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jueves, 8 de enero de 2026

BAUTISMO DEL SEÑOR (ciclo A)

 YO HE PUESTO MI ESPÍRITU SOBRE ÉL


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, en el segundo domingo de enero, con la que se cierra el tiempo de Navidad.

En la Navidad y la Epifanía hemos celebrado el acontecimiento que cambia la historia de los hombres con Dios: Dios ha hecho una opción por nuestra humanidad, por cada uno de nosotros, y ha venido a compartir nuestra vida como el Emmanuel (que significa Dios con nosotros).

Después de los relatos de la infancia y del episodio de Jesús adolescente extraviado voluntariamente en el templo, los evangelios no nos dicen nada más de lo ocurrido.

Son casi treinta años de vida oculta y silenciosa en el pueblo de Nazaret… ¿qué hace Jesús en todo ese tiempo? Vivir como uno más, una vida sencilla y anónima, trabajar en el taller familiar, ir a la sinagoga, convivir. Esto es lo que ocurre en lo externo y visible, pero, ¿y en lo interior e invisible? Jesús va madurando como hombre su conciencia de ser el Hijo enviado, el que debe cumplir hasta el final la voluntad de su Padre del cielo.

El bautismo de Juan en el Jordán será el momento decisivo de comenzar la misión. Resulta llamativo que Jesús, que no tiene pecado alguno, que es precisamente el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como le llamará Juan, quiera recibir este bautismo de conversión.

Por eso Juan no quiere bautizarlo y se resiste a hacerlo: “Soy yo el que necesito que tú me bautices y ¿tú acudes a mí?”. Pero Jesús le insiste, es necesario para que se cumpla toda justicia. ¿A qué se refiere el Señor Jesús?

Por un lado, al ponerse en la cola de los penitentes que piden el bautismo de Juan, Jesús está expresando desde el comienzo de su vida pública cuál es su misión: es el pastor que viene a buscar la oveja más perdida, es el médico que necesitan los enfermos.

Él no necesita el bautismo purificador de Juan, pero va a compartir la vida de los que buscan perdón y sanación, aunque eso le suponga ser llamado despectivamente “amigo de publicanos y pecadores” o “impuro”.

Por otro lado, el bautismo será la ocasión para que Dios Padre manifieste que Jesús es su Hijo amado, al que hay que escuchar, y derrame sobre él el Espíritu Santo, lo unja para que pase haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios está con él.

Jesús, después de recibir esta efusión del Espíritu, comienza la misión del Reino. Lo hace con el estilo que debía tener el enviado por Dios, según el profeta Isaías: sin gritar, ni clamar por las calles, con suavidad y amabilidad, invitando a todos a acercarse al amor de Dios.

Sin cascar la caña quebrada ni apagar el pábilo vacilante, valorando lo poco de bueno que cada uno pueda tener, la monedita de la viuda, la semilla pequeña, la levadura… este es el estilo de Jesús de Nazaret.

En este día del Bautismo del Señor, también pensamos en nuestro propio bautismo. Nosotros no hemos recibido el bautismo de Juan, sino uno infinitamente mejor, que aquel solamente anunciaba: el bautismo en el Espíritu Santo, el bautismo de Jesús.

Hemos sido hechos hijos en el Hijo, y somos amados con el mismo amor con el que el Padre ama a su Unigénito. Tenemos el don del Espíritu Santo, que va actuando en nosotros, que nos va transformando lentamente y desde dentro, que nos hace llamar a Dios Abbá-Padre.

Nunca agradeceremos lo suficiente el regalo del bautismo cristiano, el mayor tesoro que se nos ha podido confiar. Pero, como todo gran don, conlleva una gran responsabilidad: la de vivir como Hijos de Dios, al estilo de Jesús, según su Evangelio.

Que lo vivido durante este tiempo gozoso de la Navidad que hoy termina, nos ayude a vivir según nuestra vocación de bautizados.

lunes, 5 de enero de 2026

EPIFANÍA DEL SEÑOR (ciclo A)

 HEMOS VISTO SALIR SU ESTRELLA Y VENIMOS A ADORARLO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    La encarnación del Hijo de Dios es una realidad tan grande, que necesitamos de todos estos días de la Navidad para poder ir asimilándola y profundizando en ella, aunque siempre nos desbordará.

    Hoy celebramos su Epifanía, es decir, su manifestación a las naciones paganas de la tierra, representadas en aquellos misteriosos magos llegados desde tierras lejanas del Oriente. Toda la Navidad es una constante manifestación (epifanía) del plan salvador de Dios. A los primeros a los que se les manifiesta es a María y a José que, por medio de los enviados de Dios, los ángeles, reciben el anuncio de lo que Dios quiere realizar a través de ellos: la redención de los hombres.

    Después es manifestado a los pastores que velaban al raso sus rebaños: son los últimos entre los últimos, los que tenían que dormir al raso, entre el ganado, cuidando las propiedades de otros. Ellos son los pobres que primero abren su corazón a la noticia del Emmanuel, precisamente porque en su vida dura son los que más necesitan una noticia así.

    Pero la manifestación llega también más allá de las fronteras de Israel, hasta el Oriente, a las naciones de gentiles que no compartían la fe hebrea, pero sí sus esperanzas en una presencia salvadora de Dios para una humanidad que sufre.

    ¿Quiénes son estos personajes del Oriente? Poco nos dicen los evangelios: son magos, un término que en la Biblia aparece, con frecuencia, relacionado con la sabiduría. Pueden ser sabios persas que conocen las Escrituras, las profecías sobre el rey de los judíos que habría de nacer en la ciudad de David, Belén, y que escrutan los cielos en busca de movimientos de los astros.

    Según la mentalidad oriental, el nacimiento de un gran personaje debía ser anunciado por el surgimiento en el cielo de su estrella: ellos la vieron y se pusieron en camino.

    El relato subraya un contraste fuerte entre la actitud de estos magos y la del rey Herodes con su corte de sabios y escribas. Estos sí que eran judíos, sí conocían las Escrituras, habrían visto también el brillo de la estrella… pero no se ponen en camino. No creen necesitar la redención, no quieren conocer la Buena Noticia que viene de Dios, porque ya están satisfechos en sus lujos y su poder….

    Herodes se inquieta, pero no con intención de adorar, sino por el miedo a perder su poder absoluto, por miedo a que llegue un rey legítimo que le destrone a él, el rey ilegítimo que no desciende de David.

    Los magos del Oriente no se espantan ante la pobreza de la escena: un niño acostado en un pesebre, con sus padres y algunos pastores como única compañía, no era un entorno digno de un rey. Pero la fe les hace ver más allá de lo que ven los ojos de la cara, se arrodillan y lo adoran. Le ofrecen tres regalos significativos, que son todo un programa que anuncia quien ese recién nacido: oro, el regalo de un rey, porque será rey del universo, incienso, el regalo de un dios, porque es el Hijo de Dios hecho hombre, mirra, con la que se amortajan los cuerpos, anunciando que será víctima y morirá para salvarnos.

    Esta escena de la adoración de los Magos, tantas veces representada en el arte, merece que la contemplemos con fe y admiración: unos personajes sabios, seguramente poderosos, hincan sus rodillas ante un recién nacido en el lugar más pobre, el último que alguien escogería para el nacimiento de un rey: un pesebre en una aldea remota. Pero su fe les dice que, quien está allí, es el Dios único y verdadero hecho carne, hecho hombre.

    La encarnación del Señor, que es el cimiento de nuestra fe, y que celebramos durante toda la Navidad, no se puede entender sin humildad, sin ponerse de rodillas para adorar y agradecer. Con la lógica humana no puede entenderse que el Creador quiera hacerse criatura, que el eterno quiera hacerse mortal, que el todopoderoso quiera hacerse frágil… hay que entrar en la lógica del amor y de la fe con actitud humilde y adorante, o no entenderemos nada.

    La salvación que trae el Emmanuel es para todos, es universal. Así es desde el principio, como lo manifiesta esta visita que recibe desde el Oriente. Después, Jesús se saltará todas las barreras de su tiempo entre judíos y gentiles, samaritanos e israelitas, porque lo que él quiere es que todos, sin excepción, se llenen del amor de Dios Padre y entren a formar parte de su Reino. No podemos callarnos la Buena Noticia del Evangelio, hay que ser misioneros, estrellas que guían a otros ante el Emmanuel e invitan a adorar y agradecer.


Feliz Epifanía del Señor

 


sábado, 3 de enero de 2026

DOMINGO SEGUNDO DESPUÉS DE NAVIDAD (ciclo A)

 Y EL VERBO SE HIZO CARNE...


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

Profundizando en el regalo de la Navidad

    Hoy, hermanos, estamos celebrando el domingo segundo después de Navidad. Toda la liturgia de la Navidad constituye como una maravillosa catequesis completa en la que, guiados por la Palabra de Dios y por las oraciones, vamos profundizando en qué supone la encarnación del Salvador.

    Decimos que la encarnación es un Misterio en el sentido de que, por más que hablemos de la Navidad o la representemos visiblemente con los belenes y las tiernas imágenes del Niño Jesús, lo que ha sucedido en ella es algo que nos sobrepasa, que no podemos abarcar en absoluto.

    Este segundo domingo es un paso más en ese deseo de profundizar en el misterio del maravilloso intercambio, como se le llamó desde la antigüedad de la Iglesia: Dios se hace un hombre, como nosotros, para que nosotros podamos entrar en la familia de Dios participando, como hijos e hijas amados, de la naturaleza divina.

La verdadera sabiduría, don de Dios

    En la primera lectura que se nos acaba de proclamar, tomada del Antiguo Testamento, se presenta a la sabiduría personificada, como una enviada de Dios que, por deseo de este, viene a habitar en medio de su pueblo, a poner su morada entre los hombres. Es una sabiduría que brota de Dios, que no tiene principio, que existe desde siempre, que se hace amiga de los hombres, que comparte su existencia y les hace –nos hace- bien.

     Esa sabiduría de la Biblia, que viene a habitar entre los hombres y se regala a quienes la piden y la acogen de corazón, no es una acumulación de conocimientos, como cuando nosotros decimos que una persona es sabia en tal o cual materia. 

    Es, sobre todo, saber vivir rectamente ante Dios, saber vivir según su voluntad. Es bendita la sabiduría de Dios, ensalzada por los hombres y mujeres de buena voluntad, porque produce bien y alegría, sus frutos son de justicia y paz.

    ¡Qué importante es pedirle a Dios el don de la sabiduría, fruto del Espíritu Santo, para poder vivir como él espera que vivamos! Con tantos medios de comunicación al alcance de la mano, con tanta información disponible con solo tocar el teléfono que llevamos permanentemente encima…. y no por ello somos más sabios. Más bien nos quejamos, tantas veces, de que estamos confusos con tanta información, de que no sabemos separar lo importante de lo accesorio, de que ni podemos distinguir ya lo verdadero de lo falso…

    Pidamos el don de la Sabiduría divina para este nuevo año 2026 que acabamos de estrenar. Para que, con ella, no vivamos en las sombras, sino en la luz, no vivamos en la mentira, sino en la verdad, no vivamos en la confusión, sino en la claridad.

    Nos deseamos de corazón unos a otros, para este nuevo año, lo mismo que les desea san Pablo a los cristianos de Éfeso en la carta que hoy hemos leído: “que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os de espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos”.

 Acojamos la Palabra, Palabra hecha carne

    Un camino seguro para vivir la vida según la Sabiduría de Dios lo tenemos al alcance de la mano: es acoger su Palabra. El evangelio de hoy es el mismo que escuchabamos el día de la Navidad: el comienzo del evangelio según san Juan.

    En lugar de hablar del nacimiento de Jesús, del parto de María, de la adoración de los pastores y los magos, como los otros evangelistas, Juan nos invita a mirar en profundidad qué es lo que acontece allí: el Verbo, la Palabra de Dios que trae la luz y la sabiduría de Dios, ha venido al mundo para alumbrar a todo hombre.

    Jesús es la Palabra de Dios hecha carne. Todo lo que Dios necesita decirnos acerca de él, acerca de nosotros, nos lo dice ya en su Hijo Jesucristo. No necesitamos preguntarle nada más, porque nos lo ha dicho todo, en expresión de san Juan de la Cruz.

    Acoger la Palabra de Dios es acoger a Jesús, la Palabra humanada, y es acoger a Dios que nos lo envía.

    Pensemos un poco: ¿Cómo acogemos la Palabra de Dios en las celebraciones de la iglesia?, ¿con unos oídos, una mente y un corazón abiertos o, por el contrario, con desgana, con desinterés, con rutina?

    Porque dice el evangelista que la Palabra vino a los suyos y los suyos, que somos también nosotros, no la recibieron.

    Durante este nuevo año, ¿la Palabra de Dios estará presente en nuestras casas, en nuestras reuniones de familia, en nuestra vida cotidiana? ¿Buscaremos su sabiduría o trataremos de aprender de sabelotodos, opinadores e influencers que nos manipulan con intereses concretos?

    A cuantos reciben esta Palabra, les da poder de ser hijos de Dios, que es lo más grande y bonito a que podemos aspirar. Pidamos la sabiduría y busquémosla acogiendo de verdad la Palabra.


martes, 30 de diciembre de 2025

1 de enero. SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

 MARÍA CONSERVABA TODAS ESTAS COSAS EN SU CORAZÓN


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hoy es el primer día del nuevo año. Nos hemos deseado desde hace días, y especialmente ayer, “Feliz año nuevo”. Ojalá que no lo digamos como una palabra más, sino de corazón, deseando lo mejor al hermano.

    Al comenzar este tiempo nuevo, los cristianos queremos pedir la bendición de Dios sobre nosotros: “El Señor te bendiga y te guarde. El Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz”.  Es la bendición que hacían los sacerdotes israelitas sobre el pueblo en las grandes fiestas.

    ¿Qué podemos desearnos mejor que esto? Que el Señor esté con nosotros a lo largo de este año 2026, que no sabemos qué nos deparará, pero sí sabemos que todo formará parte de su plan salvador. Que el Señor nos bendiga y nos guarde a todos.

    Queremos poner, también, este nuevo año bajo el amparo de nuestra Madre del Cielo. Por eso el 1 de enero celebramos la solemnidad de santa María, Madre de Dios. Es el primer título de la Virgen María, del que derivan todos los demás que decimos de ella. María es la mujer escogida por Dios, preservada de todo pecado, para ser la madre del Salvador, del mismo Dios hecho hombre, Jesús.

    Sin su aceptación generosa del plan de Dios, sin su donación total y sin reservas, Dios no hubiera podido realizar la salvación por medio de su Hijo, hecho semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, para que nosotros seamos también hijos amados de Dios.

    El evangelio de hoy nos presenta a María en el portal de Belén, junto a su esposo bueno José. Allí reciben la visita de los pastores, los más humildes, los únicos que han tenido el corazón abierto para recibir la noticia del nacimiento del Emmanuel. María no se guarda egoístamente a su hijo, sino que recibe con alegría a cuantos llegan a verle y a adorarle. Les quiere hacer partícipes de la Buena Noticia, para que todos puedan llenarse de la misma alegría y emoción que tienen ella y san José.

    Y dice el evangelista que María conservaba todas estas cosas en su corazón y las meditaba: el anuncio del Ángel, la generosidad de su esposo José, el rechazo de las casas cerradas en Belén, la pobreza extrema del pesebre, la visita de los pastores y los Magos… tantas cosas que meditar en su corazón de madre y de creyente… pidámosle al Señor, para este año que comienza, un corazón como el de María, que sabe meditar los acontecimientos, descubriendo en lo que ocurre la acción de Dios.

    Porque si vivimos sin reflexionar, sin rezar, sin un poco de profundidad e interioridad, la vida será solo una serie de acontecimientos que no nos dicen nada de Dios. Vivimos porque van pasando los días y los meses… pero la vida ha de ser mucho más que eso.

    Hay un último motivo en esta celebración de hoy. Además de pedir la bendición de Dios para un nuevo año, además de dar gracias a Dios por el regalo de la Virgen María Madre de Dios, que está siempre con nosotros, también es hoy la Jornada de la Paz.

    Vivíamos muy tranquilos, aunque sabíamos que en muchas partes del mundo hay guerras que desde hace años causan mucho sufrimiento a inocentes… pero las teníamos lejos. Desde hace tres años la guerra se ha acercado hasta nuestras fronteras cercanas, en el mismo continente europeo, y hemos caído en la cuenta, de golpe, que la paz es un bien muy escaso y amenazado en este mundo.

    Ojalá pudiéramos acabar con las guerras del mundo, pero no está en nuestra mano. Hay demasiados intereses, demasiada codicia, demasiados engaños, que no entendemos y que nos superan. Pero sí podemos ser más pacíficos, más constructores de la paz a nuestro alrededor: si no respondo con una palabra hiriente, construyo la paz, si soy justo en mi relación con los demás, construyo la paz, si busco la armonía en casa, aunque tenga que ceder, construyo la paz, si no hiero con la lengua o con los gestos, construyo la paz.

    Todos tenemos parte de responsabilidad en que este mundo sea más pacífico o más agresivo. Con la bendición de Dios pidamos un nuevo año de Paz, y trabajemos todos juntos por ella.

Feliz Año Nuevo.

 


jueves, 25 de diciembre de 2025

HORARIOS ENERO 2026

 1 DE ENERO. SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

JUEVES 1

11 H. VILLANUEVA

11:45 H. ROBLEDO

12:30 H. VILLARRODRIGO

13:15 H. VILLAMOROS

13 H. VILLAOBISPO

SEGUNDO DOMINGO DE NAVIDAD

SÁBADO 3 

18 H. VILLARRODRIGO (Misa vespertina y Concierto)

DOMINGO 4

11 H. VILLAMOROS 

12 H. ROBLEDO

13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 

EPIFANÍA DEL SEÑOR

MARTES 6

11 H. VILLANUEVA

11:45 H. ROBLEDO

12:30 H. VILLARRODRIGO

13:15 H. VILLAMOROS

13 H. VILLAOBISPO

BAUTISMO DEL SEÑOR

SÁBADO 10

18 H. VILLAOBISPO (Misa vespertina)

DOMINGO 11

11 H. VILLAMOROS

12 H. VILLARRODRIGO

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLANUEVA

II DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 17

18 H. ROBLEDO (Misa vespertina)

DOMINGO 18

11 H. VILLANUEVA

12 H. VILLARRODRIGO 

12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 

III DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 24

18 H. VILLAMOROS (Misa vespertina)

DOMINGO 25

11 H. VILLANUEVA

12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra)

12 H. ROBLEDO

13 H. VILLAOBISPO 


DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA (ciclo A)

 

LEVÁNTATE, TOMA AL NIÑO Y A SU MADRE



COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

Seguimos dentro del maravilloso tiempo litúrgico de la Navidad, seguimos asombrándonos y gozándonos con la Buena Noticia que cambia el curso de la historia y da sentido a nuestras vidas: Dios se ha hecho hombre, la Palabra se ha hecho carne y ha puesto su tienda entre nosotros.

En este domingo de la Sagrada Familia damos un paso más para seguir profundizando en la belleza de este misterio salvador. Hoy se nos dice que Dios Padre ha querido contar con una familia humana para su Hijo unigénito.

Tan necesaria y valiosa es la familia para la vida individual y social, que el Hijo de Dios asumió el hecho de nacer y crecer en una familia humana como parte esencial de su encarnación.

El Verbo eterno, sin el cual no se hizo nada de cuanto existe, elige crecer en un hogar pobre, con las privaciones y penalidades propias de aquel lugar remoto en un tiempo difícil de su historia. Y conoce, además, el calvario que viven las familias de los refugiados que huyen de la persecución, porque también su familia tuvo que exiliarse en Egipto para salvar la vida.

Como cualquier niño normal es y educado y corregido y, con la guía y el ejemplo de sus padres santos, va creciendo en valores humanos, cívicos, mientras conoce la religión de su pueblo israelita. En definitiva, por amor “se hizo igual en todo a nosotros menos en el pecado”.

“Sea vuestro uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión (…) Y, por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la caridad consumada”. Las palabras con las que exhorta san Pablo a los cristianos colosenses en la liturgia del día, aparecen bellamente reflejadas en la Sagrada Familia de Nazaret. María y José se aman con afecto de esposos, pero, por encima de ese amor, ambos aman a Dios y aman su voluntad: que custodien como padres a su Hijo encarnado, dependiente en todo de ellos. 

Las imágenes de la Sagrada Familia que contemplamos en el arte son siempre idealizaciones: el manto blanco y azul de la Virgen, la serenidad contemplativa de José, representado como un anciano. Nos ocultan la dureza de lo que debió de ser su realidad: emigrados por el censo del rey, obligados a dejar Nazaret, un duro camino hasta Belén… y, al llegar allí, nadie les recibe y María ha de dar a luz en un establo.

Pensemos en esto cuando nuestras familias pasen por dificultades. No serán mayores, seguro, que las de la Sagrada Familia de Nazaret, porque Dios no quiso ahorrar a su Hijo Jesús ninguna de ellas. Así ya sabemos que Dios está especialmente cerca de los pobres y los que sufren, pues esa fue la vida que eligió.

La primera lectura, del libro del Eclesiástico, nos dice que Dios bendice cuanto se hace por los padres y tiene por un gran pecado olvidarse de ellos o desatenderlos en sus necesidades, especialmente cuando se vuelven débiles de cuerpo o de mente. La familia no solo es el pilar de la sociedad, sino también el lugar en el que mejor somos cuidados, donde somos aceptados tal y como somos, también con nuestras limitaciones y achaques.

Demos gracias a Dios por nuestras familias. A veces el barco pasa por aguas calmadas y otras por tempestades, pero si al timón dejemos que vaya el Señor, guiándonos, es seguro que las superarán y llegarán a puerto.

Feliz día de Navidad, porque seguimos dentro de su octava, y feliz domingo de la Sagrada Familia

 

martes, 23 de diciembre de 2025

FELIZ NAVIDAD 2025

     “Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor”. Dios ha respondido a los anhelos de la humanidad sufriente, que le buscaba entre imágenes y sombras, y ha cumplido las esperanzas y profecías de su pueblo Israel. Pero lo ha hecho de un modo desconcertante, que escapa a toda lógica humana…

    La señal de que esto es cierto no puede ser más humilde: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. En un acto de profunda confianza, los pastores se ponen en camino para adorarle.

    Porque no se les da, no se nos da, otra señal sino esta: la pobreza de Belén, el misterioso y radical abajamiento de Dios hacia los hombres. Y “en esta etapa final, Dios nos ha hablado por el Hijo”, que es la Palabra hecha carne y acampada entre nosotros. Es todo lo que Dios quiere decirnos, su Hijo en carne mortal y nacido de mujer.

FELIZ NAVIDAD PARA TI Y PARA LOS TUYOS


UNIDAD PASTORAL DE VILLAOBISPO

miércoles, 8 de enero de 2025

BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO C)

 TÚ ERES MI HIJO EL AMADO, EL PREDILECTO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Con esta solemnidad del Bautismo del Señor concluimos el ciclo de la Navidad. Se puede decir que esta es una tercera epifanía o manifestación: la primera fue a los pastores de Belén, que son los pobres del pueblo escogido, la segunda a los Magos del Oriente, que son los pueblos paganos con su sabiduría y su búsqueda de Dios. Y esta, la tercera, es a la humanidad entera, porque el Padre Dios proclama a Jesús como su Hijo amado y predilecto y lo unge con el Espíritu Santo.

    Antes de esta escena del bautismo no ha pasado nada especial en la vida de Jesús, el “Verbo hecho carne” como le llamamos en la Navidad. Sus casi treinta años de vida oculta en la aldea insignificante de Nazaret siempre serán un misterio que nos sobrecoge y desafía nuestro entendimiento.

    Dios hecho hombre, la Palabra encarnada, la segunda persona de la Santísima Trinidad humanada, pasa décadas en la sencillez de una vida de trabajador manual, de judío anónimo sujeto a las leyes religiosas y civiles. Es parte del abajamiento de Dios, que quiso que su Hijo fuese igual en todo a nosotros, excepto en el pecado.

    Es una vida oculta para los hombres, empezando por sus paisanos, pero no para el Padre Dios; con Él vive Jesús en una unión permanente, en una oración incesante, formada en los rezos de la sinagoga y en los largos momentos de intimidad solitaria.

    Pero llegado el momento designado por el Padre, en el que la humanidad de Jesús está dispuesta para abrazar por completo su misión, con el bautismo en el Jordán, que hoy celebramos, dará comienzo a lo que llamamos su vida pública: tres años de predicación itinerante, e incansable, por ciudades y aldeas, estableciendo el reinado de Dios con palabras y con acciones.

    Resulta poderosamente llamativo, si lo pensamos, que Jesús decida comenzar la misión del Padre recibiendo un bautismo de purificación que no necesitaba. Un bautismo de agua para preparar la venida del Mesías… precisamente Él, que es el mismo Mesías esperado, el que “bautizará con Espíritu Santo y fuego”, como anuncia Juan.

    Se pone en la fila de los pecadores “en un bautismo general” precisamente Él, que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Es comprensible que Juan Bautista, al verle, se resista a bautizarle, aunque el evangelista Lucas, que hemos escuchado, a diferencia de Mateo, no nos dice nada de esto.

    Al recibir el bautismo con los pecadores, Jesús está expresando, desde el comienzo, el sentido de toda su misión: “No he venido a buscar a los justos, sino a los pecadores; no necesitan de médico los sanos, sino los enfermos”.

    El evangelista Lucas recoge que Jesús oraba, estaba en diálogo con las otras dos personas de la Santísima Trinidad, en el momento en que los cielos se abren, el Espíritu Santo desciende sobre Él llenándolo, y la voz del Padre lo proclama “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”.

    Aquí está el consuelo de Dios para la humanidad que había anunciado el profeta Isaías, esta es su respuesta para cuantos buscan salvación y vida: el Hijo amado, Jesucristo.

    No hay más palabras de Dios para los hombres que este nombre: Jesús. El apóstol Pablo lo expresa así: “Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa”.

    En esta fiesta revivimos nuestro propio bautismo para darle muchas gracias a Dios y a su Iglesia por este regalo maravilloso que, sin merecerlo, se nos ha dado. Lo más grande que podemos llegar a ser en esta vida ya lo somos desde el día del Bautismo: hijos de Dios, unidos a Cristo, templos vivos para el Espíritu, miembros de la Iglesia, ciudadanos del cielo al que peregrinamos.

    Igual que Jesucristo comenzó el día de su Bautismo la misión del Reino con su vida pública, también nosotros, desde el día de nuestro bautismo comenzamos a vivir como Hijos de Dios. Ese ha de ser nuestro mejor propósito, ya que estamos estrenando un nuevo año: vivir el 2025 como bautizados e hijos de Dios.

    Y ser testigos y misioneros de nuestra fe con aquellos que no la conocen o solamente la conocen de oídas. Empezando por aquellos que están más cerca de nosotros, quizás en nuestra propia casa.

 


viernes, 3 de enero de 2025

EPIFANÍA DEL SEÑOR

 Y AL VERLO LO ADORARON

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

Esperando una luz nueva

    Damos por descontado que la luz nos envuelve desde que amanece hasta que anochece; damos por descontado que cada jornada traerá su propia luz, que nunca nos faltará, y que si damos al interruptor la estancia más oscura siempre se iluminará. Somos seres que necesitan de la luz para sobrevivir, igual que necesitamos del alimento y del aire.

    Pero, ¿Qué supondría necesitar de la luz y no tenerla? ¡Qué angustia tan profunda la de quedarse completamente a oscuras y no poder disfrutar de lo que nos rodea o no advertir de los peligros que nos acechan porque no tenemos luz!

    El profeta Isaías se dirige, en la primera lectura, a un pueblo devastado, sin esperanza ni tierra, que sólo percibe oscuridad a su alrededor. ¿Qué les anuncia? El amanecer de una nueva luz, una aurora luminosa que vencerá las tinieblas que cubren la tierra y la oscuridad que ciega a los pueblos.

    Es una forma poética, y muy hermosa, de hablar. Ese amanecer será el de Dios: “sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti”. Cuando uno está agobiado por la experiencia de una noche interminable, lo que más desea es que amanezca: como el enfermo grave postrado en su lecho, al que las noches se le hacen eternas, como el encarcelado en su celda, como el abandonado o el despreciado. ¡Hay tantas experiencias de noches oscuras e interminables que claman por un amanecer luminoso!

    Aquellos misteriosos magos del Oriente, quizás magos y astrólogos persas conocedores de las estrellas y de las sagradas escrituras de Israel, se ponen en camino guiados por la luz de una estrella. Representan a todas las naciones de la tierra, a todos los hombres y mujeres que necesitan salir de la oscuridad y se dejan guiar por los destellos de la luz, por las pequeñas o grandes luces que Dios pone en sus vidas.

    La estrella, que tantas veces hemos representado en el portal de Belén de nuestras casas, se va a posar sobre un lugar de una humildad y una pobreza extremas: un lugar de animales, un refugio para viajeros y mendigos… ¿Qué luz puede haber ahí? Pues sí, justo ahí es donde descubren ellos la luz más brillante, la que no encontraron en el palacio de Herodes, con todos sus lujos y sus antorchas encendidas.

    Es la luz de Dios, la única que puede vencer realmente la oscuridad del pecado y de la muerte. Esa es una luz que no da intermitencias, ahora sí, ahora no, y que ni ciega ni deslumbra. Una luz muy humana, que se hace cálida, a nuestra medida, en un recién nacido que necesita ser acogido porque vive la experiencia tan humana de la necesidad y el desvalimiento.

    Si nos dejamos iluminar por esta luz del Emmanuel, nuestra experiencia de la Navidad merecerá la pena. Si, por el contrario, buscamos en la Navidad las luces cegadoras del consumo, de la alegría sin un motivo profundo, o de la superficialidad, terminaremos cegados y perdidos.

    La gran noticia, la que de verdad merece todo júbilo y celebración es que nos ha sido revelado que ya somos “coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio”.

    Atrevámonos a salir de nuestras oscuridades apáticas y tristes, a dejarnos guiar por la fe al encuentro de quien es la Luz de toda luz y, como hicieron los magos del Oriente, hincar la rodilla ante Él para adorarle y reconocerle como el único Señor y Salvador.


SEGUNDO DOMINGO DE NAVIDAD

 Y EL VERBO SE HIZO CARNE. Y HEMOS VISTO SU GLORIA


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Estamos celebrando el domingo segundo después de Navidad. Todo el ciclo de la Navidad es una catequesis completa en la que, guiados por la Palabra de Dios y por las celebraciones litúrgicas, vamos profundizando en qué supone la encarnación del Salvador.

    Decimos que la encarnación es un Misterio en el sentido de que, por más que hablemos de la Navidad y la representemos visiblemente con los belenes y con las imágenes tiernas del Niño Jesús, lo que ha sucedido en ella es algo que nos sobrepasa y que no podemos abarcar en absoluto.

    Este segundo domingo es un paso más en ese deseo de profundizar en el misterio del maravilloso intercambio: Dios se hace un hombre, como nosotros, para que nosotros podamos entrar en la familia de Dios como hijos e hijas amados.

    En la primera lectura que se nos acaba de proclamar, tomada del Antiguo Testamento, se presenta la Sabiduría personificada, como una enviada de Dios que, por deseo de este, viene a habitar en medio de su pueblo, a poner su morada entre los hombres. Es una sabiduría que brota de Dios, que no tiene principio, que existe desde siempre, que se hace amiga de los hombres, que comparte su existencia y les hace bien.

    Esa sabiduría de la Biblia, que viene a habitar entre los hombres y se regala a quienes la acogen de corazón, no es una acumulación de conocimientos, como cuando nosotros decimos que una persona es sabia en tal o cual campo.  Es, sobre todo, saber vivir rectamente ante Dios, saber vivir según su voluntad. Es bendita la sabiduría de Dios, ensalzada por los hombres y mujeres de buena voluntad, porque produce bien y alegría, sus frutos son de justicia y paz.

    ¡Qué importante es pedirle a Dios el don de la sabiduría, fruto del Espíritu Santo, para poder vivir como él espera que vivamos! Con tantos medios de comunicación al alcance de la mano, con tanta información disponible con solo tocar el móvil que llevamos permanentemente encima…. Y no por ello somos más sabios. Más bien nos quejamos, tantas veces, de que estamos confusos con tanta información, de que no sabemos separar lo importante de lo accesorio, de que ni sabemos distinguir lo verdadero de lo falso…

    Pidamos el don de la Sabiduría divina para este nuevo año que acabamos de estrenar. Para que, con ella, no vivamos en las sombras, sino en la luz, no vivamos en la mentira sino en la verdad, no vivamos en la confusión, sino en la claridad.

    Nos deseamos de corazón unos a otros, para este nuevo año 2025, lo mismo que les desea san Pablo a los cristianos de Éfeso en la carta que hoy hemos leído: “que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os de espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos”.

    Un camino seguro para vivir la vida con la Sabiduría de Dios lo tenemos al alcance de la mano: es acoger su Palabra. El evangelio de hoy es el mismo que escuchamos el día de la Navidad: el comienzo del evangelio según san Juan.

    En lugar de hablar del nacimiento de Jesús, del parto de María, de la adoración de los pastores y los magos, como los otros evangelistas, Juan nos invita a mirar en profundidad qué es lo que acontece allí: el Verbo, la Palabra de Dios, que trae la luz y la sabiduría de Dios, ha venido al mundo para alumbrar a todo hombre.

    Jesús es la Palabra de Dios hecha carne. Todo lo que Dios necesita decirnos acerca de él, acerca de nosotros, nos lo dice ya en su Hijo Jesucristo. No necesitamos preguntarle nada más porque nos lo ha dicho todo.

    Acoger la Palabra de Dios es acoger a Jesús, la Palabra, y es acoger a Dios que nos lo envía. Pensemos un poco: ¿Cómo acogemos la Palabra de Dios en las celebraciones de la iglesia?, ¿con unos oídos, una mente y un corazón abiertos o, por el contrario, con desgana, con desinterés, con rutina?

    Porque dice el evangelista que la Palabra vino a los suyos y los suyos, que somos también nosotros, no la recibieron.

    Durante este nuevo año, ¿la Palabra de Dios estará presente en nuestras casas, en nuestras reuniones de familia, en nuestra vida cotidiana?, ¿buscaremos su sabiduría o trataremos de aprender de sabelotodos, opinadores e influyentes con intereses concretos?

    A cuantos reciben esta Palabra, les da poder de ser hijos de Dios, que es lo más grande y bonito a que podemos aspirar. Pidamos la sabiduría y busquémosla acogiendo la Palabra.

 


domingo, 29 de diciembre de 2024

1 DE ENERO. SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

 MARÍA CONSERVABA TODO EN SU CORAZÓN


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En este primer día del nuevo año, la Iglesia celebra la fiesta de Santa María, Madre de Dios. Si el domingo pasado celebramos que el Salvador nace en el seno de la Familia de Nazaret, hoy nos fijamos en María, que por ser madre de Jesús es la Madre de Dios Hijo, la segunda persona de la Santísima Trinidad. En la celebración de hoy confluyen tres motivaciones que se complementan:

    Por un lado, es el primer día de un nuevo año, con todo lo que siempre supone de esperanza comenzar un tiempo nuevo, cargado de ilusiones y buenos propósitos.

    Por otro lado, es la fiesta de Santa María Madre de Dios, que se celebra a los ocho días de la Navidad, y nos sirve para agradecer el don de su maternidad, por la que nos ha llegado el Salvador, el Emmanuel esperado.

    Y, además, es la Jornada de Oración por la Paz, instituida por el Papa San Pablo VI para este primer día de enero.

    En la Palabra de Dios se suman estos tres motivos. Seguro que anoche alguien nos deseó “Feliz Año nuevo”, o nosotros se lo deseamos a alguien. Como creyentes, lo mejor que podemos hacer es pedir para nosotros y para nuestros seres queridos la misma bendición que hemos escuchado en la primera lectura. Es la formula con la que los hebreos, desde Moisés, eran bendecidos al comenzar un nuevo año por sus sacerdotes:

“El Señor te bendiga y te proteja,
ilumine su rostro sobre ti
y te conceda su favor.
El Señor te muestre tu rostro
y te conceda la paz”.

    Comenzar un nuevo año siempre produce un cierto vértigo; entramos en algo desconocido que no sabemos qué nos deparará. Y el vértigo es aún mayor en estos tiempos, tan revueltos por situaciones de guerra en nuestro mundo y tensiones sociales que nos quitan la paz interior y nos producen incertidumbre. Tantas personas dicen en estos días: “Que el año que viene sea mejor que este”.

    Siempre deseamos que vengan tiempos mejores, pero recordemos que para un creyente todo tiempo es tiempo de gracia y salvación, porque en todo tiempo se hace presente Dios. Y Dios es capaz de sacar bienes hasta de los males, si le dejamos actuar por el Espíritu Santo que nos habita.

    No podemos cerrar los ojos a la realidad que nos rodea, ni tratar de vivir en una burbuja que nos aísle de las noticias que no nos gustan. Pero tampoco podemos vivir abrumados y aplastados por las malas noticias, como si hubiésemos perdido la esperanza. 

    Precisamente esta palabra la escucharemos muy a menudo en las iglesias durante el año 2025: Esperanza. Porque hemos comenzado un año jubilar dedicado a la esperanza, que nos deberá servir para renovarnos espiritualmente y ser testigos de la esperanza que no defrauda: la que brota de la fe que nos dice que Dios nos ama y está con nosotros.

    ¿Soy testigo de esperanza y trato de infundir optimismo y confianza a los que me rodean?, ¿o es, más bien, al contrario?

    No sabemos qué viviremos durante el nuevo año, pero no tenemos mejor deseo que este: “que el Señor te bendiga y te proteja, que ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor”. Si vienen circunstancias favorables, que sepamos agradecérselas siempre a Dios que nos acompaña. Y si vienen circunstancias adversas, que sepamos también agarrarnos al Señor, encontrar en Él refugio y fortaleza, porque no nos abandona.

    El mejor deseo para un creyente es: que, en todo, en lo bueno y en lo malo, puedas encontrar el rostro de Dios, saberte amado incondicionalmente por Él y acompañado siempre. Y que puedas hacerlo con otros, con la comunidad cristiana en la que encontrarás hermanos en la fe, la Palabra de Dios y los sacramentos, para guiarte en tu caminar.

    Quien vive esto, vive en paz; no quiere decir que viva con una sonrisa permanente o sin alterarse por nada. Pero, en lo profundo de su ser está en Paz porque sabe que no está solo. Y quien está en paz transmite paz a su alrededor: en la familia, en los estudios o trabajos, en la convivencia de amigos o vecinos.

    Hoy es un día para orar por la Paz. Las guerras son la suma y el desbordamiento de muchos odios interiores, que se van desarrollando contra el compañero, contra el pariente, contra el vecino, contra el que es distinto a mí en raza, en religión o en pensamiento. Por eso, aunque no esté en nuestra mano acabar con las guerras del mundo, sí que lo está acabar, en el nuevo año que Dios nos regala, con las guerras domésticas, reconciliándonos de corazón con aquel al que estamos enfrentados, aunque sea a costa de tener menos razón o de perder en nuestros intereses. Nada vale tanto como vivir en Paz.

    María, con su sí generoso y arriesgado, hace posible el plan salvador de Dios, el cumplimiento de las promesas y esperanzas de Israel y de toda la humanidad. Da carne y vida al Príncipe de la paz, al Señor Jesucristo, que nos da la verdadera paz porque nos reconcilia con Dios para que así, reconciliados, podamos reconciliarnos con el hermano.

    La historia ha cambiado para siempre en la Navidad: por María se ha producido el maravilloso intercambio en el que Dios se hace hombre para que los hombres entremos en la familia de Dios como hijos.

    Esta es la maravilla de la Navidad que ninguna circunstancia adversa nos podrá arrebatar: ya no somos esclavos, somos hijos amados de Dios para siempre y somos herederos de toda su bendición. Y estamos llamados a vivir durante el nuevo año como aquello que somos: hijos de Dios y hermanos entre nosotros.

    Al amparo de la Madre de Dios y nuestra Madre, entremos confiados en un nuevo tiempo, que será, seguro, un tiempo de salvación.


HORARIOS ENERO 2025

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

MIÉRCOLES 1

11 H. VILLAMOROS
11:45 H. ROBLEDO
12:30 H. VILLARRODRIGO
13.15 H. VILLAOBISPO
13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)


DOMINGO SEGUNDO DESPUÉS DE NAVIDAD

SÁBADO 4

18 H. VILLAOBISPO (Misa vespertina)

DOMINGO 5

11 H. VILLAMOROS
12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)
12 H. VILLARRODRIGO
13 H. VILLANUEVA

EPIFANÍA DEL SEÑOR


LUNES 6

11 H. VILLANUEVA
11:45 H. ROBLEDO
12:30 H. VILLARRODRIGO
13:15 H. VILLAOBISPO
12 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra)

BAUTISMO DEL SEÑOR

SÁBADO 11

18 H. VILLARRODRIGO (Misa vespertina)

DOMINGO 12

11 H. VILLAMOROS 
12 H. ROBLEDO
13 H. VILLANUEVA 
13 H. VILLAOBISPO (Celebración de la Palabra)

II DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 18

18 H. ROBLEDO (Misa vespertina)

DOMINGO 19

11 H. VILLAMOROS
12 H. VILLARRODRIGO
13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)
13 H. VILLAOBISPO

DOMINGO III TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO 25

18 H. VILLANUEVA (Misa vespertina)

DOMINGO 26

11 H. VILLAMOROS
12 H. ROBLEDO
12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra)
13 H. VILLAOBISPO

jueves, 26 de diciembre de 2024

DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA (CICLO C)

 QUE LA PAZ DE CRISTO REINE EN VUESTRO CORAZÓN


Imagen de la Sagrada Familia (Capilla Hospital San Juan de Dios, León)

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En este primer domingo después de la Navidad celebramos cada año la fiesta de la Sagrada Familia. La liturgia no sigue siempre un orden cronológico sino, sobre todo, teológico; esa es la razón de que hoy nos presente el evangelio a un Jesús ya adolescente, en torno a los doce años, que reclama su autonomía para dedicarse a las cosas de su Padre en el templo.

    Este domingo subraya cómo, dentro de la misma lógica de la encarnación total de Dios, el Hijo nace y crece en el seno de una familia humana. Una familia muy sencilla, la de María y José, que, como cualquier familia de su tiempo, conoce lo que son las penalidades, la emigración, el trabajo duro, la vida de fe, las ilusiones y alegrías, y también las tristezas.

    Es cierto que vivimos en una sociedad completamente diferente de aquella en la que estaba la Sagrada Familia de Nazaret; las relaciones entre los esposos y de los padres con los hijos han cambiado mucho, y siguen haciéndolo de un modo acelerado. Pero lo esencial, el sentido de la familia como comunidad de vida y amor, permanece inalterable, aunque las formas externas cambien.

    La familia cristiana, en este momento histórico, debe luchar permanentemente para mantener su identidad de “Iglesia doméstica”, como la llamó el papa San Juan XXIII. Y en la Sagrada Familia de Nazaret encuentra una inspiración y una guía permanente. Algo muy grande ha de ser la familia, si Dios la escogió para que en ella viviese y creciese su Hijo unigénito, nuestro Salvador.

    La Palabra de Dios que se nos acaba de proclamar nos da claves importantes para comprender cómo era aquella familia del Verbo encarnado y cómo han de ser nuestras propias familias.

    La primera lectura, del libro del Eclesiástico, nos habla del respeto, cuidado y cariño que se debe dispensar a los padres, especialmente cuando estos pasan ya por situaciones de debilidad, que puede ser física, mental o ambas. Conforme nos deshumanizamos peor tratamos a los que, en teoría, no resultan útiles para el progreso: los enfermos y ancianos.

    Se les orilla, no se les escucha, se les va echando a un lado; viene bien aquí recordar las palabras del papa Francisco que dice: “no dejemos de mostrar nuestra ternura a los abuelos y a los mayores de nuestras familias, visitemos a los que están desanimados o que ya no esperan que un futuro distinto sea posible. A la actitud egoísta que lleva al descarte y a la soledad contrapongamos el corazón abierto y el rostro alegre de quien tiene la valentía de decir “¡no te abandonaré!”.

    En la familia cristiana, nos dice el apóstol Pablo en la segunda lectura, debe vivirse como en ningún otro sitio, el perdón y la comprensión. Somos imperfectos y, a veces, nos es difícil soportar los defectos de quienes viven con nosotros. Necesitamos llevar grabadas dentro estas palabras: “revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro”.

    Ninguna familia es perfecta y en la vida cotidiana surgen roces, incomprensiones, sospechas, frialdades. Vivir la fe juntos nos ayuda a que estas no se enquisten y terminen en desencuentros y rupturas, ya muy difíciles de superar.

    Precisamente, el evangelio nos presenta que también en la Sagrada Familia hubo momentos difíciles. Nosotros estamos muy acostumbrados a interpretar esta escena de Jesús adolescente extraviado de sus padres en el templo como una manifestación del Señor que, así les hace ver, por primera vez, su condición de Hijo de Dios.

    Pero no siempre nos ponemos en el papel de los padres que no entienden y que reciben, con sorpresa y, quizás hasta tristeza, la respuesta de su hijo que, hasta entonces, era un niño sometido en todo a ellos.

    ¿Cómo lo superaron? El mismo evangelio nos dice que María conservaba todas estas cosas en su corazón mientras su hijo crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres. Lo mismo, seguro, tuvo que hacer José, su padre de adopción, hombre justo.

    Esa expresión de “conservar todo en su corazón” nos está hablando de la profundidad de la Virgen María y de su mirada de creyente hacia todo lo que iba sucediendo. No mira la realidad solo desde el punto de vista humano, sino que profundizando en todo desde la oración era capaz de encontrarle un sentido sobrenatural. ¡Qué importante es la oración común, y de cada uno de sus miembros, para una vida de familia cristiana! ¿En nuestras familias se reza?

    Demos gracias a Dios por nuestras familias que, aunque imperfectas, son un regalo del amor de Dios, allí donde mejor experimentamos qué significa ser amados incondicionalmente como Dios nos ama.

    Hoy comenzamos un Año Jubilar en toda la Iglesia; que este jubileo de esperanza ayude a todas las familias cristianas a vivir con alegría conforme a su vocación de ser “iglesias domésticas”.


viernes, 5 de enero de 2024

BAUTISMO DEL SEÑOR (ciclo B)

 EL ESPÍRITU DE DIOS SE POSÓ SOBRE ÉL


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, en el primer domingo de enero, con la que se cierra el tiempo de Navidad. En la Navidad y la Epifanía hemos celebrado el acontecimiento que cambia la historia de los hombres para siempre: Dios ha hecho una opción por nuestra humanidad, por cada uno de nosotros, y ha venido a compartir nuestra vida como el Emmanuel (Dios que está con nosotros).

    Después de los relatos de la infancia, y del episodio de Jesús adolescente, extraviado voluntariamente en el templo para discutir con los sabios de la Ley, los evangelios no nos dicen nada más. Son casi treinta años de vida oculta y silenciosa en el pueblo de Nazaret… ¿qué hace Jesús en todo ese tiempo? Vivir como uno más una vida sencilla y anónima, trabajando en el taller familiar.

    Esto en lo externo, pero, ¿y en lo interior? Jesús va madurando como hombre su conciencia de ser el Hijo enviado, el que debe cumplir hasta el final la voluntad de su Padre del cielo.

    El bautismo que Juan da el Jordán será el momento decisivo de comenzar la misión. Resulta llamativo que Jesús, que no tiene pecado alguno, que es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como le llamará Juan, quiera recibir este bautismo de conversión.

    Por este motivo Juan no quiere bautizarlo y se resiste a hacerlo: “Soy yo el que necesito que tú me bautices y ¿tú acudes a mí?”. Pero Jesús le insiste, para que se cumpla toda justicia. ¿A qué se refiere el Señor Jesús?

    Por un lado, al ponerse en la cola de los penitentes que piden el bautismo de Juan, Jesús está expresando desde el comienzo de su vida pública cuál es su misión: es el pastor que viene a buscar la oveja más perdida, es el médico que necesitan los enfermos.

    Él no necesita el bautismo de Juan, pero va a compartir la vida de los que buscan perdón y sanación, aunque eso le suponga ser llamado despectivamente “amigo de publicanos y pecadores” o “impuro”.

    Por otro lado, el bautismo será la ocasión para que Dios Padre manifieste por primera vez que Jesús es su Hijo amado, al que hay que escuchar, y derrame sobre él el Espíritu Santo, ungiéndolo para que pase haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios está con él.

    Jesús, después de recibir esta efusión del Espíritu comienza la misión del Reino. Lo hace con el estilo que debía tener el enviado por Dios según el profeta Isaías: sin gritar, ni clamar por las calles, con suavidad y amabilidad, invitando a todos a acercarse al amor de Dios. Sin cascar la caña quebrada ni apagar el pábilo vacilante, valorando lo poco de bueno que cada uno pueda tener, la monedita de la viuda, la semilla pequeña, la levadura… es el estilo de Jesús de Nazaret.

    En este día del Bautismo del Señor, también pensamos en nuestro propio bautismo. Nosotros no hemos recibido el bautismo de Juan, sino uno infinitamente mejor, que aquel solamente anunciaba: el bautismo en el Espíritu Santo, el bautismo de Jesús.

    Hemos sido hechos hijos en el Hijo, y somos amados con el mismo amor con el que el Padre ama a su Unigénito. Tenemos el don del Espíritu Santo, que va actuando en nosotros, que nos va transformando lentamente y desde dentro, y que nos hace llamar a Dios Abbá-Padre.

    Hoy es un día ideal para agradecerlo. Nunca agradeceremos lo suficiente el regalo del bautismo cristiano, el mayor tesoro que se nos ha podido confiar. Pero, como todo gran don, conlleva una gran responsabilidad: la de vivir como Hijos de Dios, al estilo de Jesús, según su Evangelio.

    Que lo vivido durante este tiempo gozoso de la Navidad que hoy termina, nos ayude a vivir el año que estamos comenzando según nuestra vocación de bautizados. 

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 NO GUARDES RENCOR A TU PRÓJIMO COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA      “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en...