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viernes, 11 de abril de 2025

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR (ciclo C)

 ¡HOSSANA A NUESTRO REY!


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

“Cuarenta días caminando, hacia la Pascua de Jesús”. Así dice la canción que les enseñamos a los niños de nuestras catequesis y que cantan a pleno pulmón, con inocencia e ilusión. Ya hemos llegado casi al final este tiempo de renovación espiritual comunitaria y, con la celebración de hoy, entramos en la Semana Santa.

¿De verdad hemos hecho un camino o no hemos dado ni un paso desde que recibimos el signo de la ceniza? Cada uno debemos examinarnos y responder con realismo. Porque, lo que no podemos negar es que las celebraciones de la Iglesia y las lecturas de la Palabra de Dios de cada domingo, han sido un reclamo fuerte para nuestra conversión, una invitación continua a acoger el perdón y la misericordia de Dios, que nos llega por su Hijo Jesucristo.

Hoy escuchamos dos evangelios: el relato de la entrada de Jesús en Jerusalén, al comenzar la celebración con la procesión de los ramos, y el relato de la Pasión.

Jesús entra en Jerusalén acompañado de un cortejo festivo de gentes sencillas que llevaban ramos y palmas en sus manos. Le aclaman como rey porque entra en la ciudad santa como había entrado el rey David, a lomos de un borriquito. Los discípulos han visto todos los signos que ha realizado desde que salió de Nazaret y por eso le reconocen como su verdadero Rey.

Como decía Benedicto XVI, también nosotros hemos visto los prodigios que Cristo realiza ahora: “cómo lleva a hombres y mujeres a renunciar a las comodidades de su vida y ponerse totalmente al servicio de los que sufren; cómo da a hombres y mujeres la valentía para oponerse a la violencia y a la mentira, para difundir en el mundo la verdad; cómo induce a hombres y mujeres a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde había odio, a crear la paz donde reinaba la enemistad”.

Nuestra procesión ha sido una proclamación de que él es nuestro Rey, aquel de quien nos fiamos, en quien esperamos, al que seguimos.

El evangelio que hoy escuchamos en la misa es el relato de la Pasión de Jesucristo, que en este año está narrado por el evangelista Lucas. Volveremos a escuchar el relato de la pasión en la tarde del Viernes Santo, al celebrar los oficios de la muerte de Cristo.

No podemos vivir estos días santos, tan grandes, con rutina, como si fuesen una repetición, sin más, de lo que tantas veces hemos celebrado. No es una repetición de un acontecimiento del pasado, del que ya sabemos el desenlace; al celebrarlos se hacen presente de salvación.

De tal modo que, cuando celebro estos días santos con fe y amor, los revivo: entro con Jesús en Jerusalén con sus discípulos, me siento con los apóstoles en el cenáculo en la tarde del Jueves Santo, para que el Señor me dé el testimonio de amor y de servicio lavándonos los pies y regalándonos su presencia en la Eucaristía. Acompaño a Jesús subiendo al Gólgota para dar la vida en la cruz, contemplo su muerte y sepultura en el Viernes Santo. Y el Sábado Santo me acercó al sepulcro para comprobar que está vacío y que ha vencido la muerte y nos ha dado la vida eterna.

En definitiva, para vivir de verdad estos días, que son los más grandes y santos de nuestra fe, tendremos que apartar de nosotros, desde ya mismo, la rutina, la apatía, la indiferencia… y cambiarlas por una fe más viva y por la capacidad de sorprendernos y estremecernos.

No puedo ser un mero espectador de lo que ocurre en la Semana Santa, lo debo revivir con la celebración de la Iglesia. Porque la Muerte y Resurrección de Jesús, que es el misterio de amor más sublime, se hace actual y nuevo.

Tenemos la oportunidad de prepararnos aún a estos días santos con las celebraciones penitenciales que tendremos el lunes y martes santo. Celebrando la confesión sin miedos, con sencillez, con apertura, recibiremos el perdón del Padre que nos llega a través de la Iglesia y nos renueva, dándonos la capacidad de vivir el Santo Triduo con un corazón limpio y abierto.

 


jueves, 3 de abril de 2025

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA (ciclo C)

 TAMPOCO YO TE CONDENO


COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA

Entramos ya en la recta final de la Cuaresma: este camino de renovación personal y comunitaria que nos conduce hasta la Pascua del Señor.

Ya podemos dedicar un momento a evaluarnos: ¿Cómo ha sido este itinerario?, ¿he puesto algo en práctica las tres herramientas de este tiempo, que son la Oración, el Ayuno y la Limosna?

O, por el contrario, ¿he dejado pasar con indolencia y tibieza las semanas cuaresmales como si fuese otro tiempo cualquiera?

Aún queda una semana antes de entrar en los días más importantes de nuestra fe, en el Santo Triduo Pascual, la celebración de la muerte y resurrección salvadoras de Jesucristo. No la echemos a perder, ni la dejemos pasar sin pena ni gloria.

De nuevo este domingo, como sucedió en el anterior con la parábola del hijo pródigo, la Palabra de Dios nos dirige una llamada apremiante a la conversión, a dejarnos perdonar el pecado y a vivir la alegría de la reconciliación.

El evangelio de hoy no es una parábola, sino la narración de una escena impresionante: ante Jesús, que estaba sentado enseñando, en el pórtico del templo, como un maestro, presentan sus adversarios una mujer. Está aterrada; es normal, porque ya ha sido condenada por su pecado a la muerte. Seguramente la llevan hasta allí a rastras, maltratada, humillada de una forma indigna, porque para ellos se trata solo de un ser indigno, que no merece vivir.

Y preguntan a Jesús qué se debe hacer con ella. Pero no porque les interese su respuesta, sino con una mala intención; la mujer es solo un pretexto para tender una trampa casi perfecta a Jesús. Si dice que no se la debe lapidar, dirán que es un falso maestro religioso, ya que va contra la tradición hebrea y aprueba un pecado grave. Si dice que se la debe lapidar… ¿Dónde queda, entonces, todo lo que enseña sobre el perdón y la misericordia con parábolas como la del hijo pródigo o la oveja perdida?

Para aquellos adversarios, llenos de rabia, es la ocasión para condenar a ambos: a la mujer por pecadora y a Jesús por falso maestro. Van a matar, literalmente, dos pájaros de un solo tiro.

Pero la mirada de Jesús es la mirada de Dios y ve hasta lo profundo de los corazones. La respuesta que les da, después de escribir de modo misterioso en el suelo, les desarma: “el que entre vosotros esté libre de pecado, que le tire la primera piedra”.

Es como decirles: yo no apruebo su pecado, porque Dios no quiere el pecado, pero si vosotros os habéis erigido en sus jueces, debéis ser mejor que ella para poder castigarla. Les pone ante el espejo en el que no querían mirarse: examinad vuestro corazón y vuestra vida y, si no habéis pecado, sed jueces y arrojad las piedras que merece; si no, recibid primero las piedras que merecéis vosotros.

¿Quién puede ser juez de los pecados ajenos? Jesús lo enseñó: “no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados. Saca primero la viga de tu ojo y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano”.

Al final, enfrentados a su propia realidad de pecadores, aquellos que iban a tirar piedras las dejan caer de las manos y, con vergüenza, van escabulléndose.

No les queda otro remedio; si cada uno de nosotros, antes de tirar la piedra contra el otro, pensase, muy en serio, si no la merece también, seguramente haríamos lo mismo. ¿Quién está tan limpio como para poder ser juez de otro?

Al final quedan solos la mujer y Jesús; como dice san Agustín: se encuentran a solas la miseria y la misericordia.

¿Dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? Tampoco yo te condeno, vete y, en adelante, no peques más.

En el sacramento de la reconciliación, o del perdón, en la confesión, que la Iglesia nos pide que, al menos, lo recibamos una vez al año en este tiempo cuaresmal y de Pascua, podemos sentir cómo Jesús pronuncia sobre nosotros, de nuevo, estas palabras liberadoras: “tampoco yo te condeno. Vete perdonado y no peques más”. No es un encuentro con un juez que interroga, sino con el perdón renovador de Jesús que ahora nos llega, como ocurre en el resto de los sacramentos, a través de la Iglesia.

Al comienzo nos hacíamos la pregunta: ¿He aprovechado este tiempo de cuaresma que ya entra en su recta final? Lo haya aprovechado más o menos, lo mejor y más grande que puedo hacer en lo que queda de cuaresma es recibir el perdón sanador de Dios en el sacramento de la reconciliación. Tendré la certeza de que Dios me ha perdonado, de que comienzo de nuevo.

Puedo ir a una de las iglesias en las que se ofrece más continuamente o participar de las celebraciones penitenciales que tendremos en las parroquias durante los días previos a la Semana Santa. Lo importante es que pueda encontrarme con el amor de Dios que me levanta, como a la mujer caída, y me devuelve libertad, limpieza y dignidad.

 


lunes, 3 de abril de 2017

CONFESIONES CUARESMALES

CELEBRACIONES PENITENCIALES DE LA UNIDAD PASTORAL

JUEVES 6 ABRIL
18:30 VILLANUEVA DEL ÁRBOL
19:30 VILLAOBISPO

VIERNES 7 ABRIL
18:30 ROBLEDO DE TORÍO
19:30 VILLARRODRIGO





ÉL CARGÓ CON NUESTROS PECADOS Y SUS HERIDAS NOS HAN CURADO

martes, 21 de marzo de 2017

ACLARANDO IDEAS SOBRE LA CONFESIÓN…



  1. “Yo me confieso directamente con Dios, no necesito de un sacerdote”
La fe cristiana es comunitaria, somos solidarios en el bien y en el mal. Para el sacramento de la reconciliación no basta el arrepentimiento individualista. También por el pecado dañamos a los demás, dañamos a la comunidad cristiana porque no damos testimonio coherente de la fe. Dios nos ofrece su perdón en la Iglesia como el resto de los sacramentos. Jesús quiso que así fuera. Por eso dijo a sus discípulos “a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados…”.

  1. “Yo no tengo pecados, por eso no lo necesito”
Dice la Palabra de Dios que quien dice esto se engaña a sí mismo. Porque Jesús es el camino y el modelo a seguir. Y ante ese modelo, ¿puedes decir que no tienes pecados? Además del mal que podemos hacer también está el bien que dejamos de hacer… eso también es pecado de omisión.

  1. Ni robo ni mato, no hago pecados graves. Por eso ¿de qué me voy a confesar?
Para un cristiano no basta con no cometer delitos, se trata de mucho más. Jesús nos dio el mandato del amor a Dios y al prójimo, y seguro que encontramos actos y actitudes en nuestra vida que son contrarios a este amor y a los mandamientos. Además, en el sacramento de la Penitencia, recibimos la gracia, la fuerza de Dios para seguir a Jesús y vencer el mal en su raíz.

  1. “No vale la pena confesarse para volver a caer en lo mismo siempre”
Es difícil cambiar radicalmente las propias inclinaciones y defectos, porque vivimos en un mismo ambiente. Pero si nos confesamos bien y sinceramente, salimos decididos a poner los medios necesarios para superar nuestros fallos. Y así, con la ayuda de Dios ir mejorando poco a poco.

  1. También los sacerdotes tienen muchos fallos y pecados ¿por qué confesarme con ellos?
Precisamente esas limitaciones le ayudan a ser capaz de comprender, ayudar y orientar. Sería terrible confesarse con una persona perfecta, sin fallos, que se escandalizaría de nuestros fallos. El sacerdote es un signo y representante que actúa en nombre de Cristo dentro de la Iglesia.

  1. He tenido una mala experiencia en una confesión que hice; por eso no quiero saber nada más”
La actitud del sacerdote en este sacramento debe ser de máximo respeto a la conciencia de quien se confiesa. Pero igual que reconocemos que podemos meter la pata, también un sacerdote puede equivocarse. El perdón de Dios no depende de la bondad del sacerdote ni de su simpatía, él es simple instrumento para que Dios actúe.

  1. “Basta estar arrepentido de verdad, sin necesidad de decir los pecados al confesor”

Dios nos ama y nos perdona de muchos modos, no restringe su misericordia a este sacramento, pero quiso dejarnos, por medio de la Iglesia, una garantía de ese perdón. Por eso dio a los apóstoles y sus sucesores el poder de perdonar, en su nombre, los pecados.

LUZ PARA NUESTRAS CEGUERAS (DOMINGO IV)

Del santo Evangelio según san Juan 9, 1-41


En aquel tiempo Jesús vio al pasar a un hombre ciego de nacimiento, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). Él fue, se lavó y volvió ya viendo. Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: «¿No es éste el que se sentaba para mendigar?» Unos decían: «Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece». Pero él decía: «Soy yo». Lo llevan donde los fariseos al que antes era ciego. Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. Él les dijo: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo». Algunos fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros decían: «Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?» Y había disensión entre ellos. Entonces le dicen otra vez al ciego: «¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?» Él respondió: «Que es un profeta». Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos». Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «Es que también nosotros somos ciegos?» Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: "Vemos" vuestro pecado permanece».



HOMILIA DOMINGO IV CUARESMA 2017

Continuamos recorriendo nuestro camino de Cuaresma hacia la Pascua del Señor.
Si el domingo pasado Jesucristo se presentaba, en el diálogo con la mujer samaritana, como aquel que nos da el agua viva, capaz de saciar la sed más profunda del corazón humano (de verdad, de perdón, de ser amados), hoy Jesucristo se presenta como la luz que nos abre los ojos y nos saca de nuestra oscuridad y ceguera.

¿Quién estaba más ciego en esta escena del evangelio? ¿Aquel ciego de nacimiento al que Jesús compasivo abre los ojos con su curación, o los fariseos que no veían el poder de Dios en Jesús? El evangelio parece decirnos que hay una ceguera aún peor que la de los ojos, aunque ésta sea muy dura: la ceguera del espíritu.

Somos ciegos del espíritu cuando, por el pecado que nos domina con fuerza, no vemos a los demás con una mirada positiva y nos quedamos sólo con lo negativo, criticando, calumniando, haciendo daño. Somos ciegos del espíritu cuando no percibimos ya lo que Dios hace por nosotros y la fe se nos vuelve algo aburrido, rutinario, frio y, por fin, superfluo. Somos ciegos del espíritu, también, cuando no nos vemos a nosotros mismos como Dios nos ve, con cariño, cuando no nos valoramos sino por la opinión que tienen los demás, nos despreciamos interiormente y terminamos desesperando de poder ser mejores sin buscar fuerza en Dios.

Quien más o quien menos, todos tenemos estas y otras cegueras y oscuridades del espíritu…. La pregunta es, ¿algo o alguien puede cambiarnos, sanar nuestra mirada para que veamos como Dios con una mirada limpia desde el corazón y no desde la pura superficie, como decía la primera lectura?

San Pablo nos lo ha dicho bien claro en la carta a los cristianos de Éfeso: Jesús puede volver nuestras tinieblas en luz. Hemos escuchado como nos dice: “Queridos hermanos, antes sí erais tinieblas, pero ahora sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz”.

Los fariseos del evangelio, aunque tenían a Jesús delante, se quedaron en sus tinieblas porque les faltó la humildad suficiente para reconocerse ciegos ante él, como hizo el ciego de nacimiento, y dejar que les curara. Es lo que nos pasa a nosotros cuando nos creemos sin pecado. No robo, no mato… ¿qué pecado voy a tener yo? Así decimos y nos vamos apartando del sacramento de la confesión y, con él, de la comunión eucarística.

Como no queremos reconocer que necesitamos del perdón de Dios, que nos llega por la Iglesia, nos quedamos encerrados en nosotros mismos. No nos sentimos bien, pero somos como el enfermo que no quiere acudir al médico que puede sanarle. ¿Cuánto hace que no experimentamos el perdón sanador de Jesús en el sacramento de la confesión y la alegría de recibir su Cuerpo con el alma limpia?
Es lo más importante que podemos hacer en esta Cuaresma: hacer una buena confesión, recibir el perdón y acercarnos a la Sagrada Comunión.

Cuando uno tiene sed debe buscar una buena fuente, como la samaritana, y cuando uno descubre que está en oscuridad debe buscar a quien pueda darle la luz, como hizo el ciego del evangelio de hoy. Todo lo demás son excusas y razonamientos que intentan justificarnos. 

Si la Iglesia nos dice que todo cristiano llegado a la edad del uso de razón está obligado, especialmente en el tiempo de la Cuaresma y la Pascua, a celebrar el sacramento de la penitencia y a recibir la comunión, no es por capricho o buscando controlarnos. Es para que nos demos cuenta de que lo necesitamos mucho y venzamos, así, miedos, bloqueos y desidias.

Animémonos a hacerlo en esta cuaresma y experimentaremos una paz y una alegría como sólo Dios puede darnos.


A veces nos ocurre que no sabemos ya de qué confesarnos y cómo debemos examinar nuestra conciencia para saber que es lo que no está bien. Por eso a la salida de misa pueden recoger en la mesa una octavilla que habla del sacramento de la penitencia y nos ayuda a examinar nuestra conciencia antes de la confesión cuaresmal

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO (ciclo A)

 NO GUARDES RENCOR A TU PRÓJIMO COMENTARIO A LAS LECTURAS DE LA MISA      “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en...