ANTES ERAIS TINIEBLAS, PERO AHORA SOIS LUZ POR EL SEÑOR
COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA
Hoy celebramos el cuarto domingo de la Cuaresma, que en la tradición cristiana se llama "Domingo Laetare", domingo de la alegría.
Nos acercamos a la Pascua, la celebración anual de la resurrección de nuestro Salvador, Jesucristo. Somos la Iglesia, el pueblo de la Pascua, nacidos del bautismo, por el que hemos muerto y resucitado con Cristo.
¿Cuáles
son los dos grandes signos de la Pascua y del bautismo cristiano? El agua y la
luz.
Por
eso, el domingo pasado Jesús daba a la mujer samaritana el agua viva del
Espíritu, la que sacia la sed para siempre, y en este domingo Jesús le da al
ciego la luz y la vista, porque es la luz del mundo y quien le sigue no camina
entre tinieblas.
Jesús
vio al ciego de nacimiento y se fijó en él, se paró a escucharle. Los demás,
seguramente, ni lo hacían, porque en el tiempo de Jesús los tullidos, los
enfermos, los ciegos, formaban parte del paisaje de los caminos y las aldeas
sin que nadie les atendiese.
Además,
¿Qué podía hacerse por un ciego de nacimiento? Si alguien tenía compasión
podía, a lo sumo, darle una limosna…
Pesaba
sobre los leprosos, los tullidos, los ciegos, un estigma social y un estigma
religioso. Si alguien sufría esa situación es porque era un gran pecador. Y si
no lo era él, lo eran sus padres, de los cuales habría heredado el pecado, por
el que resultaba castigado con la enfermedad o la ceguera. Por eso los fariseos
acusadores le dicen: “Has nacido completamente empecatado”.
Jesús
no comparte esa visión tan negativa de los enfermos. La enfermedad no es un
castigo del pecado, ni el enfermo o el ciego son más culpables que los sanos. Sin
esos prejuicios, el Señor dedica sus
fuerzas a combatir la enfermedad y todo lo que daña al ser humano: cura,
alivia, resucita, da esperanza…
Jesús
le devuelve la vista y el hombre curado se convierte en discípulo. Un hecho
así, maravilloso, humanamente inexplicable, debería ser una señal para todos de
que Jesús es el Mesías de Dios, el que trae la luz de Dios al mundo.
Pero
hay corazones tan endurecidos por el pecado y mentes tan cerradas por los prejuicios,
como las de los fariseos, que ni teniendo delante a un ciego que ahora ve son
capaces de reconocer que el poder de Jesús viene de Dios y que es mucho más que
un profeta.
Para
ellos Jesús no lo es, porque no guarda las leyes sobre el sábado judío y las
otras costumbres religiosas, interpretadas según su modo estrecho y
fundamentalista.
¿Qué
ceguera es mayor, la del que ha sido sanado por Jesús o la de aquellos que ni
viendo tales signos son capaces de abrir la mente y el corazón a la luz de Dios
mientras dicen creer en él?
La
respuesta está clara: es peor la ceguera de los adversarios de Jesús, porque es
una ceguera voluntaria, la de quien quiere cerrarse a los signos del Reino de
Dios y abrirse a la fe con humildad.
Jesucristo
es la luz del mundo y es la luz de nuestras vidas. Si nos falta la luz estamos
ciegos, no sabemos hacia dónde vamos, no distinguimos lo que tenemos alrededor,
ni siquiera podemos reconocer al hermano a nuestro lado. Solo nos vemos a
nosotros mismos y nos tomamos por el centro de todo.
El
apóstol Pablo nos dice que ya no somos tinieblas, sino luz en el Señor. El día
de nuestro bautismo, nuestros padres y padrinos recibieron en nuestro nombre la
luz de Cristo para que brillara siempre en nuestras vidas.
Ese mismo gesto lo repetiremos en la noche de la Vigilia Pascual. Llevamos encendida en nuestra vida la luz de Cristo, no caminamos entre tinieblas, sabemos a dónde vamos y reconocemos a quien camina a nuestro lado.
Toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz y todo el que busca hacer la voluntad de Dios en su vida, aunque se equivoque a veces, es hijo de la luz.
Jesucristo
es el agua viva y es la luz del mundo. El camino cuaresmal es una invitación
permanente a ponernos ante la luz de Jesús, ante su Palabra, para descubrir
cuáles son las oscuridades y tinieblas que el pecado hace aparecer en nosotros.
Tiempo
de conversión, como escuchábamos al recibir el signo de la ceniza: “Conviértete
y cree en el evangelio”.
Pidamos
al Señor que nos cure de nuestras cegueras y alumbre nuestras oscuridades. Ver
con esa mirada nueva es ver a los demás más allá de la superficie, yendo a lo
profundo. Como hizo el profeta Samuel cuando miró a los candidatos hijos de
Jesé para escoger un rey de Israel; en el más pequeño, David, el que no contaba
ante los demás es en el que ve precisamente al escogido por Dios.

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