hacerle sombra. En cambio, si le desobedecéis, podréis decidir por vosotros
mismos en qué consiste el bien y el mal. Sólo si desobedecéis a Dios podréis
ser plenamente libres.
Esta
es la tentación y la mentira original que están en el trasfondo de todas las
tentaciones y mentiras posteriores: no te sometas a Dios, no existe el pecado.
Sé libre, decide tú mismo qué es lo bueno y qué es lo malo.
Desde
esa desobediencia primera de los primeros padres, todo cambia: la creación se
convierte en un lugar hostil que hay que someter y depredar, el prójimo es un
enemigo del que hay que sospechar, Dios es un ser ausente, que puede ser
ignorado, o temido como un juez, que debe ser negado y borrado de la vida si se
quiere ser feliz.
Como
dice san Pablo, “por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la
muerte, y así la muerte se propagó a todos”.
También
el Señor experimentó la tentación, así que no nos asustemos si somos tentados.
El evangelio de este primer domingo cuaresmal comienza así: “Jesús fue llevado
al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo”.
Jesús
es el Hijo amado del Padre, como le proclama la voz del cielo al salir del
bautismo en el Jordán. El Hijo ha recibido una misión de su Padre: ha de vivir
a fondo y en todo nuestra humanidad, para poder así redimirla y elevarla.
Ser
hombre implica, también, experimentar la tentación. El que atacó al primer
Adán, ataca también al segundo Adán, Jesús. Las tentaciones de Jesús son
también las nuestras; son las tentaciones de un fácil materialismo, el pan
conseguido sin esfuerzo, la tentación de manipular a Dios en provecho propio,
la tentación del poder sobre los demás.
Todas
se resumen, realmente, en una: desobedecer al Padre y buscar un camino para
cumplir su misión que no pase por la entrega de la propia vida. Pero, allí
donde cayó el primer Adán, vence Jesucristo, el nuevo Adán. ¿Cómo lo consigue?
Con la fuerza de la Palabra de Dios, que tiene poder para derrotar a Satanás.
Combatamos
la tentación con el arma de la Palabra. Jesús nos ha mostrado cómo librar el
combate cotidiano contra el mal que nos tienta. Confiando en Dios y en la
fuerza de su Palabra viva.
¡Qué
importante es que, en este tiempo de desierto, personal y comunitario, que es
la Cuaresma, nos alimentemos más y mejor de la Palabra de Dios! Debemos leerla,
meditarla, llevarla en la mente y en el corazón.
Volviendo
al mensaje del Papa León para la Cuaresma 2026, él subraya dos verbos, dos
actitudes: Escuchar y Ayunar.
Cuando
escuchamos la Palabra de Dios que se proclama en la liturgia de la Iglesia, nos
volvemos sensibles también para escuchar el clamor de las personas necesitadas,
las que están cerca de nosotros y las que están lejos.
Cuando
ayunamos, experimentamos la necesidad de aquello que realmente importa,
ordenamos nuestros caprichos y deseos, tantas veces desordenados, y nos
sentimos más cercanos a los que tienen que ayunar forzosamente cada día por
falta de alimentos.
Entremos
con el Señor Jesús en el desierto de la Cuaresma, lugar de escucha y de ayuno,
para convertirnos a Dios y a los hermanos.





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