jueves, 5 de noviembre de 2026

DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 SEÑOR, SEÑOR, ¡ÁBRENOS!

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Estamos apenas a dos domingos de finalizar el año litúrgico. En el último domingo proclamaremos a Jesucristo como Rey del universo. Un rey al que le serán sometidos todos los poderes de este mundo, ante el cual toda rodilla se doblará y al que todos mirarán, incluso los que no han creído en él o lo han negado.

    Ese regreso glorioso de Cristo como nuestro rey, marca un tono particular para este final del año litúrgico en el que estamos. Jesús compara en el evangelio el Reino de los cielos con una fiesta nupcial, tal como era celebrada en su tiempo. La tradición decía que el novio debía ser esperado durante largas horas en la casa de la novia y, de improviso, llegaba rodeado de lámparas encendidas antes de la medianoche.

    El cortejo de luces para acompañarlo lo hacían los amigos de los contrayentes. Entraba en la casa de la novia con mucha alegría y allí se celebraba el enlace y el posterior banquete.

    A nosotros, en nuestra cultura, no nos resulta familiar esta tradición hebrea. Pero para nosotros, como para ellos, una boda es un momento de mucha alegría y fiesta para las familias que se unen y sus amigos. Es significativo que Jesús hable del reino de los cielos como una boda; no es un momento de tristeza o de preocupación, sino de fiesta y gozo.

    De entre las diez muchachas, las amigas de la novia, cinco eran sensatas, sabias, y no olvidaban que estaban allí para cumplir su cometido de salir a recibir en la noche al novio. Por eso se proveyeron de aceite suficiente para sus lámparas. En cambio, las otras cinco, que eran necias, es decir, lo contrario de sabias, se olvidaron de cuál era su cometido y no llevaron reservas suficientes.

    El esposo esperado es Cristo y las diez muchachas son los discípulos que esperan su seguro regreso. El esposo tarda en llegar, que resulta la experiencia de los cristianos del tiempo posterior a la Ascensión, los cuales ya se iban dando cuenta de que el regreso, aunque es seguro, no tenía por qué ser inminente.

    Lo cierto es que el esposo llega de improviso a celebrar su enlace de alianza con la humanidad, trayendo la plenitud del reinado de Dios. Los que han mantenido encendida la lámpara y han velado, confiando en sus promesas, pueden entrar al banquete de bodas del Cordero. Los que han dejado apagar sus lámparas, olvidando la fe y la vigilancia, se ven dejadas fuera del banquete de una forma ya irreversible.

    Podemos pensar en esas lámparas que hay que mantener encendidas recordando las velas de nuestro propio bautismo. Un día la Iglesia nos confió la luz de Cristo, tomada del cirio pascual por nuestros padres y padrinos: ¿Qué ha sido de esa luz de la fe?, ¿Aún brilla en nuestras vidas o se ha ido apagando?

    La luz de la fe se alimenta nutriéndola de aceite: damos aceite a la luz de la fe compartiendo la fe en comunidad, manteniendo la amistad con Jesús por medio de la oración de cada día, recibiendo los sacramentos de la Iglesia, testimoniando la fe con palabras y con obras, leyendo la Palabra de Dios, solos o en grupo…

    Hay personas a las que la llama de la fe se les ha extinguido por desnutrición crónica: a base de irse abandonando, de dejar de practicar, de desinterés en crecer en la fe, llega un momento en el que ya ni saben si han dejado de ser creyentes.

    Las jóvenes que mantuvieron la luz encendida y pudieron salir al encuentro del esposo que llegó de improviso son sabias, sensatas. Tienen esa Sabiduría de la que habla la primera lectura como un don de Dios, que debe ser pedido y buscado. No es una sabiduría por la que nos llene de conocimientos que no hemos estudiado; es una sabiduría que nos hace sabios y prudentes ante la vida y el sentido verdadero de esta.

    ¿Cuántas veces hemos visto personas muy sencillas de conocimientos y estudios pero que saben bien cómo vivir, como comportarse? Saben vivir con una sabiduría profunda, del espíritu.

    Esta sabiduría, que tiene su fuente en Dios, “la ven con facilidad los que la aman y quienes la buscan la encuentran”, sale a nuestro encuentro si la deseamos, si tenemos un corazón sediento de algo más y mejor que aquello que nos ofrece este mundo material.

    Con el salmo hemos expresado nuestra sed: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”.

    ¿Cuándo llegará el reino de Dios a este mundo?, ¿Cuándo llegará el Señor a mi vida? No se puede saber, puede ser de improviso, puede ser en la medianoche... Lo esencial es que cuando este acontecimiento de salvación se produzca, me encuentre con la luz de la fe ardiendo e iluminando, para poder entrar al banquete definitivo.

    Si vivo así, esperando ese encuentro en vela, sin dormirme ni atolondrarme, sin despistarme con las luces de este mundo que pasa, entonces vivo como un sabio y prudente. Pidamos hoy el don de esa sabiduría espiritual para todos nosotros, con la confianza de que el regalo de la sabiduría nos será concedido.

    Por último, el apóstol san Pablo nos invita a mirar la realidad de la muerte con una mirada de creyentes. Estamos en el mes de noviembre, un mes de especial oración por los difuntos.

    El apóstol no dice “no estéis tristes”, pues es humano sentir tristeza por el vacío que causa la muerte de aquellos que queremos; lo que dice es “no os aflijáis como los que no tienen esperanza”. Nuestra esperanza ante la muerte nace de la fe en la resurrección del Señor y en que, después de cruzar esa puerta última, “estaremos siempre en el Señor”.

    Sigamos orando esperanzados por el eterno descanso en el gozo de Dios de nuestros fieles difuntos.

 

 


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