jueves, 29 de enero de 2026

CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 BIENAVENTURADOS VOSOTROS...


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

En este cuarto domingo del tiempo ordinario, comenzamos a leer el gran discurso del monte según el evangelio de Mateo. Lo iremos leyendo, domingo tras domingo, hasta que comience la Cuaresma.

Muchas veces el evangelio dominical nos presenta a Jesucristo como médico, que va curando los males del cuerpo o del espíritu de quienes se le acercaban cargados de sufrimientos y confiados. Así terminaba, precisamente, el evangelio del domingo pasado: “recorría toda Galilea enseñando, proclamando el evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo”.

Hoy se nos presenta como el Maestro: se sienta en el monte, sus discípulos le rodean con deseo de escuchar y comienza a enseñarles. El lugar lo escoge a propósito: el monte en la Biblia es siempre lugar de encuentro con Dios. Nos hace pensar en el monte Sinaí, donde Moisés enseñó al pueblo los diez mandamientos que deben guardar para permanecer en la amistad con Dios.

¿Qué enseña este Maestro en el monte? Un mensaje sorprendente, las bienaventuranzas, que va a contra corriente de los valores del mundo de entonces y de ahora. Sin fe no se pueden entender ni aceptar estas palabras de Jesús; por esto, no olvidemos que se las enseñaba a los que querían ser sus discípulos.

Son nueve bienaventuranzas y podemos ver diferencias entre ellas. Las cuatro primeras hablan de situaciones de la vida cotidiana por las que pasan los discípulos: pobreza de espíritu, mansedumbre, tristeza, hambre y sed de justicia.

Seguro que, si salimos a preguntar a la calle, a alguien que esté ajeno a este mensaje, y le decimos “¿los que pasan por estas situaciones pueden ser felices?”, nos responderán que los felices, en todo caso, son los contrarios: los que no les falta de nada, los poderosos que pueden imponer su voluntad, los que no tienen penas, los que no tienen problemas.

Pero ¿esto es de verdad así? ¿Esas bienaventuranzas del mundo son verdaderas? ¿Uno puede ser feliz realmente, sentirse una persona plena, escapando de las tristezas y los problemas a toda costa, aunque eso suponga cerrar los ojos a lo que no está bien o es injusto, buscando que se cumpla el propio capricho a toda costa y por encima de quien sea?

¿No serán precisamente estas unas falsas bienaventuranzas, un mensaje que no es auténticamente humano ni conduce a ninguna parte?

¿No será que Jesús, como Maestro, quiere abrirnos los ojos a la verdad de la existencia, para que no nos dejemos engañar por espejismos de felicidad?

Desde luego que sí. La tristeza, la pobreza de espíritu, la sed y hambre de justicia, la mansedumbre son situaciones que nos llegan inevitablemente si optamos por vivir pensando en los demás y buscando que Dios reine en nosotros y en este mundo.

Pero es que lo contrario ni es humano, ni realiza a la persona, ni salva. Pero si se vive plenamente el proyecto de Jesús, aún con sufrimientos, se encuentra la felicidad ya en esta vida y, más aún, en la vida futura.

Las cuatro siguientes bienaventuranzas declaran felices, dichosos, a los que viven las actitudes del discípulo de Jesús, por las que serán recompensados: son misericordiosos, y por eso alcanzan misericordia; son pacíficos, y por eso viven ya como hijos de un mismo Padre Dios; son limpios de corazón, y por eso pueden ver a Dios en el hermano y lo verán después de la muerte cara a cara; son perseguidos por buscar lo que es justo y, aunque resulten incómodos, viven ya como ciudadanos del Reino de Dios.

La novena, y última, de las bienaventuranzas, describe algo que ya sabemos y que, quizás, hasta hemos experimentado alguna vez: a los que viven así, de acuerdo a estos valores que van a contra corriente de los del mundo, se les señala, son objeto de burla y puede que hasta de persecución. Pero su recompensa será grande, porque son los valores más nobles, más altos, más humanos, los que dan la verdadera paz a quien los vive.

Hoy cada uno de nosotros, confrontándose con este evangelio, se debe preguntar: ¿me convencen las bienaventuranzas de Jesús o me quedo, en cambio, con las bienaventuranzas del mundo? ¿Dónde encuentro yo la verdadera felicidad y el sentido de la vida?

Tengamos presente que las bienaventuranzas que hemos escuchado  son la “carta de identidad” del cristiano, porque describen el rostro y el estilo de la vida de Jesús. No nos pide nada que Él no haya vivido a fondo.

Jesucristo es el bienaventurado, el feliz, porque hizo vida, hasta el fin, todo lo que nos anunció. Por eso es nuestro Salvador y nuestro Maestro, porque nos enseña a vivir con sentido, buscando lo auténtico y rechazando los espejismos de felicidad que ni sacian ni dan vida.

 


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