SEÑOR, SEÑOR, ¡ÁBRENOS!
COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA
Estamos
apenas a dos domingos de finalizar el año litúrgico. En el último domingo proclamaremos
a Jesucristo como Rey del universo. Un rey al que le serán sometidos todos los
poderes de este mundo, ante el cual toda rodilla se doblará y al que todos
mirarán, incluso los que no han creído en él o lo han negado.
Ese
regreso glorioso de Cristo como nuestro rey, marca un tono particular para este
final del año litúrgico en el que estamos. Jesús compara en el evangelio el
Reino de los cielos con una fiesta nupcial, tal como era celebrada en su
tiempo. La tradición decía que el novio debía ser esperado durante largas horas
en la casa de la novia y, de improviso, llegaba rodeado de lámparas encendidas
antes de la medianoche.
El cortejo
de luces para acompañarlo lo hacían los amigos de los contrayentes. Entraba en
la casa de la novia con mucha alegría y allí se celebraba el enlace y el
posterior banquete.
A
nosotros, en nuestra cultura, no nos resulta familiar esta tradición hebrea.
Pero para nosotros, como para ellos, una boda es un momento de mucha alegría y
fiesta para las familias que se unen y sus amigos. Es significativo que Jesús
hable del reino de los cielos como una boda; no es un momento de tristeza o de
preocupación, sino de fiesta y gozo.
De entre
las diez muchachas, las amigas de la novia, cinco eran sensatas, sabias, y no
olvidaban que estaban allí para cumplir su cometido de salir a recibir en la
noche al novio. Por eso se proveyeron de aceite suficiente para sus lámparas.
En cambio, las otras cinco, que eran necias, es decir, lo contrario de sabias,
se olvidaron de cuál era su cometido y no llevaron reservas suficientes.
El esposo
esperado es Cristo y las diez muchachas son los discípulos que esperan su
seguro regreso. El esposo tarda en llegar, que resulta la experiencia de los
cristianos del tiempo posterior a la Ascensión, los cuales ya se iban dando
cuenta de que el regreso, aunque es seguro, no tenía por qué ser inminente.
Lo cierto
es que el esposo llega de improviso a celebrar su enlace de alianza con la humanidad,
trayendo la plenitud del reinado de Dios. Los que han mantenido encendida la
lámpara y han velado, confiando en sus promesas, pueden entrar al banquete de
bodas del Cordero. Los que han dejado apagar sus lámparas, olvidando la fe y la
vigilancia, se ven dejadas fuera del banquete de una forma ya irreversible.
Podemos
pensar en esas lámparas que hay que mantener encendidas recordando las velas de
nuestro propio bautismo. Un día la Iglesia nos confió la luz de Cristo, tomada
del cirio pascual por nuestros padres y padrinos: ¿Qué ha sido de esa luz de la
fe?, ¿Aún brilla en nuestras vidas o se ha ido apagando?
La luz de
la fe se alimenta nutriéndola de aceite: damos aceite a la luz de la fe
compartiendo la fe en comunidad, manteniendo la amistad con Jesús por medio de
la oración de cada día, recibiendo los sacramentos de la Iglesia, testimoniando
la fe con palabras y con obras, leyendo la Palabra de Dios, solos o en grupo…
Hay
personas a las que la llama de la fe se les ha extinguido por desnutrición
crónica: a base de irse abandonando, de dejar de practicar, de desinterés en
crecer en la fe, llega un momento en el que ya ni saben si han dejado de ser
creyentes.
Las jóvenes
que mantuvieron la luz encendida y pudieron salir al encuentro del esposo que
llegó de improviso son sabias, sensatas. Tienen esa Sabiduría de la que habla
la primera lectura como un don de Dios, que debe ser pedido y buscado. No es
una sabiduría por la que nos llene de conocimientos que no hemos estudiado; es
una sabiduría que nos hace sabios y prudentes ante la vida y el sentido
verdadero de esta.
¿Cuántas
veces hemos visto personas muy sencillas de conocimientos y estudios pero que
saben bien cómo vivir, como comportarse? Saben vivir con una sabiduría
profunda, del espíritu.
Esta
sabiduría, que tiene su fuente en Dios, “la ven con facilidad los que la aman y
quienes la buscan la encuentran”, sale a nuestro encuentro si la deseamos, si
tenemos un corazón sediento de algo más y mejor que aquello que nos ofrece este
mundo material.
Con el salmo
hemos expresado nuestra sed: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”.
¿Cuándo
llegará el reino de Dios a este mundo?, ¿Cuándo llegará el Señor a mi vida? No
se puede saber, puede ser de improviso, puede ser en la medianoche... Lo
esencial es que cuando este acontecimiento de salvación se produzca, me
encuentre con la luz de la fe ardiendo e iluminando, para poder entrar al
banquete definitivo.
Si vivo
así, esperando ese encuentro en vela, sin dormirme ni atolondrarme, sin
despistarme con las luces de este mundo que pasa, entonces vivo como un sabio y
prudente. Pidamos hoy el don de esa sabiduría espiritual para todos nosotros,
con la confianza de que el regalo de la sabiduría nos será concedido.
Por
último, el apóstol san Pablo nos invita a mirar la realidad de la muerte con
una mirada de creyentes. Estamos en el mes de noviembre, un mes de especial
oración por los difuntos.
El apóstol
no dice “no estéis tristes”, pues es humano sentir tristeza por el vacío que
causa la muerte de aquellos que queremos; lo que dice es “no os aflijáis como
los que no tienen esperanza”. Nuestra esperanza ante la muerte nace de la fe en
la resurrección del Señor y en que, después de cruzar esa puerta última,
“estaremos siempre en el Señor”.
Sigamos
orando esperanzados por el eterno descanso en el gozo de Dios de nuestros
fieles difuntos.
COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA
Estamos
apenas a dos domingos de finalizar el año litúrgico. En el último domingo proclamaremos
a Jesucristo como Rey del universo. Un rey al que le serán sometidos todos los
poderes de este mundo, ante el cual toda rodilla se doblará y al que todos
mirarán, incluso los que no han creído en él o lo han negado.
Ese
regreso glorioso de Cristo como nuestro rey, marca un tono particular para este
final del año litúrgico en el que estamos. Jesús compara en el evangelio el
Reino de los cielos con una fiesta nupcial, tal como era celebrada en su
tiempo. La tradición decía que el novio debía ser esperado durante largas horas
en la casa de la novia y, de improviso, llegaba rodeado de lámparas encendidas
antes de la medianoche.
El cortejo
de luces para acompañarlo lo hacían los amigos de los contrayentes. Entraba en
la casa de la novia con mucha alegría y allí se celebraba el enlace y el
posterior banquete.
A
nosotros, en nuestra cultura, no nos resulta familiar esta tradición hebrea.
Pero para nosotros, como para ellos, una boda es un momento de mucha alegría y
fiesta para las familias que se unen y sus amigos. Es significativo que Jesús
hable del reino de los cielos como una boda; no es un momento de tristeza o de
preocupación, sino de fiesta y gozo.
De entre
las diez muchachas, las amigas de la novia, cinco eran sensatas, sabias, y no
olvidaban que estaban allí para cumplir su cometido de salir a recibir en la
noche al novio. Por eso se proveyeron de aceite suficiente para sus lámparas.
En cambio, las otras cinco, que eran necias, es decir, lo contrario de sabias,
se olvidaron de cuál era su cometido y no llevaron reservas suficientes.
El esposo
esperado es Cristo y las diez muchachas son los discípulos que esperan su
seguro regreso. El esposo tarda en llegar, que resulta la experiencia de los
cristianos del tiempo posterior a la Ascensión, los cuales ya se iban dando
cuenta de que el regreso, aunque es seguro, no tenía por qué ser inminente.
Lo cierto
es que el esposo llega de improviso a celebrar su enlace de alianza con la humanidad,
trayendo la plenitud del reinado de Dios. Los que han mantenido encendida la
lámpara y han velado, confiando en sus promesas, pueden entrar al banquete de
bodas del Cordero. Los que han dejado apagar sus lámparas, olvidando la fe y la
vigilancia, se ven dejadas fuera del banquete de una forma ya irreversible.
Podemos
pensar en esas lámparas que hay que mantener encendidas recordando las velas de
nuestro propio bautismo. Un día la Iglesia nos confió la luz de Cristo, tomada
del cirio pascual por nuestros padres y padrinos: ¿Qué ha sido de esa luz de la
fe?, ¿Aún brilla en nuestras vidas o se ha ido apagando?
La luz de
la fe se alimenta nutriéndola de aceite: damos aceite a la luz de la fe
compartiendo la fe en comunidad, manteniendo la amistad con Jesús por medio de
la oración de cada día, recibiendo los sacramentos de la Iglesia, testimoniando
la fe con palabras y con obras, leyendo la Palabra de Dios, solos o en grupo…
Hay
personas a las que la llama de la fe se les ha extinguido por desnutrición
crónica: a base de irse abandonando, de dejar de practicar, de desinterés en
crecer en la fe, llega un momento en el que ya ni saben si han dejado de ser
creyentes.
Las jóvenes
que mantuvieron la luz encendida y pudieron salir al encuentro del esposo que
llegó de improviso son sabias, sensatas. Tienen esa Sabiduría de la que habla
la primera lectura como un don de Dios, que debe ser pedido y buscado. No es
una sabiduría por la que nos llene de conocimientos que no hemos estudiado; es
una sabiduría que nos hace sabios y prudentes ante la vida y el sentido
verdadero de esta.
¿Cuántas
veces hemos visto personas muy sencillas de conocimientos y estudios pero que
saben bien cómo vivir, como comportarse? Saben vivir con una sabiduría
profunda, del espíritu.
Esta
sabiduría, que tiene su fuente en Dios, “la ven con facilidad los que la aman y
quienes la buscan la encuentran”, sale a nuestro encuentro si la deseamos, si
tenemos un corazón sediento de algo más y mejor que aquello que nos ofrece este
mundo material.
Con el salmo
hemos expresado nuestra sed: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”.
¿Cuándo
llegará el reino de Dios a este mundo?, ¿Cuándo llegará el Señor a mi vida? No
se puede saber, puede ser de improviso, puede ser en la medianoche... Lo
esencial es que cuando este acontecimiento de salvación se produzca, me
encuentre con la luz de la fe ardiendo e iluminando, para poder entrar al
banquete definitivo.
Si vivo
así, esperando ese encuentro en vela, sin dormirme ni atolondrarme, sin
despistarme con las luces de este mundo que pasa, entonces vivo como un sabio y
prudente. Pidamos hoy el don de esa sabiduría espiritual para todos nosotros,
con la confianza de que el regalo de la sabiduría nos será concedido.
Por
último, el apóstol san Pablo nos invita a mirar la realidad de la muerte con
una mirada de creyentes. Estamos en el mes de noviembre, un mes de especial
oración por los difuntos.
El apóstol
no dice “no estéis tristes”, pues es humano sentir tristeza por el vacío que
causa la muerte de aquellos que queremos; lo que dice es “no os aflijáis como
los que no tienen esperanza”. Nuestra esperanza ante la muerte nace de la fe en
la resurrección del Señor y en que, después de cruzar esa puerta última,
“estaremos siempre en el Señor”.
Sigamos
orando esperanzados por el eterno descanso en el gozo de Dios de nuestros
fieles difuntos.

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