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jueves, 19 de marzo de 2026

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA (ciclo A)

 YO MISMO ABRIRÉ VUESTROS SEPULCROS Y OS SACARÉ DE ELLOS


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Estamos ya en el último domingo de la Cuaresma. Cada domingo ha sido la Palabra de Dios una verdadera catequesis que nos ha ido preparando para la Pascua, ya más cercana. En el encuentro con la samaritana, Jesús se manifiesta como el agua viva; en la curación del ciego de nacimiento como la luz del mundo.

    Y en este quinto domingo como la resurrección y la vida.

    La resurrección de Lázaro es el séptimo signo o milagro narrado por san Juan, y ya que el número siete indica en la Biblia la plenitud, este es el más grande y definitivo, en el que Jesús se manifiesta como la resurrección y la vida.

    La promesa de Dios hecha por el profeta Ezequiel, que escuchamos como primera lectura de hoy, se cumple plenamente en Jesús: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío. Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis”.

    Dios no abandona a su pueblo y aunque esté sumido en sepulcros de desesperanza, de abatimiento, de destierro, va a permanecer a su lado y va a infundir vida allí donde haya muerte.

    Jesús quería mucho a Lázaro y a sus hermanas Marta y María. En su casa de Betania encontraba cariño y descanso, un hogar al que volver para descansar después de sus largas jornadas predicando el Reino de Dios. Siempre es bueno recordar que el Señor Jesús, como verdadero hombre, disfruta de todas las experiencias humanas, también de la amistad y el cariño.

    La enfermedad de Lázaro, su querido amigo, no le deja indiferente, sufre por ella. Pero no acude enseguida, porque es necesario que se manifieste el poder vivificante que el Padre le ha dado; ese es el sentido de las palabras enigmáticas que pronuncia: “Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

    Cuando Jesús llega a Betania, en la región de Judea, Lázaro llevaba cuatro días enterrado. En el cuarto día, según la creencia judía, el espíritu del difunto abandonaba por fin el cuerpo y comenzaba la corrupción de este. Por eso Marta protesta y dice que lleva ya cuatro días.

    Al igual que en el encuentro con la samaritana, Jesús va guiando con su diálogo a Marta hasta hacerla llegar a la confesión de la fe. Ella sí cree en la resurrección de los muertos, en que su hermano Lázaro resucitará al final de los tiempos, como sostiene la fe hebrea. Pero Jesús le anuncia: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.

    Estas palabras de Jesucristo las hemos escuchado munchas veces, especialmente en la celebración de funerales. ¿Nos las creemos de verdad?, ¿Qué significan para nosotros hoy?

    Estamos hechos para la Vida, no para la muerte, aunque tengamos que pasar por ella como pasó el mismo Jesús. Venimos del amor de Dios y volvemos a él cuando nuestra existencia terrena se termina, sea después de largos años o sea inesperadamente. No podemos convertir la muerte en un tabú del que no se puede hablar, puesto que es una realidad segura para todos nosotros.

    Pero al hablar de la muerte, los cristianos debemos hablar también de la vida eterna, puesto que la muerte no es el final, sino la puerta que se abre hacia la eternidad. Y hoy Jesús nos pregunta como a Marta: ¿Crees esto?, ¿vives animado por esta esperanza?

    El signo de la resurrección de Lázaro sirvió para aquello que anunció Jesús: muchos creyeron en él y dieron gloria a Dios.

    En este último domingo cuaresmal Jesús, el agua viva, la luz del mundo, se nos manifiesta como la Resurrección y la Vida.

    Experimentamos ya ahora la fuerza de la muerte en el pecado: nos quita las fuerzas, nos hunde, nos separa de Dios y de los que nos rodean. Por eso el perdón que recibimos en el sacramento de la reconciliación es toda una experiencia de resurrección, de volver a la vida, de que Jesús nos saca de nuestros sepulcros y nos quita las vendas que nos atan, por medio del sacerdote que nos absuelve en el nombre de Cristo, como hicieron aquellos con Lázaro.

    Aprovechemos las celebraciones penitenciales y esta última semana de cuaresma para recibir el perdón sanador en el sacramento de la reconciliación.

    Hoy celebramos el Día del Seminario por ser el domingo más cercano a la solemnidad de san José. Un día para agradecer que Dios sigue llamando a jóvenes y a adultos a servir a los hermanos como sacerdotes.

    Un día para pedir por los que ya han respondido y están formándose, para que lo hagan con entrega, dispuestos a darse al estilo de Jesús. Y para pedir por aquellos que están recibiendo esta vocación, pero quizás les resulte difícil acogerla y abandonarse.

    Necesitamos esas vocaciones sacerdotales para encontrarnos con el Señor resucitado que quiere seguir hablándonos, alimentándonos y perdonándonos.

 


miércoles, 11 de marzo de 2026

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA (ciclo A)

 ANTES ERAIS TINIEBLAS, PERO AHORA SOIS LUZ POR EL SEÑOR

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hoy celebramos el cuarto domingo de la Cuaresma, que en la tradición cristiana se llama "Domingo Laetare", domingo de la alegría.

    Nos acercamos a la Pascua, la celebración anual de la resurrección de nuestro Salvador, Jesucristo. Somos la Iglesia, el pueblo de la Pascua, nacidos del bautismo, por el que hemos muerto y resucitado con Cristo.

    ¿Cuáles son los dos grandes signos de la Pascua y del bautismo cristiano? El agua y la luz.

    Por eso, el domingo pasado Jesús daba a la mujer samaritana el agua viva del Espíritu, la que sacia la sed para siempre, y en este domingo Jesús le da al ciego la luz y la vista, porque es la luz del mundo y quien le sigue no camina entre tinieblas.

    Jesús vio al ciego de nacimiento y se fijó en él, se paró a escucharle. Los demás, seguramente, ni lo hacían, porque en el tiempo de Jesús los tullidos, los enfermos, los ciegos, formaban parte del paisaje de los caminos y las aldeas sin que nadie les atendiese.

    Además, ¿Qué podía hacerse por un ciego de nacimiento? Si alguien tenía compasión podía, a lo sumo, darle una limosna…

    Pesaba sobre los leprosos, los tullidos, los ciegos, un estigma social y un estigma religioso. Si alguien sufría esa situación es porque era un gran pecador. Y si no lo era él, lo eran sus padres, de los cuales habría heredado el pecado, por el que resultaba castigado con la enfermedad o la ceguera. Por eso los fariseos acusadores le dicen: “Has nacido completamente empecatado”.

    Jesús no comparte esa visión tan negativa de los enfermos. La enfermedad no es un castigo del pecado, ni el enfermo o el ciego son más culpables que los sanos. Sin esos prejuicios, el Señor  dedica sus fuerzas a combatir la enfermedad y todo lo que daña al ser humano: cura, alivia, resucita, da esperanza…

    Jesús le devuelve la vista y el hombre curado se convierte en discípulo. Un hecho así, maravilloso, humanamente inexplicable, debería ser una señal para todos de que Jesús es el Mesías de Dios, el que trae la luz de Dios al mundo.

    Pero hay corazones tan endurecidos por el pecado y mentes tan cerradas por los prejuicios, como las de los fariseos, que ni teniendo delante a un ciego que ahora ve son capaces de reconocer que el poder de Jesús viene de Dios y que es mucho más que un profeta.

    Para ellos Jesús no lo es, porque no guarda las leyes sobre el sábado judío y las otras costumbres religiosas, interpretadas según su modo estrecho y fundamentalista.

    ¿Qué ceguera es mayor, la del que ha sido sanado por Jesús o la de aquellos que ni viendo tales signos son capaces de abrir la mente y el corazón a la luz de Dios mientras dicen creer en él?

    La respuesta está clara: es peor la ceguera de los adversarios de Jesús, porque es una ceguera voluntaria, la de quien quiere cerrarse a los signos del Reino de Dios y abrirse a la fe con humildad.

    Jesucristo es la luz del mundo y es la luz de nuestras vidas. Si nos falta la luz estamos ciegos, no sabemos hacia dónde vamos, no distinguimos lo que tenemos alrededor, ni siquiera podemos reconocer al hermano a nuestro lado. Solo nos vemos a nosotros mismos y nos tomamos por el centro de todo.

    El apóstol Pablo nos dice que ya no somos tinieblas, sino luz en el Señor. El día de nuestro bautismo, nuestros padres y padrinos recibieron en nuestro nombre la luz de Cristo para que brillara siempre en nuestras vidas.

    Ese mismo gesto lo repetiremos en la noche de la Vigilia Pascual. Llevamos encendida en nuestra vida la luz de Cristo, no caminamos entre tinieblas, sabemos a dónde vamos y reconocemos a quien camina a nuestro lado.

    Toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz y todo el que busca hacer la voluntad de Dios en su vida, aunque se equivoque a veces, es hijo de la luz.

    Jesucristo es el agua viva y es la luz del mundo. El camino cuaresmal es una invitación permanente a ponernos ante la luz de Jesús, ante su Palabra, para descubrir cuáles son las oscuridades y tinieblas que el pecado hace aparecer en nosotros.

    Tiempo de conversión, como escuchábamos al recibir el signo de la ceniza: “Conviértete y cree en el evangelio”.

    Pidamos al Señor que nos cure de nuestras cegueras y alumbre nuestras oscuridades. Ver con esa mirada nueva es ver a los demás más allá de la superficie, yendo a lo profundo. Como hizo el profeta Samuel cuando miró a los candidatos hijos de Jesé para escoger un rey de Israel; en el más pequeño, David, el que no contaba ante los demás es en el que ve precisamente al escogido por Dios.

 


jueves, 26 de febrero de 2026

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA (ciclo A)

 ESTE ES MI HIJO, EL AMADO. ESCUCHADLO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    El domingo pasado, el primero del tiempo cuaresmal, escuchábamos el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Jesús es plenamente hombre y, como tal, es tentado por el hambre, por el deseo de poder, por la duda. Pero, además, es plenamente Dios, como se pone de manifiesto claramente en la escena evangélica de la Transfiguración, que nos presenta este segundo domingo. Los dos domingos se complementan en el itinerario espiritual que hacemos en la Cuaresma.

    La Cuaresma es, como bien sabemos, un camino hacia el monte santo de la Pascua. Jesús ha de entregar la vida en la cruz, ha de morir rechazado por las autoridades religiosas de Israel y abandonado por todos, incluso por sus leales apóstoles. Se lo anuncia con toda claridad.

    Aquel anuncio de lo que le esperaba en Jerusalén resultó demasiado fuerte para sus apóstoles. Todas las esperanzas que, en secreto, podían albergar aún en un triunfo de Jesús como rey y caudillo poderoso de Israel frente a sus enemigos, quedan, de pronto, enterradas.

    Por eso, para que puedan resistir la prueba que va a llegar, Jesús se lleva al monte a Pedro, Santiago y Juan y se transfigura ante ellos. Es un adelanto de la Pascua, de la victoria final del Dios del amor y de la vida: Jesús se les muestra lleno de la luz del cielo y Moisés y Elías, las grandes figuras de la historia sagrada, la Ley y los Profetas, aparecen conversando de tú a tú con el Maestro.

    La voz del Padre, como hizo ya en el bautismo de Jesús en el río Jordán, lo proclama como el “Hijo, el amado, en quien me complazco”. Y pide escucharlo porque, como bien dice el Señor, “nadie va al Padre si no es por mí”.

    La reacción de Pedro, siempre tan impulsivo y directo, es la más lógica, la que, seguramente, tendríamos cualquiera de nosotros: ¿Para qué ir a Jerusalén, para que buscar allí desprecios y muerte si podemos quedarnos aquí en el monte tan a gusto y rodeados de gloria y paz?

    ¿Quién no tiene, muchas veces, el deseo de ahorrarse la entrega por el Evangelio? Visitar a una familia en duelo, acercarse a la cama de un enfermo, escuchar al que padece la depresión, gastar tiempo con el pobre, dar catequesis a quien pone a prueba nuestra paciencia…

    ¿No resulta muy tentador evitarse estos malos tragos y tranquilizar la conciencia con actividades menos exigentes?

    Pero Jesús no les permite hacer esas cómodas tiendas para quedarse gozando de la paz de aquella manifestación en el Tabor. Hay que levantarse y seguir. Al final espera la Pascua y la vida vencerá la muerte, sí. Pero la muerte redentora no se puede esquivar, hay que seguir hacia Jerusalén para cumplir, en todo, la voluntad del Padre.

    La primera lectura nos propone a Abraham como un anuncio de Jesucristo. El patriarca acoge la invitación de Dios a romper con sus seguridades, a salir hacia tierras extranjeras. La obediencia le traerá la bendición, será padre de una gran nación aquel que consumía su vejez en la pena por la esterilidad, será causa de bendición porque Yahvé Dios estará siempre con él.

    ¿Qué seguridad tenía Abraham para obedecer y actuar así? Ninguna, solo tenía la fe. Y se pone en camino, guiado por la fe. Como Jesús con sus apóstoles, se levanta y se pone en camino porque Dios es fiel a sus promesas y eso debe bastar para el hombre y la mujer de fe.

    Sigamos caminando en el itinerario cuaresmal guiados por la fe. Con la ayuda de Dios escuchemos, oremos, ayunemos y compartamos. Cada uno según su vocación, conforme a la llamada que Dios le haya hecho, pero todos en un mismo camino.

    Nos espera la Pascua de Cristo, nuestra Pascua. En la Vigilia de la noche más santa del año cristiano, renovaremos nuestros compromisos bautismales renunciando al pecado y profesando la fe de la Iglesia. Resucitaremos con el Señor, que destruye la muerte, si primero hemos hecho un serio camino cuaresmal con él.

    No nos cansemos. No nos quedemos al borde del camino. No queramos construir tiendas cómodas, ni excusas, que nos eviten el esfuerzo de una conversión sincera de nuestros pecados. Sin cruz no hay Pascua, sin entrega no hay vida ni felicidad. Tomemos parte en los padecimientos por el Evangelio según las fuerzas que Dios nos dé, como nos dice el apóstol san Pablo.

    Esta celebración dominical es ya un adelanto de la Pascua definitiva y nos sirve para que cobremos fuerzas y sigamos adelante. Al participar ya de los gloriosos misterios que celebramos, recibimos, ya en este mundo, los bienes eternos del cielo hacia los que caminamos guiados por la fe.


jueves, 19 de febrero de 2026

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA (ciclo A)

JESÚS FUE LLEVADO AL DESIERTO POR EL ESPÍRITU 

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Muchos de nosotros ya iniciamos el camino de la Cuaresma el pasado miércoles, con el signo humilde de recibir la ceniza cuaresmal. Para todos hoy es el primer domingo de este camino espiritual que nos llevará, ascendiendo, hasta la Pascua del Señor-

    El Papa León ha escrito en su mensaje para la Cuaresma del 2026: “La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas”.

    Es un tiempo de gracia, una oportunidad para dejar que Dios ocupe el centro de nuestras vidas, como dice el Papa, aquel lugar que le corresponde. Para que suceda así hay que dejarnos alcanzar por la Palabra de Dios que nos irá llegando cada día de la Cuaresma y que, si la recibimos como tierra buena y abierta, nos transformará.

    La Palabra de Dios nos descubre hoy algo que no podemos olvidar: somos pecadores, somos hijos de Adán y de Eva, los padres que cayeron en el Edén.

    Experimentamos cada día, como lo experimentaron ellos, la tentación del mal. Adán y Eva vivían rodeados de belleza, de armonía, de abundancia, en una creación perfecta en la que el pecado aún no había hecho mella.

    Pero prestan oído a la mentira del enemigo y se dejan seducir por ella: Dios os quiere sometidos, quiere que no abráis los ojos para que, así, no podáis hacerle sombra. En cambio, si le desobedecéis, podréis decidir por vosotros mismos en qué consiste el bien y el mal. Sólo si desobedecéis a Dios podréis ser plenamente libres.

    Esta es la tentación y la mentira original que están en el trasfondo de todas las tentaciones y mentiras posteriores: no te sometas a Dios, no existe el pecado. Sé libre, decide tú mismo qué es lo bueno y qué es lo malo.

    Desde esa desobediencia primera de los primeros padres, todo cambia: la creación se convierte en un lugar hostil que hay que someter y depredar, el prójimo es un enemigo del que hay que sospechar, Dios es un ser ausente, que puede ser ignorado, o temido como un juez, que debe ser negado y borrado de la vida si se quiere ser feliz.

    Como dice san Pablo, “por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos”.

    También el Señor experimentó la tentación, así que no nos asustemos si somos tentados. El evangelio de este primer domingo cuaresmal comienza así: “Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo”.

    Jesús es el Hijo amado del Padre, como le proclama la voz del cielo al salir del bautismo en el Jordán. El Hijo ha recibido una misión de su Padre: ha de vivir a fondo y en todo nuestra humanidad, para poder así redimirla y elevarla.

    Ser hombre implica, también, experimentar la tentación. El que atacó al primer Adán, ataca también al segundo Adán, Jesús. Las tentaciones de Jesús son también las nuestras; son las tentaciones de un fácil materialismo, el pan conseguido sin esfuerzo, la tentación de manipular a Dios en provecho propio, la tentación del poder sobre los demás.

    Todas se resumen, realmente, en una: desobedecer al Padre y buscar un camino para cumplir su misión que no pase por la entrega de la propia vida. Pero, allí donde cayó el primer Adán, vence Jesucristo, el nuevo Adán. ¿Cómo lo consigue? Con la fuerza de la Palabra de Dios, que tiene poder para derrotar a Satanás.

    Combatamos la tentación con el arma de la Palabra. Jesús nos ha mostrado cómo librar el combate cotidiano contra el mal que nos tienta. Confiando en Dios y en la fuerza de su Palabra viva.

    ¡Qué importante es que, en este tiempo de desierto, personal y comunitario, que es la Cuaresma, nos alimentemos más y mejor de la Palabra de Dios! Debemos leerla, meditarla, llevarla en la mente y en el corazón.

    Volviendo al mensaje del Papa León para la Cuaresma 2026, él subraya dos verbos, dos actitudes: Escuchar y Ayunar.

    Cuando escuchamos la Palabra de Dios que se proclama en la liturgia de la Iglesia, nos volvemos sensibles también para escuchar el clamor de las personas necesitadas, las que están cerca de nosotros y las que están lejos.

    Cuando ayunamos, experimentamos la necesidad de aquello que realmente importa, ordenamos nuestros caprichos y deseos, tantas veces desordenados, y nos sentimos más cercanos a los que tienen que ayunar forzosamente cada día por falta de alimentos.

    Entremos con el Señor Jesús en el desierto de la Cuaresma, lugar de escucha y de ayuno, para convertirnos a Dios y a los hermanos.

 

 


domingo, 15 de febrero de 2026

MENSAJE PARA LA CUARESMA 2026 DEL PAPA LEÓN XIV


 Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

 

Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia».[1]

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos».[2] El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios».[3] En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana».[4]

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  

Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

 Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.

LEÓN XIV PP.

viernes, 11 de abril de 2025

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR (ciclo C)

 ¡HOSSANA A NUESTRO REY!


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

“Cuarenta días caminando, hacia la Pascua de Jesús”. Así dice la canción que les enseñamos a los niños de nuestras catequesis y que cantan a pleno pulmón, con inocencia e ilusión. Ya hemos llegado casi al final este tiempo de renovación espiritual comunitaria y, con la celebración de hoy, entramos en la Semana Santa.

¿De verdad hemos hecho un camino o no hemos dado ni un paso desde que recibimos el signo de la ceniza? Cada uno debemos examinarnos y responder con realismo. Porque, lo que no podemos negar es que las celebraciones de la Iglesia y las lecturas de la Palabra de Dios de cada domingo, han sido un reclamo fuerte para nuestra conversión, una invitación continua a acoger el perdón y la misericordia de Dios, que nos llega por su Hijo Jesucristo.

Hoy escuchamos dos evangelios: el relato de la entrada de Jesús en Jerusalén, al comenzar la celebración con la procesión de los ramos, y el relato de la Pasión.

Jesús entra en Jerusalén acompañado de un cortejo festivo de gentes sencillas que llevaban ramos y palmas en sus manos. Le aclaman como rey porque entra en la ciudad santa como había entrado el rey David, a lomos de un borriquito. Los discípulos han visto todos los signos que ha realizado desde que salió de Nazaret y por eso le reconocen como su verdadero Rey.

Como decía Benedicto XVI, también nosotros hemos visto los prodigios que Cristo realiza ahora: “cómo lleva a hombres y mujeres a renunciar a las comodidades de su vida y ponerse totalmente al servicio de los que sufren; cómo da a hombres y mujeres la valentía para oponerse a la violencia y a la mentira, para difundir en el mundo la verdad; cómo induce a hombres y mujeres a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde había odio, a crear la paz donde reinaba la enemistad”.

Nuestra procesión ha sido una proclamación de que él es nuestro Rey, aquel de quien nos fiamos, en quien esperamos, al que seguimos.

El evangelio que hoy escuchamos en la misa es el relato de la Pasión de Jesucristo, que en este año está narrado por el evangelista Lucas. Volveremos a escuchar el relato de la pasión en la tarde del Viernes Santo, al celebrar los oficios de la muerte de Cristo.

No podemos vivir estos días santos, tan grandes, con rutina, como si fuesen una repetición, sin más, de lo que tantas veces hemos celebrado. No es una repetición de un acontecimiento del pasado, del que ya sabemos el desenlace; al celebrarlos se hacen presente de salvación.

De tal modo que, cuando celebro estos días santos con fe y amor, los revivo: entro con Jesús en Jerusalén con sus discípulos, me siento con los apóstoles en el cenáculo en la tarde del Jueves Santo, para que el Señor me dé el testimonio de amor y de servicio lavándonos los pies y regalándonos su presencia en la Eucaristía. Acompaño a Jesús subiendo al Gólgota para dar la vida en la cruz, contemplo su muerte y sepultura en el Viernes Santo. Y el Sábado Santo me acercó al sepulcro para comprobar que está vacío y que ha vencido la muerte y nos ha dado la vida eterna.

En definitiva, para vivir de verdad estos días, que son los más grandes y santos de nuestra fe, tendremos que apartar de nosotros, desde ya mismo, la rutina, la apatía, la indiferencia… y cambiarlas por una fe más viva y por la capacidad de sorprendernos y estremecernos.

No puedo ser un mero espectador de lo que ocurre en la Semana Santa, lo debo revivir con la celebración de la Iglesia. Porque la Muerte y Resurrección de Jesús, que es el misterio de amor más sublime, se hace actual y nuevo.

Tenemos la oportunidad de prepararnos aún a estos días santos con las celebraciones penitenciales que tendremos el lunes y martes santo. Celebrando la confesión sin miedos, con sencillez, con apertura, recibiremos el perdón del Padre que nos llega a través de la Iglesia y nos renueva, dándonos la capacidad de vivir el Santo Triduo con un corazón limpio y abierto.

 


jueves, 3 de abril de 2025

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA (ciclo C)

 TAMPOCO YO TE CONDENO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

Entramos ya en la recta final de la Cuaresma: este camino de renovación personal y comunitaria que nos conduce hasta la Pascua del Señor.

Ya podemos dedicar un momento a evaluarnos: ¿Cómo ha sido este itinerario?, ¿he puesto algo en práctica las tres herramientas de este tiempo, que son la Oración, el Ayuno y la Limosna?

O, por el contrario, ¿he dejado pasar con indolencia y tibieza las semanas cuaresmales como si fuese otro tiempo cualquiera?

Aún queda una semana antes de entrar en los días más importantes de nuestra fe, en el Santo Triduo Pascual, la celebración de la muerte y resurrección salvadoras de Jesucristo. No la echemos a perder, ni la dejemos pasar sin pena ni gloria.

De nuevo este domingo, como sucedió en el anterior con la parábola del hijo pródigo, la Palabra de Dios nos dirige una llamada apremiante a la conversión, a dejarnos perdonar el pecado y a vivir la alegría de la reconciliación.

El evangelio de hoy no es una parábola, sino la narración de una escena impresionante: ante Jesús, que estaba sentado enseñando, en el pórtico del templo, como un maestro, presentan sus adversarios una mujer. Está aterrada; es normal, porque ya ha sido condenada por su pecado a la muerte. Seguramente la llevan hasta allí a rastras, maltratada, humillada de una forma indigna, porque para ellos se trata solo de un ser indigno, que no merece vivir.

Y preguntan a Jesús qué se debe hacer con ella. Pero no porque les interese su respuesta, sino con una mala intención; la mujer es solo un pretexto para tender una trampa casi perfecta a Jesús. Si dice que no se la debe lapidar, dirán que es un falso maestro religioso, ya que va contra la tradición hebrea y aprueba un pecado grave. Si dice que se la debe lapidar… ¿Dónde queda, entonces, todo lo que enseña sobre el perdón y la misericordia con parábolas como la del hijo pródigo o la oveja perdida?

Para aquellos adversarios, llenos de rabia, es la ocasión para condenar a ambos: a la mujer por pecadora y a Jesús por falso maestro. Van a matar, literalmente, dos pájaros de un solo tiro.

Pero la mirada de Jesús es la mirada de Dios y ve hasta lo profundo de los corazones. La respuesta que les da, después de escribir de modo misterioso en el suelo, les desarma: “el que entre vosotros esté libre de pecado, que le tire la primera piedra”.

Es como decirles: yo no apruebo su pecado, porque Dios no quiere el pecado, pero si vosotros os habéis erigido en sus jueces, debéis ser mejor que ella para poder castigarla. Les pone ante el espejo en el que no querían mirarse: examinad vuestro corazón y vuestra vida y, si no habéis pecado, sed jueces y arrojad las piedras que merece; si no, recibid primero las piedras que merecéis vosotros.

¿Quién puede ser juez de los pecados ajenos? Jesús lo enseñó: “no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados. Saca primero la viga de tu ojo y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano”.

Al final, enfrentados a su propia realidad de pecadores, aquellos que iban a tirar piedras las dejan caer de las manos y, con vergüenza, van escabulléndose.

No les queda otro remedio; si cada uno de nosotros, antes de tirar la piedra contra el otro, pensase, muy en serio, si no la merece también, seguramente haríamos lo mismo. ¿Quién está tan limpio como para poder ser juez de otro?

Al final quedan solos la mujer y Jesús; como dice san Agustín: se encuentran a solas la miseria y la misericordia.

¿Dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? Tampoco yo te condeno, vete y, en adelante, no peques más.

En el sacramento de la reconciliación, o del perdón, en la confesión, que la Iglesia nos pide que, al menos, lo recibamos una vez al año en este tiempo cuaresmal y de Pascua, podemos sentir cómo Jesús pronuncia sobre nosotros, de nuevo, estas palabras liberadoras: “tampoco yo te condeno. Vete perdonado y no peques más”. No es un encuentro con un juez que interroga, sino con el perdón renovador de Jesús que ahora nos llega, como ocurre en el resto de los sacramentos, a través de la Iglesia.

Al comienzo nos hacíamos la pregunta: ¿He aprovechado este tiempo de cuaresma que ya entra en su recta final? Lo haya aprovechado más o menos, lo mejor y más grande que puedo hacer en lo que queda de cuaresma es recibir el perdón sanador de Dios en el sacramento de la reconciliación. Tendré la certeza de que Dios me ha perdonado, de que comienzo de nuevo.

Puedo ir a una de las iglesias en las que se ofrece más continuamente o participar de las celebraciones penitenciales que tendremos en las parroquias durante los días previos a la Semana Santa. Lo importante es que pueda encontrarme con el amor de Dios que me levanta, como a la mujer caída, y me devuelve libertad, limpieza y dignidad.

 


sábado, 29 de marzo de 2025

HORARIOS ABRIL 2025

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

SÁBADO 5 

18 H. VILLAOBISPO  (Misa vespertina y Vía Crucis)

DOMINGO 6

11 H. VILLAMOROS

12 H. ROBLEDO 

12 H. VILLARRODRIGO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLANUEVA 


DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

SÁBADO 12 

18 H. VILLANUEVA  (Misa vespertina)

DOMINGO 13

11 H. VILLAMOROS

12 H. VILLARRODRIGO 

12 H. ROBLEDO (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 


CELEBRACIONES PENITENCIALES CUARESMA (CONFESIONES)

LUNES SANTO  

18 H. VILLANUEVA
19 H. ROBLEDO

MARTES SANTO 

18 H. VILLAOBISPO
19 H. VILLARRODRIGO


JUEVES SANTO (17 DE ABRIL) 

MISA DE LA CENA DEL SEÑOR 

17 H. VILLANUEVA 

18 H. ROBLEDO 

18 H. VILLAMOROS (Celebración de la Palabra) 

19 H. VILLARRODRIGO

20 H. VILLAOBISPO 

ORACIONES

18 H. VILLANUEVA: ROSARIO DE LA BUENA MUERTE

19 H. ROBLEDO: ROSARIO DE LA BUENA MUERTE- HORA SANTA 


VIERNES SANTO (18  DE ABRIL)

VÍA CRUCIS 

11 H. ROBLEDO

12 H. VILLARRODRIGO

13 H. VILLAOBISPO (Canto del Vía Matris)

CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN

17 H. VILLAMOROS

18 H. ROBLEDO 

18 H. VILLANUEVA  

19 H. VILLARRODRIGO

20 H. VILLAOBISPO


SÁBADO 19 DE ABRIL
VIGILIA PASCUAL PARA TODA LA UNIDAD PASTORAL 

21 H. VILLANUEVA DEL ÁRBOL



PASCUA DE RESURRECCIÓN (DOMINGO 20 DE ABRIL)

11 H. ROBLEDO

11:45 H. VILLARRODRIGO 

12:30 H. VILLAMOROS 

13:15 H. VILLAOBISPO 


SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

SÁBADO 26 

18 H. VILLARRODRIGO (Misa vespertina)

DOMINGO 27

11 H. VILLAMOROS

12 H. ROBLEDO

13 H. VILLANUEVA (Celebración de la Palabra)

13 H. VILLAOBISPO 


viernes, 28 de marzo de 2025

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA (ciclo C)

 UN PADRE TENÍA DOS HIJOS...


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

El domingo cuarto es un domingo diferente, y por eso se le llama en la tradición con una palabra latina: Domingo Laetare, que significa  Domingo de la Alegría.

¿Cuál es el motivo de que este domingo se nos invite a la alegría y de que en la misa el sacerdote pueda vestir con el color rosa, en lugar del morado penitencial de toda la cuaresma?

Porque la Pascua está ya más cerca, y en ella vamos a celebrar la resurrección de los que estábamos muertos por el pecado a una vida nueva. Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo, lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo, somos criaturas nuevas. Es lo que hemos escuchado en la segunda lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto.

Es cierto que aún nos queda un domingo más de la Cuaresma y que aún deberemos acompañar a Cristo en la Semana Santa, en su camino hasta la muerte en cruz. Pero ya sabemos que el final de esta es la Pascua, que la muerte será vencida y que nosotros estamos reconciliados. No porque seamos buenos y justos, que no lo somos, sino porque Dios nos ama hasta el extremo de que su Hijo da la vida por nosotros y nos trae una nueva vida.

Tampoco el pueblo de Israel era bueno; muchas veces renegó de Dios y desconfió de Moisés, volviéndose hacia los ídolos en lugar de adorar al Dios verdadero. Pero Dios no dejó de amarlos, les condujo por el desierto y les llevó a la tierra prometida: “hoy os he quitado encima el oprobio de Egipto, comenzaron a comer los productos de la tierra, comieron la cosecha de la tierra de Canaán”.

Todas las lecturas de hoy convergen realmente hacia el Evangelio, que es la parábola maravillosa del Hijo pródigo. Muchos han dicho que deberíamos llamarla, más bien, la parábola del Padre providente y sus dos hijos, porque el verdadero protagonista de la historia es el Padre.

Es muy importante para entender su sentido completo, que nos fijemos en el contexto en el que Jesús la proclama: se acercaban a escuchar a Jesús los publicanos y los pecadores. Eran personas vistas como muy alejadas de Dios, indignas de estar en el templo, señaladas públicamente como perdidos e irrecuperables.

Y para los fariseos y los escribas, que cumplían escrupulosamente la Ley de Moisés y tenían a gala ante todos ser los más religiosos, aquello era un completo escándalo: ¿Cómo podía Jesús, el maestro galileo, ser un profeta de Dios y, al mismo tiempo, dejar que se le juntasen semejantes personas? ¿Cómo podía llegar a comer con ellos y aceptar su hospitalidad?

Para ellos, aquellos publicanos y pecadores solo merecían la condena y el repudio público, pero no predicaciones ni conversaciones, ya que no volverían nunca a Dios, era tiempo perdido.

Ante ese escándalo, y las murmuraciones de los que se consideraban a sí mismos como justos y santos, Jesús dijo esta parábola. Hay un Padre, que ama con paciencia infinita, y hay dos hijos: el menor y el mayor. Cada uno de ellos representa un modo de estar lejos de Dios, una forma de vivir en el pecado.

El hijo menor, que es en el que más solemos fijarnos al leer esta parábola, representa a aquellos publicanos y pecadores públicos: se ha apartado del Padre porque se ha engañado creyendo que si se alejaba de él y de su casa iba a ser más libre y más feliz. Le ha pedido su parte de la herencia sin esperar a que fallezca, como si le desease ya la muerte, y se ha ido muy lejos a vivir sin dignidad alguna, como un siervo de otros, hasta tocar fondo: cuidar cerdos y no poder comer ni lo que ellos comen. Pasó de hijo a siervo.

El hijo mayor representa a los fariseos y escribas, que critican la actitud compasiva de Jesús: están siempre en la casa del Padre, pero no le aman, viven como jornaleros que cumplen su deber esperando la recompensa de ser buenos, pero no como Hijos. Saben obedecer fielmente, pero no son capaces de amar. Y cuando su hermano menor, que estaba muerto por el pecado, vuelve a la casa del Padre, no se alegran, sino que se carcomen de envidia y de odio hacia al Padre, que les parece demasiado bueno y blando.

¿Cuál de los dos hijos se había alejado más del amor y de la casa del Padre? Los dos, aunque sea por razones y por caminos distintos.

¿Con cuál de ellos me identifico más? ¿Soy el hijo menor, que se ha ido lejos y viviendo perdido en el pecado ha perdido su dignidad de hijo de Dios?

 ¿Soy, acaso, el hijo mayor que está siempre en la casa del Padre, que obedece y cumple, pero no porque se siente amado y agradecido, sino por obligación y esperando alguna recompensa?

¿Me alegro cuando mi hermano menor vuelve a casa o pienso que "es un cachondeo" tener un Padre tan blando, que nunca se cansa de perdonar?

Seguimos caminando en esperanza durante esta Cuaresma, preparándonos para encontrarnos con el amor del Padre Dios que nos espera siempre.


jueves, 20 de marzo de 2025

TERCER DOMINGO DE CUARESMA (ciclo C)

 SEÑOR, DÉJALA TODAVÍA ESTE AÑO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    El camino cuaresmal de renovación personal y comunitaria, que nos lleva hasta la Pascua del Señor, continúa avanzando. Hoy llegamos al domingo tercero, por lo que se puede decir que estamos ya en el ecuador de este tiempo de renovación espiritual.

    La Palabra de Dios que hemos escuchado este domingo, de manera particular el evangelio, nos dirige una llamada muy seria a la conversión, que es el eje de la Cuaresma.

    En la primera lectura, se nos narra un momento decisivo en la historia de Israel: la manifestación de Dios Yahvé a Moisés. Este había tenido que abandonar forzosamente Egipto por participar en la muerte de un hombre egipcio que maltrataba a un israelita. Ahora se ganaba la vida como pastor de ovejas y cabras en el desierto.

    Pero, en la montaña del Horeb, le aguardaba un encuentro que cambiaría su vida para siempre. La zarza que ardía sin consumirse es la señal visible de una presencia misteriosa de Dios que lo llena todo.

    En el contexto de aquel tiempo, en aquellas culturas, era muy habitual que existiesen montes sagrados y que se creyera que una gran variedad de dioses habitaba los lugares y tenían poderes diferentes. Quizás Moisés, que había crecido rodeado del politeísmo de los egipcios, también creyera que aquel que le hablaba también era un dios de la montaña. Por eso le pregunta su nombre. Pero este no es un dios con minúsculas; es el verdadero Dios, aquel que no necesita un nombre ni una representación, porque es el Creador, el Único, el que da la existencia a cuanto existe.

    Pero lo más sorprendente es que, siéndolo todo, se preocupa del sufrimiento de aquel pequeño pueblo sometido. No es un Dios feliz en su perfección y despreocupado de los hombres; oye los lamentos del pueblo, ha visto su sufrimiento, se compadece, se enternece. Esta manifestación es novedosa y rompedora, porque los hombres concebían a los dioses como seres ajenos, autosuficientes y perfectos, de los que se podía obtener el favor a cambio de ofrendas y sacrificios.

    Dios se manifiesta como el Dios compasivo, atento, sensible, que escucha. Y escoge a Moisés para que sea un instrumento con el que liberar a su pueblo. Al principio, el pueblo de Israel entendió la liberación como una liberación meramente externa: salir de Egipto e ir a la tierra prometida, asentarse allí, ser prósperos y construir un templo magnífico para su Dios Yahvé.

    Pero irán entendiendo, con la ayuda de los profetas, que la liberación que Dios quiere es mucho más profunda. Es una liberación del pecado, que trae muerte: muerte de las relaciones con Dios, muerte de las relaciones con nosotros mismos, muerte de las relaciones con los demás… y, finalmente, muerte eterna.

    En el fondo da lo mismo estar en Egipto que estar en la tierra prometida si uno lleva la esclavitud del pecado, por dentro, allí donde vaya.

    No basta con haber salido de Egipto, no basta con ser del pueblo escogido, no basta con tener la guía de Moisés, si uno no vive en amistad con Dios.

    Es lo que les dice el apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto; trata de que se apliquen a ellos, que son cristianos, lo que les pasó a los israelitas: recibieron muchas bendiciones, pero no agradaron a Dios porque eran malos y, por ello, no fueron salvados.

    Como nos dice el Señor en el evangelio con su parábola de la higuera: no basta con ser una planta cuidada y mimada por el labrador si no se llega nunca a producir los frutos que se deben dar. No basta con estar bautizado, con ser miembro de la Iglesia, con haber recibido los sacramentos, ni siquiera con pertenecer a un grupo de la Iglesia… ¿doy realmente los frutos del Evangelio?, ¿doy los frutos de una verdadera y sincera conversión?

    Un árbol que recibe tantos cuidados y que no termina nunca de dar fruto es un árbol que solo sirve para cansar la tierra y para consumir los esfuerzos del hortelano; ¿para qué sirve si no da el fruto esperado?

    Con esta parábola, justo ahora, en este tiempo de conversión que es la cuaresma, el Señor nos anima y nos reclama un cambio efectivo en nuestras vidas: arrancar el pecado, el egoísmo, la injusticia, la codicia, la indiferencia por el otro, el materialismo… y empezar a dar frutos verdaderos de compasión, de amor real a Dios y al hermano. No basta con tener hojas –las apariencias- hay que dar, y darlos ya, los frutos verdaderos.

    ¿Cuántas cuaresmas habremos escuchado esto mismo? Gracias Señor porque eres tan paciente con nosotros, porque comprendes, aunque no apruebas, nuestra dureza de mente y de corazón, nuestros apegos, nuestras ataduras. Y sigues esperando un año más, otro más, hasta que, por fin, demos los frutos que esperas.

    Que sea esta la Cuaresma definitiva.

jueves, 13 de marzo de 2025

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA (ciclo C)

 CAMINEMOS JUNTOS EN ESPERANZA

COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    En esta peregrinación cuaresmal que hacemos juntos en esperanza hacia la Pascua de Jesucristo, siempre se nos presenta, en el segundo domingo, el pasaje de la transfiguración. Es una escena y un mensaje muy importantes, porque la transfiguración es un adelanto de la Pascua hacia la que avanzamos.

    No podemos olvidar que la Cuaresma tiene dos aspectos fundamentales y complementarios.

    Es, en primer lugar, un tiempo penitencial, tiempo muy especial de gracia para acercarnos y unirnos más a Jesucristo, que se entrega por nuestros pecados. Las privaciones, el ayuno y la abstinencia que se nos invita a tener, tienen la finalidad de hacernos más libres frente a las cosas, ayudándonos a experimentar un poco lo que experimentan diariamente los más pobres, y unirnos a los sufrimientos y la cruz de Jesús.

    Un segundo aspecto, no menos importante, es el de ayudarnos a redescubrir nuestro propio bautismo que renovaremos, Dios mediante, en la noche de la Vigilia Pascual y en las eucaristías del domingo de Pascua, afirmando las promesas bautismales y recibiendo la aspersión del agua nueva. Precisamente la Cuaresma surgió como un espacio más intenso de preparación para los catecúmenos antes de ser bautizados.

    Si el domingo primero, con el evangelio de las tentaciones en el desierto, se nos invitaba a contemplar la solidaridad radical de Cristo con nuestra condición humana, que él hace plenamente suya, en este segundo se nos ofrece un adelanto esperanzador de la Pascua, la de Cristo y la nuestra, porque la gloria resplandeciente que llena el cuerpo de Jesús es la misma que quiere compartir con todos cuantos hemos sido bautizados en su muerte y resurrección.

    San Pablo nos lo dice así en su Carta a los Filipenses, que es hoy la segunda lectura: “Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde según el modelo de su cuerpo glorioso”.

    Siempre tenemos que redescubrir en nosotros el tesoro del bautismo, como un proyecto a realizar durante toda la vida. En el agua de la pila bautismal, que simboliza al mismo tiempo la tumba, para dar sepultura al hombre viejo en ella, y el vientre materno, para dar a luz al hombre nuevo, hemos renacido todos para una nueva vida.

    Decía a los catecúmenos un antiguo Padre de la Iglesia: “En el mismo momento habéis muerto y habéis nacido, y aquella agua llegó a ser para vosotros sepulcro y madre”.

    La vestidura blanca que colocaron sobre nosotros después de derramar el agua, ese pañito blanco que se pone sobre la cabeza de los bebes, y que también nosotros llevamos, era ya un anuncio visible de nuestra nueva condición: hemos sido revestidos en Cristo.

    Moisés y Elías, que representan la Ley y la Profecía, los dos pilares de la fe de Israel, aparecen en el relato del evangelio conversando sobre el éxodo de Jesús que iba a consumar en Jerusalén. Tras el éxodo del desierto, llega Israel a la tierra prometida. Tras el éxodo de su Pasión llega Jesús a la Pascua; y, tras el éxodo de esta vida, vivida en fe, llegaremos a la nuestra verdadera patria: el cielo.

    Cuando uno está muy a gusto en un sitio, no quiere que esa experiencia se acabe nunca. Es lo que ocurrió a Pedro, y por eso le dice a Jesús que quiere hacer tres tiendas para que se queden, para poder prolongar la paz y la alegría que sienten. Pero la experiencia de la Transfiguración en el Tabor es solo un adelanto de la Pascua; primero hay que pasar por la entrega de la cruz, por el Calvario, por el éxodo. Hay que bajar del monte y seguir caminando hacia Jerusalén, guiados por la fe. 

    Todos necesitamos momentos de encuentro profundo con Dios que reaviven nuestra fe cristiana: es la eucaristía, es un momento de oración silenciosa y personal, es participar en un grupo de la parroquia, es disfrutar de la creación y de la naturaleza…

    Pero esos momentos no son definitivos y lo sabemos. Hay que bajar del Tabor y seguir caminando en la vida cotidiana, que a veces se nos hace un camino duro.

    Este segundo domingo de Cuaresma nos deja claro que en el peregrinar de la vida no vamos como vagabundos, que van dando tumbos sin dirección clara, sino como peregrinos. Sabemos a dónde vamos y vamos con otros, en comunidad: somos ciudadanos del cielo y allí seremos transfigurados como el Señor.

     Caminemos juntos en esperanza.

 


miércoles, 5 de marzo de 2025

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA (ciclo C)

 CAMINEMOS JUNTOS EN LA CUARESMA


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

    Hoy celebramos el domingo primero de la Cuaresma, con el que comenzamos el camino cristiano hacia la Pascua. La Pascua es la meta, el centro de nuestra fe, y la Cuaresma es el camino de cuarenta días que debemos recorrer, con seriedad y compromiso, hacia ella.

    El evangelio del primer domingo es siempre el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Es como si en este domingo se nos dijera: si quieres que la cuaresma sea un verdadero tiempo de conversión, aquí tienes claro lo que debes vencer en ti y como Cristo lo venció.

    Después de ser bautizado en el rio Jordán por Juan, Jesús va al desierto. O mejor dicho, según el evangelista Lucas, el Espíritu Santo, que lo llenó en el bautismo, lo conduce al desierto y lo va llevando por él.

    El Padre Dios quiere que su hijo Jesús viva a fondo esta experiencia de desierto; el desierto en la Biblia es lugar de muerte y soledad, pero también es lugar de encuentro con Dios en la ausencia total de personas y de cosas. En el desierto uno se encuentra solo, ante sí mismo y ante Dios, y no caben distracciones ni escapatorias.

    La experiencia del desierto fue muy importante para constituir al pueblo de Israel, que pasó nada menos que cuarenta años peregrinando por él hasta alcanzar la tierra prometida.

    La primera lectura de hoy nos remite a esa vivencia: Moisés, en nombre de todo el pueblo, recuerda su historia. El Señor les sacó de la esclavitud de Egipto porque se apiadó de sus clamores, les rescató y les condujo por el desierto hasta la tierra prometida. Por eso, dice Moisés, es necesario ser agradecidos, ofrecer las primicias de los frutos del suelo, darle gracias siempre.

    Jesús es verdaderamente hombre, porque la encarnación del Hijo de Dios no es ponerse un disfraz de hombre; realmente Dios se hace hombre en Jesús de Nazaret.

    Y por eso comparte también nuestras tentaciones de hombres: convertir en pan las piedras para dejar de tener hambre y necesidades, dominar a pueblos y hombres de la tierra, en lugar de servir y predicar con humildad la Buena Noticia, ser rescatado de todo peligro incluso al tirarse de lo alto, en lugar de afrontar los riesgos y sufrimientos que tenemos los seres humanos por el hecho de vivir una vida tan frágil.

    Tentaciones de materialismo, de poder, de dominio, de usar a Dios en beneficio propio. Tentaciones completamente humanas son las que tiene que enfrentar Jesús.

    Pero, yendo un poco más a lo profundo, las tres se condensan en una. El demonio siempre le tienta diciendo “Si eres Hijo de Dios…” usa esa condición en tu propio beneficio: ten todo, domina todo, evita todos los riesgos y molestias de ser hombre de verdad, frágil y mortal…

    No es casualidad que estas tentaciones aparezcan en la vida de Jesús con tanta fuerza precisamente cuando va a comenzar su vida pública. El enemigo de Dios y de los hombres, el demonio, quiere torcer y corromper, desde el principio, el proyecto que Dios ha encomendado a su Hijo Jesús: salvarnos haciéndose uno de nosotros hasta el fondo, vivir como un hombre más, padecer como un pobre más, fracasar y ser rechazado como nos pasa, tantas veces, a los hombres. Busca que Jesús no realice su misión del Reino desde la humildad y desde el servicio, el camino que él quiere escoger y que el Padre le ha encomendado.

    Es muy importante para nosotros ver cómo Jesús venció estas tentaciones tan humanas, tan nuestras. Adán y Eva en el paraíso, cuando son tentados por el demonio, intentan dialogar con él y terminan engañados, pero Jesús no entra en ese diálogo con el mentiroso. Lo rechaza firmemente con la Palabra de Dios.

    A cada tentación, Jesús responde con la Palabra de Dios: “No solo de pan vive el hombre”, “Al Señor Dios adorarás y a él solo darás culto”, “No tentarás al Señor tu Dios”.  Son tres frases tomadas del Antiguo Testamento, de la Palabra que Jesús llevaba siempre en la mente y en el corazón.

    Así tenemos que responder nosotros a la tentación del mal, con la fuerza de la Palabra de Dios. Como nos dice la segunda lectura, de la Carta a los romanos, “La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón”.

    Emprendamos con ilusión este camino cuaresmal.  Caminemos juntos en esperanza, como nos invita a hacer el Papa Francisco en su mensaje para esta cuaresma 2025. Con otros, nunca solos, como pueblo de Dios, caminando hacia la meta de todos, la esperanza que no defrauda.

    No es un tiempo triste ni oscuro, porque siempre es una alegría experimentar el amor y el perdón de Dios y ser renovados y mejorados.            Jesús ha vencido la tentación y ha seguido la voluntad del Padre. Nos ha enseñado cómo podemos hacerlo también nosotros.


DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 NO GUARDES RENCOR A TU PRÓJIMO COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA      “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en...