jueves, 15 de enero de 2026

SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 ESTE ES EL CORDERO DE DIOS QUE BAUTIZA CON ESPÍRITU SANTO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

El domingo pasado cerrábamos el ciclo de la Navidad con la celebración del Bautismo del Señor. En el rio Jordán la voz del Padre proclama a Jesús como el Hijo amado, en el que se complace, y el Espíritu Santo desciende sobre él en forma de paloma.

Así queda claro para los hombres que aquel que ha vivido los treinta años de vida oculta en Nazaret, como uno más, es realmente el Mesías anunciado por los profetas que trae al mundo el reinado de Dios y la salvación.

El tiempo ordinario que ahora hemos empezado, hoy estamos en el segundo domingo, es el tiempo más largo del año litúrgico cristiano. Iremos acompañando al Señor como sus discípulos, domingo tras domingo, aprendiendo de él, escuchándole, empapándonos de su Evangelio. Así caminaremos juntos hasta que lleguemos a la Pascua para celebrar su pasión, muerte y resurrección, preparados antes por los cuarenta días de la Cuaresma.

El evangelio de hoy lo podemos entender como una continuación del evangelio del domingo del Bautismo: Juan Bautista ha quedado profundamente conmocionado por lo que ha visto y oído al bautizar a Jesús.

Por eso da un testimonio convencido de él; ya no bautiza para preparar los caminos al Mesías de Dios porque ahora tiene claro que este ya ha llegado: es Jesús de Nazaret.

Todo el evangelio que acabamos de escuchar es una confesión de la fe de Juan Bautista en Jesús. Comienza llamándole el “Cordero de Dios”. A nosotros, como cristianos, esta expresión referida a Jesucristo nos resulta muy familiar, porque en la la repetimos hasta tres veces: en el Gloria, cuando decimos “Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre”, en la fracción del pan antes de comulgar “Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo” y cuando el sacerdote nos presenta la Sagrada Eucaristía ya partida: “este es el Cordero de Dios”.

¿Por qué llamamos a Jesús cordero? Juan Bautista lo tiene claro y sus oyentes, que eran judíos, también lo entendieron muy bien al oírlo. El cordero es la víctima que se ofrece y se come en la Pascua hebrea, recordando aquel cuya sangre se puso en las puertas de los judíos para evitar la muerte de los primogénitos. Ese acontecimiento fue el decisivo para que Israel pudiera salir de la esclavitud de Egipto a la libertad, guiados por Moisés.

Desde entonces, en cada Pascua, un cordero inocente, que carga con los pecados de su pueblo, es sacrificado y su carne es comida en un banquete que crea comunión entre los comensales y de estos con Dios.

Está bien claro porque podemos llamar a Jesús Cordero de Dios: él se da en sacrificio de amor, muere libremente por nosotros para evitar nuestra muerte eterna, y se hace alimento, que se deja comer en el banquete de la eucaristía para crear comunión. Cada eucaristía es, al mismo tiempo, un sacrificio del Cordero de Dios que es Cristo y un banquete pascual del Pan de vida eterna, que es su Cuerpo.

Verdaderamente, las características que vemos en un cordero, como animal pacífico, inocente, hermoso, las tiene el Señor Jesús, que pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo.

Pero Juan dice todavía más: Cristo es el que bautiza con Espíritu Santo. Puede hacerlo porque Él, como Hijo amado del Padre, está lleno del Espíritu, es el Mesías, que significa el Ungido.

Nosotros hemos recibido un bautismo mejor que el de Juan, hemos recibido el bautismo de Jesús, que es el bautismo con Espíritu Santo, el que hace de nosotros miembros de la Iglesia de Jesucristo.

¡Qué maravilla! El mismo Espíritu que se ha derramado sobre Jesús, se ha derramado sobre nosotros al ser bautizados. Y, por eso podemos llamar a Dios Padre, y por eso podemos, y debemos, hacer las mismas obras de Jesús.

Nuestra vocación de bautizados es la que anuncia el profeta Isaías en la primera lectura para el Mesías: “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

Preguntémonos hoy: ¿Soy portador de la luz de Dios para los que tengo a mi alrededor?; ¿lo llevo también a las naciones, es decir, a los que no le conocen y, a causa de ello, viven sin ilusión ni esperanza?

Que la gracia y la paz de parte de Dios y de nuestro Señor Jesucristo nos acompañen durante toda la semana al salir del templo.

Feliz Domingo.

 


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