Parroquias de Villaobispo de las Regueras, Villamoros de las Regueras, Villarrodrigo de las Regueras, Robledo de Torío, Villanueva del Árbol y anejos de Canaleja de Torío y Castrillino
En este tiempo del Adviento
que va ya tan avanzado, queremos presentaros en nombre del grupo de Caritas de
nuestra Unidad Pastoral, la campaña de solidaridad en Navidad.
La pandemia, además de causar efectos
devastadores sobre la salud y la vida de las personas, ha multiplicado las
peticiones de ayuda, generando una crisis social muy profunda. Como bien sabéis
están acudiendo los comedores sociales, a Cáritas Diocesana de León y a las
Cáritas Parroquiales muchas personas y familias con grandes dificultades
económicas y emocionales que necesitan nuestro apoyo.
El lema de nuestra campaña es: “Esta
Navidad, Más Cerca que Nunca”. Venciendo las dificultades, la Caritas de
nuestra Unidad Pastoral ha estado repartiendo los vales de alimentos y de
calzado a las familias incluso durante el largo tiempo del confinamiento en las
casas.
No queremos que aquellos que en nuestro
entorno más lo necesiten, se vean privados de apoyo. Los vales que repartimos
cada mes son un modo de dar dignidad a las personas ayudadas, que pueden hacer
su compra en el supermercado de una forma anónima. Creemos que es mucho mejor
que dar una bolsa de alimentos.
Por eso os pedimos vuestra colaboración
económica para esta campaña. hay tres formas de colaborar:
1. Con la colecta del próximo domingo 20 de diciembre en las parroquias de la Unidad Pastoral.
2. Ingresando en la cuenta de Caritas: ES58 2103 4260 770010100755 (UNICAJA BANCO)
3. Colaborando con las huchas solidarias distribuidas por diversos establecimientos colaboradores de Villaobispo.
Muchas gracias y que el cercano
nacimiento del Salvador sea un momento de paz y de alegría para todas las
familias.
Como grupo de Caritas de la Unidad Pastoral (aunque no pudimos estar todos), quisimos celebrar la IV Jornada Mundial de los Pobres celebrando la Eucaristía juntos en la parroquia de Villaobispo.
Del Mensaje del Papa Francisco para esta Jornada:
IV JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES “Tiende tu mano al pobre” (cf. Si 7,32)
Este momento que estamos viviendo ha puesto en crisis muchas certezas. Nos sentimos más pobres y débiles porque hemos experimentado el sentido del límite y la restricción de la libertad. La pérdida de trabajo, de los afectos más queridos y la falta de las relaciones interpersonales habituales han abierto de golpe horizontes que ya no estábamos acostumbrados a observar. Nuestras riquezas espirituales y materiales fueron puestas en tela de juicio y descubrimos que teníamos miedo. Encerrados en el silencio de nuestros hogares, redescubrimos la importancia de la sencillez y de mantener la mirada fija en lo esencial. Hemos madurado la exigencia de una nueva fraternidad, capaz de ayuda recíproca y estima mutua.
Este es un tiempo favorable para «volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo [...]. Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad [...]. Esa destrucción de todo fundamento de la vida social termina enfrentándonos unos con otros para preservar los propios intereses, provoca el surgimiento de nuevas formas de violencia y crueldad e impide el desarrollo de una verdadera cultura del cuidado del ambiente» (Carta enc. Laudato si’, 229). En definitiva, las graves crisis económicas, financieras y políticas no cesarán mientras permitamos que la responsabilidad que cada uno debe sentir hacia al prójimo y hacia cada persona permanezca aletargada.
“Tiende la mano al pobre” es, por lo tanto, una invitación a la responsabilidad y un compromiso directo de todos aquellos que se sienten parte del mismo destino. Es una llamada a llevar las cargas de los más débiles, como recuerda san Pablo: «Mediante el amor, poneos al servicio los unos de los otros. Porque toda la Ley encuentra su plenitud en un solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. [...] Llevad las cargas los unos de los otros» (Ga 5,13-14; 6,2).
Un año más, queremos hacernos presentes como voluntarios del
grupo de Caritas de nuestra Unidad Pastoral en este domingo tan especial del
Corpus Christi.
Es el domingo de la Eucaristía, en el que, de un modo
especial, agradecemos al Señor el regalo que nos ha dado: quedarse en el
sacramento del altar para servirnos de alimento de vida eterna.
Y es, al mismo tiempo, el domingo de la Caridad, porque no
estaríamos celebrando la Eucaristía tal y como Jesús nos mandó, si esta no nos
lleva al encuentro con el hermano, a la caridad con los pobres, con los que
sufren en el cuerpo o en el espíritu, estén cerca o lejos de nosotros.
En la palabra de Dios que se nos ha proclamado este domingo,
hay un elemento que aparece en las tres lecturas: el Pan. El pan es un alimento
básico para la humanidad, la base de la dieta para nosotros. Y, siendo tan
importante, también en la Biblia aparece con frecuencia. Hasta en la oración
que nos identifica como cristianos, el Padre Nuestro, pedimos a Dios que nos
conceda nuestro pan de cada día.
En la primera lectura, Moisés habla al pueblo de Israel, que
ha recorrido durante cuarenta años el desierto. Les invita a recordar con agradecimiento
todo lo que Dios ha hecho en favor suyo, cómo alimentó su hambre con el pan del
cielo, el maná, un pan mejor que el de la tierra, que era un regalo de Dios y
que estaba anunciando ya la Eucaristía. Pero además les dice que lo hizo “para
hacerte reconocer que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que
sale de la boca de Dios”. La palabra de Dios es también un alimento, aunque no
va al estómago, sino a la mente y al corazón y lo necesitamos para vivir.
En este momento que estamos viviendo, en que empezamos a
salir poco a poco de la epidemia que nos ha tenido atemorizados y encerrados, y
que tanto sufrimiento ha causado, podemos hacer como el pueblo de Israel:
reconocer agradecidos que Dios no nos ha dejado durante este tiempo, que ha
estado con nosotros, nos ha cuidado y no nos ha faltado durante este tiempo ni
el "pan de la mesa" ni el "pan de la Palabra de Dios".
Aquel pan bajado del cielo que los israelitas llamaron maná,
porque les alimentaba en el desierto, anunciaba a Jesucristo, que dice de sí
mismo en el Evangelio: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”. Jesús baja
del cielo para compartir nuestra humanidad y nuestra carne. Lo hace por amor a
nosotros, por nada más, para estar a nuestro lado, para cargar nuestros
sufrimientos y aliviar nuestros dolores.
Este pan vivo, que es el Señor, se deja comer; esto era algo
que no podían entender los judíos. No es un símbolo o algo irreal, sino que lo
afirma con claridad: “si no coméis la carne del hijo del hombre y no bebéis su
sangre no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene
vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”.
Recibir el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía supone vivir
unidos a Él, tener su vida en nosotros. Y su vida es eterna, no acaba nunca,
nos lleva al amor del Padre con el que él vive unido: “Como el Padre que vive
me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que come vivirá
por mí”.
Esto es lo que hace la Eucaristía en nosotros, que la
celebramos y recibimos. Por ello es el gran regalo de Cristo, confiado a su
Iglesia, y decimos que es la fuente y la cumbre de nuestra vida como
cristianos.
Pero no olvidemos el segundo motivo importante en este
domingo del Corpus Christi: la Caridad. Para un cristiano es una exigencia de recibir
bien la Eucaristía. Nos lo ha recordado el apóstol Pablo en la segunda lectura:
“Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues
todos comemos del mismo pan”.
Si compartimos el pan vivo de la Eucaristía
formamos un solo cuerpo con el Señor. Y, por eso, nos deben doler como propios
los sufrimientos del hermano: los que han perdido a un familiar, los que se
sienten solos, los que no encuentran empleo, los que viven en la pobreza o en
la exclusión, los que no se sienten amados por Dios…
Y esta preocupación se hace activa, no se queda en un
sentimiento de compasión. Se hace activa cuando compartimos el tiempo con los
demás, cuando les escuchamos, cuando nos presentamos voluntarios para ayudarles
en lo que necesiten, cuando les llevamos el pan de la mesa y el pan de la
Palabra de Dios.
Caritas es la caridad organizada de la comunidad cristiana,
que se une como un solo cuerpo en la Eucaristía. Os invitamos a sentir Caritas
como algo vuestro porque es en nombre vuestro, y con vuestra ayuda, como
podemos ayudar a las familias más necesitadas de nuestra Unidad Pastoral. Seguimos
necesitando voluntarios para esta acogida y ayuda y también colaboración
económica para la ayuda alimentaria que damos.
Un año más el domingo de la Eucaristía, el domingo del Cuerpo y la Sangre de Cristo, es también el domingo de la Caridad. Caritas, que es el servicio organizado de las comunidades parroquiales a los más pobres, nos recuerda como siempre, que no podemos celebrar la Eucaristía bien sin que esta nos lleve al amor fraterno y al servicio de la caridad. Este año la campaña institucional de Caritas, que será en nuestras parroquias el domingo 14 de junio, lleva por lema "El poder de cada persona. Cada gesto cuenta".
Este año celebrar el día de Caridad tiene un sentido diferente y especial. La pandemia mundial que ha generado el coronavirus nos ha obligado a disponer de nuestras vidas de una forma inimaginable hace tan solo unos meses. Los hábitos cotidianos, la forma de relacionarnos y la gestión de nuestras emociones nos han desbordado. La enfermedad, la muerte de nuestrosseres queridos y el aislamiento han dejado paso a la inseguridad económica y laboral, a la falta de recursos básicos, a la pérdida de empleo o a los ERTES. Emerge una sociedad mucho más frágil y vulnerable con una hoja de ruta más llena de incertidumbres que de certezas.
Sin embargo, es desde esta fragilidad desde donde hemos visto brotar miles de gestos solidarios llenos de caridad, de ese amor gratuito que nace del corazón de forma libre y desinteresada sin esperar nada a cambio.
Como Iglesia, como comunidad cristiana, tenemos el reto de acompañar y cuidar la fragilidad y también cultivar la solidaridad emergente para que no se quede sólo en una reacción ante la amenaza compartida sino en una forma nueva de ser y estar en el mundo.
Tenemos retos por delante que no podemos abordar solos. Necesitamos EL PODER DE CADA PERSONA que formamos Cáritas: voluntarios y voluntarias, personas contratadas, comunidades parroquiales, participantes en nuestros proyectos, colaboradores……Cada uno de nosotros tiene el poder, la posibilidad y la oportunidad de cambiar y transformar nuestro estilo de vida de forma que refleje el ser y el hacer de Jesús.
Al término de las misas de este segundo domingo del Adviento, los voluntarios leyeron este comunicado en nombre del grupo de Caritas:
Buenos días. Queremos tener una breve comunicación desde el
grupo de Caritas de nuestra Unidad Pastoral. Como muchos saben, CARITAS no es
una ONG más, sino que es la misma Iglesia, que se organiza para poder cumplir
en las parroquias el mandato de Jesús: “Dadles vosotros de comer”, es decir
para cumplir en nombre de todos el mandato del amor fraterno.
Durante el año 2017 que está terminando hemos ayudado a 15 familias, la mayoría con niños menores. Les ayudamos a cubrir sus necesidades
de alimentación, pero también de calefacción,
les orientamos laboralmente y hacemos lo que está dentro de nuestras
posibilidades. Algunas de ellas ya han
dejado de recibir ayuda porque su situación ha mejorado.
Durante muchos años, la ayuda que se ha pedido en las
parroquias ha sido básicamente la recogida de alimentos. Pero desde CARITAS
nacional se nos está animando a comenzar otro tipo de ayuda, que dignifique más
a las familias ayudadas, evitándolas sobre todo tener que hacer cola para recoger
alimentos. Se les quiere ayudar por medio de unos vales anónimos de
supermercado, cuyo gasto estará guiado por el grupo de Caritas.
Eso requiere pasar de recoger alimentos a recoger dinero,
sabiendo que siempre estará bien controlado su gasto y que daremos cuenta de
cómo se ha empleado hasta el último euro, como se hace en las parroquias.
Pedimos la generosidad de todos no para nosotros, sino para
las familias que pasan sufrimientos y necesidades.
Haremos una gran colecta de
Caridad el día de Navidad en las misas, ese día tan especial para compartir.
También tendremos desde el lunes hasta el jueves un
Mercadillo Solidario en la Casa de Cultura de Villaobispo abierto de 10 y media
a 1 y media y de5 a 8 y media, con artesanías y regalos.
“Yo me
confieso directamente con Dios, no necesito de un sacerdote”
La fe cristiana es comunitaria,
somos solidarios en el bien y en el mal. Para el sacramento de la
reconciliación no basta el arrepentimiento individualista. También por el
pecado dañamos a los demás, dañamos a la comunidad cristiana porque no damos
testimonio coherente de la fe. Dios nos ofrece su perdón en la Iglesia como el
resto de los sacramentos. Jesús quiso que así fuera. Por eso dijo a sus discípulos
“a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados…”.
“Yo no tengo
pecados, por eso no lo necesito”
Dice la Palabra de Dios que quien
dice esto se engaña a sí mismo. Porque Jesús es el camino y el modelo a seguir.
Y ante ese modelo, ¿puedes decir que no tienes pecados? Además del mal que
podemos hacer también está el bien que dejamos de hacer… eso también es pecado
de omisión.
Ni robo ni
mato, no hago pecados graves. Por eso ¿de qué me voy a confesar?
Para un cristiano no basta con no
cometer delitos, se trata de mucho más. Jesús nos dio el mandato del amor a
Dios y al prójimo, y seguro que encontramos actos y actitudes en nuestra vida
que son contrarios a este amor y a los mandamientos. Además, en el sacramento
de la Penitencia, recibimos la gracia, la fuerza de Dios para seguir a Jesús y
vencer el mal en su raíz.
“No vale la
pena confesarse para volver a caer en lo mismo siempre”
Es difícil cambiar radicalmente
las propias inclinaciones y defectos, porque vivimos en un mismo ambiente. Pero
si nos confesamos bien y sinceramente, salimos decididos a poner los medios
necesarios para superar nuestros fallos. Y así, con la ayuda de Dios ir
mejorando poco a poco.
También los
sacerdotes tienen muchos fallos y pecados ¿por qué confesarme con ellos?
Precisamente esas limitaciones le
ayudan a ser capaz de comprender, ayudar y orientar. Sería terrible confesarse
con una persona perfecta, sin fallos, que se escandalizaría de nuestros fallos.
El sacerdote es un signo y representante que actúa en nombre de Cristo dentro
de la Iglesia.
He tenido
una mala experiencia en una confesión que hice; por eso no quiero saber
nada más”
La actitud del sacerdote en este
sacramento debe ser de máximo respeto a la conciencia de quien se confiesa.
Pero igual que reconocemos que podemos meter la pata, también un sacerdote
puede equivocarse. El perdón de Dios no depende de la bondad del sacerdote ni
de su simpatía, él es simple instrumento para que Dios actúe.
“Basta estar
arrepentido de verdad, sin necesidad de decir los pecados al confesor”
Dios nos ama y nos perdona de
muchos modos, no restringe su misericordia a este sacramento, pero quiso
dejarnos, por medio de la Iglesia, una garantía de ese perdón. Por eso dio a
los apóstoles y sus sucesores el poder de perdonar, en su nombre, los pecados.
El pasado sábado 2 de abril las parroquias de nuestro arciprestazgo Nuestra Señora de Regla, que comprende parroquias urbanas y rurales, nos unimos para celebrar el Jubileo de la Misericordia en el Santuario de la Virgen del Camino, que es uno de los templos jubilares de este año.
Algunas personas fueron en sus coches particulares, otros en los autobuses que estaban dispuestos y alguna hubo que llegó andando.
A las 11 comenzamos la Celebración Penitencial, guiados por el arcipreste, el P. Roberto Gutierrez, carmelita descalzo, párroco de San Lorenzo. Después del tiempo para recibir el perdón de Dios en la confesión, nos dirigimos a la explanada del santuario para entrar procesionalmente por la puerta del Perdón como Pueblo de Dios que peregrina.
Después de la misa solemne, presidida por el vicario general de la diócesis, regresamos felices a nuestras casas.
"En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: - Ése acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les dijo esta parábola: - Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna». El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando entonces, se dijo: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: Trátame como a uno de tus jornaleros».
Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo».
Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado». Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Éste le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud».
Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Y él replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo, que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado».
El padre le dijo: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado»."
"EL OTRO HIJO"
Sin duda, la parábola más cautivadora de Jesús es la del "padre bueno", mal llamada "parábola del hijo pródigo". Precisamente este "hijo menor" ha atraído siempre la atención de comentaristas y predicadores. Su vuelta al hogar y la acogida increíble del padre han conmovido a todas las generaciones cristianas.
Sin embargo, la parábola habla también del "hijo mayor", un hombre que permanece junto a su padre, sin imitar la vida desordenada de su hermano, lejos del hogar. Cuando le informan de la fiesta organizada por su padre para acoger al hijo perdido, queda desconcertado. El retorno del hermano no le produce alegría, como a su padre, sino rabia: «se indignó y se negaba a entrar» en la fiesta. Nunca se había marchado de casa, pero ahora se siente como un extraño entre los suyos.
El padre sale a invitarlo con el mismo cariño con que ha acogido a su hermano. No le grita ni le da órdenes. Con amor humilde «trata de persuadirlo» para que entre en la fiesta de la acogida. Es entonces cuando el hijo explota dejando al descubierto todo su resentimiento. Ha pasado toda su vida cumpliendo órdenes del padre, pero no ha aprendido a amar como ama él. Ahora sólo sabe exigir sus derechos y denigrar a su hermano.
Ésta es la tragedia del hijo mayor. Nunca se ha marchado de casa, pero su corazón ha estado siempre lejos. Sabe cumplir mandamientos pero no sabe amar. No entiende el amor de su padre a aquel hijo perdido. Él no acoge ni perdona, no quiere saber nada con su hermano. Jesús termina su parábola sin satisfacer nuestra curiosidad: ¿entró en la fiesta o se quedó fuera?
Envueltos en la crisis religiosa de la sociedad moderna, nos hemos habituado a hablar de creyentes e increyentes, de practicantes y de alejados, de matrimonios bendecidos por la Iglesia y de parejas en situación irregular... Mientras nosotros seguimos clasificando a sus hijos, Dios nos sigue esperando a todos, pues no es propiedad de los buenos ni de los practicantes. Es Padre de todos.
El "hijo mayor" es una interpelación para quienes creemos vivir junto a él. ¿Qué estamos haciendo quienes no hemos abandonado la Iglesia? ¿Asegurar nuestra supervivencia religiosa observando lo mejor posible lo prescrito, o ser testigos del amor grande de Dios a todos sus hijos e hijas? ¿Estamos construyendo comunidades abiertas que saben comprender, acoger y acompañar a quienes buscan a Dios entre dudas e interrogantes? ¿Levantamos barreras o tendemos puentes? ¿Les ofrecemos amistad o los miramos con recelo?
Los creyentes no deberíamos olvidar nunca la crítica constante de Jesús a una «práctica religiosa», falsamente entendida como acumulación de méritos que nos asegura ante el juicio de Dios y que nos permite enjuiciar a los demás de manera despectiva y autosuficiente, despreciando su conducta y negándoles la acogida y el perdón."
Con los ancianos de la Residencia Atardecer y las hermanas ancianas de las comunidades de Villaobispo hemos celebrado este Año Jubilar de la Misericordia. Primero tuvimos la preparación durante una mañana de sábado, en la que conocimos el porqué de este año y qué significa para nosotros acercarnos a la misericordia de Dios.
Ya el pasado sábado tuvimos la celebración como tal. Primero una celebración penitencial con tiempo para recibir el perdón de Dios en la confesión individual. Igual que el hijo pródigo de la parábola nos espera, después de la reconciliación, el banquete, que es la Eucaristía.
pero primero, simbólicamente, entramos en procesión por la puerta de la capilla, que fue nuestra particular Puerta Santa o del perdón.
La celebración eucarística fue muy gozosa, ya que Jubileo es también júbilo, alegría, la alegría del perdón.
Los años santos y jubileos tienen su origen en la concepción bíblica del tiempo como un tiempo lleno de Dios. Dios Yahvé dice a Israel que cada cincuenta años se proclame un jubileo para recomenzar de nuevo y enmendar los errores pasados.
Jesús comenzó su vida pública anunciando un año de gracia para todos que será ya definitivo, porque definitiva es la reconciliación con el Padre de todos nuestros pecados que nos trae: “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre” (MV 1).
En la Iglesia los años santos y jubilares se celebran cada 25 años, pero puede haber extraordinarios como este.
Y, ¿por qué está dedicado a la misericordia?
Porque lo esencial de nuestra fe es la misericordia de Dios; es “la palabra que revela el misterio de la santísima Trinidad (…) la vía que une a Dios y al hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados sin tener en cuenta el límite de nuestro pecado” (MV 2). Toda la Sagrada Escritura habla constantemente de Dios como “paciente y misericordioso”, el Padre “que se conmueve en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo” (MV 6).
Toda la vida de Jesús, sus palabras y obras, nos manifiestan al Dios que es amor y compasión, sobre todo con su actitud hacia los pecadores y en las parábolas de la misericordia
¿Nos implica cambiar?
“Bienaventurados los que son misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7). Perdonar es condición indispensable para ser perdonado, ser misericordioso es imprescindible para acoger la misericordia de Dios. Nada debe ser anunciado ni testimoniado sin misericordia: “Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos llamados a ser misericordiosos los unos con los otros” (MV 9).
¿Hacer obras de misericordia?
Frente a la indiferencia, el Año Santo de la Misericordia nos invita a abrirnos a las miserias ajenas, las “periferias existenciales”: enfermedad, abandono, soledad, falta de esperanza, de dignidad, de valores…
Durante este Jubileo reflexionemos sobre las obras de misericordia corporales y espirituales, despertando nuestra conciencia adormecida, y comprometámonos a ponerlas en práctica. El juicio de Dios sobre nosotros será sobre si reconocimos su presencia en el que sufría a nuestro lado o lejos y le auxiliamos realmente.
¿Hay que confesarse también?
En el centro de este Año debe estar el sacramento del perdón, porque nos permite experimentar, como en ningún otro sitio, la grandeza de la misericordia del Padre bueno que está a la puerta ansiando el retorno de sus hijos a la casa. El Papa ha recomendado encarecidamente a los confesores que sean manifestación del amor de Dios, que no juzguen ni traten nunca con severidad a los penitentes. Sea cual sea el pecado que nos ha separado de Dios, su amor siempre será más grande y fuerte.
¿Se debe peregrinar?
Aunque la misericordia de Dios es un regalo gratuito, dejarnos cambiar por ella, aceptar la conversión que nos pide el evangelio de Jesús supone esfuerzo, renuncia, cambio a veces drástico y difícil. Peregrinar físicamente hacia alguna de las puertas santas jubilares y entrar por ellas nos lo recuerda. Para un enfermo, para un encarcelado o alguien impedido por cualquier causa, cualquier puerta puede ser una puerta santa y jubilar cuando la atraviesa con verdadera fe.
¿Y eso de ganar la indulgencia?
En el sacramento de la reconciliación Dios perdona, cancela y olvida nuestros pecados, pero “la huella negativa que los pecados tienen en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece” (MV 22). La indulgencia es la gracia de la Iglesia, a la que estamos unidos, y en la que hay un tesoro incalculable de santidad y bondad; Dios nos renueva con esta indulgencia misericordiosa que además de perdón es verdadera sanación interior. Podemos beneficiar también de esta indulgencia a nuestros seres queridos difuntos.
Año de Misericordia y cuaresma
Si la cuaresma constituye siempre una llamada fuerte a la conversión, que es cambio del corazón hacia Dios y hacia los hermanos esta lo debería ser de un modo especialmente intenso. Según las palabras del profeta Isaías, el ayuno que Dios quiere es vivir la misericordia y la compasión, dejarnos afectar y conmover por el sufrimiento del hermano y hacer lo que podamos para remediarlo. Para ello es necesario que primero nos sintamos todos, pastores y fieles, hijos pródigos que vuelven a la casa del Padre misericordioso.
Con el domingo I de Adviento, el pasado día 29 de noviembre, hemos estrenado un nuevo año litúrgico consistente, como sabéis, en el sagrado recuerdo y celebración del misterio de Jesucristo y de su obra de salvación siguiendo la sabia pedagogía de la Iglesia que nos va guiando a través de la historia en la sucesión de los tiempos, de los domingos, de las fiestas y de otras conmemoraciones. Cada año litúrgico representa una nueva oportunidad de gracia y de salvación en nuestra vida y en el camino histórico de nuestra comunidad diocesana. La primera etapa del año litúrgico está marcada, pues, por la esperanza, la virtud característica del Adviento, con la mirada puesta en la renovada venida del Señor en su palabra, en la liturgia y en nuestro quehacer cotidiano, evocando su primera llegada hace más de dos mil años y sabiendo que volverá también al final de la historia para recoger el fruto de nuestra cooperación a su obra de salvación.
Pero esta vez el Adviento y, con él, todo el año litúrgico se hacen más vivos e intensos al inaugurarse, por deseo del papa Francisco, el Año Jubilar de la Misericordia. Su convocatoria, fue anunciada el 13 de marzo pasado, en el segundo aniversario de la elección del actual obispo de Roma, durante la homilía de la celebración penitencial con la que el Santo Padre dio inicio a las 24 horas para el Señor a fin de promover en todo el mundo la celebración del sacramento de la Reconciliación. La referencia específica de este año jubilar ha sido tomada de la carta de San Pablo a los Efesios: “Dios rico en misericordia” (Ef 2, 4). Estas fueron las palabras del papa: “Estamos viviendo el tiempo de la misericordia. Éste es el tiempo de la misericordia. Hay tanta necesidad hoy de misericordia, y es tan importante que todos los fieles la vivan y la lleven a los diversos ambientes sociales. ¡Adelante!”
El momento ha llegado. En la tarde del 13 de diciembre, domingo III de Adviento, como ya se ha dicho, nos reuniremos a las 5 de la tarde en la catedral para acudir en procesión penitencial hasta la Basílica de San Isidoro y abrir allí su "Puerta santa del Perdón", que solamente se abre en los años santos y que será para nosotros la simbólica “Puerta de la Misericordia” de este año, para que entremos alegres y confiados en el amor misericordioso de Dios. Pero quiero dejar claro que no es la puerta única que se puede atravesar. También nuestra Santa Iglesia Catedral y la Basílica de la Virgen del Camino son espacios privilegiados para realizar la peregrinación jubilar. El papa ha dicho también que se obtiene la indulgencia practicando una o varias de las obras de misericordia corporales o espirituales. Los enfermos y personas impedidas no necesitan salir de casa para obtener la indulgencia. Lo decisivo, en todos los casos, es recibir debidamente los sacramentos de la Penitencia y de la Comunión.
Pero la puerta es un símbolo muy significativo: atravesarla supone dejar fuera el lastre de nuestras miserias y pecados y acogernos arrepentidos a la misericordia del Padre celestial que nos espera para volcar sobre nosotros su inmensa ternura y compasión. Por eso os invito a todos los que podáis, a participar en la celebración anunciada. El propio Santo Padre abrirá simbólicamente, ese mismo día, la puerta de la catedral de Roma, San Juan de Letrán, como abrirá también, el 8 de diciembre, L aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, la de la Basílica de San Pedro.
Entremos, pues, queridos fieles, por esa puerta recordando que nuestro Redentor se presentó, él mismo, como la verdadera puerta para los que "somos su pueblo y ovejas de su rebaño" (Sal 99; cf. Jn 10,7). Vayamos jubilosos al encuentro del Señor. Nos anima también la Santísima Virgen María, Reina y Madre de Misericordia. A ella confío el fruto espiritual de este Año Santo.